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Full text of "Ayer 1882-1952"

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LUIS ENRIQUE AZAROLA GIL 


AYER 

1882-1952 


EDICIÓN DE LAUSANA 




AYER 




LUIS ENRIQUE AZAROLA GIL 


AYER 

1882-1952 


EDITADO EN LAUSANA 
IMPRIMERIES RÉUNIES S. A. 
MCMLIII 




EXORDIO 


Antes de narrar algunos episodios de mi vida, relatar someramente 
hechos de una época abolida y referirme a mujeres y hombres desapare¬ 
cidos, debo revelar las opiniones que sustento acerca de tópicos diversos. 
Su lectura facilitará la comprensión de ciertos juicios que formulo 
en este libro, pues los amigos, los trabajos y los viajes son los materiales 
de una crónica que ha menester de completarse con el conocimiento 
de las fuentes morales del autor. Como podrá advertirse, estas primeras 
cinco páginas están destinadas a mis hijos y nietos. 


LA PERENNIDAD DE LA VIDA 

Mi padre murió teniendo cincuenta y dos años de edad, y cuando 
yo los hube cumplido juzgué a primera vista que el destino paterno 
y el mío habían sido muy diferentes. Pensé que a la misma edad en 
que él terminaba su carrera terrenal estaba yo en una situación que 
podía calificarse de privilegiada: salud normal, hogar feliz, hijos que 
crecían inteligentes y sanos, posición económica sin apremios, estima¬ 
ción por mi obra de escritor y carencia de ambiciones. Comparando, 
pues, el destino de mi padre y el mío personal a la misma altura de 
la vida, aparecía superficialmente una diferencia extrema: para él, 
nada ; para mí, todo. 

¿ Es ésto verdad ? Revélase una injusticia entre la falta de suerte de 
aquel hombre a quien le fué negada la consagración de su vida ejemplar, 
y la suerte que me cabe a mí, sin merecerla ? 

Y bien, aquella diferencia es aparente y la injusticia también, porque 
mi padre y yo sólo somos uno, o mejor dicho, porque yo soy la prolon¬ 
gación de mi padre. O mejor aún : lo que yo soy, él lo es. Su vida no 
ha terminado sino que continúa en la mía. Somos dos períodos de una 
misma existencia. Él fue una etapa y yo soy la otra, como mis hijos son 
otra etapa de la vida de su abuelo y de su padre. 



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AYER 


Aquí no hay imaginación ni fantasía. Yo existo porque él existió 
y me hizo a su imagen y semejanza. Soy un producto de su ser. Antes de 
nacer, ya existía en él: en sus células, su sangre, sus músculos y en 
su voluntad de crearme... Nací porque él me infundió su propia vida, 
conjuntamente con mi madre. Después de nacer yo, resumí y concentré 
en mi persona la persona de mis padres. 

No puedo ser distinto aunque quisiera, dado que no me es posible 
reducir mi estatura, ni cambiar mi complexión, ni variar el color de 
mis ojos, ni torcer mi vocación, ni renunciar a mi estructura moral. 
Acaso me he hecho a mi mismo ? Pude escoger a mi madre, o mi apellido, 
o el lugar de mi nacimiento, o mi idioma ? Todo ésto lo determinó mi 
padre, porque de su voluntad hubiera dependido elegir otra esposa, o 
negarme su paternidad o su apellido, o radicarse en un país de otra 
lengua. 

Pero mi padre no fué una personalidad aislada, ni un comienzo, ni 
el factor único en la formación de sus hijos. Fue un eslabón vigoroso 
que prolongó la larga serie de los eslabones humanos que le habían pre¬ 
cedido. Si he mencionado particularmente a mi padre en los párrafos 
anteriores, ha sido con el objeto de personaüzar en él a toda la ante¬ 
cedencia familiar a la que debo mi existencia y mi contextura psíquica. 
Soy un resumen de individualidades anteriores que continúan viviendo en 
mí y en mis hermanos, como éstos y yo seguiremos viviendo en nuestros 
descendientes. En este proceso generativo hay dos sexos e innúmeros 
seres anteriores cuyos rasgos perduran, se mezclan, se acentúan o se 
borran transitoriamente para reproducirse luego en bisnietos y tatara¬ 
nietos, demostrando así la perennidad de las sucesiones humanas. 
He dicho que yo dimano de mi padre, que soy él y que él continúa en mí; 
pero si me personalizo con mi padre es porque es el antecesor inmediato, 
conocido y visible ; todos los demás, próximos o remotos, están compen¬ 
diados en él, como también lo están los que llegan hasta mí procedentes 
de la rama materna. 

Los cromos han impuesto los elementos que distinguieron a las 
personas del abolengo. El linaje es una entidad definida, pero no aislada, 
porque otros linajes vincularon su sangre, sus nervios y su psiquis 
al nuestro, al sellarse la unión de hombres y mujeres y procrear vástagos 
que iban a introducir las peculiaridades de su propia herencia. Y obsér¬ 
vese el genio de la creación y de la vida : herencia y renovación simul¬ 
táneas ; confluencia de orígenes distintos, y mantenimiento de las fuerzas 
ancestrales en las nuevas generaciones. 

No estoy creando fantasías, ni expongo teorías, ni presento una 
doctrina nueva : expreso hechos. Los he visto y palpado. Soy ya bastante 
viejo y puedo hablar de mis experiencias personales. En el curso de mi 
larga vida he conocido y tratado a seis generaciones de mi propia familia, 
desde mi bisabuela hasta mis nietos. Mis ojos han mirado los rostros, 
las expresiones, los movimientos, las virtudes, las deficiencias y las 



EXORDIO 


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vocaciones de hombres y mujeres ; he relacionado los aspectos morales 
y físicos de los jóvenes con los de aquellos que les habían precedido ; 
y afirmo mi creencia de que la ley de continuidad hereditaria es una 
revelación incontestable de la perennidad de la vida y un desmentido 
categórico a la tesis de la extinción. 

No creo, pues, en el aniquilamiento o desaparición definitiva de las 
criaturas humanas al disolverse su envoltura carnal, y estoy convencido 
de que su existencia se prolonga y se transforma. Las leyes de la evolu¬ 
ción se cumplen en la vida y en la muerte ; el hombre y la mujer perduran 
en su descendencia, y como queda dicho los vástagos inmediatos y los 
lejanos poséen huellas indelebles de una vida anterior : la de sus progeni¬ 
tores. Clara está que, además de los factores atávicos y las renovaciones 
hereditarias existen otras fuerzas que intervienen en la estructuración 
mental y física de los individuos, desde el clima y la alimentación hasta el 
medio-ambiente y la educación ; pero estos factores no logran abolir a 
los poderes ancestrales o los orígenes raciales y familiares de cada hom¬ 
bre, que se insinúan casi siempre en el desarrollo de su personalidad. 

Pero un segundo y fundamental aspecto de la perennidad de la 
existencia se comprueba en la transformación que se opera en el cuerpo 
al producirse la cesación aparente de la vida, esto es, al dejar de latir 
el corazón. La vida no se interrumpe sino que cobra nuevas formas, y 
dentro del ataúd surgen millones de seres vivos; la materia fisico¬ 
química adquiere una evolución sorprendente que Jean Finot, en su 
admirable obra Filosofía de la longevidad, estudia y verifica de modo 
concluyente... Pero yendo a las perduraciones morales, las que produce la 
vida del espíritu, constatamos que la ley de selección o las circunstanciéis 
históricas han dado tal relieve a ciertos hombres que por su genio, su 
carácter, su actuación o sus obras, sobreviven al accidente de su fin 
material y se convierten en verbos permanentes. Es innecesario citar 
nombres, pues béista abrir una enciclopedia en cualquier idioma, o 
recorrer una ciudad de cualquier país, o consultar obras biográficas, 
o informéirse de los temas de las composiciones escolares, para verificar 
que la humanidad ha producido en todos los tiempos y bajo todos los 
climas millones de individuos cuyos nombres son inolvidables. Podrá 
argüirse que la gloria sólo es un vocablo sonoro, la inmortalidad una 
ilusión que no resiste al análisis y la gratitud pública un convencionalismo: 
el hecho real es que la historia no es un mito y la memoria de innumera¬ 
bles hombres está presente en la conciencia humana... ¿ Donde está, 
oh muerte, tu aguijón ? ¿ Donde, oh sepulcro, tu victoria ? 1 

Independientemente de la fé religiosa, una investigación científica 
imparcial fundamenta la creencia de que además del organismo físico, 


1 Primera epístola del apóstol Pablo de Tarso a los Corintios, cap. 15, versículo 
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AYER 


el ser humano posée principios vitales y morales autónomos. El alma 
existe, y la disolución de la materia orgánica no afecta esa existencia como 
no sea en el sentido de liberarla. ¿ Adonde va luego el alma ? ¿ Se perpetúa 
inmaterialmente o se asimila a otros principios vitales ? ¿ Se reencarna 
o se incorpora a elementos físicos desconocidos para nosotros, pero que 
existen indudablemente en mundos remotos donde la vida palpita y se 
difunde bajo formas distintas, probablemente superiores a las de la 
tierra ? ¿ En su destino ulterior, constituye un átomo eterno de la vida 
universal ? No es posible contestar a estas preguntas que el hombre 
se formula ansiosamente, pero para nosotros el alma está ahí, con 
sus facultades actuantes y sensibles, que van desde el heroísmo hasta 
la abnegación, el sacrificio y la esperanza, el amor puro y la fe, todo el 
conjunto de virtudes ajenas a los tejidos musculares y nerviosos y a los 
elementos físico-químicos de la estructura animal. 

Es por eso que '{a muerte no debe constituir un motivo de miedo, 
sino que debe esperársela y aceptarla como un paso normal hacia el 
perfeccionamiento y el comienzo de una etapa mas de nuestra evolución. 

Se ha repetido muchas veces que «los muertos gobiernan a los 
vivos», y esta observación es positivamente cierta. El error de la afirma¬ 
ción sólo consiste en calificar de muertos a aquéllos de quienes emanan 
los mandatos, las orientaciones y la influencia a que obedecen los hombres 
y aún los pueblos en múltiples ocasiones de su vida. No hay tales muertos, 
pues si lo estuvieran no ejercerían ese poder decisivo sobre las ideas 
y las acciones humanas. Cuando se intenta definir a la muerte como la 
cesación de la vida, se incurre, a la vez, en un simplismo y en una falsedad 
materialista, porque hay seres cuya vida ha sido espiritualmente mas 
fecunda años y siglos después de la disolución de su envoltura camal. 
Ha habido filósofos, sabios, descubridores, inventores, poetas, funda¬ 
dores de urbes y de pueblos, filántropos, legisladores, santos y héroes 
cuyo tránsito por la tierra ha pasado casi inadvertido para sus coetᬠ
neos ; o que han sufrido vejaciones, envidias e injusticias; o que se han 
debatido en la miseria ; o que han visto incomprendidas sus creaciones 
y negados sus descubrimientos ; o que han sido llevados a la hoguera y al 
cadalso por la intolerancia sectaria ; su existencia terífenal ha transcurrido 
precaria y amarga; pero años o centurias mas tarde, cuando su cuerpo 
era ya un puñado de cenizas, esos hombres han surgido de nuevo vivien¬ 
tes ante el mundo ; sus obras han aparecido animadas de un soplo 
inmortal; telas y estatuas han reproducido sus rasgos físicos ; y millones 
de hombres han inspirado su actividad, su ciencia o su conducta en las 
fuentes descubiertas por aquellos varones ilustres, o se han convertido 
en seguidores de sus ejemplos. Y sin embargo, sus contemporáneos los 
creyeron definitivamente muertos; pensaron que sus despojos era todo 
lo que quedaba de su personalidad; y que consumidos esos restos 
mortales la horrible nada sucedería a la pitanza de los gusanos... 
Qué miserable idea tienen los ateos de su propio destino! 



EXORDIO 


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CONCEPTOS HISTÓRICOS 


La tarea acometida por los modernos investigadores de nuestra 
historia, de rectificar errores y completar espacios importantes, no 
levanta resistencias cuando se refiere a los períodos de la conquista 
y la colonización. Es una labor de aclaración y depuración ajena a todo 
sentimiento pasional; se van complementando los lapsos históricos 
mediante la unión de eslabones dispersos ; añadiéndose episodios y 
hombres recién descubiertos, e interpretándose cabalmente documentos 
que se habían juzgado de manera equivocada. En general, estos resul¬ 
tados son aceptados sin oposición por los estudiosos de nuestro pasado 
colonial; pero cuando la investigación descubre afirmaciones erróneas 
en el período de la emancipación, y falsedades en la época posterior — 
la feudal, la bárbara, la de las tiranías, las guerras civiles y los degüel¬ 
los — ; cuando las rectificaciones alcanzan a un caudillo endiosado por 
el prestigio partidista, y el anáfisis de su actuación descubre ambiciones, 
miserias o actos de salvajismo, entonces el escritor debe soportar los 
ataques que le dirigen los cultores del personaje consagrado en las 
hecatombes de vencidos, o por sus permanencias en el poder público, 
del que ha sabido servirse con habilidad, arbitrariedad y astucia. La 
masa semianalfabeta, conducida por alfabetos interesados y serviles, 
diviniza al mandón y le decreta monumentos. Así, después de veinte 
años de despotismo sanguinario, Rosas llevó 30 000 hombres a Caseros 
y perdió la batalla en razón de su impericia militar; Perón ha sido 
plebiscitado por cinco millones de electores ; y en las islas del Caribe 
se coloca a Trujillo mas arriba que a Roosevelt. En las tierras tropi¬ 
cales y subtropicales se cumple la terrible ley en cuya virtud las razas 
debilitadas por el mestizaje no pueden alcanzar altos niveles de civili¬ 
zación moral y política. 

La admirable investigación histórica y geográfica realizada por el 
doctor Roberto Levillier abraza una cima demasiado distante de nuestra 
triste época para que los intereses subalternos puedan mezclarse en 
el examen de los hechos. Estos aparecen en los dos tomos del libro con 
una solidez y limpidez extraordinarias, y puedo yo, escritor que nunca 
descendió al ditirambo, calificar a América la bien llamada como un 
modelo severo y elocuente de exposición científica. Después de anali¬ 
zada la tesis del doctor Levillier y estudiados sus documentos, mapas 
y comentarios, resulta incontestable que Américo Vespucio posée los 
mejores títulos para que el Nuevo Mundo lleve su nombre insigne ; 
él fué quien descubrió la personalidad del continente y concluyó con 
la creencia de una prolongación asiática ; él fué el descubridor de la 



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AYER 


costa sud de América, desde el comienzo de la jurisdicción hispánica 
hasta la Patagonia actual; él quien entró primero a nuestro estuario, 
al que denominó río Jordán en 1502, catorce años antes que Solís ; 
y el primero que vió nuestro cerro, al que llamó Pinachullo Detentio, 
dieciocho años antes que Magallanes. 

Como lo establece una documentación incontrovertible, hace exacta¬ 
mente cuatrocientos cincuenta años que los ojos del inmortal florentino 
se fijaron en la ribera norte de nuestro gran río. Pienso que esa ribera, 
hoy transformada, debe llevar su nombre. Américo Vespucio ha de 
llamarse la ancha rambla costanera que en tiempos futuros irá desde 
Montevideo hasta Punta del Este, y las rocas donde se confunden las 
aguas del Plata y el Atlántico serán el pedestal de su estatua. En una 
de sus piedras deberá grabarse el nombre del ilustre argentino que ha 
revelado e identificado al descubridor de Uruguay. 

* 

* * 

Una literatura histórica barata ha agotado el repertorio de vocablos 
destinados a calificar la independencia de las antiguas colonias españolas. 
Mi generación creció oyendo hablar de la conquista de la libertad, el 
yugo hispánico, las cadenas, la esclavitud, la implantación de la demo¬ 
cracia y los gobiernos libres que substituyeron al despotismo de los 
virreyes. Declaro que un mejor conocimiento de los hechos históricos 
y mi independencia de criterio me han emancipado de esas afirmaciones 
erróneas que consisten en presentar al régimen colonial como una 
tiranía y la proclamación de la República en América como el comienzo 
de una avanzada etapa institucional y política. Sostengo que, a pesar 
de sus errores y deficiencias, aquel régimen se caracterizó por el orden 
y la paz, que fueron reemplazados después de la segregación por el 
caos y la guerra civil crónica ; los procónsules españoles gobernaron 
en colaboración con los cabildos, integrados por criollos; Cevallos, 
Vértiz, Meló de Portugal, del Pino, Sobremonte y Liniers fueron buenos 
administradores ; los comandantes de milicias y jefes de ejércitos eran 
casi siempre «hijos de la tierra», desde Vera Muxica y los Maciel hasta 
Larrazabal, Riglos y el primer Artigas. En cambio, producida la sepa¬ 
ración, viose el ideal de Bolívar, San Martín y Artigas desconocido y 
falseado por los mandones de América; y el totalitarismo, vocablo 
reciente, ha sido y sigue siendo el continuador del sistema histórico 
vigente en la mayor parte de los pueblos, bajo la designaciones anteriores 
de tiranía, despotismo, demagogia, gobierno de facto, dictadura y 
absolutismo, ejercidos por un hombre, una camarilla o un partido. 
Lo que sólo ha existido por excepción es el régimen de libertad, de 
sufragio y gobierno libre, de respeto por las instituciones escritas y 
juradas. 



EXORDIO 


II 


La diferencia profunda entre los Estados Unidos de América del 
Norte y los Estados Desunidos de Ibero-América tiene su origen en 
diferencias raciales y religiosas. El espíritu que animaba a «los padres 
peregrinos» los condujo a fundar una nueva patria donde pudiesen 
practicar la libertad de conciencia y la libertad política ; los fuertes 
principios puritanos fueron la base del orden social y del carácter indi¬ 
vidual ; la familia se constituyó con la moral del patriarcado ; y la 
nacionalidad surgida de la declaración de Filadelfia hizo prácticos los 
derechos del hombre y del ciudadano. Tan es así, que en los ciento 
setenta y cinco años transcurridos desde la fundación de la indepen¬ 
dencia norteamericana, no ha existido allí un solo dictador ni un solo 
motín militar ; casi todos los presidentes han sido varones honestos y 
estadistas prudentes ; la única guerra civil que dividió al país fué moti¬ 
vada por un gran postulado humano : la libertad de los negros ; y la 
participación de los Estados Unidos en las dos guerras generales 
del siglo actual demostró su solidaridad con la causa de la demo¬ 
cracia. 

Se dirá que este cuadro ejemplar ya no presenta los bellos colores 
del pasado, y que hay tintas que deslucen el vigor de la tela. Es exacto. 
Un poderoso país de ciento cincuenta millones de habitantes, muchos 
de los cuales proceden de razas y niveles sociales opuestos, arribados 
con ansias de lucro y dispuestos a imponerse a cualquier precio ; país 
de fortunas colosales y pugnas titánicas, necesariamente ha visto des¬ 
cender sus valores tradicionales y constituirse clases donde se desconoce 
la moral rígida de antaño. Como en otras naciones, hay una categoría 
de políticos ambiciosos, una prensa sensacionalista y núcleos de hombres 
y mujeres sin mas aspiración que el éxito inmediato ; pero en América 
latina existen males peores sin los antecedentes honrosos del «self- 
govemment» y de la aportación cultural considerable a la civilización 
mundial, como lo han venido haciendo los Estados Unidos desde hace 
casi dos centurias. Ni podemos afirmar siquiera que nuestra incapaci¬ 
dad y pecados eran propios de la etapa medieval y el lapso de forma¬ 
ción de las nacionalidades indohispánicas, porque éstas han franqueado 
el ciclo feudal y entrado cronológicamente en la mayoría de edad; 
y sin embargo, muchas de ellas siguen viviendo bajo la férula del sable 
cuartelero y de los politiqueros sin escrúpulos ; los rebaños electorales 
eligen con su voto inconsciente a los exdictadores para ejercer el gobierno 
constitucional, y aclaman a los demagogos que suprimen derechos 
y libertades. 

La figura himnal del esqueleto de Atahualpa surgiendo de su tumba 
para batir sañudo las palmas, no tiene nada que ver con la realidad 
histórica. Los veinte pueblos que se emanciparon de la tutela materna 
con la pretensión de vivir su propia vida, carecían de la educación, los 
medios y la comprensión para realizar una existencia libre, organizarse 
bajo la égida de instituciones democráticas y aportar al mundo una 



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AYER 


cooperación de cultura o de riqueza que justificase su personalidad 
independiente. Todo lo contrario de la cooperación aportada por las 
excolonias británicas, Canadá, Sud-África, Australia y Nueva Zelandia, 
cuya independencia ha fortificado los vínculos que las unían con la 
madre patria y que son jóvenes y recios pilares de la civilización anglo¬ 
sajona. Todo el mundo sabe que América latina no significó nada de 
eso. A su falta de preparación y de recursos en todos los órdenes se 
agregó el desate terrible de ambiciones de una clase de políticos que 
hizo su aparición en cuanto faltó la autoridad de la metrópoli; y otra 
clase de jefes de bandas armadas o caudillos semianalfabetos, productos 
del medio inorgánico y la hora primitiva, que hicieron de la guerra 
civil el instrumento de dominación. 

España y Portugal realizaron la hazaña de descubrir, conquistar y 
colonizar el Nuevo Mundo, pero su pobreza y atraso no les permitió 
dotar a las sociedades en embrión de los elementos capaces de civili¬ 
zarlas. La influencia personal de gobernadores y virreyes no alcanzó 
a llenar los vacíos espirituales y materiales que reveló el proceso de la 
colonización. Dentro de sus deficiencias, ambas metrópolis peninsulares 
hicieron lo que pudieron : mantuvieron el orden y la paz y fundaron 
algunas instituciones que cooperaron a la obra lenta de su evolución. 
Hubo también omisiones y errores irreparables, harto conocidos ; me 
limitaré a señalar dos de ellos ; uno cometido por los criollos, el otro 
por la corona española. 

El primero consistió en oponerse a la ocupación inglesa de 1806 
y 1807. El Río de la Plata tenía mucho que aprender y recibir de la 
civilización británica; aprendizaje de instituciones, libertad de con¬ 
ciencia y de comercio, fundación de escuelas e iniciación de la prensa 
periódica. Al tomar las armas y pelear en defensa de los españoles, los 
criollos malograron la oportunidad mas decisiva de progreso que podía 
presentarse en la historia de las colonias. ¿ Estaban, acaso, tan com¬ 
penetrados con el régimen dominante que preferían verter su sangre 
en defenderlo ? Esta presunción es absurda porque tres años después 
su aparente fidelidad desaparecía al estallar la revolución contra el 
régimen. ¿ Podía temerse que la nueva metrópoli iba a demorar indefini¬ 
damente la independencia del continente ? Falta saber si la idea de la 
emancipación existía ya en 1807 en algunas cabezas dirigentes ; pero 
aún así el movimiento que podía estarse eventualmente incubando, no 
podía anularse indefinidamente. Todas las leyes históricas y sociales 
conducían a la solución de un continente libre. El antecedente de Esta¬ 
dos Unidos era concluyente, y aun cuando Inglaterra hubiese extendido 
su dominio a otras zonas del Nuevo Mundo después de establecerlo en 
el Plata, acontecimientos ulteriores habrían determinado mas tarde 
la emancipación continental. La mayoría de edad habría sido alcanzada 
medio siglo, quizá tres cuartos de siglo después de las invasiones ingle¬ 
sas, pero las excolonias españolas habrían culminado una etapa superior 



EXORDIO 


13 


de progreso en todos los órdenes, gracias a esa colaboración de dos 
factores de influencia profunda, el ibérico y el británico. 

Es indudable que dos o tres generaciones de criollos, nacidas bajo 
el nuevo régimen, habrían recibido los fundamentos de la educación 
anglosajona, tan eficaz en el siglo XIX : las guerras fratricidas no se 
habrían producido, faltas de los móviles que las ocasionaron en el período 
feudal; y es muy posible que la constitución de las nuevas sociedades 
hubiese logrado realizarse sin violencias armadas, como aconteció 
posteriormente con los dominios de Canadá, Sud-África, Australia y 
Nueva Zelandia. De todos modos, un largo y estrecho contacto político, 
cultural y comercial de América latina con Gran Bretaña hubiese 
contribuido a un rápido adelanto de la primera. 

Me he referido a la comisión de un error de consecuencias por parte 
de la corona española y de sus consejeros de Indias. Consistió en mantener 
sin evolución alguna el sistema colonial impuesto desde el término de 
la conquista ; apenas se substituyó a los adelantados por gobernadores 
y capitanes generales, y luego a éstos por virreyes ; la nomenclatura 
político-administrativa muy poco alteró las prerrogativas de que dis¬ 
ponían los titulares y la función siguió siendo la misma : gobernar en 
nombre de la corona con sujeción al consejo de Indias. Hubo concesiones 
inteügentes al nombrarse a algunos nativos como magistrados supe¬ 
riores ; Vértiz era mejicano, Valdelirios peruano y Hemandarias para¬ 
guayo ; los grados militares fueron generalmente bien distribuidos, así 
como el comando de las fuerzas; pero la legislación no se modificó en 
el sentido de acordar autonomías a las sociedades en formación. El 
régimen colonial mantuvo su estructura absolutista, el fanatismo reli¬ 
gioso no hizo concesiones a la libertad de conciencia, la oposición fue 
sistemática a la libertad de comercio, y las tierras pasaron de la etapa 
de la conquista a la etapa de la colonización sin que se acordasen modifi¬ 
caciones substanciales de gobierno, en el sentido de un reconocimiento 
de derechos a los nativos para convertirlos en legisladores de sus virrei¬ 
natos y en colaboradores políticos de la corona. Se entró al siglo XIX 
como se había entrado al precedente, sin tenerse en cuenta que los 
tiempos marchan y las poblaciones evolucionan; nunca la metrópoli 
dió mayor prueba de su estancamiento y su imprevisión del porvenir, 
que al mantener una estéril pasividad respecto de la creación de la 
personalidad autónoma de los pueblos americanos. 

De todas las innovaciones que pudieron incorporarse a las institu¬ 
ciones de Indias, la mas transcendental hubiese sido la conversión de 
los virreinatos en monarquías autónomas, regidas por miembros de la 
familia real española y aliadas a la metrópoli por tratados semejantes 
a los que vinculan de manera tan firme a los países del Commonwelth 
británico, cuyas relaciones conocen la autoridad de un consejo supremo 
en el que están representados los exdominios. Los hijos, sobrinos y 
otros familiares de don Carlos III y don Carlos IV habrían ceñido con 



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AYER 


orgullo las coronas reales de Nueva España, Perú y Río de la Plata ; 
su traslado a México, Lima y Buenos Aires en compañía de prelados, 
académicos y cortesanos, hubiera dado arraigo a una clase culta y de 
creciente influencia en la vida inicial de estos países ; y el matrimonio 
de los nuevos monarcas con damas de la sociedad nativa habría fundado 
dinastías nacionales análogas a la creada en 1570 por don Felipe II 
en el Río de la Plata. 

Existe, en efecto, ese antecedente histórico acerca de la fundación 
de una dinastía en América. La cédula de don Felipe II que en 10 de 
enero de 1570 confirió el título de adelantado del Río de la Plata a don 
Juan Ortiz de Zárate, acordó también a perpetuidad la misma honra 
a sus descendientes ; al morir el titular legó el adelantamiento, por 
disposición testamentaria, al hombre que se casara con su hija ; la 
cláusula se cumplió ; y en su virtud doña Juana Ortiz de Zárate dió 
con su mano el gobierno de estas provincias a don Juan de Torres de 
Vera y Aragón. Era aquella dama princesa india, pues su madre fué 
Leonor Yupanki, descendiente del inca Tupac Yupanki 1 . Como se sabe, 
el cuarto adelantado delegó el poder en don Juan de Garay, el insigne 
fundador de Santa Fe y Buenos Aires, antecedentes todos que revelan 
la influencia que alcanzó en el Nuevo Mundo la constitución de una 
dinastía indohispánica 2 . 

Se ha atribuido al estadista español conde de Aranda, un proyecto 
de creación de varias monarquías en América, las que hubiesen gozado 
de ciertos privilegios constitucionales y cuyos cetros se habrían confiado 
a miembros de la casa real, vinculando a ésta, de manera «física» a 
sus posesiones de ultramar. Al redactar yo estas notas, no dispongo de 
los antecedentes escritos obrantes en mi archivo y biblioteca, de los 
que he sido alejado por la fuerza, y cuya consulta me habría permitido 
referirme documentalmente al proyecto de Aranda, formulado o ideado 
en el último decenio del siglo XVIII; sólo puedo actualmente trabajar 
con el auxilio de mi memoria; pero si el proyecto existió cónstanos 
que no recibió aplicación, para mal de América y de España. La fun¬ 
dación de monarquías mas o menos constitucionales hubiese sido una 
solución ventajosa en la época, es decir, una nueva etapa de evolución 
política; sin llegar a la autonomía integral se habría dado un paso en 
esa dirección, y preparado a los nuevos pueblos para regirse a sí mismos. 
Sabemos que no lo estaban en 1810 ; aún hay algunos que tampoco lo 
están en 1952, y que no lo estarán nunca por razones de incapacidad 
crónica para el gobierno propio y hasta para la vida civilizada. ¿ Pueden 
las tribus admitir otro mando que el del cacique, aunque en vez de 
taparrabos use frac ? 

Es conocida la gestión realizada por algunos dirigentes de la revolu- 


1 Azaróla Gil : Crónicas y linajes de la gobernación del Plata, pág. 67. 

2 Groussac : Anales de la Biblioteca, tomo X. 



EXORDIO 


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ción de mayo para traer de Europa una cabeza principesca a la cual 
coronar en Buenos Aires por los años de 1815. Convenimos en que 
aquella gestión tenía tanto relieve artificial que su fracaso era deseable, 
y que su única ventaja hubiese consistido en la supresión de Rosas 
y otros tiranos ; pero no fué artificial sino legítima y eficiente la solución 
que decretó el Brasil al proclamar su independencia, acordando la suma 
del honor público al heredero de la corona portuguesa. Don Pedro I 
fué un continuador del destino lusobrasilero ; la fundación del gran 
país norteño dimanó precisamente de la presencia de su príncipe regente ; 
ocupó el trono de acuerdo con el derecho de la época, y fué al mismo 
tiempo el jefe de la revolución que definió la personalidad libre de su 
patria. Esa revolución se llevó a efecto sin causar los desgarramientos 
dolorosos que se produjeron al separarse los demás países de la metró¬ 
poli española ; sesenta y cinco años mas tarde el imperio se convirtió 
en república ; y la sabia evolución operada en menos de un siglo tuvo 
como punto de partida el traslado del cetro a Río de Janeiro. Al instalar 
su sede real en la urbe brasilera, don Juan VI decretó el desdoblamiento 
de dos coronas y de dos nacionalidades ; la gran flota que condujo a sus 
colaboradores y su corte a través del océano, llevaba en su velamen 
un enorme destino histórico que aún nadie presentía ; y en las entrañas 
de las naves se agitaba ya la progenitura de una nación maravillosa. 


NUEVO CONCEPTO DE LA SOBERANÍA 

La evolución de los conceptos del Derecho Internacional, lenta en 
los dilatados períodos de paz, o realizada a saltos como consecuencia 
de las grandes guerras, ha gestado una idea que adquiere actualidad al 
ser motivo de debates públicos y de estudio en las cancillerías. Ha dado 
lugar a una importante tesis que está destinada a ejercer influencia 
transcendental en las relaciones interamericanas. 

Esa tesis fué planteada en dos documentos sucesivos por el gobierno 
uruguayo en octubre y noviembre de 1945, dirigido el primero a la 
cancillería de Washington y el segundo a todos los gobiernos america¬ 
nos. Exponía en ellos sus conceptos acerca del paralelismo entre la 
democracia y la paz, así como sobre un eventual incumplimiento, en 
las relaciones continentales, de los compromisos libremente consenti¬ 
dos ; y sugería las ventajas de cambios de opiniones destinados a conso¬ 
lidar el sentimiento de « conciencia americana ». Pero la médula de la 
segunda nota uruguaya estaba destinada a suscitar un debate entre 
dos principios fundamentales : el admitido y consagrado de la no inter¬ 
vención en los asuntos internos de las naciones, y el de las interven¬ 
ciones multilaterales en los casos de violación reiterada, por dictaduras 
o gobiernos de facto, de los derechos del hombre y del ciudadano. 



l6 AYER 

Esto último no significaba solamente una innovación en las normas 
del Derecho Internacional tal como se han venido adoptando en los 
textos, las academias y los convenios, sino que revelaba la gestación 
de un concepto nuevo de la soberanía. Hasta hoy, no podía ésta admitir 
limitaciones ni intervenciones, sean cuales fuesen las instituciones, el 
régimen interno o las oligarquías dominantes. Si un país era o es gober¬ 
nado de manera despótica y sus ciudadanos se ven privados de derechos 
fundamentales, sólo ellos están autorizados para combatir a los autores 
de las violaciones constitucionales o los conductores de una demagogia 
peligrosa, aunque ésta constituya una amenaza para las sociedades 
vecinas ; y si por falta de armas o de valor cívico se encuentran aquéllos 
impedidos para instituir la libertad y la justicia, esta impotencia, real 
o aparente, no justificaría la intervención liberatriz de sus vecinos y 
hermanos. Convengamos en que este concepto, así presentado, fué 
siempre teórico, y la historia americana contiene antecedentes al res¬ 
pecto : intervenciones de naciones colindantes que han sido apoyadas 
por núcleos o partidos de los pueblos sojuzgados, y sin salir del Río de 
la Plata debe recordarse que el sólo nombre de Caseros evoca una acción 
trilateral decisiva. Me propongo insistir mas adelante sobre el acto 
preliminar y diplomático de este antecedente. 

La tesis del canciller Rodríguez Larreta sustenta el principio de la 
protección de los derechos del hombre y del ciudadano, afirmando la 
consoüdación de una conciencia americana y defendiendo la institución 
de los pronunciamientos colectivos que, sin menoscabar la indepen¬ 
dencia de un país determinado, llamen a sus amos a la realidad de la 
hora presente, contraria a las arbitrariedades o atentados internos y 
externos. Como se advierte, trátase de una innovación fundamental 
destinada a chocar contra una de las mas arraigadas rutinas humanas : 
la que opone el concepto de la soberanía intocable y hermética, a toda 
solución de derecho, de solidaridad democrática y de libre convivencia. 
Esa rutina ha fortalecido el obstáculo jurídico de la no intervención 
a ultranza, pese a los peligros que entraña la existencia de Estados 
totalitarios regidos por gobiernos de facto o por dictaduras con etiqueta 
constitucional. Me permito pensar que tal actitud no coincide con las 
aspiraciones modernas de las democracias civilistas. Otros conceptos de 
dureza granítica, arraigados en el espíritu humano, han debido modifi¬ 
carse bajo la influencia de evoluciones precedentes, como voy a intentar 
demostrarlo. 

El paso mas decisivo realizado por las sociedades civilizadas a favor 
de los derechos del hombre, fué la abolición de la esclavitud. Y debe 
recordarse que esta conquista no se efectuó de manera simultánea en 
todos los países donde se practicaba esa forma de servidumbre : se 
adoptó por etapas sucesivas. Aún en América, la revolución de 1776, 
al proclamar la libertad de las colonias y consagrar la dignidad política 
de los ciudadanos, no significó la igualdad de las razas, y recién un 



EXORDIO 


17 


siglo mas tarde, después de una guerra agotadora, se logró lo que hoy 
nos parece de elemental justicia : que los negros no fuesen vendidos 
como esclavos. A su vez, la Constitución uruguaya de 1830 declaró 
«que nadie nacerá ya esclavo», pero continuaron siéndolo los que 
habían nacido antes de aquella fecha. La «libertad de vientre » no 
significó la libertad de las generaciones de color que se habían comprado 
por escritura pública... No hay que olvidar que ese estado de degra¬ 
dación de una fracción de la humanidad se mantenía a pesar de las 
fórmulas democráticas de las constituciones, y nadie habría pensado 
entonces intervenir en un país donde se practicase el régimen de la 
esclavitud. En cambio, esa intervención se llevaría hoy a efecto con 
toda certeza. La servatura de los negros, consagrada por las leyes, su 
compraventa, sus torturas físicas y morales, revistirían en nuestros 
días aspectos tan inhumanos y terribles, que no habría hombre normal 
que no juzgase justificada una acción de naciones civilizadas contra 
el Estado o el gobierno que intentase resucitar aquellos procedimientos 
definitivamente caducados. 

¿ En virtud de qué innovación o nuevo principio se opondría nuestra 
cultura al retomo de la esclavitud de los negros ? Simplemente porque 
se ha operado una evolución en el espíritu humano, que ha reconocido 
la caducidad de algunos de sus viejos conceptos. Lógicamente, esa 
evolución no se ha detenido, y los hombres asisten a la revisión cons¬ 
tante de principios, creencias y leyes que en su tiempo se reputaron 
invariables. Y lo fueron, en efecto, mientras perduraron la substancia 
y el cimiento espirituales que les habían dado consistencia. La sociedad 
feudal, la reyecía absoluta, la monarquía constitucional, el liberalismo 
y la democracia, son elementalmente etapas de una transformación 
mental, incesante e inexorable. Es casi un lugar común decir que nada 
hay inmutable en el orden físico ni en las manifestaciones de la vida 
colectiva, y es innecesario repetir que una ley de la creación es la muta¬ 
bilidad permanente de las cosas, aún de las aparentemente inertes. 
Hasta la roca dura, enorme e inmóvil, pierde sus formas agresivas para 
pulirse bajo la acción del sol, el viento y la lluvia. Las montañas se 
demudan, las plantas se transfiguran y los seres vivos de los tiempos 
remotos se presentan hoy adaptados a las condiciones presentes. La 
evolución de las ideas acompaña el paso de las generaciones nuevas, 
que no piensan, sienten ni obran, respecto de muchas cosas, de acuerdo 
con la mentalidad y la sensibilidad de las edades viejas. 

Esos cambios son patentes y visibles, porque las culturas, los estilos 
y los hábitos trasuntan las diferencias ideológicas de hombres y mujeres 
en cada centuria. Para fijar una visión real de esas variantes, figuré¬ 
monos que en algunos de nuestros antepasados, pertenecientes a la 
sociedad colonial y fenecidos hacia los años de 1800, se reprodujese 
el milagro de Lázaro y, saliendo de sus tumbas, reconstituidos sus 
cuerpos y sus trajes, animados sus rostros, se mezclasen con nosotros 



l8 AYER 

en los salones y los teatros, asistieran a nuestras asambleas, concur¬ 
riesen a las sesiones del parlamento, se informasen de la vida mundial 
con la lectura de los grandes periódicos, y viajasen a Europa en 30 horas. 
Esos resucitados, atónitos ante los progresos modernos, quedarían mas 
perplejos aún al informarse de las diferencias económicas, morales y 
políticas que separan su época de la nuestra, desde la libertad de opi¬ 
nión, de cultos y de comercio hasta las innovaciones de la legislación 
moderna y la difusión de las ciencias. Reconocerían que se encontraban 
en un mundo nuevo y admitirían que todas las mutaciones operadas 
en las sociedades actuales obedecen a una explicación o causa primaria : 
que el espíritu humano había experimentado un cambio fundamental 
en los últimos 150 años, y que de esa transformación mental y psicoló¬ 
gica derivaban las profundas variantes introducidas en los cuerpos 
políticos y sociales. 

Hay, pues, una evolución espiritual previa a los cambios prácticos. 
Las leyes avanzadas actuales y las costumbres modernas o modernistas 
son las expresiones visibles de un proceso anterior que ha decretado 
la caducidad de las antiguas normas, la inadaptabilidad de ciertas 
instituciones y la discordancia entre los hábitos tradicionales y las 
tendencias nuevas. Algunas doctrinas han envejecido, muchos pre¬ 
juicios se han enterrado y otros derroteros se han abierto al avance 
de las generaciones jóvenes. Véase, como ejemplo rotundo, el cambio 
de criterio acerca de la mujer, virtuosa casi siempre, pero ayer iletrada, 
devota y sumisa, sin mas horizonte que el patio y el huerto de su casa ; 
y hoy universitaria, profesional, poseedora de derechos civiles, divor- 
cista a veces, viajera despreocupada y segura. Para mal o para bien, 
su personalidad actual dimana de su alma transformada. 

¿ En virtud de que ley, inspiración o antecedente humano pueden 
algunos eminentes hombres de Estado americanos y distinguidos diplo¬ 
máticos, creer en la inmutabilidad de las soberanías nacionales ? 
¿ En qué se basaría la irrevocabilidad de ese dogma jurídico que, como 
todos los dogmas, ha dejado de serlo desde la hora en que se le discute ? 


* 

* * 


Es curioso observar como el concepto de la soberanía — hoy feliz¬ 
mente examinado por la cultura de los estadistas — tuvo su raíz en la 
mentalidad infantil de las tribus primitivas, cuya noción de la pro¬ 
piedad del suelo que habitaban se traducía en mortal represalia contra 
aquéllos que intentaban aproximarse a la toldería. Para alcanzar esa 
expresión de la independencia cerril debemos remontamos a uno de los 
primeros actos de la historia rioplatense, es decir, al desembarco de 
Juan Díaz de Solís en la ribera norte del estuario, en los días del des- 



EXORDIO 


19 


cubrimiento. Digo descubrimiento y no conquista porque necesaria¬ 
mente el primero fué la etapa anterior al proceso de apoderamiento 
de las tierras, etapa anterior que no implicaba en manera alguna actos 
de guerra. Este distingo es necesario para juzgar con exactitud la 
reacción belicosa de las tribus aborígenes, inspiradas por el impulso 
bárbaro que las inducía a considerar como enemigos a todos aquéllos 
que ponían su planta en la región de sus aduares. Hasta la hora del 
desembarco de Solís, sólo indios de otras procedencias habían intentado 
establecerse o cruzar el territorio virgen, que ofrecía dilatadas zonas 
casi desiertas donde la convivencia, o la vecindad, o la adaptación 
hubiesen sido realizables y ventajosas si no hubiese existido aquel 
sentimiento salvaje de agresividad contra todo ser humano que no 
perteneciera a la propia tribu. El arribo de los españoles se hizo en 
forma pacífica, y al poner pie en la playa oriental del gran río, Juan 
Díaz de Solís no lo hizo guiado por propósitos de hostilidad hacia los 
habitantes, como tampoco los había tenido Colón al desembarcar en 
Guanahani. Soh's ofreció a la tribu charrúa el espectáculo maravilloso 
para ella de una carabela acerca de cuya existencia no tenían los indios 
noción alguna, ni tampoco de los hombres blancos y pacíficos que 
luciendo los llamativos trajes de la época y alzando estandartes se 
desprendieron de la nao y abordaron la playa dando muestras de 
curiosidad y satisfacción. En vez de aproximarse a los recién llegados 
para intentar saber algo a su respecto, examinarlos de cerca e inquirir 
sus propósitos, la indiada escondida en la maleza costera disparó sus 
flechas y ultimó a los navegantes. Este acto de agresión y masacre 
inmotivado es la revelación del instinto díscolo y obscuro que veía una 
injuria en la sola presencia del extranjero. Ahí radica la manifestación 
primaria de la soberanía bárbara y huraña. 

Desde luego, aquel instinto originado en el aduar de cueros de 
venado y estacas de espinillo, fué doblegado por la conquista y la 
colonización. Tres siglos después la guerra de la independencia creó 
un sentimiento de solidaridad continental que justificó las intervenciones 
de pueblos hermanos. Esta es la raíz histórica de la doctrina Larreta. 
Es un antecedente que el autor no necesitó consignar en el texto de 
aquélla, pero cuya existencia está confirmada por las acogidas extra¬ 
ordinarias que Chile y Perú reservaron a San Martín y al ejército argen¬ 
tino. Como es también sabido, la tentativa primera de estructuración 
de la comunidad continental fué iniciada por el genio de Bolívar, que 
hizo llegar en 1824 su invitación a los gobiernos americanos para cele¬ 
brar en Panamá el congreso que se reunió efectivamente dos años 
después y echó las bases de una confederación de los Estados del Nuevo 
Mundo, creando un estatuto jurídico y previendo reuniones regulares 
de representantes de aquellas naciones. La realización de los postulados 
bolivarianos, incierta en aquella hora, ha obtenido una cristalización 
visible a medida que las nacionalidades incipientes se han acercado al 



20 


AYER 


período de su madurez, y las Conferencias Panamericanas, desde 1889 
hasta hoy, han logrado la creación de órganos de aproximación fecunda 
y cimentado la asociación de veinte pueblos. La figura de Bolívar 
preside esta obra de consolidación fraternal y jurídica. 

Pero volvamos al concepto nuevo de la soberanía, que nos lleva 
a mencionar otro antecedente mas próximo a nosotros que la solida¬ 
ridad en las luchas por la emancipación. Es el pacto trilateral estable¬ 
cido el 29 de mayo de 1851 por los plenipotenciarios del Estado de 
Entre Ríos, el Imperio del Brasil y la República O. del Uruguay, cuya 
finalidad inmediata era «mantener la independencia y pacificar el 
territorio de la misma República » (la Oriental) ; pero la realidad política 
orientaba esa alianza contra el régimen imperante en la vecina orilla 
desde hacía veinte años. Fué firmada en Montevideo por el doctor 
Manuel Herrera y Obes, canciller uruguayo ; don Rodrigo de Souza 
da Silva Pontes, encargado de negocios del Brasil, y don Antonio Cuyás 
y Sampere, representante del gobierno de Entre-Ríos. Este caso consti¬ 
tuye un antecedente concreto y transcendental de intervención de 
pueblos vecinos que contaron con fuerzas políticas argentinas adversas 
al gobierno de Rosas, y es oportuno expresar que nunca una inter¬ 
vención debe efectuarse sin el apoyo de núcleos importantes de opinión 
del país intervenido ; y la acción de una masa interior organizada ha 
menester de cooperar con la que procede del exterior. Queda así salvada 
toda soberanía de un aparente menoscabo, y de ello se evidencia que 
el antecedente de 1851 no pudo chocar con escrúpulos patrióticos. 
Para evitar motivos análogos de susceptibilidad nacional en Uruguay, 
las fuerzas que cruzaron el río-frontera para pacificar el territorio, 
vinieron mandadas por un gran uruguayo, procer de la independencia 
americana, el general Eugenio Garzón, que meses después hubiera sido 
presidente de la República si la muerte no hubiese tronchado prema¬ 
turamente su gloriosa vida. Así, pues, asistimos en 1851 y 1852 a dos 
intervenciones trilaterales destinadas en el espíritu de sus gestores 
a poner fin a reiteradas violaciones de los derechos de hombres y de 
ciudadanos. En el país hermano, la intervención terminó automática¬ 
mente con la caída del régimen y dió origen a la Constitución federal 
de 1853. 


* 

* * 


Pero Caseros y el pacto que le precedió no fueron, en el propósito 
de sus ejecutores, sino una solución al caso de Rosas y de sus conse¬ 
cuencias en el Plata. La doctrina del canciller Rodríguez Larreta, enun¬ 
ciada casi un siglo después, prevé todos los gobiernos de facto y todos 
los dictadores en potencia cuyo absolutismo suplanta derechos, crea 
peligros y viola acuerdos libremente consentidos. Esa doctrina entra 



EXORDIO 


21 


en la evolución del Derecho Internacional como un jalón nuevo, preci¬ 
samente en una época de transformaciones políticas y sociales. El prin¬ 
cipio de la no intervención, oportuno en su hora, no puede cerrar el paso 
a las exigencias actuales del espíritu humano, que pugna por establecer 
normas y conquistas destinadas a perfeccionar la convivencia de las 
sociedades. No se lesiona el honor de un país cuando se lleva a efecto 
un pronunciamiento colectivo precedido de consultas y sólo destinado 
a terminar con una anómala situación interna de atentados a la libertad 
y amenazas a la paz. La lesión aparece dentro de un Estado cuando 
sus fuerzas armadas abandonan sus funciones específicas y se declaran 
aptas para ejercer el poder público. En tales condiciones, la fuerza 
militar, procediendo sin contralor, se convierte en un potro desbocado 
que aniquila bajo sus remos los órganos representativos de la soberanía. 
Conviene recordar que Uruguay conoció esa afrenta en 1875. 

La doctrina Larreta, como todas aquellas que van al encuentro de 
principios, o sistemas, o costumbres, o prejuicios, o rutinas hechas 
piedra, ha menester de horadar esa piedra antes de que su simiente 
encuentre la capa de tierra que la fertilice. Si otras rectificaciones a 
las normas del derecho tradicional, u otros conceptos destinados a 
innovar en la legislación básica de los Estados, han exigido una modifi¬ 
cación previa de los factores psicológicos que rigen la evolución de los 
pueblos, sería un hecho normal que la tesis enunciada por la cancillería 
uruguaya en 1945, se encuentre desde ese año expuesta al proceso de 
todas las grandes elaboraciones espirituales. Entre éstas, la fundamental 
es la consolidación de la «conciencia americana», que modifique el 
sentimiento atávico de nacionalidad que cierra las fronteras a los ideales 
de solidaridad. 

Es doctrina trascendente, y su influencia será paralela, en mi con¬ 
cepto, a las modificaciones mentales que se operen en los países de 
evolución retardada. Creo que su incorporación al Derecho Internacional 
está relacionada con el desarrollo de la cultura cívica y aún de la cul¬ 
tura a secas ; con el poder de resistencia de las masas nacionales a los 
motines cuarteleros que derriban a los gobiernos civilistas; con la 
depuración de los elementos totalitarios, de izquierda y de derecha, 
que perturban y falsean los resortes morales de la democracia ; con 
el arraigo del principio de unidad y universalidad del derecho, que 
desarmará los nacionalismos exasperados. Ciertamente, no son los 
pueblos donde se respetan las leyes, se cumplen los dictados de la 
justicia y se practica el sufragio libre, los que pueden experimentar 
escrúpulos en aceptar una limitación espontánea de su soberanía, 
cuando esa limitación se consiente en salvaguardia de la convivencia 
pacífica de los integrantes de la comunidad internacional... América 
saludará con alborozo el advenimiento de esa hora que está prevista 
en el cuadrante de su historia. 



22 


AYER 


EDUCACIÓN DE LOS VIAJES 


La creencia de que el planeta es enorme, sus distancias dila tadas 
y que el hombre desarrolla grandes velocidades gracias a sus inventos 
mecánicos, es una tonta y equivocada idea que proviene de la pequeñez 
de los medios humanos de locomoción. El hombre es una tortuga, 
y guardando la relación de volumen sus piernas son menos rápidas que 
las patas de las hormigas. De ahí la ilusión de que el ferrocarril, el auto¬ 
móvil y el avión, son veloces. No hay tal velocidad: son tortugas 
mecánicas. Creemos en la celeridad del motomóvil y del aeroplano 
porque nuestros lentos miembros inferiores sólo nos permiten andar 
cinco o seis kilómetros en el espacio de una hora ; y al ver a un 
aparato mecánico circular a razón de quinientos kilómetros en el 
mismo lapso, calificamos ingénuamente esto de velocidad. En realidad, 
no la hay. Lo que realmente hay es nuestra lentitud que nos engaña 
al juzgar los movimientos ajenos. 

Una rapidez normal es la que desarrolla la luz. Quien califique esa 
velocidad de excesiva o fantástica revela estar juzgándola con el sentido 
de un gusano. Porque la velocidad de trescientos mil kilómetros por 
segundo es normal y nada excesiva si se consideran las distancias que 
debe recorrer la luz para cumplir la función que le está asignada por 
las leyes de la mecánica celeste. Si bien es cierto que no tarda sino 
ocho minutos para llegar desde el sol hasta la tierra, es porque la dis¬ 
tancia del astro a nuestro planeta es harto breve. En cambio, la luz 
emplea veintidós años en llegar a nosotros desde Sirio, y novecientos 
mil años en arribar desde la constelación de Andrómeda. Por consiguiente, 
aquella rapidez de trescientos mil kilómetros por segundo que tanto 
maravilla a la gusanería terrestre resulta pequeña si se tiene en cuenta 
las distancias. Véanse, pues, en que quedan los pasos de la tortuga 
humana y los impulsos de sus creaciones mecánicas ; y que burlesco 
resulta definir al hombre como un semidiós porque ha inventado motores 
que cruzan el espacio a razón de quinientos kilómetros por hora... 
Vale decir que, para llegar al*sol en lugar de los ocho minutos que emplea 
la luz, nuestros ultrarápidos aviones tardarían cuarenta años... 

El hombre que no ha viajado es un ser cuyo pensamiento tiene 
estrechas limitaciones, aunque sea un sabio — un sabio incompleto — 
porque su frontera espacial es escasa. El estudio de varias bibliotecas 
le ha dotado de conocimientos teóricos, o el laboratorio, el hospital 
y la cátedra le han permitido aplicaciones experimentales; pero su 
capacidad científica no alcanzará ciertas comprensiones ni su espíritu 
la amplitud conseguida por el que ha viajado. Podrá éste poseer sólo 
una mediana cultura libresca, pero su personalidad mental se ha dila- 



EXORDIO 


23 


tado y llenado con la observación directa de pueblos, razas, ciudades, 
costumbres, artes, museos, caracteres y opuestos trasuntos de la vida 
humana. 

No se trata, naturalmente, de viajeros con etiqueta turística sino 
de hombres inteligentes que han vivido en diversos países poseyendo 
la capacidad de observar. Porque el turista corriente sólo ve la super¬ 
ficie de un pueblo, las vidrieras de una calle, la altura de los edificios 
y los adornos en las plazas de una ciudad. Si se traslada a una playa 
para tomar baños conocerá la arena, las desnudeces y el casino. Es 
la masa moderna y adinerada cuya alma continúa tan indiferente 
o inaccessible a los problemas fundamentales de la vida como lo era 
la de generaciones precedentes que no se habían alejado de la aldea, 
grande o chica. Estos viajeros no nos interesan. Los que adquieren 
elevado interés son los capaces de penetrar en el alma de una civili¬ 
zación, dilatando simultáneamente su propio espíritu. Entre éstos hay 
individualidades selectas que no se detienen en la observación exterior 
de las cosas humanas sino que ascienden a otras mas trascendentes. 
Son los «seres extensibles» definidos por Carrell. 

Pero el contacto con todo el mundo o con una buena parte del mismo, 
no debe servir únicamente para ilustrarnos sobre sus aspectos geogrᬠ
ficos, urbanos y mundanos : la aproximación con hombres y mujeres 
de distintas nacionalidades y opuestas clases sociales ha de manifestarse 
en nosotros por la posesión de un criterio humano que nos permita 
juzgar a nuestros semejantes de manera objetiva y bondadosa, pues 
la gran mayoría de ellos no son directamente responsables de sus defectos 
y acciones. El hombre es el hijo del hombre, y como tal heredero de 
pecados atávicos ; nadie nació en una zona cálida o fría por su propia 
voluntad, ni escogió las influencias que habían de modelar su espí¬ 
ritu. Seamos comprensivos y tratemos de que la organización social 
evite en lo posible el imperio de la injusticia, el aniquilamiento y la 
miseria de los mal dotados. Véase á las mujeres bellas comparándolas 
con las feas ; los hombres buenos mozos y los insignificantes ; los talen¬ 
tosos, los valientes, los laboriosos... Parece que la naturaleza reservase a 
a los bien dotados una situación de privilegio, y la tienen, en efecto; 
pero las organizaciones sociales, sin destruir aquella selección, deben 
y pueden mejorar la situación de los débiles y los humildes, y evitar, 
al mismo tiempo, que los favorecidos abusen de su situación en perjuicio 
o detrimento de los otros. Es la obra mejor de la democracia. Ésta, 
al declarar a los hombres iguales ante la ley, parece que pretendiese 
desconocer las escalas y jerarquías naturales : no debe ser así, sino 
que debe buscar en aquella igualdad la realización de un postulado 
de equidad humana, evitando que los desniveles sean demasiado pro¬ 
fundos. 

De ahí que la democracia no sea tanto una verdad absoluta como una 
aspiración. Como también el cristianismo es una alta y pura aspiración 



24 


AYER 


del alma humana, que no siempre logra hacerse práctica en la vida. 
El amor al prójimo es algo superior a los hombres, en su mayoría ; 
pero debe tratar de inculcárseles aquel amor para disminuir en la tierra 
los efectos de la crueldad y la fuerza. 


NIVELES SUPERIORES 

« Pueblos desamparados » es un libro terrible. Su autor, el doctor 
Alfredo L. Palacios, no lo escribió con el mero auxilio de datos esta¬ 
dísticos, relatos de viajeros e informaciones de prensa: fué personal¬ 
mente a La Rioja y Catamarca, se detuvo en sus ciudades, recorrió 
las aldeas, penetró en las cavernas donde se han refugiado millares de 
seres, y reveló la barbarie y la miseria de las gentes que arrastran su 
miserable vida sin esperanza de mejoramiento. 

Palacios es estadista y filántropo. De su doble calidad de legislador 
y hombre generoso surgen las soluciones que preconiza en su libro. 
Sin duda, son eficaces, pero yo conozco una solución mas práctica 
y definitiva, aunque para resolverla se requiere tener coraje. Es la que 
no vacilan en aplicar muchos hombres y mujeres valientes que viven 
mal en sus tierras de origen. Consiste en « cortar las amarras». Esas 
amarras, que atan a los seres humanos a la miseria de su suelo, no se 
cortan con tijeras : se rompen haciendo la maleta y tomando un boleto 
de pasaje para cualquier parte. 

Nadie está obligado a vivir en el lugar donde nació, si ese lugar 
no ofrece los medios de vivir con salud y dignidad. Y no hay salud en 
tierras donde no hay agua, ni alimentos, ni viviendas habitables. Como 
no hay dignidad humana cuando el hombre tiene que vivir como una 
bestia de carga, sin remuneración y sin derechos cívicos, porque estos 
derechos son una farsa sangrienta cuando la miseria convierte al ciuda¬ 
dano en un esclavo. 

Que nadie hable de fidelidad al solar nativo cuando en vez de tal 
solar se ha tenido la mala suerte de nacer bajo el rabo del mundo, en 
lugar maloliente y estéril, sin agua para lavarse ni para apagar la sed ; 
o en comarcas de tedio y de miseria, donde se arrastra una existencia 
sin estímulos, vegetativa y estúpida; o en parroquias incultas donde 
el prejuicio es la ley, la superstición el alimento del espíritu, la poli¬ 
tiquería el acicate bajo y único, y la mugre el espectáculo corriente. 
Los hombres que sienten dentro de sí una aspiración de vida mejor, 
un afán de cultura, una ambición superior y un noble anhelo de actuar 
en un medio civilizado, ¿ no tienen acaso el derecho a emigrar, cons¬ 
truir su vivienda y constituir su hogar en una tierra fértil, donde el 
esfuerzo humano halle un premio legítimo y donde los hijos puedan 
crecer con salud y educarse con provecho ? El deseo de perfeccionarse. 



EXORDIO 


25 


de instruirse, de vestirse con decencia, de elevarse a los niveles supe¬ 
riores de la vida, de alcanzar algunas comodidades, ¿ no justifica el 
alejamiento de la aldea estancada, el semidesierto estéril, el ambiente 
ingrato y la existencia miserable ? 

Negar ese derecho equivaldría a acusar a nuestros padres y abuelos. 
Todos los hombres y mujeres, absolutamente todos los hombres y 
mujeres de raza blanca que pueblan las tres Américas, son o descienden 
de inmigrantes. Esto quiere decir que nuestros antepasados dejaron su 
suelo natal y arraigaron en un suelo nuevo que les ofrecía mayores 
ventajas, o compensaciones, o estímulos, o promesas, o libertades, 
o derechos, que los que existían o no existían en su patria. No renegaron 
de ella, «pero cortaron las amarras » con la miseria, el atraso, la tiranía 
espiritual o el ambiente inferior; saltaron audazmente sobre una proa 
que puso rumbo hacia las nuevas tierras promisoras ; y al llegar a ellas 
entraron a luchar en condiciones de sólida ventaja. Unos se malograron, 
otros vivieron y otros triunfaron. Es lo que pasa en todas las batallas. 

Pero los que inmigraron eran hombres de raza blanca, y los que 
arrastran una existencia miserable en ciertas regiones interiores de 
América, no lo son. El mestizaje jamás fue un factor de selección, y 
los pobres seres de tinte cobrizo y frente estrecha, productos de ayunta¬ 
mientos híbridos entre blancos, negras ó indias, carecen de la capa¬ 
cidad de los linajes llegados de Europa. Nadie se atreve a decirlo por 
no mentar la cuerda en la casa del ahorcado, pero tampoco nadie puede 
aducir pruebas en contrario. 


• * 

* * 

Claro está que predomina en las gentes de los pueblos superiores 
un concepto de la vida distinto al de los pueblos de cultura precaria, 
los sudamericanos mediterráneos y los centroamericanos, por ejemplo. 
En los primeros, los hombres se esfuerzan en obtener una situación 
personal que les permita bastarse a si mismos, vivir con independencia, 
constituir su hogar, educar a sus hijos, cultivar relaciones sociales y 
llegar serenamente a la vejez. Para conseguir estos resultados estudian, 
trabajan, economizan, se casan, compran o construyen su residencia 
y en ella reciben a sus amigos. Tanto mejor si la prosperidad les sonríe 
y logran poseer una biblioteca u objetos de arte, y la esposa puede 
vestirse con elegancia y lucir joyas; pero la gran mayoría de esas 
gentes radica su felicidad en la familia, la independencia, la educación 
y la consideración social. En lo que menos piensan es en servirse de 
aquellos medios para escalar posiciones políticas. No les conceden 
importancia. 

Y bien, este concepto de la existencia, elevado y justo, no se comparte 
sino de modo muy relativo en las sociedades que he calificado de cultura 



26 


AYER 


precaria. Desde luego, en todas ellas hay una categoría que actúa 
dentro de un género de vida europeo ; pero la masa de la población, 
incluyendo alguna clase que disfruta de posición social y económica, 
mantiene un tipo de vida todavía inferior. En la América hispana el 
hombre y la mujer son callejeros. Los primeros permanecen en su casa 
durante el exiguo espacio de tiempo que les deja libre el empleo, la 
profesión, el club, el restaurant, el café, el copetín, el teatro, el corrillo 
de las aceras o las puertas, los naipes y las carreras. Las segundas viven 
principalmente para las tiendas, las visitas, los institutos de belleza, 
el cinematógrafo, el té, el cocktail y el baile. Lo que atrae no es la vida 
de hogar : son las distracciones que se persiguen fuera de él. En los 
hombres predomina una voraz ambición por alcanzar la influencia de 
las posiciones públicas ; en las mujeres un anhelo febril por la noto¬ 
riedad social; y en todos un deseo de abarcar los placeres que pone a 
su alcance la vida moderna y fácil. 

He comprobado que en Inglaterra, Francia, Suiza, Bélgica y Holanda, 
y sé que también que en Dinamarca, Suecia y Noruega, el culto del 
hogar se revela en la voluntad del hombre y la mujer de permanecer 
en él casi todo el tiempo que les dejan libres sus obligaciones exteriores. 
El salón o el living-room, la biblioteca, el comedor y el jardín, cuando 
se le tiene, reúnen a padres e hijos ; la convivencia es casi permanente, 
y la tertulia cuotidiana está considerada indispensable como satisfac¬ 
ción y alimento del espíritu. La conversación familiar, la lectura, la 
correspondencia escrita, los juegos y labores domésticos concentran 
el interés y la atención de viejos y jóvenes. «Home, sweet home.» 

Para un hombre dotado de equilibrio moral y mental resulta mara¬ 
villoso vivir para sí mismo y para los suyos, sentirse solamente el centro 
de su familia, cooperar de manera anónima al bienestar general, ayudar 
a los demás sin esperar reconocimiento e ignorar el espectáculo de las 
ambiciones y de los míseros conflictos ajenos. 

Esta actitud es la que corresponde a los varones y mujeres virtuo¬ 
sos y capaces, que se adaptan a las posibilidades y a los deberes de 
la vida sin dejarse engañar por las apariencias del mundo, las vanidades 
de la publicidad y la atracción de los placeres falsos. 


HABLADORES PÚBLICOS 


La toxina oratoria, originada por la hipertrofia del yo, ha provo¬ 
cado la multiplicación de las conferencias públicas. Celébranse éstas en 
todas partes, todas las tardes y todas las noches ; no hay gremio, ni 
tema, ni problema, ni reunión sin conferencista. Cualquier pretexto es 
bueno para los charlistas o los charlatanes. La cuestión es ocupar una 
tribuna y disponer de un auditorio, gracias a la complicidad de los 



EXORDIO 


2 7 


periódicos anunciadores de la parlería. Pero hay que hacer un distingo 
entre la plaga de las conferencias y la de los discursos de sobremesa : 
que a las primeras asisten quienes consienten en aguantarlas, mientras 
que los otros se traman mediante el engaño, es decir, con el anzuelo 
del banquete y sin revelar lo que aguarda a los comensales apenas se 
han servido los postres : una copa de champaña falsificado y un flujo 
de oratoria barata. 

Esta propagación de habladores en público ha sido paralela a la 
difusión de la prensa. El enorme desarrollo de la industria y la multi¬ 
plicación de los anuncios comerciales que son su derivado, al aumentar 
las entradas y recursos de las empresas periodísticas, han permitido a 
éstas acrecer sus columnas de información local y extranjera y ampliar 
sus seivicios, estimulando el interés del público lector; las actividades 
deportivas, sociales y culturales son reflejadas en grado máximo y sin 
contralor ético, de modo que la crónica abunda en elogios y adjetivos 
al divulgar los actos de la víspera y los protagonistas de esos actos, 
trátese de boxeadores o de discursantes. La fotografía de un estafador 
apresado por la policía aparece junto a la de un conferencista. Cualquier 
suelto informativo convierte a un latero en un tribuno y a un tipo 
anónimo en una personalidad. Lo que ha sido para un verdadero artista, 
un hombre de ciencia o de letras, todo un proceso de largos años de 
labor silenciosa, lo consigue un improvisado o un arribista mediante la 
cooperación de la publicidad hábilmente dirigida. De ahí la proliferación 
de los oradores cuya vaciedad escalofriante no es óbice a su popularidad. 
La influencia de las letras de molde, de las fotografías en poses acadé¬ 
micas y de los elogios complacientes, levanta el pedestal de los 
adocenados. Millares de reputaciones se han alcanzado por esos 
medios. 

Algo semejante ocurre en el teatro, ya que son pocos los cagatintas 
que no han intentado convertirse en comediógrafos y dramaturgos. 
Los directores teatrales son víctimas de esa saturación de aspirantes 
convencidos de sus condiciones para triunfar en el arte escénico. He 
oído decir a Vicente Martínez Cuitiño que ese fenómeno debe atribuirse 
al criterio simplista de muchos espectadores que, al ver al público 
aplaudir una pieza, se dicen : «Si el autor, mi amigo Fulano, alcanza 
este éxito siendo un mediocre, ¿ como no he de obtenerlo yo, con mi 
ingenio y mi mejor conocimiento de los recursos teatrales ?«... Los 
directores artísticos se vuelven astutos para eludir audiencias y visitas 
sin más objeto que la lectura de originales. Me ocurrió una vez que al 
llegar a Buenos Aires después de una larga ausencia en París, fui a 
estrechar la mano de mi amigo don Joaquín de Vedia, a la sazón director 
de un gran teatro porteño y bibliotecario del Senado argentino. Al 
presentarme en la antesala de su despacho del Congreso y rogar al 
ordenanza que me anunciara, observóme éste con aire cauteloso y 
di jome a media voz : «Don Joaquín no está, pero puede usted dejarme 



28 


AYER 


la pieza »... El buen hombre no concebía que el talentoso y barbudo 
director de teatro recibiera otras visitas que las de los aspirantes a 
comediógrafos. 

♦ 

* * 

Volviendo a la manía de la oratoria voy a revelar un episodio vin¬ 
culado a la VII Conferencia Internacional Americana que se celebró 
en Montevideo en diciembre de 1933. Era titular de Relaciones Exte¬ 
riores un cirujano a quien el presidente de la República, amigo suyo, 
había sacado de su sala de hospital para designarlo ministro de guerra 
y luego canciller, como lo hizo mas tarde presidente de un Banco de 
Seguros, ministro plenipotenciario en Europa y por último senador ; 
y si el cirujano no alcanzó otras jerarquías dispares y reñidas con su 
carencia de aptitudes para el desempeño, fué porque al cabo de siete 
años de mandato más o menos ilegal, el patrón-presidente tuvo que 
irse... Pero vamos al episodio. 

Como el improvisado canciller debía presidir la Conferencia Inter¬ 
nacional en razón de su cargo, planteósele el problema del discurso 
inaugural, y no sabiendo como desempeñarse ante aquella asamblea 
de juristas y hombres de Estado, no se le ocurrió nada mejor que 
telefonearme a Buenos Aires desde su despacho ministerial y pedirme 
que le fabricase la pieza oratoria. Le respondí que, recién llegado yo de 
Europa después de años de ausencia, muy poco sabía de esa confe¬ 
rencia, ni de su programa, ni de las cuestiones de América, por lo que 
no me sería posible satisfacer su deseo.« No importa — me dijo — usted 
debe tener algunas ideas al respecto ; yo le enviaré antecedentes ; 
hágame el discurso. » Debí acatar la orden. Días después, al leer los 
periódicos que contenían la crónica de la sesión inaugural, no pude 
dar crédito a mis ojos. El discurso leído por el canciller casi no era el 
mío, pues lo que yo había escrito al final aparecía al principio, y vice¬ 
versa ; frases desconocidas se mezclaban en mis períodos; y las ideas 
que yo había tratado de desarrollar estaban tergiversadas y contra¬ 
hechas... ¿ Qué había pasado ? Lo supe un mes después, ¿ qué es lo 
que no llega a saberse ? Al mismo tiempo que me encargaba de redactar 
su histórico discurso, el cirujano confió análogos cometidos a un dipu¬ 
tado, a un literato, a un amigo orador y a un político profesional; 
reunió luegp los cinco discursos y ordenó a un funcionario de su minis¬ 
terio «que entresacase lo mejor de cada pieza y confeccionase con esas 
selecciones un discurso magistral.» Lógicamente aquello resultó un 
bodrio. No sé lo que habrán pensado sus auditores al prodigarle, entre 
sonrisas diplomáticas, sus plácemes y apretones de mano ; pero recuerdo 
que aquel buen señor fué un par de años mas tarde candidato de si 
mismo y de bastante gente a la presidencia de la República... Entiendo 
que volvió a sus vendajes. 



EXORDIO 


29 


AUDIENCIAS OFICIALES 

Siempre me he sentido consternado ante el espectáculo de hombres 
sentados largas horas en las antesalas, esperando que los reciba un 
jerarca en su despacho. A esas esperas se les llama « amansadoras». 
Yo las llamaría «envilecedoras», y temo que todo sujeto que aguarda 
tres o cuatro horas en una silla, sea un vencido. Declaro que no me 
siento capaz de sentarme a esperar ni en la antesala de un médico. 
¿ Impaciencia nerviosa ? No, impaciencia de la dignidad. En otra época, 
cuando yo debía ser recibido por alguien, permanecía de pie y me 
retiraba cuando el plantón llevaba diez minutos. ¡ Y qué satisfacción 
sentía al irme ! Eso en el cumplimiento de obligaciones oficiales, que 
confieso quedaban incumplidas cuando no se me franqueaba la puerta 
a la hora convenida de antemano. Ahora, que estoy Ubre de obliga¬ 
ciones, no espero sentado ni de pie por la simple razón de que no pido 
audiencias. 

En razón de mis funciones, he tenido que informarme de los proce¬ 
dimientos que se siguen al respecto entre altas personalidades, sus 
partidarios y sus opositores. Estos suelen hacer alarde de independencia, 
que sé debilita ante una perspectiva alhagüeña, mientras los adeptos 
van decididos a hacer ejercicios de flexibilidad dorsal. 

Los ministerios, por ejemplo, son locales cuyo personal se divide 
en dos categorías : la encargada de manipular expedientes y máquinas 
de escribir, y la comisionada para dificultar el acceso al despacho del 
ministro. 

El titular de la cartera es — o debe ser — un señor correcto y bien 
educado ; un tanto desconfiado y escéptico, con algo de sutileza y 
mucha trastienda. El visitante debe llegar hasta él — cuando llega — 
persuadido de esta verdad elemental: que el principal propósito del 
hombre que está sentado en el sillón ministerial no es precisamente 
resolver los asuntos que se le presentan, sino conservar el sillón y la 
influencia que le acuerda ese asiento. No hay que olvidar todo lo que 
representa en la vida de un político tipo Borlenghi el hecho banal de 
posar allí sus asentaderas, máxime si ese hombre es un pobre diablo 
que, sacado del sitial, se convierte también en un postulante. ¡ A veces 
ha llegado hasta el cargo por la puerta, otras por la ventana y otras 
por el caño colector... pero ha llegado ! ¡ Llegar, arribar ! Dar puestos 
— o prometerlos — en vez de pedirlos para sí; ver doblarse ante él 
las espinas dorsales en vez de doblar la suya, y oir que se le dirigen 
las expresiones de servilismo que él no está ahora obligado a expresar. 
Nada mas lógico que el señor ministro sienta crecer su personalidad y 
sea capaz de defender su posición con habiüdad insuperable. Es con 



30 


AYER 


conocimiento de esa fuerza psicológica que el visitante debe enfrentar 
el sillón donde se afirman los brazos y las posaderas del personaje. 

Para ponerse a tono con esa fuerza paradojal, el impetrante, si 
aspira a algo — y nadie visita a un ministro si no aspira a nada — ha 
menester de conducirse también como un escéptico. Ha de desconfiar 
de la promesa que ciertamente va a recibir, y disponer, a su vez, de 
una trastienda cautelosa. Para postular con eficacia hay que empezar 
por ofrecer ; dar la impresión que lo que se pide es un trueque ; que 
si se recibe algo se dará un equivalente ; que si el ministro dispone de 
empleos el visitante dispone de votos... La entrevista, para ser fructuosa, 
debe convertirse en una cita de negocios, y el escritorio que separa 
a los interlocutores en un mostrador, a la espera de tender un mantel 
y colocar los cubiertos destinados a compartir el queso. 

Ya lo dijo Horacio en una de sus sentencias : «El que oculta su 
pobreza ante el rey obtiene mas que el pedigüeño. » 

Por mi parte, y ante aquellos métodos, declaro que si alguna vez 
hago política será formando parte de un grupo que no acceda nunca 
al poder. 


VANIDADES POSTUMAS 

Las sociedades actuales de origen latino han heredado del paganismo 
las ceremonias espectaculares y ruidosas alrededor de los cadáveres. 
Son conocidos los funerales que los judíos, egipcios, atenienses y roma¬ 
nos tributaban a sus muertos, bajo el auspicio de sus respectivas clases 
sacerdotales, y es sabido que en las épocas históricas las exequias 
adquirían proporciones extravagantes a medida que era mas elevada 
la jerarquía o la fortuna del difunto. Como puede verse, las cosas no 
han variado mucho desde entonces. Lo que hay en el fondo es que la 
majestad de la muerte ha impresionado siempre el alma humana, que 
vincula el dolor por la desaparición de un ser amado con el enigma 
formidable de la eternidad, superior a los tiempos y los dogmas. 

La religiosidad latina ha agravado los viejos rituales paganos, en 
el sentido de que las ceremonias comienzan antes de que el paciente 
pierda el conocimiento, imponiéndole la administración de sacramentos 
en plena lucidez como condición indispensable para la salvación de su 
alma. En muchos casos el anuncio fatal del inminente fin constituye 
una crueldad. La confesión y la comunión inevitables se continúan 
con las aplicaciones del santo óleo ; prosiguen después de la expiración 
con los responsos, la misa de cuerpo presente y los rezos, que no cesan 
al caer la lápida sepulcral, pues deben preverse las misas por el descanso 
del alma. Ninguna de estas ceremonias es gratuita, circunstancia admi¬ 
sible porque es justo que los profesionales de la religión vivan de su 
trabajo. 



EXORDIO 


31 


Pero no es únicamente la iglesia quien se apodera de los cadáveres 
notables : el Estado extiende también su mano hacia ellos, y las altas 
autoridades comparten su posesión con el clero en el ininteligente 
anhelo de que el homenaje a la memoria de los grandes hombres sea 
rendido precisamente junto a sus restos inanimados... ¡ Triste con¬ 
junción de lo espiritual y lo corrupto, que intenta materializar el 
idealismo evangélico confundiendo actos de notorio antagonismo ! 


* 

* * 


En el ejercicio de mis funciones he presenciado muchos homenajes 
a hombres que morían en el desempeño de altos cargos oficiales ; pero 
ninguno adquirió los caracteres de los que se tributaron al doctor José 
de Paula Rodrigues Alves, embajador de Brasil en Argentina, que 
terminó sus días en Buenos Aires el 6 de mayo de 1944. 

Los restos del diplomático se velaron durante cuarenta y ocho 
horas en la sede de la embajada ; fueron luego conducidos a una gran 
iglesia, donde se celebró un funeral de pompa ; el gobierno dictatorial 
argentino, que no estaba reconocido por el Brasil, empezó a estarlo 
alrededor del féretro ; movilizáronse el ejército, la marina y la aviación ; 
las tropas se alinearon a lo largo de las avenidas por las que circularon 
lujosas carrozas cargadas de flores ; los aviones surcaron el cielo y un 
crucero condujo los despojos hasta el país natal del personaje. 

El interés político inspiró los actos del rendimiento diplomático, 
y el gobierno de hecho utilizó los despojos del embajador en el afán 
de evitar la agravación de su desmedro internacional. 

Recibido en Río de Janeiro con fervor tropical, condújose el ataúd 
a la iglesia metropolitana, donde se oficiaron misas con asistencia de 
las autoridades, clero, cuerpo diplomático de uniforme y gran concurso 
social; como en Buenos Aires, se movilizaron también las fuerzas 
armadas, y se trasladó el cuerpo a la capilla del cementerio de San 
Juan Bautista. Creyóse que iba a dársele al fin una sepultura harto 
reclamada por el clima y los largos días de zarándeos, ceremonias y 
necrologías ; pero la ciudad natal del ilustre muerto reclamó su posesión, 
y al accederse a ello los restos prosiguieron el macabro viaje. Arribados 
al punto, nuevos actos recordatorios esperaban al cadáver, que fué 
finalmente enterrado en estado de avanzada descomposición después 
de dos semanas de traslaciones por mar y tierra, numerosos discursos 
y centenares de artículos llenos de hiperbólicos elogios en los que 
aparecía como uno de los más ilustres estadistas de América. Así ter¬ 
minaron las exequias del embajador Rodrigues Alves, cuya obra no ha 
trascendido, pero de quien puede decirse con verdad que dejó el recuerdo 
de su sonrisa amable, su perfecta cordialidad y su generosa mesa. 



32 


AYER 


El epílogo doloroso de todos esos convencionalismos — que por 
respeto al muerto no califico de mascarada — fue la tortura moral 
a que se sometió a la esposa, asaltada en Buenos Aires, Montevideo 
y San Paulo por la condolencia internacional; abrazada por millares 
de damas, que se creían obligadas a demostrar solidaridad en el dolor 
con frases y lágrimas inagotables. Acompañada en su viaje a través 
de tres países por delegaciones plañideras designadas por los gobiernos, 
sucumbió a su vez cuando la lápida cayó al fin sobre la tumba de su 
marido. La estulticia oficial y social no comprendió que lo que necesi¬ 
taba aquel corazón era silencio, discreción y silencio, tacto y silencio. 

* 

* * 

En previsión de mi muerte dispongo que no se dé noticia de ella 
hasta después de efectuado el entierro, que se hará en forma privada 
y con la sola asistencia de mis familiares y muy contados amigos pre¬ 
venidos a última hora. Declino los auxilios de la iglesia oficial y la 
bendición delegada, que no me hacen falta, pues siempre oré directa¬ 
mente a Dios Todopoderoso, que me ha escuchado en el transcurso 
de mi vida terrenal y que confío perfeccionará mi alma en la eternidad. 

No deseo tampoco homenajes postumos, ni participaciones oficiales, 
ni artículos necrológicos que se adjudican a cuantos egoístas mueren 
a diario, a condición de que tengan posición social o familia influyente. 
Aspiro a un ambiente silencioso alrededor de mi desaparición física, y 
que mi memoria sea evocada en la santidad del hogar que he formado, 
prolongación del patriarcal en que nací y fui educado. Eso es todo. 



CAPÍTULO PRIMERO 


LA MAÑANA DE MI VIDA 


La sociedad embrionaria y el despotismo santista. — El Quebracho ; 
sus proyecciones históricas. — Dos precursores de la evolución uru¬ 
guaya ; el diario « La República» y la obra de Francisco Lieber. — 
Caracteres del Montevideo tradicional. — Nuestro viejo hogar ; la 
mesa familiar ; las abuelas inolvidables. — Viajes en diligencia. — 
La escuela de Aurelia Viera. — Evolución de la cultura en Uruguay ; 
los grupos ideológicos y la reforma religiosa ; el doctor Juan F. Thom¬ 
son ; el doctor Justo Cubiló. — Mi iniciación literaria ; fundación 
de « El Atalaya ». 


I 


Hacia los años de 1882 Uruguay era un país atrasado y pobre cuyo 
medio millón de habitantes, conglomerado de blancos, negros, indios, 
mulatos, cuarterones y zambos, prolongaba su bodrio étnico en la 
anarquía social y política. La democracia inorgánica se debatía en la 
revolución crónica, y habían sido intentos vanos los ensayos de gobierno 
libre y de ejercicio regular de las instituciones que una minoría selecta 
e ineficaz se esforzaba en establecer. Por aquella época los coroneles 
motineros habían sucedido a los caudillos de vincha sobre las cejas, 
y Máximo Santos, compadrón de kepi ladeado, se adueñó del poder 
público y durante casi cinco años traspasó las rentas fiscales a sus 
bolsillos insaciables. 

Nací bajo esa tiranía y vestí de luto mi primer trajecito de varón 
al tenderse un velo de tristeza sobre mi hogar por el sacrificio de mi 
antecesor materno Teófilo Daniel Gil, caído en la batalla por la libertad 
y la dignidad de la patria 1 . Por eso los recuerdos de mi infancia tienen 
el tinte sombrío del despotismo santista y la tragedia del Quebracho; 


3 


1 Apéndice, letra A. 



34 


AYER 


pero reconozco hoy que este episodio histórico fue también un gran 
jalón político, porque a pesar de la derrota militar su proyección moral 
puso término a las tiranías nacidas del motín de 1875, y fué el punto 
inicial de una evolución que debía culminar lustros después en la 
substanciación de los ideales revolucionarios. 

Jalón terminal de un ciclo de oprobio cuartelero, el sacrificio del 
Quebracho concluyó meses después con el régimen que colocaba el 
sable sobre la Constitución ; y como una protesta del ejército contra 
el odioso papel que la historia le asignaba al convertirlo en el eje del 
sistema, fué de sus cuadros que surgió el vengador de la clase militar: 
el teniente Ortiz se transformó en el pequeño Bruto de la República 
y disparó contra el sátrapa. No logró matarle, y cayó él mismo víctima 
voluntaria de su intento, pero fué desde entonces que Santos se vió 
abandonado de sus propios secuaces. La sanción de una ley de imprenta 
que coartaba la libre emisión del pensamiento fue el pretexto que sirvió 
a los ministros para entregar al mandatario su renuncia. En realidad, 
era el repudio de la opinión que forzaba a los colaboradores del tirano 
a abandonar el triste papel que habían desempeñado hasta entonces 1 . 

Debo nombrarlos, porque al escribir estas páginas estoy haciendo 
historia: eran el general Luis Eduardo Pérez y los doctores Lindoro 
Forteza, Manuel Herrera y Obes y José Ladislao Terra. El general 
Máximo Tajes, vencedor militar del Quebracho, permaneció fiel al 
amo y quedó en el ministerio. Eso no le impidió desterrarle varios meses 
después cuando su adhesión se vió recompensada con el mando supremo. 

Forzado a inclinarse ante sus prisioneros de la víspera, Santos llamó 
a uno de éstos y le ofreció abandonar su sistema de gobierno personal 
a cambio de su colaboración. El doctor José Pedro Ramírez fue el 
ciudadano que la revolución vencida delegó al poder. 

Se ha llamado la conciliación a aquel episodio político. Afirmo que 
esa denominación es falsa. La historia no puede aceptarla porque ella 
tiende a presentar la capitulación del santismo como un abrazo entre 
la tiranía y la oposición, siete meses después del Quebracho. Lo que 
aconteció fue la revancha de los vencidos el 31 de marzo de 1886. 

La victoria moral del Quebracho no se limitó al alcance inmediato 
que queda señalado. Sus proyecciones fuéronse acentuando a medida 
que el tiempo transcurría, y cuatro años después de la jomada ascendió 
al gobierno un ciudadano que, aunque no había participado en el movi¬ 
miento armado, era un representante legítimo de las generaciones que 
desde 1875 venían combatiendo al régimen surgido del motín. Julio 
Herrera y Obes era un desterrado de la Puig y uno de los abanderados 
de la oposición. 

Pero la evolución se hizo a tropezones, y al gobierno ilustrado del 
doctor Herrera y Obes sucedieron el desgobierno de don Juan Idiarte 


1 Apéndice, letra B. 



LA MAÑANA DE MI VIDA 


35 


Borda, la guerra civil y los negociados con fines de enriquecimiento 
personal. Me tocó ser testigo presencial del epílogo de aquella situación 
vergonzosa. El 25 de agosto de 1897, en plena festividad oficial y al 
terminar el Tedeum, frente a las fuerzas militares que ocupaban la 
calle Sarandí, vi levantarse un brazo armado a tres metros del punto 
en que yo me encontraba presenciando el desfile de la comitiva presi¬ 
dencial ; un estampido seco resonó de inmediato, y simultáneamente 
desplomóse sobre el pavimento el señor Idiarte Borda, herido de muerte. 
En medio del remolino y el pánico que se produjeron, me alcé sobre 
el umbral de una casa inmediata, alcanzando a ver al arzobispo Soler 
arrodillarse un minuto junto al presidente y luego el cuerpo de éste 
levantado por brazos vigorosos y llevado al Cabildo. Sus piernas se 
agitaron en el aire, y breves minutos después terminaban su vida, su 
poder efímero y su régimen político. 

De niño y de mozo, de cerca o de lejos, asistí al proceso de nuestra 
trabajosa evolución, y cuando los factores favorables impusieron el 
progreso del país y decretaron la anulación de la clase que usurpaba 
el poder público, pasó éste a manos de los civilistas del Quebracho. 
Al escribir hoy estas páginas y verificar las etapas cumplidas, tengo 
la impresión de que, entre la sociedad actual y la que conocí al empezar 
a vivir, media un lapso de siglos. 


II 


Diez años antes, caído el santismo y producida la inesperada reacción 
de Tajes, dos hombres de mi familia reanudaron la tarea emprendida 
por otros ciudadanos en épocas anteriores, de difundir principios de 
educación política y levantar el espíritu público abatido por largos años 
de tiranía militarista. Mi tío el doctor Juan Gil fundó el diario La 
República y abrió campaña propiciando una intervención integral de 
su partido en las elecciones. Hasta entonces la oposición había dispu¬ 
tado el poder en los campos de batalla, desdeñando o ignorando las 
normas constitucionales para la obtención del gobierno. Vacilaba entre 
la abstención electoral y la guerra civil. El doctor Gil sostuvo en su 
órgano periodístico la necesidad de que el pueblo uruguayo se decidiese 
a votar, desafiando el fraude y la coacción y disputando al oficialismo 
el triunfo en las urnas. Su pluma y su verbo se hicieron sentir en todas 
las esferas del país; Santos murió en el destierro y la prédica de La 
República insistió en el hecho de que los malos gobiernos no podían 
disponer sino de minorías incapaces de darles la victoria, a pesar de 
los fraudes y las intervenciones policiales, si la masa popular se decidía 
a intervenir enérgicamente en las elecciones legislativas. Como se 



36 


AYER 


recuerda, la Constitución de 1830 cometía a los senadores y diputados 
la elección de presidente de la República, por simple mayoría de votos. 

La segunda iniciativa perteneció a mi padre, que se orientó por 
otro derrotero con el propósito de conseguir el mismo resultado. Estaba 
él convencido de que el remedio de los males que afligían a la nación 
consistía en dar a ésta una amplia educación a base de moral política, 
tarea larga y difícil pero no imposible ; y persiguiendo esta finalidad 
emprendió y llevó felizmente a cabo el trabajo de verter al idioma 
español una notable obra que esperaba tuviese influencia como factor 
importante en la formación del espíritu público. Eligió el libro del 
pensador Francisco Lieber La moral aplicada a la política que, escrito 
originariamente en alemán, había sido traducido al idioma inglés. El 
doctor Enrique Azaróla trabajó dos años en aquel postulado, a pesar 
de sus considerables tareas como secretario general de la Universidad 
y de su bufete de jurisconsulto ; obtuvo un éxito moral y cívico, pues 
la obra y su doctrina quedaron difundidas; pero la falta de resultados 
prácticos en la masa y sus dirigentes reveló la carencia de otros fac¬ 
tores capaces de contribuir con eficacia a la evolución de la sociedad 
uruguaya. No había llegado todavía la hora de las transformaciones 
fecundas que solamente podían lograrse vinculando la influencia edu¬ 
cadora al acrecentamiento de la población y el desarrollo de la riqueza. 
Los hombres que lucharon en el campo de las ideas en la época a que me 
refiero, sólo se definieron como los precursores de un futuro que ellos 
no alcanzaron a ver. 


III 

Hasta los comienzos de este siglo Montevideo conservó su fisonomía 
colonial. Era un gran vecindario aldeano, de vida sedentaria, barrios 
silenciosos y gustos modestos. Un profundo sello familiar caracterizaba 
las células sociales ; se tenía muchos hijos, se vivía sin prisa y sólo 
las algaradas políticas ponían sus notas de conflicto, a menudo san¬ 
grientas, en el proceso de formación, lento y sin estímulos. 

Los bares no existían; los almacenes y farmacias eran los clubs 
baratos del anochecer, frecuentados por parroquianos desocupados ; 
pero el patio de cada casa seguía siendo el centro de las tertulias, aunque 
en las noches calurosas se sacaban sillas a la acera. Los cuartos de 
baño, cuando los había, eran exiguos ; y una hora después de la cena 
las nueve décimas partes de la población roncaba con la despreocupa¬ 
ción del día siguiente. 

No había comercio de lujo, ni millonarios que lo parecieran o lo 
confesaran, pero sí una treintena de familias que se daban tono ; poseían 
carruaje, casa propia con balcón, sala y comedor hospitalarios, y niñas 



LA MAÑANA DE MI VIDA 


37 

bien educadas que tocaban el piano. El« dragón » aparecía en la esquina 
a la hora del crepúsculo. 

Nada mas luminoso y sosegado que aquellos atardeceres montevi¬ 
deanos, perdidos ahora y para siempre entre las moles de los rascacielos 
y el fragor de las calles modernas. Los cafés de 1900, el Polo Bamba, 
el Suizo y el Tupí Nambá, eran «peñas »literarias y círculos de bohemios 
generosos que tenían mas arte en el alma que en sus obras... Esa ciudad, 
tal como la conocí en mi niñez y adolescencia, prolongó sus caracteres 
heredados hasta 1906. Anteriormente habían sido los suyos cambios 
parciales, de crecimiento en extensión y población, pero desde el año 
citado fue la mentalidad de la urbe la que presentó modalidades dis¬ 
tintas : y esa transformación tuvo como factor fundamental la implan¬ 
tación del tranvía eléctrico, seguida de los demás medios de transporte 
motorizados. 

La tracción a sangre era el pasado y la lentitud, pero era también 
el símbolo de nuestra vida patriarcal y plácida. En el campo, el caballo 
hizo posible la vida ; en la ciudad fue la prolongación de las costumbres 
coloniales. El tranvía eléctrico y el automóvil importaron el falso dina¬ 
mismo de la urgencia, la inquietud y la existencia a toda velocidad. 
Desde entonces Montevideo cambió, y desvió sus ojos de las mara¬ 
villosas puestas de sol para fijarlos en el reloj-pulsera, símbolo de la 
época febril y la fugacidad del minuto que pasa. 


IV 

Mi padre había comprado en $ 4000 fuertes, el año 1885, la casa 
de la calle Colonia núm. 549, que amplió mas tarde con virtiendo el jardín 
del fondo en habitaciones. Estas llegaban a once y daban sobre tres 
patios interiores. Si el frente de la finca era bastante angosto, pues 
sólo contaba con la puerta de calle y dos balcones de hierro, su fondo 
tenía mas de cincuenta varas. Entre el segundo y el tercer patio se 
hallaba nuestro comedor, amplia habitación amoblada con un bello 
juego de roble cuyos trinchantes ostentaban altos espejos. Alrededor 
de la mesa llegamos a sentamos doce hijos, a medida que mis hermanos 
fueron llegando, y creo que se presentaba uno por año, aunque en 1887 
vinieron dos varones juntos y en 1892 dos hermanas gemelas... Mi 
padre ocupaba la cabecera y mi madre su derecha. Ella nos servía a 
todos, abrumadora tarea que desempeñaba con aquel amor y abnegación 
que fueron las calidades sobresalientes de su persona. El menú no 
variaba mucho, pues casi siempre el puchero constituía el plato de 
resistencia del almuerzo y el asado el de la comida; nunca faltaba 
la buena sopa, aunque casi nunca había postre ; pero lo que sobraba 
era la alegría infantil y el buen humor de nuestros padres. Con frecuencia 



3« 


AYER 


la cabecera de la mesa se convertía en una cátedra, y oíamos en silencio 
los consejos, anécdotas e historias que papá se complacía en relatamos. 

Al referirme a mis afectos familiares no puedo dejar de evocar el 
recuerdo de dos ancianas que mimaron mi niñez y adolescencia : mamá 
Gil, la abuela materna, y mamá Carolina, la paterna. Durante aquellos 
felices años almorcé todos los domingos en la casa de la primera de ellas 
y los jueves en la de la segunda. Mamá Gil era de carácter reservado 
y austero, aunque poseía tesoros de ternura en su corazón ; había sufrido 
la amarga sorpresa de perder a su hijo predilecto en el campo de batalla, 
y a su esposo como consecuencia de aquel golpe ; pertenecía a la gene¬ 
ración de mujeres estoicas nacidas al declararse la independencia del 
país y a quienes tocó atravesar el período trágico de las guerras civiles, 
en las cuales todos sus hijos tomaron las armas, soportando ella en 
silencio sus zozobras de madre ; y la carta suya que reproduzco en el 
Apéndice revela su carácter espartano y su amor al terruño nativo 1 . 
De temperamento distinto era mi abuela paterna. Mamá Caroüna 
pertenecía también a una familia de arraigo colonial cuya trayectoria 
histórica a través de doscientos años he narrado en uno de mis libros. 
A su inteligencia alerta, memoria prodigiosa y actividad incansable, 
uníase un carácter fuerte ; sus remedios caseros era de indudable eficacia, 
como las empanadas y pasteles que nos preparaba eran exquisitos. 
Me quiso mucho, como a todos sus nietos, y su recuerdo me conmueve 
junto con el de su hermana, mi vieja y cariñosa tía Cora Maciel, a quien 
debo los mates mas sabrosos que he gustado en mi vida. Mamá Carolina 
murió en 1918, en nuestra casa, a los noventa y cuatro años. 

El abuelo materno, don Luis Gil, había fundado su hogar en Colonia 
al mediar el siglo anterior, y en aquella ciudad y su departamento 
ejerció cargos y autoridad patriarcal; fue alcalde, jefe de milicias, 
juez y diputado nacional; pobló en 1859 su estancia de Conchillas, 
y algunos años después se trasladó a Montevideo con el propósito de 
dar a sus hijos educación universitaria, lo que cumplió con todos ; 
y a este efecto construyó su hermosa casa en la calle Daymán núm. 238 
hoy Julio Herrera y Obes, donde tantas veces jugué siendo niño. Allí 
vivía la familia ocho meses del año pasando los estíos en la estancia, 
adonde me enviaban también durante las vacaciones veraniegas. Era 
la época de los viajes en diligencia, con caminos de tierra, zanjones 
y cambio de caballos en las postas, donde «las chinas » ofrecían un mate 
a los pasajeros bajo el alero de los ranchos. El traslado de Conchillas 
a la capital, que se hace actualmente en seis horas, exigía entonces 
dos días... En los viajes al este, al comenzar la centuria actual, el ferro¬ 
carril alcanzaba sólo hasta La Sierra; desde allí se continuaba en dili¬ 
gencia a San Carlos, donde «se hacía noche» para continuar la marcha 


1 Apéndice, letra C. 



LA MAÑANA DE MI VIDA 


39 


en horas de la madrugada y llegar a Rocha al caer la tarde. En cierta 
ocasión, el año 1903, hallando desbordado el arroyo Garzón tuvimos 
que dormir en una pulpería, y al día siguiente acompañé al mayoral 
echado de bruces sobre el techo de la diligencia para cruzar el curso 
de agua; «el cuarteador» guiaba a los seis caballos del vetusto vehículo, 
y las siete cabezas emergían a penas de la fuerte corriente ; el cruce fue 
lento y silencioso ; pero logramos echar pie en la ribera opuesta, sanos 
y salvos aunque empapados y temblando de frío. 

En cuanto a nuestra vieja estancia de Con chillas, debo decir que 
subsiste aún con su aspecto típico de caserón colonial, con sus galpones 
y corrales. Lo que ha pasado para no volver son sus dueños y moradores 
de otros tiempos; las peonadas criollas que trabajaban «de sol a sol», 
paraban «rodeo», domaban potros a la antigua usanza y bailaban 
el pericón en las esquilas. Me despertaba con el alba para ver llegar 
al trote largo la tropilla con su « yegua madrina» a la cabeza, y me 
emocionaba la paz de los crepúsculos al volver « a las casas» con mis 
perros después del baño en el arroyo de aguas trasparentes y frescas. 
Creo que como éstas era también mi alma de adolescente. 

En nuestra familia, numerosa en todas sus ramas, había otra mujer 
cuyo recuerdo conmueve mi vejez. Era Reina Gil, hermana menor 
de mi madre, con quien tenía semejanzas físicas y analogías morales: 
su temple, su modestia, su gran corazón, su consagración al hogar que 
había formado con don Juan Prudencio Sierra, le hicieron sobrellevar 
con cristiano estoicismo las pruebas de la vida. De su álbum juvenil 
tomo los tres pensamientos que plumas fraternales estamparon hace 
setenta años 1 . 

Los mellizos Rodolfo y Samuel que me seguían a un lustro de edad, 
fueron los hermanos con quienes conviví siempre, de cerca o de lejos, 
pues una correspondencia ininterrumpida mantuvo en mis ausencias 
nuestra vinculación afectiva. Durante toda su vida fueron mis mejores 
y mas íntimos amigos 2 . Ellos y yo concurrimos en la infancia a la 
escuela situada en el ángulo de las calles Gaboto y Rivera chico (hoy 
Guayabo), que dirigía la señorita Aurelia Viera. Si el edificio llamaba 
la atención por su amplitud y comodidades, debo destacar con justicia 
las altas calidades de la directora y del conjunto de maestras que la 
secundaba, del cual formaban parte sus dos hermanas, doña María 
Viera de Abella y la señorita Emelina Viera, mas tarde esposa de un 
distinguido militar. Sin duda, era la primera escuela de la República, 
y los méritos de la educacionista que estaba a su frente son demasiado 
conocidos para que sea necesario insistir sobre ellos ; pero deseo dejar 
constancia de mi admiración por aquella mujer excepcional a quien 
tocó iniciar la reforma vareliana, y que en la última década del siglo 


1 Apéndice, letra D. 

2 Apéndice, letras E y F. 



40 


AYER 


precedente compartió con Adela Castells, Enriqueta Compte y Riqué, 
Francisca Vacca y María Manrupe, el apostolado de instruir a varias 
generaciones montevidean as de las que surgieron hombres que fueron 
factores eficaces de cultura. 


V 

De la evolución de esa cultura debo dar algunas noticias sintéticas, 
aunque limitándolas a sus fases filosófica y religiosa en razón de la 
participación que tuvimos, yo y el grupo de que formaba parte, en el 
movimiento de esas ideas al comenzar el siglo. 

Los debates sobre aquellos temas se iniciaron en la República durante 
la dictadura de Latorre, y tuvieron lugar en el Club Universitario que 
se convirtió años mas tarde en el Ateneo del Uruguay. El régimen 
político no concedía a la oposición el derecho de manifestarse, y la 
juventud intelectual concentró entonces su actividad en el estudio 
de los problemas espirituales, debiendo reconocerse que el gobierno 
militar influyó, sin quererlo, en esa feliz orientación. Contribuyó a ella 
la actuación en Montevideo de un misionero evangelista, el doctor 
Juan F. Thomson, que ya en 1869 había fundado la primera obra de 
propaganda en disidencia con la religión practicada en el país. Durante 
la Guerra Grande, la colonia británica fué autorizada a levantar un 
templo protestante, pero en el convenio celebrado al efecto se estableció 
que los disidentes se limitarían al ejercicio de su culto manteniéndose 
ajenos a toda prédica contraria a la religión oficial. Aquel templo se 
erigió al pie de la calle Treinta y Tres, en el punto donde la flota inglesa 
de asedio había abierto brecha en las murallas de Montevideo, cuarenta 
años antes; la histórica construcción fue demolida y nuevamente 
levantada en las proximidades, al realizarse las obras de la rambla, 
pero ya no pudo constituir el primer testimonio de cal y canto que 
el protestantismo afirmó en Uruguay como un símbolo rotundo del 
respeto a la libertad de conciencia. 

Fue el doctor Thomson que se encargó de difundir los preceptos 
evangélicos que la reforma había proclamado hacía tres siglos en Europa, 
y que habían hallado su aplicación mas práctica y fecunda en las colonias 
inglesas de América, influyendo profundamente en la formación y 
desarrollo del carácter nacional. Pero el propagandista que arribaba 
a Uruguay sin mas armas que su Biblia y su talento, no iba a consa¬ 
grarse a la difusión de aquellas verdades evangélicas sin rozar los 
sentimientos o las ideas arraigadas por la tradición en el alma del 
pueblo: traía propósitos de polémica y de lucha franca contra la reli¬ 
gión dominante, movido por un ardoroso apostolado; fundó su iglesia, 
la metodista, pero se incorporó también a los debates que tenían por 



LA MAÑANA DE MI VIDA 


41 


centro la tribuna del Club Universitario, originando choques de conceptos 
que dieron carácter a la época en que tuvieron lugar y contribuyeron 
eficazmente al surgimiento de una etapa cultural que el país tanto 
necesitaba. La filosofía ya no fue solamente un tema de libro o de aula 
cerrada, ni la religión una cosa mística intocable e indiscutible : la 
polémica se apoderó de ambas y la clase culta se interesó por el desen¬ 
volvimiento de las nuevas ideas. 

La doctrina racionalista estuvo representada por los doctores Manuel 
B. Otero, José Sienra y Carranza, Juan Gil y Anacleto Dufort y Alvarez, 
entre otros universitarios jóvenes ; el catolicismo por el doctor Mariano 
Soler, que fue mas tarde el primer arzobispo de Montevideo; la reforma 
protestante por el citado doctor Thomson, y la escuela espiritualista 
fue principalmente sostenida por Joaquín de Salterain y Enrique 
Azaróla, que todavía no se habían doctorado. El órgano del Club Uni¬ 
versitario, que llevaba el mismo título de esa institución, contiene 
producciones de las primeras inteligencias de la época, así como El 
Espíritu Nuevo, periódico que dejó su huella en la evolución del pensa¬ 
miento ríoplatense. 

Las agitaciones políticas pusieron un largo paréntesis a las cuestiones 
religiosas, que se reiniciaron al finalizar el siglo pasado con la fundación 
de entidades liberales y el retorno del doctor Thomson a Montevideo 
después de cumpür deberes pastorales en Buenos Aires durante veinti¬ 
cinco años. La iglesia evangélica de la calle Treinta y Tres (no el templo 
inglés fundado durante la Guerra Grande), fué el centro de una nueva 
y cálida propaganda que llevó a efecto un núcleo seguidor de la doctrina 
que difundía el predicador wesleyano. Con otros muchachos me incor¬ 
poré a ese movimiento. Nuestra ideología juvenil consistía en intentar 
en América latina la reforma religiosa que había transformado la vida 
y la moral de los pueblos sajones y anglosajones en los siglos XVI 
y XVII, sin que nos detuviera la enormidad de ese apostolado basán¬ 
donos en aquel antecedente histórico fundamental y en el mas lejano 
y universal de la implantación del cristianismo. Como puede verse, 
nos animaba una bella ilusión y una firme fe. Creíamos que la religión 
constituye el factor básico del carácter de los pueblos, y que había 
ventajas decisivas en substituir el dogmatismo y las jerarquías ecle¬ 
siásticas de las creencias imperantes por las verdades puras y profundas 
del Evangelio, cuya aceptación fué el punto de partida de una nueva 
vida en Inglaterra, Holanda, Suecia, Noruega, Dinamarca, Suiza y 
algunos principados de Alemania, que se convirtieron en modelos de 
democracia, orden y cultura. Juzgábamos que el Ubre examen y la 
libertad de conciencia eran la fuente de todas las demás; y comparᬠ
bamos la situación de caos, conspiración crónica, ignorancia y éxitos 
de la fuerza imperantes en los países de origen hispánico e inquisitorial, 
con el ejemplo de las naciones que habían abrazado la Reforma. Verifi¬ 
cábamos que los Estados Unidos de América no habían conocido una 



42 


AYER 


sola dictadura ni un motín militar ; atribuíamos su principismo político 
a la potencia espiritual que llevaron y difundieron«los padres peregrinos», 
fundadores de una nueva patria sobre la base del ideal puritano y del 
culto de la libertad ; y pretendíamos que una evolución religiosa en 
América latina contendría los gérmenes fecundos de un nivel de vida 
mas elevado, de respeto al derecho y de una firme moral democrática. 

El doctor Thomson era el vocero e inspirador de este programa 
ideológico, pero el «jefe civil» de nuestra campaña fué un hombre posee¬ 
dor de una bellísima espiritualidad combativa, el doctor Justo Cubiló, 
que andando el tiempo desempeñó la secretaría de la Corte Suprema 
de Justicia, cargo de responsabilidad que supo ejercer con austeros 
relieves. La pequeña estatura de Cubiló se agigantaba en la tribuna, y 
su voz poderosa realzaba su elocuencia; durante treinta años fué un 
maestro en el comentario y la interpretación de los evangelios ; y para 
nosotros fué un hermano mayor y un guía sin rigideces pero también 
sin claudicaciones. 

Aquel movimiento con sus debates de ideas fué paralelo a la campaña 
liberal que desarrollaron en el país algunos elementos ilustrados, bajo 
la conducción de los doctores Elias Regules, mas tarde rector de la 
Universidad; Ramón y Pedro Díaz ; y señores Setembrino Pereda, 
diputado nacional, César Devincenzi, Enrique Crosa y otros. Se crearon 
entidades de propaganda que con publicaciones, conferencias y asam¬ 
bleas prepararon la separación de la Iglesia y el Estado y el adveni¬ 
miento de otras conquistas liberales y sociales. 

Con la cooperación de algunos amigos de mi edad fundé El Atalaya, 
que vió la luz el 4 de agosto de 1901 y que dirigí durante casi dos años. 
No es mi propósito escribir la crónica de aquella etapa victoriosa de 
mi juventud, recordada al cumplirse cuarenta años de mi iniciación 
en las letras ; y como lo digo en otro lugar, en agosto de 1941 decüné 
las demostraciones que se proyectaron en las dos capitales del Plata. 
Solo a título informativo reproduzco en el Apéndice de estos recuerdos 
la página con que una gran editorial argentina hizo preceder la publi¬ 
cación de trescientos juicios sobre mi obra de escritor 1 . 


1 Apéndice, letra G. 



CAPÍTULO SEGUNDO 


PRIMERA VISIÓN DE EUROPA 


Ingreso en la carrera diplomática. — Partida de la ciudad natal; la travesía 
oceánica ; las escalas. — En Hamburgo ; don Arturo Brown y su 
familia. — Berlín ; mi primer guía ; silueta de Guillermo Forteza. — 
Llegada a París ; el barrio latino. — La legación de Uruguay ; don 
Alejandro Herosa ; su personalidad y su casa. — Los visitantes ; 
Garzón y Mansilla. — Viajes a Inglaterra y Alemania ; las tertulias 
de Bad Nauheim. — Un gran libro de Teodoro Roosevelt ; definición de 
una conducta política ; la paz y la guerra. — El anhelo profético de 
Juan Gil. 


Con la mayoría de edad llegó la hora de ganarme seriamente la 
vida y dar a mi actividad una orientación definitiva. Después de un 
examen de posibilidades me decidí a ingresar en el servicio diplomático, 
que me permitiría también realizar mi aspiración de ver el mundo y 
conocer hombres, razas y costumbres heterogéneas. A los veintiún años 
terminaban, pues, las dulzuras del hogar paterno, la convivencia con 
el suelo nativo y los debates en pro de un idealismo ético-religioso. 
Iba a enfrentarme con la vida e incorporar sus realidades a mi conciencia 
de hombre. 


I 

El ii de marzo de 1904 me embarqué en el vapor «Asunción» que 
zarpó de Montevideo con destino a Hamburgo llevando a su bordo 
veintiocho pasajeros. Eran las 5 de la tarde cuando el buque dobló la 
punta de Carretas, y mi emoción fue honda al alejarme de la ciudad 
natal donde quedaban todos mis afectos. Llevaba en la maleta mi 
nombramiento de oficial de la legación en Francia 1 y acompañaba a 


1 Este título, usado en la antigua nomenclatura diplomática de países hispano¬ 
americanos, equivalía al de attaché en la clasiñcación francesa. Desde 1912 la 
cancillería uruguaya autorizó la presentación de los oficiales de legación como 
segundos secretarios. 



44 


AYER 


mis tíos matemos Juan y Jesús Gil, el primero de los cuales iba a Ale¬ 
mania para someterse a un tratamiento médico. 

El «Asunción », de la Compañía Hamburgo-Sudamericana, era un 
barco mixto de 2000 toneladas, de marcha lenta pero limpio y agra¬ 
dable, con camarotes confortables, comedor bien situado, cocina abun¬ 
dante y excelente personal de servicio. Los pasajeros eran comerciantes 
alemanes en su mayoría, y ese primer contacto mío con un ambiente 
europeo fue un anticipo de la nueva vida que iba a iniciar. No sentí 
tedio durante la dilatada travesía, y cuando el 30 de marzo a las 6 
de la mañana el barco enfiló la rada de Santa Cruz de Tenerife, la 
primera escala, mis ojos se asombraron ante el espectáculo imponente 
de las altas montañas de la isla canaria. ¡ Cuanta luz en aquellos pano¬ 
ramas y cuanta novedad para mí, al descender a tierra, en la bella, 
sencilla y hospitalaria ciudad ! A mediodía reanudamos la marcha 
que continuó hasta Rotterdam, donde el « Asunción » permaneció cuatro 
días descargando el trigo que llevaba del Río de la Plata. Nuevas e 
inolvidables impresiones quedaron en mi espíritu al contemplar los 
aspectos de la urbe holandesa, llena de canales, «la Venecia norteña», 
y luego La Haya, ordenada y aristocrática, que visitamos sin detenernos. 

La distancia entre Rotterdam y Hamburgo fué franqueada en 
veinte horas, y al caer la tarde asoleada del 10 de abril nuestro buque 
penetró en el Elba, la ría de la antigua y populosa ciudad libre, y atracó 
a sus dársenas. Allí nos recibió el cónsul general de nuestro país, don 
Arturo R. Brown, caballero cortés y servicial que nos instaló en el hotel 
de l’Europe y nos ofreció al día siguiente un almuerzo en su residencia. 
Estaba casado con una distinguida dama, doña Ecilda Castellanos, 
y tenía dos hijos a quienes designaré por sus apodos familiares, Tutur 
y la Ratita. Casó ésta al llegar a edad con un caballero brasileño, 
Assumpgao, perteneciente a una acaudalada familia de San Pablo. 

El señor Brown nos acompañó a Berlín donde nos presentó al minis¬ 
tro uruguayo doctor Luis Garabelli, y al especialista que debía asistir 
a mi tío el doctor Juan Gil. Era aquél el profesor von Jacob, que instaló 
al enfermo en su sanatorio donde permaneció dos meses hasta su tras¬ 
lado a las aguas termales de Bad Nauheim. 

Me alojé en una pensión berlinesa cuyo propietario y su bella hija 
hablaban francés. Desde el primer día me sentí un extraño en la capital 
de los Hohenzollem que me alucinó con su fausto, sus palacios, sus 
mármoles y sus museos ; tuve la incomprensión de su grandeza y sentí 
de modo acerbo la nostalgia de mis lares. He narrado las impresiones 
que experimenté en un escrito que anda por ahí; y quiero decir ahora 
que una buena parte de esa información la tuve de un hombre que fué 
mi primer guía en la cultura práctica europea y cuyas calidades y 
defectos llamaron mi atención al conocerle. Era Guillermo Forteza, 
secretario de la legación uruguaya, personalidad contradictoria, hoy 
olvidada. Exteriormente llamaba la atención por su indumentaria de 



PRIMERA VISIÓN DE EUROPA 


45 


bohemio elegante ; vestía siempre de jaquet, chaleco de terciopelo, 
zapatos charolados y sombrero de copa ; sus manos no abandonaban 
una caña de la India, y llevaba con donaire una corbata Lavalliére 
que acentuaba su silueta de artista. Era escéptico por temperamento ; 
expresábase con elocuencia persuasiva, y no contando sino con su 
modesto sueldo diplomático, gastábalo como quien dispone de mucha 
renta. Tenía a la sazón treinta y seis años, y en su primera juventud 
había publicado ensayos literarios bajo el seudónimo de Chevalier 
Guifort. Su cultura social y sus modales de gran señor le habrían señalado 
como un futuro embajador, si él mismo no se hubiese encargado de 
frustrar su carrera, pues carecía de disciplina, hogar y hábitos de tra¬ 
bajo, y en la época en que le conocí estaba entregado a una vida disipada 
que terminó con sus días en edad todavía temprana. 

Después de una estancia de tres semanas en Berlín emprendí viaje 
a París, a donde llegué en la maravillosa mañana primaveral del 4 de 
mayo... Sería incurrir en superficialidades el intentar la doble descrip¬ 
ción de la urbe célebre y de las sensaciones que produce al recién llegado. 
En ella debía permanecer yo durante casi once años, y sólo al cabo de 
ellos, identificado con su vida, hubiese podido expresar mis juicios de 
manera auténtica y fundada. 

Aquella misma tarde me orienté hacia el barrio latino, instalándome 
en una casa de estudiantes a inmediación de la Sorbona. Héctor Bandi- 
nelli, muchacho de mi edad y amigo de Montevideo, guió mis primeros 
pasos y me presentó a sus relaciones, jóvenes franceses y sudamericanos 
que cursaban medicina, derecho y letras ; otros concurrían a los talleres 
de pintura y escultura; de ellos recibí las primeras lecciones de arte 
y frecuenté en su compañía los museos del Louvre y Luxemburgo, 
así como los cafés literarios de Vachette y el Panteón. En el primero 
de éstos perduraba la tradición de Paul Verlaine, que había escrito en 
sus mesas muchas de su poesías extravagantes y geniales. Allí con¬ 
currían a la sazón Jean Moréas, Jean Lorrain, Gómez Carrillo y otros 
üteratos de la época. 


II 

El mismo día de mi llegada a París habíame presentado a mi jefe, 
el encargado de negocios don Alejandro Herosa, a quien me referiré 
con extensión, pues no sólo poseía una personalidad de rasgos salientes 
y propios que nuestro país no supo utilizar, sino que en el transcurso 
de la prolongada intimidad que se estableció entre él y yo iba a ejercer 
en mis disposiciones una influencia decisiva. 

Herosa era a la sazón un solterón de cuarenta años, y había venido 
a París en 1882 nombrado secretario de la legación después de una 
breve permanencia en la cancillería nacional. Su padre, don Lino 



46 


AYER 


Herosa, tuvo una hora de influencia durante el gobierno del general 
Lorenzo Batlle, al cual prestó $200 000 fuertes en los días críticos de la 
guerra civil de 1870 ; murió en Buenos Aires en la pobreza, y la pérdida 
de la fortuna familiar afectó el carácter del hijo, que siendo natural¬ 
mente de humor festivo y chancero, índole traviesa y conversador 
anecdótico, sufría alteraciones que le presentaban, sin serlo, como un 
hombre amargado y díscolo, aparentes defectos que le crearon un 
ambiente hostil y contribuyeron a dificultar su carrera para la cual 
poseía notables condiciones. «Herosa es el enemigo de si mismo » — 
decía don Eugenio Garzón... Había sido el colaborador inmediato de 
los ministros plenipotenciarios coronel Juan José Diaz y doctores 
Lindoro Forteza y Juan Zorrilla de San Martín, y desempeñado la 
jefatura interina de la misión por dilatados lapsos. Su versación en los 
asuntos diplomáticos era considerable, así como en la historia política 
y parlamentaria de Francia en el último siglo. Crítico de arte, conocedor 
del viejo París, era un deleite escuchar sus crónicas y comentarios. 

Las calidades de estética y buen gusto de don Alejandro Herosa 
se revelaban en su sobria elegancia personal y en el ornamento de su 
residencia. Era ésta también la sede de la legación, instalada en el aris¬ 
tocrático barrio de Monceau, cuyo centro era el parque más artístico de 
París, sobre cuyas nobles frondas conservaban sus palacios en los prime¬ 
ros años del siglo algunos linajes franceses, junto a los de conocidos 
banqueros judíos. Herosa y la legación ocupaban el segundo piso del 
edificio situado en la rué d’Offémont, 1 bis, actualmente Henri Rochefort. 
Su salón de dimensiones modestas enseñaba una bella chimenea de 
mármol sobre cuya repisa mostrábase una Venus accroupie ; en la mesa 
del centro y sobre pequeños muebles otros objetos de arte daban un 
tono de depurado gusto al ambiente señorial que se completaba con 
la sala vecina, donde el diplomático tenía un antiguo juego de asientos, 
un armario normando del siglo XVIII, una magnífica tela premiada en 
el Salón de 1838, Le gladiateur blessé, por Chasselat de Saint-Ange, 
y su mesa de trabajo flanqueada de dos altos sillones Regencia. En 
uno de ellos sentóse Herosa durante treinta años, y en el otro yo, desde 
1904 hasta 1911, en que las cosas cambiaron en la forma que referiré 
en su lugar. Allí no se trabajaba, pero se hacía tertulia diaria. Entre 
otros, don Eugenio Garzón y el general Lucio Mansilla, amigos del 
dueño de casa, eran concurrentes asiduos, y en ellos encontré una 
benévola acogida. Una tía del primero, doña Eustaquia Garzón, hermana 
del procer, había sido madrina de mi padre, y a esta vinculación tradi¬ 
cional se debía que Garzón me llamase «su ahijado» 1 . 


1 Los Garzón de Córdoba y Montevideo dimanan de una estirpe de emires 
granadinos, de indudable antecedencia árabe. Vicente Garzón, que procedía de 
Cuba, casó en el último cuarto del siglo XVIII con la dama porteña doña Antonia 
Avellaneda, teniendo cuatro hijos, dos de los cuales llegaron al generalato en las 



PRIMERA VISIÓN DE EUROPA 


47 


El general Mansilla era un charlista infatigable, y a pesar de la edad 
que tenía cuando le conocí, cuidaba mucho de su persona y de los detalles 
de su elegancia un tanto llamativa. No insisto sobre ésta porque se 
ha escrito ya bastante en Buenos Aires acerca de aquel viejo que, sin 
ser un excéntrico, poseía una bella y definida personalidad. Sobrino 
camal de Juan Manuel de Rosas, refería episodios políticos y familiares 
del personaje a quien había tratado en la intimidad. La silueta de 
Mansilla era conocidísima en los paseos mañaneros de la avenida y bos¬ 
que de Boulogne, donde no faltaban franceses de distinguida y sobria 
indumentaria que sonreían discretamente al paso del llamativo anciano. 
«Rastacouére» — insinuó cierta vez un vecino mío. «Non-respon¬ 
dióle otro paseante — c’est une espéce de président de l’Amérique 
du Sud.» 


III 

A primeros de junio vino a París Jesús Gil, a quien acompañé en 
paseos, diversiones y museos, aunque el cicerone simpático fue Héctor 
Bandinelli, conocedor de las grandezas y curiosidades de la ciudad y cuya 
versación en obras de arte era la de un crítico inteligente. Antes de que 
mi pariente regresara a Alemania convinimos en efectuar un rápido 
viaje a Londres, para tener siquiera una breve impresión de la urbe 
británica. Fuimos por la ruta de Dieppe y Newhaven, y al llegar a la 
capital nos alojamos en una pensión situada en la Upper Woburn Place, 
frecuentada mas por nativos que por extranjeros, y cuya organización, 
carácter y moblaje eran una muestra del hogar inglés. No descansamos 
durante una semana, visitando todos los monumentos y lugares famosos, 
y dándome ese viaje tema fácil para una correspondencia que publicó 
El Día de Montevideo. De vuelta a París, Jesús se despidió de mí 
y partió para Berlín, donde sólo permaneció unos días pues acompañó 
a su hermano Juan a Bad Nauheim, cuyas aguas termales estaban 
indicadas en el tratamiento de la ataxia. También fue con ellos Guillermo 
Forteza, y recibieron luego la visita del ministro Garabelli. Con todos 
ellos me reuní algunas semanas mas tarde, teniendo oportunidad de 
admirar aquella magnífica estación termal, la eficacia de los métodos 
curativos y la hermosura del parque que rodeaba la ciudad. Era la edad 
de oro de Alemania. Se hermanaban el lujo, el arte, la amplitud, el 
buen gusto y el amor a la vida... Durante las tardes y las primeras 
horas de la noche, nos confundíamos con la concurrencia elegante que 


guerras de la independencia, Félix y Eugenio, Este último, cuya estatua se eleva 
en un parque de Montevideo, contrajo matrimonio con doña Angela Furriol, y 
tuvo, entre otros hijos, a Eugenio Garzón, difundida personalidad que murió en 
Paris a los noventa años de edad, dejando la memoria de su distinción y don de 
gentes. 



48 


AYER 


llenaba las amplias terrazas del Kursaal para escuchar los conciertos 
que daban orquestas seleccionadas. Otras veces, los amigos que he 
nombrado y algunas personas de habla española que visitaban a mis 
parientes, formaban una tertulia animadísima donde se comentaban 
los sucesos de actualidad o de relieve. 

En aquel año 1904 habíase difundido en Europa la versión francesa 
del libro de Teodoro Roosevelt La vie intense 1 . En esta obra vigorosa 
por su estilo y su fondo, el presidente americano combatía la doctrina 
cómoda y disolvente de «la paz a cualquier precio», oponiéndole el 
concepto varonil de Longfellow de « que la cobardía no es la promotora 
de la paz, y que aún el gran mal de la guerra puede ser un mal menor 
que arrastrarse bajo la iniquidad»... El primer Roosevelt sostenía 
también que la guerra es un mal, pero no el peor de los males ; y que 
la vida es un bien, pero no el bien supremo, puesto que la pérdida de la 
independencia o del honor tornan la vida intolerable. Campeón de las 
virtudes cívicas, del esfuerzo personal y de la lucha, las ideas de aquel 
estadista debieran darse a conocer en la América hispana desde las 
cátedras universitarias, huérfanas de enérgicas enseñanzas morales ; 
su libro difundido entre las generaciones jóvenes destinadas a practicar 
el civismo y el derecho como los mas altos bienes de un país libre, y la 
justicia como la ley suprema en las relaciones internacionales. «Es 
médula de leones que nos llega en este libro», escribía Melchior de Vogué. 

Fueron algunos ejemplares de esta obra que llevé de París a Bad 
Nauheim a pedido de Juan Gil, que los destinaba a amigos de Monte¬ 
video ; y uno de éstos fué el presidente Batlle y Ordóñez, que luchaba 
entonces contra la revolución encabezada por Aparicio Saravia. En 
ese ejemplar el doctor Gil escribió la dedicatoria que reproduzco mas 
abajo ; Batlle, poco lector, después de hojear el libro, lo regaló al doctor 
Pedro Manini Ríos ; y muchos años más tarde, ya desaparecidos Gil 
y Batlle, aquel amigo me cedió el volumen que contenía el autógrafo. 
He aquí su texto : 

A mi regreso de Europa y con mi saludo de llegada, ofrezco este ejemplar 
de Vida Intensa a mi estimado amigo el señor presidente de la República 
ciudadano don José Batlle y Ordóñez, para que tenga la satisfacción de ver 
que su opinión y su conducta sobre el grave problema de la paz y de la 
guerra, y sobre la necesidad de mantener con firmeza el imperio de la ley, 
se encuentran confirmados por la opinión autorizada del actual presidente 
de los Estados Unidos, y por la conducta manifestada inflexiblemente 


1 Esta traducción al francés de varios escritos y discursos del presidente Teodoro 
Roosevelt fué realizada por la princesa de Faucigny-Lucinge en colaboración con 
M. Jean Izoulet, profesor del Colegio de Francia, y editada por Emest Flammarion. 
Leido y comentado en Europa, ese libro contribuyó a afirmar el prestigio adquirido 
por el ilustre estadista americano a quien se le daba el mote de « profesor de energía ». 
«La Vida Literaria», editorial de Barcelona, había vertido precedentemente al 
español esas y otras producciones del primer Roosevelt, bajo los títulos de Las 
dos Américas y El ideal americano. 



PHIMBKA VISIÓN lili líDKUPA 44} 

durante loa cuatro añoa de la rebelión nuiliata, pin bunibrea de la talla 
política y de laa condiciones mondan de l incoln y (iraní. | Que esloi» alloa 
ejemplos sirvan de estímulo y de aliento al digno magistrado uruguayo 
en la lucha que le ha tocado sostener liara radiar duíiniiivamculc en nuestra 
patria la verdadera paz y el verdadero régimen institucional I Áfuute 
video, agosto 28/904. — Jijan Gil. 

Ha transcurrido casi medio siglo desde rjne fue escribí e| pensamiento 
que precede y que defíne una convicción y una crm4»cla publica • 
Los hechos confirmaron aquel concepto u de mantener crin firme?,a el 
imperio de la ley... para radicar definitivamente la verdadera pay, y e| 
verdadero régimen institucional«... Apenas tres días después de escritas 
esas palabras proféticas, el jefe de la revolución caía en acción de guerra, 
y tres semanas mas tarde terminaba definitivamente, con un sometí 
miento, la era de las contiendas armadas en Uruguay. El presidente 
Batlle no pactó; no aceptó una paz precaria medíante la entrega de 
feudos departamentales ; se negó a admitir las treguas de y r&yy, 
que estimularon el espíritu de rebelión ; e impuso la pa/, por ía fuerza, 
de las armas legales. Desde este éxito el país inició una nueva etapa 
histórica. El partido revolucionario aprendió la lección y se resolvió 
a luchar en los comicios, alejándose para siempre de ía guerra civil y 
la abstención electoral, los dos extremos en que había alternado; y 
desde entonces su colaboración ha sido eficaz en la gestión de ios 
negocios públicos. Pero fue la energía del gobernante que impuso la 
solución necesaria al inspirar su actitud en la de Lincoln y Ormt 
frente a la rebelión sudista. 

Terminado el tratamiento, que tuvo bastante éxito pues devolvió 
a mi buen tío el uso parcial de sus piernas, fuimos a Hamburgo, donde 
nos embarcamos los tres en el « Cap Roca» que era en aquella época 
el mejor transatlántico de las líneas al Plata. Sólo los acompasé dos 
días en su viaje de regreso a Montevideo, pues me despedí de ellos 
en la escala de Boulogne-sur-Mer y me reintegré a París, volviendo 
a la legación, al barrio latino, a mis amistades del café Vacbette y a algu¬ 
nos corsos académicos relacionados con materias políticas y sociales 
que me interesaban. 



CAPÍTULO TERCERO 


LA AUSENCIA AMARGA 


Enfermedad de mi padre ; regreso a Montevideo ; optimismo engañoso 
y nuevo alejamiento. — Una tribulación inexplicable ; el dolor de mi 
hogar y sus reflejos misteriosos. — Llegada a Liverpool y viaje a 
Londres ; una visión rápida de la sociedad inglesa. — De nuevo en 
París ; la penosa noticia. — Invitaciones afectuosas ; viajes y amigos. 
— Muerte del expresidente Cuestas. — Don Eduardo Acevedo Díaz. — 
El triste año 1905 ; mi madre, guía y sostén moral de la familia. 


I 

En los meses finales de 1904 recibí malas nuevas sobre el estado de 
salud de mi padre. Confieso que al principio no les acordé gravedad, 
pues en los últimos años venía él padeciendo de una bronquitis crónica 
que sobrellevaba sin mayor peligro y que había contraído en la vieja 
Universidad cuyo edificio se alzaba en el extremo sud de la ciudad, 
o sea el palacio construido por Reus para servir de hotel frente al sun¬ 
tuoso establecimiento balneario que, con piletas, cascadas y bellos 
salones, acabó con la fortuna de su creador, quién no advirtió en sus 
sueños de grandeza que la aldea montevideana era incapaz, en 1888, 
de soportar creaciones de aquella índole, dignas sólo de París, Londres 
o Nueva York. Claro está que Reus murió en la miseria, y su espléndido 
balneario acabó convertido en un vulgar depósito de mercaderías. El 
hotel vecino tuvo un destino mas noble pues fue destinado a sede uni¬ 
versitaria, pero su ubicación era sumamente incómoda por hallarse 
abierta a los agresivos vientos del sud y sudoeste, que aún hoy convierten 
en un páramo aquella zona extrema de la ciudad. 

Apenas necesito decir que la Universidad carecía de calefacción, 
omisión que se repitió de manera increíble en 1908 cuando se alzaron 
los edificios modernos destinados a las facultades de derecho y en¬ 
señanza secundaria en el barrio del Cordón... Pero volviendo a la salud 
de mi padre, diré que las nuevas recibidas se tomaron inquietantes 



LA AUSENCIA AMARGA 


51 


cuando se me hizo saber que, además de su afección bronquial, se 
hallaba él atacado de una anemia perniciosa que ponía en peligro su 
vida. En octubre del citado año reaccionó felizmente, pero el temor 
que yo había tenido me decidió a solicitar una licencia que me permi¬ 
tiera volver a casa y abrazar a mis padres. Obtenida sin dificultad, me 
embarqué en Marsella a comienzos de febrero siguiente en un viejo 
barco de la Compañía de Transportes Marítimos, el Italie, en el que 
realicé una travesía dichosa a pesar de su vetustez y falta de como¬ 
didades. Se viajaba tan barato en aquella época, se comía tan bien 
y la gente disfrutaba de tan buen humor, que cuando recuerdo esas 
circunstancias me parece que ocurrieron en un mundo distinto del 
actual. 

Fondeamos frente a Montevideo el 5 de marzo a mediodía, y tuve 
la grata sorpresa de ver llegar a mi padre en un vaporcito, al costado 
del Italie, para conducirme a nuestro hogar. Allí me esperaban mi 
madre y hermanos, y no he olvidado que la mesa estaban tendida para 
celebrar mi llegada con un excelente almuerzo. Era domingo, y a la 
noche concurrí a la Iglesia Evangélica de la calle Treinta y Tres donde 
encontré a muchos de mis amigos. Los dos meses que pasé en Monte¬ 
video hubieran sido muy felices si en su transcurso la salud de mi padre 
no hubiese presentado nuevamente síntomas alarmantes. Desde media¬ 
dos de abril declinó visiblemente, y al comenzar mayo planteóse para 
mí la interrogante de si regresaba al desempeño de mi cargo en Francia 
o si lo abandonaba todo para permanecer junto a mi familia, que 
presentía una amenaza grave. Cometí el error de optar por la primera 
solución, pero influyó en ella la necesidad en que me encontraba de 
conservar un cargo indispensable para afrontar las necesidades mate¬ 
riales de la vida. Confieso que también influenció mi ánimo la esperanza 
optimista de que mi padre, aunque enfermo, viviría aún algunos años ; 
pero no pasó por mi mente una medida intermedia que lo hubiese 
solucionado todo : mi pase al Ministerio de Relaciones Exteriores, 
simple traslado diplomático que me hubiera permitido conservar mi 
empleo sin alejarme de Montevideo. Pero yo no tenía experiencia y 
nadie tomó iniciativa alguna a mi respecto. 

Se había resuelto que mi tío, el doctor Juan Gil, vendría conmigo 
a fin de repetir su cura de aguas termales efectuada el año precedente, 
y queriendo él viajar en un barco tranquilo optamos por uno mixto 
de la Compañía Lamport & Holt cuyo destino era Liverpool. Acaeció 
que, a último momento, mi pariente desistió del viaje, aunque había 
escrito a su antiguo amigo don Guillermo Petty, a la sazón cónsul 
uruguayo en Cardifí, que nos esperase en Liverpool. Me embarqué, 
pues, solo ; a bordo del buque iban cuarenta tripulantes británicos, 
cuyo capitán era un viejo irlandés que estuvo sumamente bondadoso 
conmigo, calidad ésta de la que tuve verdadera necesidad en razón 
de un fenómeno psíquico que me sorprendió tres o cuatro días después 



52 


AYER 


de haber salido de Montevideo. Voy a relatarlo y ruego que se me crea 
en todos sus detalles. 

Desde el 21 de mayo, es decir, dos días después de haber zarpado 
de aquel puerto, un sentimiento de angustia inexplicable empezó a 
oprimirme el corazón. Era yo un muchacho sano y alegre, y aunque 
al despedirme de los míos lo hacía en circunstancias de zozobra, ningún 
hecho nuevo justificaba la congoja que me afligía. Este fenómeno se 
agravó por la imposibilidad que tuve en esos días para alimentarme, 
pues a pesar de no sentir ninguna dolencia gástrica perdí de tal manera 
el apetito que apenas podía ingerir algunas tazas de té durante el día ; 
pero cuando intentaba acompañarlas de galleta mi boca se negaba casi 
a recibirla ; y si mediante un esfuerzo lograba masticarla tenía la sen¬ 
sación de que el alimento quedaba detenido en el estómago. Ante la 
doble crisis física y moral mi abatimiento fue cada vez mas profundo, 
y pude darme cuenta de que era motivo de curiosidad entre los oficiales 
del barco que no comprendían mas que yo la causa de mi postración. 
Algunas noches, en la soledad de la cabina, sentía correr lágrimas 
durante el insomnio, y mas de una vez sintiéndome abandonado invoqué 
la presencia materna como un consuelo necesario. Transcurrieron los 
días, y mientras el buque avanzaba lentamente hacia su destino mi 
desfallecimiento fué cediendo, logré alimentarme mas normalmente y 
el vigor de mi juventud se impuso al fin sobre el extraño fenómeno 
que había padecido. Pero la explicación la tuve recién casi un mes 
después, al llegar a París, donde encontré una carta de mi hermano 
Rodolfo informándome que en la madrugada del 23 de mayo había 
muerto nuestro padre. 


II 

Al desembarcar en Liverpool vino a buscarme don Guillermo Petty, 
que creía encontrar también a bordo a mi tío Juan. Lo informé de que 
había éste renunciado al viaje, y luego de una noche pasada con aquel 
viejo amigo en un confortable hotel del gran puerto británico, tomamos 
el tren de Londres adonde llegamos después de tener una visión pano¬ 
rámica de las magníficas campiñas inglesas cuyo verdor y florecimiento 
se esparcían gloriosamente bajo el influjo de la primavera. Petty me 
condujo al mejor hotel de la capital, cuyo nombre he olvidado ; y al 
manifestarle yo que la modestia de mis recursos no me permitía tal 
lujo, me informó el amigo que en todos los grandes hoteles ingleses 
había también habitaciones de módico precio. Sucedió así, en efecto, 
y por cuatro chelines me proporcioné la satisfacción de alojarme durante 
una noche en uno de los mas espléndidos hoteles del mundo. 

Recuerdo aún la impresión que recibí a la hora en que iba a servirse 



LA AUSENCIA AMARGA 


53 


la cena (que yo tomé fuera de allí, en un modesto restaurant), al ver 
dirigirse al comedor y transitar por el hall y los salones a numerosas 
damas y caballeros ataviados como para una fiesta. La sociedad inglesa 
mantenía gallardamente la tradición de la elegancia, acentuada durante 
la época victoriana ; y tanto las clases aristocráticas como las burguesas 
y medias se vestían de gala para sentarse a la mesa en horas de la noche. 
El «smoking» era de rigor en los hombres, como el escote y la joyas 
en las mujeres; lucían éstas peinados altos, destacando el rubio o el 
blanco de sus cabellos ; y admiré el porte altivo de muchas de ellas, 
así como el de los señores que las acompañaban. Bajo el cetro imperial 
de Eduardo VII, Gran Bretaña vivía una década de prosperidad y 
grandeza cuyos testimonios eran visibles desde que el viajero trasponía 
los dinteles de un hotel, un teatro o una casa de modas. 

Ansioso por llegar a París donde iba a encontrar noticias de mi 
hogar, dejé Londres al día siguiente, y llegado a la capital francesa 
corrí a la legación donde el encargado de negocios, señor Herosa, me 
recibió cordialmente y puso en mis manos una carta con sellos de 
Montevideo. Era la que contenía la nueva fatal, que leí entre lágrimas 
amargas. Prefiero no insistir aquí sobre este hecho que enlutó para 
siempre mi vida y la de los míos. 

Por aquellos días llegó a París mi pariente don Rodolfo Vellozo 
acompañado de otro caballero uruguayo, don Rodolfo Hernández, a 
quién debía unirme desde entonces una afectuosa amistad, pues poseía 
sentimientos y cualidades que aprecié en todo su valor, particularmente 
en aquellas circunstancias dolorosas para mí. Ambos viajeros me invi¬ 
taron a volver con ellos a Londres, lo que acepté con reconocimiento, 
pues nunca me había sentido tan solo. De la capital británica nos 
trasladamos a Bélgica, encontrando en Ostende al doctor Enrique 
Platero con sus niñas ; visitamos luego Bruselas y después Lie ja, donde 
se celebraba una interesante exposición artística e industrial. En uno 
de los conventos de esa interesante ciudad, educábase a la sazón una 
hija de don Guillermo Petty; este amigo nos acompañaba desde 
Londres y con él regresamos a París, donde me reincorporé a mis fun¬ 
ciones mientras mis compañeros seguían viaje a Suiza, Austria e Italia. 


III 

El expresidente de Uruguay, don Juan Lindolfo Cuestas, que se 
había radicado en París al terminar su mandato constitucional, falleció 
en aquellos días en su domicilio de la avenida Marceau. El gobierno 
francés le decretó honores oficiales, no recuerdo si en razón de su antigua 
investidura o por el hecho de que el difunto poseía la gran cruz de la 
Legión de Honor. El duelo fue presidido por su hijo, el doctor Juan 



54 


AYER 


Cuestas, dignísimo caballero de quien fui amigo años mas tarde y que 
debía terminar su vida en Roma en el ejercicio de una alta jerarquía 
diplomática. Los restos del exmandatario fueron trasladados a Mon¬ 
tevideo donde se les sepultó privadamente. Díjose en esa ocasión que 
un pedido de venia legislativa para rendirle honras hubiese dado motivo 
a apasionadas polémicas políticas, pues Cuestas había suscitado pro¬ 
fundas enemistades durante su gobierno. 

A la entrada del otoño llegó a París don Eduardo Ace vedo Díaz, 
personaje de larga actuación en la vida pública de Uruguay ; pubücista, 
soldado y finalmente diplomático. Yo no le conocía personalmente pero 
había leído sus bellas novelas históricas y algunos artículos de sus 
campañas periodísticas. Admiraba su estilo, original y fuerte, y deseaba 
conocer al hombre. Con este motivo me presenté a él y le acompañé 
durante las semanas que pasó en la capital francesa antes de embar¬ 
carse en Cherburgo con destino a Montevideo, en uso de Ucencia, pues 
desempeñaba a la sazón el cargo de ministro plenipotenciario en 
Washington. Con él partieron mis amigos VeUozo y Hernández. Debió 
ciertamente Acevedo Díaz formarse un concepto benévolo de mi per¬ 
sona, porque algunos años mas tarde, al ser nombrado ministro en 
Suiza, sohcitó de nuestro gobierno que integrase yo su misión diplomᬠ
tica en cahdad de secretario. A esta circunstancia se debió que con¬ 
viviéramos en Berna, como se verá en su lugar. 

Pero aquel año 1905 fue duro para mí. Las noticias de la famiUa 
reflejaban el duelo que la afligía y las dificultades materiales que era 
necesario afrontar. Como lo he dicho anteriormente, nuestra casa era 
propia, y la cuenta bancaria dejada por el padre proporcionó los medios 
para cubrir los gastos del hogar durante un año ; pero mis hermanos 
debieron dejar sus estudios para ganarse la vida mediante empleos poco 
remunerados. Los once eran aun menores de edad y el mas pequeño 
tenía apenas cuatro años. Yo muy poco podía hacer por los míos 
teniendo que atender en el extranjero a mi propia subsistencia. Fue 
entonces que el carácter y la capacidad de nuestra madre confirmaron 
su admirable temple. Las virtudes heredades y adquiridas de aquella 
mujer se acrecieron ante el infortunio, y los problemas diarios del 
hogar fueron superados gracias a su orden, disciplina, previsión, eco¬ 
nomía, abnegación y fortaleza moral. Sin embargo, en una de sus 
cartas leí una breve frase que aumentó mi congoja y remordimiento 
por haberme alejado de su lado en la hora de una grave amenaza con 
sus consecuencias inevitables. « Hijo mío — me decía — nunca hiciste 
tanta falta.» 1 


1 Muchos años después de su tránsito, escribí un folleto intitulado Oración a 
mamá, del cual sólo se imprimieron cincuenta ejemplares destinados a los miembros 
de la familia. Narré en sus páginas episodios de su vida y evoqué sus austeros 
ejemplos. Creo ocioso repetir aquí lo que ya ha quedado escrito a la intención de los 
nuestros que no tuvieron el privilegio de conocerla. 



CAPÍTULO CUARTO 


LA MISIÓN CASTRO EN FRANCIA 
Y LA CONFERENCIA DE LA HAYA EN 1907 


El doctor Juan Pedro Castro ; su designación diplomática ; sus elevadas 
calidades personales. — La Conferencia de la Paz ; delegación de 
Uruguay ; la negativa del doctor Julio Herrera y Obes. — « South Ame¬ 
rica » ; una confesión de Clémenceau. — La estructura política de 
Europa. — Estudios e influencias espirituales. — Viaje a Montevideo ; 
la escala de Río de Janeiro ; una embajada de guerreros del Paraguay. — 
Barrios y piedras de París. 


I 

El doctor Juan Pedro Castro, expresidente del Senado de Uruguay, 
fue nombrado enviado extraordinario y ministro plenipotenciario en 
Francia y Bélgica en 1906. Claro está que la misión le fue ofrecida, 
y entiendo que hubo que insistir para que la aceptara, pues en aquellos 
días todavía se ofrecían altos cargos a quienes los merecían, contra¬ 
riamente a lo que ha venido ocurriendo después, en que los puestos 
públicos se solicitan y hasta se mendigan. Antes de embarcarse distri¬ 
buyó generosamente su sueldo y viático entre entidades culturales y 
filantrópicas. Llegó a París el I de septiembre en compañía de su esposa, 
doña María Amalia Blixén, y sus hijos María Elena, María Amalia, 
Marta y Juan Pedro, estos últimos de corta edad. Durante su perma¬ 
nencia alojáronse el ministro y la familia en un discreto y elegante 
hotel sito en la calle de Presbourg núm. 4, donde ocuparon un departa¬ 
mento del piso bajo en el cual, además de las habitaciones interiores, 
disponía de tm vasto salón ornamentado con gusto y un comedor con¬ 
tiguo donde se realizaron almuerzos y comidas memorables. 

Recibido en el Eliseo por el presidente M. Armand Falhéres, el 
ministro Castro tuvo inmediato acceso a las esferas políticas, parla¬ 
mentarias y diplomáticas en las que conquistó simpatías y aún afectos 



56 


AYER 


por su sencillez, natural distinción, dominio del idioma francés y por 
su amplia información de todos los asuntos que constituían temas 
generales de conversación, sin excluir los de órden científico. Mantuvo 
la cancillería de la legación en la casa de Herosa, donde continué mis 
funciones, aunque debía concurrir también al hotel donde se alojaba, 
pues el ministro me utilizaba diariamente en diversas comisiones y 
actividades, algunas de carácter personal, lo que ejecuté siempre de 
buen grado pues se estableció entre él y yo una amistad que, respetuosa 
por mi parte, era verdaderamente cariñosa y paternal por la suya. 
Compartidos estos sentimientos por su esposa y ganada la simpatía de 
las niñas mayores, fui admitido en el seno de esta bella familia casi 
como un hijo, y compartí la mesa y con frecuencia las confidencias 
con que me demostraban su confianza. 

Fue aquélla para mí una época grata, aunque harto breve, pues a 
mediados del año siguiente el doctor Castro fue designado delegado 
plenipotenciario a la Conferencia de la Haya, y se alejó de París adonde 
solo volvió meses después de paso para Montevideo donde hizo renuncia 
de su cargo diplomático y fue electo diputado nacional. Es posible que 
aquel ciudadano aspirase al ejercicio de alguna posición que estuviese 
en relación con sus calidades eminentes, y a fe que si las circunstancias 
hubiesen favorecido su elevación al gobierno, nunca éste habría estado 
en manos más dignas y seguras. 

Dejó en París amigos de relieve, no sólo entre la clase selecta fran¬ 
cesa sino también en el cuerpo diplomático y personalidades de la 
colectividad americana. Entre ellos el doctor Ernesto Bosch, su colega 
argentino en Francia, que más tarde fué en su país ministro de Rela¬ 
ciones Exteriores. Este personaje tenía una elevada opinión del doctor 
Castro, como pude yo comprobarlo por diversos testimonios. Estaba 
casado con una gran dama, doña Elisa de Alvear, y tuve la dicha de 
volver a encontrar en Buenos Aires, treinta y tantos años más tarde, 
a ese ilustre amigo, cuando su entereza y probidad se opusieron desde 
la presidencia del Banco Central que desempeñaba, a los enjuagues 
de la dictadura. 


II 

Nuestra delegación a la Conferencia de La Haya estuvo integrada 
por el expresidente Batlle y Ordoñez y el ministro Castro como pleni¬ 
potenciarios ; los doctores Pedro Manini Ríos y Samuel Blixén como 
secretarios, y el coronel Buquet como asesor militar. Puede decirse 
que conviví con ellos durante su pasaje por París, aunque lamenté 
vivamente que una personalidad a la que deseaba yo conocer no hubiese 
aceptado presidir ni formar parte de aquella misión diplomática. Era 



LA MISIÓN CASTRO EN FRANCIA 


57 


el doctor Julio Herrera y Obes, a quién nuestro gobierno ofreció dichos 
cometidos y que los declinó aduciendo diversos pretextos. Puedo ahora 
revelar los motivos verdaderos que decidieron al expresidente Herrera 
a formular su negativa. Creía fundadamente que la asamblea de la paz 
se dividiría en dos campos : el importante, constituido por los dele¬ 
gados europeos, norteamericanos y japoneses, y el secundario, formado 
por los representantes de América latina. A su juicio, estas dos cate¬ 
gorías iban a establecerse en razón del concepto desfavorable que a la 
sazón tenía la Europa culta de los países iberoamericanos, considerados 
como sociedades inorgánicas, incapacitadas para realizar el orden 
dentro de la libertad y desenvolver su existencia política de acuerdo 
con las normas de la paz interna y del derecho ; focos permanentes de 
revoluciones y motines militares, donde solía asesinarse a los presi¬ 
dentes para substituirlos con mayor comodidad ; mezcolanza social y 
étnica de pigmentos subidos de la que se tenía con frecuencia muestras 
visibles en París, Londres, Berlín y Roma, donde los improvisados 
diplomáticos y los turistas millonarios destacaban su rastacuerismo y 
carencia del savoir vivre... La verdad es que la Europa refinada anterior 
a la primera guerra mundial desdeñaba a South America, y no erraba 
el doctor Herrera y Obes al opinar que los representantes que el zar 
Nicolás, Eduardo VII, Guillermo de Hollerzollem y Francisco José 
enviaban a La Haya, considerarían con sonrisas protectoras a los 
delegados de los dictadores tropicales y de los pueblos de civilización 
copiada y reciente. «¿ Qué pensará de mí un embajador ruso, aristó¬ 
crata cubierto de condecoraciones y bordados, al verme vestido con 
un modesto traje de confección ? » El expresidente de Uruguay pensaba 
que era demasiado pronto para que los pueblos americanos hablaran 
en nombre de la democracia, y la minoría de edad de América latina 
no la autorizaba en 1907 para sugerir soluciones a una diplomacia vieja 
de varios siglos. 

Hacía pocos meses que mi ministro, el doctor Castro, al visitar a 
Clémenceau, entonces presidente del consejo, en cumplimiento de un 
deber protocolar días después de presentar sus credenciales, el célebre 
estadista le había dicho con maravillosa franqueza: «Comprenderá, 
señor ministro, la satisfacción que siento al establecer con usted rela¬ 
ciones personales, porque gracias a ellas obtendré informaciones autén¬ 
ticas sobre su país cuya existencia ignoraba yo hasta el instante en 
que usted me pidió audiencia«... Y como Castro quedase naturalmente 
sorprendido, Clémenceau explicó :« Para los políticos europeos, el mundo 
se reduce a los países de Europa, los Estados Unidos y el Japón ; algu¬ 
nos otros cuentan muy poco ; y los demás no cuentan casi nada porque 
aún no han entrado en el concierto internacional. ¡ Nos falta tiempo 
para conocerlos !» 

Sin embargo, la Conferencia de La Haya conoció a algunos hombres 
distinguidos que las repúblicas sudamericanas enviaron para represen- 



58 


AYER 


tarlas. Entre ellos, el brasilero Ruy Barbosa, los argentinos Luis María 
Drago, Carlos Rodríguez Larreta y Marcelo T. de Alvear, el mejicano 
de la Barra y el uruguayo Juan Pedro Castro. El señor José Batlle y 
Ordoñez fue el autor de un proyecto que se juzgó después en Monte¬ 
video como el precursor u originario de la Liga de Naciones que el 
presidente Wilson instituyó en 1919 ; y fue el ministro Castro quién 
fundó y difundió la iniciativa de su compañero de delegación, pronun¬ 
ciando un alegato notable por su elocuencia y madurez. Pero como 
lo había previsto el doctor Herrera y Obes al predecir «el clima» que 
iba a imperar en La Haya, la proposición uruguaya no fue tomada en 
cuenta, y cuando se estableció y funcionó en Ginebra la institución 
wilsoniana, sólo sirvió para demostrar el fracaso de las ideologías paci¬ 
fistas que, en razón de su admirable generosidad, no parecen tener en 
cuenta las experiencias de la historia ni la naturaleza del hombre. 


III 


El panorama de la política internacional me atraía en sus múltiples 
fases y seguía yo con atención las manifestaciones que la sagacidad 
de la diplomacia ponía en acción para obtener ventajas continentales 
o coloniales. Quizás se ha olvidado hoy que la triple alianza agrupaba 
a Alemania, Austria-Hungría e Italia ; Francia y Rusia constituían 
el otro bloque, al que se sumó Inglaterra que, sin firmar tratados de 
alianza, abandonó su «espléndido aislamiento» bajo la inspiración 
genial de Eduardo VII. La profunda diferencia de mentalidad e insti¬ 
tuciones entre el imperio de los zares y la República Francesa no difi¬ 
cultó su acuerdo militar, destinado a impedir la expansión germánica. 
Turquía subsistía aún como la fuerza de equilibrio en el oriente, y 
contra ella se alzó la coalición balkánica que no perduró en razón de 
sus discordias regionales. Polonia no existía, y la península ibérica, 
perdidas sus colonias, vegetaba en el aislamiento. Pero en la Europa 
nórdica, central y occidental florecía una espléndida cultura asentada 
sobre una prosperidad económica inigualada. Todo parecía demostrar 
que esas sociedades habían entrado en la era definitiva de la paz, mas 
los que así pensaron no tuvieron en cuenta que aquella civilización se 
afirmaba «sobre material humano », es decir, que las ambiciones de 
los hombres, el antagonismo de sus intereses, sus ansias de poder, de 
mando, de dominio y de expansión, seguían siendo los factores que 
hacían de la guerra un instrumento político. Se ha creído hallar la 
explicación de los choques armados en causas económicas, geográficas 
e históricas, y lo que aparece bajo esas causas visibles es el alma humana, 



LA MISIÓN CASTRO EN FRANCIA 59 

la fuerza profunda que al decretar el uso de la violencia olvida todo 
concepto de piedad y justicia. 

Todas las tardes recibía yo una lección magistral de política exterior. 
Me refiero a la lectura del gran diario Le Temps, cuyo editorial, redac¬ 
tado por las mentalidades mas maduras y brillantes que la especia- 
lización había dado a Francia, exponía cuotidianamente el examen de 
un problema, una solución, un aspecto fundamental o una orientación 
diplomática de la actualidad internacional. 

Como ha podido juzgarse por mis confesiones, yo era un autodidacta. 
Desde niño fui un lector voraz, con poco orden en la elección de mis 
libros pero dotado de buena memoria, lo que me permitió retener la 
parte esencial de mis lecturas. La influencia francesa predominó natural¬ 
mente en el período de mi formación intelectual, y a esa influencia 
debo una cierta adquisición del sentido de la síntesis, que he tratado 
de reflejar en mis escritos. De ahí mi dificultad para hacerme periodista 
u orador, en España y América, ya que en nuestro idioma la difusión 
y superabundancia de vocablos son preferidas por lectores y auditores. 

Al mencionar estas particularidades, pienso que no debo extenderme 
sobre los autores y las obras que constituyeron mis estudios favoritos. 
He sido siempre hombre de bibliotecas y librerías ; de museos y exposi¬ 
ciones de arte ; he admirado las creaciones perdurables de la arqui¬ 
tectura, la estatuaria y la pintura, sin dar preferencia a tales estilos 
ni dejarme dominar por tales épocas ; y he leído los libros clásicos y los 
modernos, escritos originariamente en todos los idiomas, convencido de 
que las grandes ideas han emanado de las culturas mas contradictorias. 

Pero las lecturas, los amigos y las atracciones de París no dismi¬ 
nuían mi anhelo de acercarme a mi buena madre y hermanos. Hacía 
dos años y medio que no tenía contacto con ellos, y obtenida la licencia 
correspondiente me embarqué en Cherburgo al comenzar noviembre de 
1907 en el vapor Avon, de la Mala Real. En la escala de Río de Janeiro 
tuve la grata sorpresa de ver a bordo, de regreso a Montevideo, a una 
embajada extraordinaria que el gobierno uruguayo había enviado a la 
capital carioca para participar en los actos conmemorativos de la 
fundación de la República. La presidía el general Eduardo Vázquez, 
a quien acompañaba su interesante esposa doña María Teresa Spiker- 
man ; la integraban los generales Zenón de Tezanos y Pedro Callorda, 
y los coroneles Pedro Ramos y Martín Souberán, todos guerreros de 
Paraguay. También formaba parte de la delegación una personalidad 
civil, el doctor Carlos María de Pena, universitario eminente que debía 
desempeñar años después nuestra plenipotencia en Washington. Aunque 
se trataba de hombres de mucha mas edad y jerarquía que yo, fui 
amistosamente acogido por ellos y en tertuüa ininterrumpida llegamos 
a Montevideo donde me esperaba el abrazo cariñoso de mis familiares. 

Pasé tres meses en mi casa, que no pudieron ser felices en razón 
de la dolencia que afectaba a mi hermana Sara, de quince años de edad. 



6o 


AYER 


Su mal fue irreparable, y terminado el penoso proceso volví a Francia 
al ejercicio de mis funciones. 

Durante el primer año de mi permanencia en París me había alojado 
en la calle de Sommerard núm. 5, situada en el barrio latino, y elegí 
ese punto por su proximidad a la Sorbona y a algunas escuelas que me 
interesaba frecuentar como oyente o alumno libre. En los años siguientes 
viví en una pensión ubicada en la rué Beaujon 21, desde cuyos balcones 
se disfrutaba el panorama de la avenida de Wagram y la plaza de 
l’Etoile con su maravilloso Arco de Triunfo. Aquella pensión estaba 
bien concurrida ; alrededor de su vasta mesa sentábanse señoras y 
caballeros procedentes de diversos países ; y las tertulias que seguían 
a la cena solían animarse con bailes familiares. Después, y durante un 
buen lapso de tiempo, tuve un departamento en la calle Fourcroy, 
barrio de Ternes ; y en los dos últimos años de mi estancia en la gran 
capital me alojé en una confortable pensión situada en la avenida 
Victor Hugo, a pocos pasos de la plaza donde se erigió el monumento 
a la gloria del literato. Victor Hugo había vivido sus postreros años 
en una casa convertida más tarde en la pensión a que me refiero, que 
llevó entonces y mantiene aún la denominación de Villa de Saint- 
Honoré d’Eylau. Allí terminó sus días el autor de Los Miserables, y de 
esa residencia histórica el gobierno y el pueblo condujeron sus restos 
para ser velados bajo el Arco de Triunfo. Este barrio me fué siempre 
simpático y quedé familiarizado con la armonía de sus edificios y la 
atracción de sus calles, aunque debo decir que otros barrios de carácter 
distinto pero también de hondo embrujo quedaron grabados en mi 
espíritu para toda la vida. Entre ellos la colina de Montmartre y el 
de Saint-Germain-des-Prés, que destaca la más vieja iglesia de París 
rodeada de callejas y rincones cuya fisonomía no ha variado en los 
últimos siglos. Creo poder decir, sin vanidad, que mi juventud se impreg¬ 
nó de su belleza y de la historia de sus piedras. 



CAPÍTULO QUINTO 


GENIO Y FIGURA 


Don José Batlle y Ordóñez ; su llegada a Francia ; retraimiento y falta 
de flexibilidad. — La silueta del hombre ; su definida personalidad 
moral ; fortaleza de carácter y calidades combativas; sus deficiencias. — 
El doctor Rafael De Miero, amigo predilecto. — El veraneo de 1908 
y el origen del colegiado. — El señor Batlle recibe en París la procla¬ 
mación de su candidatura presidencial. — Discusión sobre su programa 
de gobierno ; preeminencia de los propósitos políticos. — Motivo de 
mi libro sobre los problemas uruguayos. 


I 

El expresidente de Uruguay, don José Batlle y Ordóñez, llegó a 
Francia a mediados de abril de 1907 en compañía de su esposa, doña 
Matilde Pacheco, sus hijos César, Rafael, Ana y Lorenzo, y sus amigos 
el coronel Juan Bemassa y Jerez — mas tarde general y ministro de 
Guerra — y el doctor Pedro Manini Ríos que acababa de contraer 
matrimonio con doña Teresita Rodríguez. El ministro doctor Castro 
y el cónsul general Mongrell fueron a Cherburgo a recibir a los viajeros, 
y en la estación de San Lázaro los esperó un grupo de compatriotas 
y amigos. Días después un almuerzo muy concurrido tuvo lugar en el 
Elysée Palace Hotel en agasajo del expresidente que, como lo han 
reseñado sus biógrafos, conocía París por haber vivido un año de su 
juventud en la gran ciudad. 

Durante una buena parte de su estancia, el señor Batlle y los suyos 
se alojaron en un departamento amueblado sito en la avenida de los 
Campos Elíseos, 99, altos del Fouquet’s Bar, establecimiento que se 
distinguía por la autenticidad de sus mezclas alcohólicas y la elegancia 
de las mujeres que le frecuentaban. El señor Batlle no se trataba con 
nadie, y en el transcurso de los tres años y nueve meses de su perma¬ 
nencia en Europa no conoció a ningún hombre representativo e incurrió 
en algunas omisiones que revelaron su propósito de prescindir de convi¬ 
vencias sociales. Fue así que no visitó al iefe de Estado, a pesar de que 



M. Falliéres, en cumplimiento de la fina hospitalidad francesa, le envió 
la tarjeta de su palco de la Ópera para que asistiera a una representa¬ 
ción. El protocolo establece que al día siguiente de recibida la atención 
oficial, la persona que la ha aceptado visite al presidente de la Repú¬ 
blica. El ex mandatario uruguayo fue al teatro y ocupó con su familia 
el palco de M. Falliéres, pero no cumplió con el requisito de efectuar 
la visita y agradecer la cortesía. Esta fue su norma invariable durante 
su permanencia en Europa : evitar contactos con los hombres que 
ocupaban posiciones oficiales y no tener relación alguna con aquellos 
compatriotas que no compartían su ideología personal. Se apartó 
sistemáticamente de éstos ; solo aceptó ver a los pocos amigos políticos 
que fueron a visitarle a París, y se negó a concurrir a las conmemora¬ 
ciones que reunían, una o dos veces al año, a la colonia uruguaya. 
El 18 de julio de 1910 celebróse en la capital francesa un banquete 
al cual asistieron cerca de doscientos compatriotas y entre éstos algu¬ 
nos hombres destacados que pertenecían a distintas fracciones políticas 
y que interpretaron como favorable esa oportunidad para aproximarse 
y conversar con el antiguo y futuro presidente de la República, en el 
ambiente amable de un restaurant parisiense y en ocasión de un ani¬ 
versario patrio, circunstancias promisoras de entendimientos patrió¬ 
ticos... Se buscó, pues, y se obtuvo la adhesión del señor Batlle al acto ; 
pero llegada la hora de sentarse a la mesa se vió un asiento vacío ; 
el candidato presidencial rehuyó, como siempre, la proximidad de sus 
conciudadanos que no eran sus partidarios incondicionales. 

Estos episodios demuestran su carencia de flexibilidad, circunstan¬ 
cia que en ciertos casos y para algunas cosas constituía un defecto, 
pero hay que reconocer que esa modalidad se convertía en una calidad 
eficaz cuando actuaba como propagandista, luchador y jefe, como lo 
fué siempre. Las innovaciones en la legislación y las costumbres, el 
combate contra rutinas y privilegios, la obstinación en la defensa de 
determinadas soluciones, exigían una energía personal que no admitía 
las mermas del acomodo. Ese hombre público era un bloque y debía 
ser juzgado de manera objetiva, con sus calidades y omisiones. Esto 
no se hizo ni ocurrió, y ciertamente no pudo hacerse en el ambiente 
caldeado en que le tocó actuar y en el seno de una democracia en for¬ 
mación donde prevalecía el arrastre de los hombres sobre el idealismo 
de los programas. Como caudillo civil y gobernante el señor Batlle 
provocó fanatismos entre sus adeptos y pasiones violentas entre sus 
opositores, que fueron mas enemigos que adversarios políticos. 

Yo sólo le conocí y le traté en París. Hablaba con deficiencias la 
lengua francesa ; carecía de esa versación literaria y artística que es 
indispensable en la convivencia de las sociedades de cultura heredada ; 
se le notaba lento en el hablar, pesado en la expresión, difícil en la 
elaboración de los conceptos para enunciar su pensamiento; falto, en 
síntesis, de flexibilidad mental y agravado con una disposición innata 



GENIO Y FIGURA 


63 


para el rechazo de toda idea que no coincidiera con las suyas. Su espí¬ 
ritu revelaba analogías con su estructura física, que era hercúlea, car¬ 
gada y tardía, como correspondía a su peso de ciento treinta kilos. 
En cambio, su microcefalía no tenía relación con aquella masa de 
músculos distribuida sobre un sistema óseo alto de dos metros. La 
silueta se completaba con una indumentaria desplanchada y la 
corbata mal hecha que denunciaban su fondo de bohemio desdeñoso 
de las apariencias y los portes exteriores. 

En el París armonioso de comienzos del siglo en que la vida mundana 
era intensa y fácil, la silueta, la expresión verbal, la distinción, la ele¬ 
gancia, el señorío y hasta la manera de saludar, definían a las personas. 
El valimiento intelectual, las virtudes intrínsicas o la fortuna eran 
otros valores, desde luego superiores a los que la apariencia concede 
a hombres y mujeres ; pero la educación era el valor mas estimado en 
las relaciones sociales. No la poseían todos los sudamericanos que 
llegaban a Francia en aquella época ya remota, y de ahí el recelo con 
que eran acogidos. Como he dicho, el señor Batlle no intentó crear 
relaciones sino mas bien evitarlas, de modo que puedo afirmar que 
durante su dilatada permanencia en París su presencia pasó entera¬ 
mente inadvertida desde un mes después de su arribo. Felizmente para 
él, su radicación europea fue apenas un paréntesis entre sus dos presi¬ 
dencias, y ese paréntesis se llenó de nostalgia... Era un temperamento 
exclusivamente político y localista : nunca demostró interés por otra 
cosa que no fuese la política, ni tuvo actuación fuera de ella ni de su 
terruño. 

Repito que sólo le traté en Europa, donde sus calidades no tenían 
ocasión de manifestarse, pero estaba informado de sus antecedentes 
y condiciones personales con motivo de su estrecha vinculación con 
mis familiares de la rama materna. Los Gil compartieron con el señor 
Batlle su enérgica oposición a los malos gobiernos, y posteriormente 
le acompañaron en otras soluciones políticas y sociales. Teófilo y él 
fueron codirectores de La Razón en 1884, y dos años después la jomada 
del Quebracho vió a Batlle junto a los siete hermanos Gil, uno de los 
cuales cayó allí para siempre. En 1903, Juan y Mario, unidos a una 
minoría parlamentaria, decidieron con su voto la elección presidencial 
de su amigo, quedando alejados definitivamente de su partido en razón 
de esa actitud. Creían, con razón, en su valor moral y cívico, en su 
entereza de carácter, su honestidad y tenacidad. Empleó esas calidades 
en su juventud en la lucha contra la tiranía ; las mantuvo en su opo¬ 
sición a los prejuicios religiosos y a los privilegios de cierta clase ; y 
confirmó el vigor de su espíritu al negarse a transar con adversarios 
cuya ideología no representaba, a su juicio, ninguna solución para el 
bienestar o el progreso del país. Puede discutirse la eficacia o la bondad 
de sus proyectos, realizados o fracasados, pero era un hombre que 
sabía lo que quería y que nunca vaciló en dar todo su empuje para la 



6 4 


AYER 


ejecución de sus propósitos. Era un valor auténtico, mas por su tempe¬ 
ramento tesonero puesto al servicio de sus aspiraciones políticas, que 
por el talento o la ilustración de estadista, que ofrecía indudables 
deficiencias. 

Se ha sostenido que presentó un importante proyecto a la Con¬ 
ferencia de la Paz que se reunió en La Haya en 1907, y se ha afirmado 
que fue aquél el proyecto precursor de la Liga de las Naciones que 
debía funcionar en Ginebra muchos años después. Todo esto no es mas 
que una exageración destinada al consumo político interno... Como 
lo he dicho anteriormente la iniciativa de Batlle, apoyada por la elo¬ 
cuencia del otro delegado a la Conferencia, doctor Juan Pedro Castro, 
no tuvo derivaciones y no fue tomada en cuenta por aquella asamblea ; 
tampoco constituyó una novedad, porque precedentemente otros 
gobiernos y otras asambleas en el curso de la historia habían enunciado 
y propuesto iniciativas análogas que estuvieron condenadas al fracaso 
como lo estuvo la Liga de Ginebra y la Un que la ha reemplazado. 

He dicho que el señor Batlle rehuía el contacto con compatriotas 
que no tuviesen sus mismas opiniones o pasiones políticas, pero 
hizo una excepción con un pequeño personaje desvinculado de su país 
de nacimiento, el doctor Rafael De Miero, que se había radicado en 
París con su familia. Tendré oportunidad de referirme a él con alguna 
extensión con motivo de su designación como ministro plenipoten¬ 
ciario de Uruguay ; pero fue el amigo inmediato del expresidente, 
aunque no creo que éste le hiciera confidencias sobre sus planes de 
futuro dado el hermetismo que constituía una de sus características. 


II 

En julio de 1908 debí cumplir la solicitación de un amigo que me 
escribió desde Montevideo pidiéndome que visitase en su nombre al 
señor Batlle y la expresara sus condolencias con motivo del deceso de 
su hermano don Luis. Así lo hice. En la conversación que se entabló 
luego, el señor Batlle me dijo que tenía el propósito de pasar el verano 
fuera de París, y me interrogó respecto de los lugares adonde podría 
dirijirse con su familia. No le atraían las playas ni las estaciones ter¬ 
males en aquellos días de duelo para él, pues eran centros de fiestas 
y algazaras ; y prefería un sitio tranquilo y discreto, un tanto alejado 
de las corrientes bulliciosas del turismo internacional. De inmediato 
le sugerí el país y el punto que le convenían : Suiza, desde luego, que 
además de sus concurridos parajes climatéricos y mundanos ofrece 
también sitios de retiro y silencio que no son menos bellos que los 
otros ; y entre ellos indiqué la breve y riente comarca de Gruyéres, 
situada en el cantón de Friburgo. En pocas palabras le describí esa 



GENIO Y FIGURA 


65 


región sosegada, no descubierta todavía por el turismo cosmopolita y 
apenas cruzada por un tren eléctrico que partía de Vevey y ascendía 
la montaña dejando ver en su marcha paisajes incomparables. En la 
aldea de Gruyéres no había teatro, ni cine, ni casino; apenas dos hoteles, 
modestos y simples, casi unas fondas, donde la pieza y la pensión 
costaban sólo cinco francos diarios. Pero a un kilómetro del pueblo, 
en un paraje casi escondido y lleno de árboles, había otro hotel mas 
importante y confortable, frecuentado principalmente por familias 
burguesas de Ginebra, gentes cultas y tranquilas. Era el hotel de Mont- 
barry-les-Bains, donde acostumbraba a veranear en aquellos años, con 
su familia, don Daniel Muñoz, a la sazón ministro en Londres. 

Platicando durante mi visita sobre otro aspecto de los veraneos 
en Gruyéres, relaté que el año anterior había tenido yo oportunidad 
de asistir a un sencillo y admirable acto político, que revelaba como los 
labriegos y artesanos suizos concebían y practicaban la democracia. 
En efecto, una tarde regresó a la aldea su diputado al consejo nacional 
que había participado de las sesiones legislativas y volvía de Berna 
para reanudar su trabajo de relojero. Entró a pie, maleta en mano, 
y antes de penetrar en su casa y taller se acercó a la vieja fuente que, 
situada en la única plazuela del pueblo, surte de agua pura a sus habi¬ 
tantes ; sacóse el sombrero, golpeó sus manos, y poco después se vió 
rodeado de un centenar de hombres, mujeres y niños que conservaban 
sus instrumentos y útiles de labor. Empezó a hablar frente al grupo, 
y aunque yo comprendía mal el patois friburgués, advertí que estaba 
proporcionando informaciones a sus electores acerca de lo tratado en 
el consejo nacional y expücando su intervención en los asuntos legisla¬ 
tivos. Noté que se le formulaban algunas preguntas a las cuales res¬ 
pondió con simplicidad ; cambiáronse frases y diálogos breves ; y poco 
después terminaba aquella simpática y sencilla asamblea al aire libre, 
ejemplo de democracia pura, donde el artesano investido de represen¬ 
tación daba cuenta cabal de su cometido a sus conciudadanos, en una 
buena charla que era acogida sin censuras y sin aplausos... Cada uno 
volvió luego a sus quehaceres y al cabo de un rato vi al diputado en su 
pequeño taller componiendo relojes. 

No he olvidado la expresión de interés que aparecía en la fisonomía 
del señor Batlle al oir este relato, y la atención profunda con que sus 
familiares seguían mi narración. El episodio del relojero-diputado 
coincidía con la opinión que tenían todos ellos de las prácticas demo¬ 
cráticas. Y no fue una sorpresa para mí el informarme, días después, 
que el expresidente y los suyos habían partido para Gruyéres y se 
habían instalado en el hotel de Montbarry-les-Bains... 

Tuve oportunidad de verles al mes siguiente, pues yo iba a un lugar 
vecino a pasar mis vacaciones veraniegas ; en el mismo hotel de los 
Batlle se había instalado el ministro don Daniel Muñoz con su familia, 
como en los años anteriores ; y supe luego que, antes de terminar su 



66 


AYER 


veraneo, ambos personajes habían visitado Berna, que el político uru¬ 
guayo consideraba no sólo como la capital del país sino también como 
una de las capitales de la democracia. 

Y bien, fue durante esa permanencia en Suiza que surgió en la 
mente de señor Batlle el proyecto de instituir en nuestro país el sistema 
del gobierno colegiado, que debía provocar intensas campañas políticas 
y cuyas reacciones históricas no terminaron con su aplicación parcial 
en la Constitución de 1917 y su derogación dictatorial en 1933. 


III 

En julio de 1910 el señor Batlle y Ordóñez recibió la noticia de que 
la convención de su partido político había proclamado su candidatura 
para la nueva presidencia. Como se recordará, la constitución de 1830, 
vigente aún, establecía que el primer magistrado debía ser elegido por 
la asamblea general, constituida por la reunión de las dos cámaras. 
El partido del gobierno disponía de una mayoría efectiva en el electo¬ 
rado y en las cámaras ; no había cismas internos que hicieran peligrar 
la cohesión partidaria ; los hombres que gobernaban en aquella hora 
eran amigos del candidato, de manera que desde el instante en que 
tuvo lugar la proclamación el personaje podía considerarse virtual¬ 
mente electo. Un movimiento de protesta armada contra esa solución 
política llevado a cabo por el partido adverso fue rápidamente domi¬ 
nado. Batlle redactó, pues, la aceptación de su candidatura y su pro¬ 
grama de gobierno, enviando ese documento desde París al doctor 
Antonio María Rodríguez, que presidía la convención nacional de su 
partido. Fue fechado el 10 de agosto de 1910, y conozco sus detalles 
porque conservo desde entonces en mi poder el borrador autógrafo. 

En efecto, por aquellas fechas el señor Batlle me entregó los origi¬ 
nales con el pedido de que hiciese yo un extracto de su plan de gobierno 
y obtuviese su publicación en algunos órganos periodísticos de Francia 
e Inglaterra. Así lo hice, y una noticia bastante amplia apareció en 
The Times de Londres, Le Fígaro de París y La Dépéche de Toulouse. 
Con este motivo sostuve con el candidato una larga conversación en 
su alojamiento de la avenida de los Campos Elíseos, y después de 
comentar algunas de sus declaraciones me preguntó cual era mi opinión 
sobre su programa de gobernante. 

Le contesté que mi opinión carecía de valor, pero él insistió en su 
deseo, y como he padecido con frecuencia de la franqueza, probando 
con ello que soy mal cortesano, recuerdo haberle respondido que el 
documento que teníamos en las manos constituía un programa esencial¬ 
mente político, pero que no era el plan de un estadista que busca solu¬ 
cionar los problemas fundamentales de su país. Sorprendido ante el 



GENIO Y FIGURA 


ex abrupto, Batlle dejó pasar algunos segundos y me formuló esta 
interrogación : «¿ Cuales son, a su juicio, los problemas fundamentales 
de nuestro país ? » «El de la educación pública, en primer término — 
le respondí —; el problema agrario, vinculado a la ejecución de una obra 
de justicia y reformas sociales que sólo puede tener por base la trans¬ 
formación económica del país, iniciándola con la división de la propiedad 
rural y la independización del proletariado campesino; la defensa 
nacional, de la que dependen la soberanía y la dignidad de la nación; 
y la inmigración seleccionada, que al incorporar elementos civilizados 
y laboriosos a nuestra masa criolla, mejoraría sus calidades y pondría 
fin al error de nuestros hombres públicos que creen que el progreso 
del pueblo se obtiene por medio de instituciones avanzadas que, en la 
realidad de las cosas, resultan impracticables cuando no coinciden con 
la evolución de la cultura y la difusión de la riqueza. » 

El candidato presidencial me había escuchado atentamente, pero 
no pareció convencido de que su programa casi exclusivamente político 
no resolvería las cuestiones o las dificultades de la República en aquella 
época. La verdad es que durante su segundo gobierno tomó iniciativas 
y fomentó reformas que precisamente coincidieron con las ideas que yo 
había sostenido en el curso de mi conversación con él, y entre ellas 
la muy importante de la gratuidad de la enseñanza, tan democrática 
como eficaz; pero nunca lo reconoció, según su costumbre. No es de 
extrañarse que nuestra charla se convirtiese en una casi discusión, 
porque aunque sigo creyendo hoy que mis argumentos de entonces 
eran fundados, tuve que chocar con la falta de adhesión que me oponía 
aquel hombre, polemista avezado y poco dispuesto a ceder en sus 
puntos de vista. Pasado mediodía, una criada vino a anunciarle que 
el almuerzo estaba servido, lo que dió motivo a que yo intentase des¬ 
pedirme ; pero mi interlocutor me obligó a sentarme y continuó defen¬ 
diendo su programa y sus ideas. No es que contrariase precisamente las 
que yo exponía, pero entendía resolver los problemas nacionales sobre 
la base de una legislación avanzada, acordando mayor influencia a los 
factores políticos y a las reformas institucionales que a los elementos 
destinados a modificar la economía del país, o a los nuevos métodos 
educacionales, o a los aportes i nmig ratorios de selección, o a la ense¬ 
ñanza militar a los ciudadanos que reemplazase al ejército mercenario 
por el ejército del pueblo. 

Era casi la una de la tarde cuando el señor Batlle me autorizó a 
retirarme, y recuerdo sus palabras textuales de despedida: «Alguna 
razón ha de tener usted, porque parece convencido de lo que sostiene »... 
« Ofrezco a usted — le dije entonces — ampliar por escrito todo lo que 
he dicho y llevarle a su despacho presidencial, antes de un año, una 
exposición impresa de mis ideas. » 

Este fue el motivo de mi pequeño libro La sociedad uruguaya y sus 
problemas, que editó Ollendorf en París a mediados de 1911 ; en el 



68 


AYER 


mes de septiembre de aquel año obtuve una corta licencia para viajar 
a Montevideo ; y a mi llegada gestioné una audiencia del señor Batíle, 
ya presidente. Me recibió fríamente en su chacra de Piedras Blancas, 
y cuando puse en sus manos un ejemplar de mi trabajo lo tomó sin 
darme las gracias. Su expresión daba a entender que hubiera preferido 
que yo no cumpliese la promesa hecha en París, pero de todos modos 
aquella breve conversación fue la última que sostuve con el personaje. 
Aunque vivió veinte años mas, no volví a verle. 



CAPÍTULO SEXTO 


LA VIDA FRANCESA 


El panorama espiritual antes de la primera guerra. — La vida teatral ; 
autores, intérpretes y escenarios. — La convivencia culta en todas 
partes. — Paralelo sintético entre ayer y hoy. — Evocación de antiguos 
afectos ; Héctor Bandinelli, Abel de Fuentes, Manuel Ugarte. — El 
salón de madame de Espejo. — Veladas literarias en la legación de 
Chile. — La mesa francesa, expresión de cultura. — Jerarquía en el 
arte del gusto; menús epicúreos y banquetes sin discursos. — La 
gracia femenina. 


I 

Era todo un privilegio identificarse con la vida francesa en los 
últimos años de un período que se caracterizó por su elevada cultura, 
su paz integral, su amplitud espiritual, sus facilidades económicas y 
su buen humor. Todo contribuyó a tomar grata la existencia de las 
generaciones viejas y jóvenes que vivieron en Europa occidental entre 
1:875 y 1914. Decíase en París que se sentía moral y físicamente la 
douceur de vivre, y yo fui testigo de ello. Más que testigo, gocé también 
de la dulzura que ofrecía la vida en aquella época insuperable. Por 
encima de sus preocupaciones cuotidianas que siempre existen, Francia 
colocaba su amor a la libertad, a la justicia y al derecho ; la generosidad 
de sus ideas ; sus expresiones artísticas, su cordialidad y las vibraciones 
de un pensamiento fecundo que se trasuntaba en el teatro, la producción 
editorial, la prensa, la actividad académica y parlamentaria, las con¬ 
ferencias públicas, el turismo. Eran todos frutos magníficos de la paz, 
el genio y el trabajo, creadores de la riqueza cultural y material de un 
ciclo que vive aún en la memoria de los viejos que le conocieron en su 
mocedad y que sienten hoy la nostalgia de aquella dicha. 

La actividad teatral era la que ofrecía atractivos de más visible 
intensidad y la que alcanzó su culminación brillante en el decenio que 
precedió a la primera guerra mundial. Admiramos entonces a los grandes 
autores que no parecen haber tenido sucesión : Edmond Rostand, 



7 o 


AYER 


Maurice Donnay, Tristán Bemard, Alfred Capus, Porto-Riche, Paul 
Bourget, Henry Bataille, Pierre Frondaie, Octave Mirbeau, Henry 
Bernstein... Intérpretes admirables como Antoine, Réjane y Sarah 
Bernardt poseían teatros propios que llevaban sus nombres. La ele¬ 
gancia de las salas modernas alternaba con el gusto clásico de las 
antiguas, que se enorgullecían de su tradición centenaria. Un prestigio 
merecido aureolaba los cuatro grandes teatros oficiales — Opera, Opera 
Cómica, Odeón y Comedia Francesa — y algunos cabarets artísticos, 
café-conciertos y music-halls, se distinguían como expresiones de esprit, 
arte alegre y lujo dentro de su género. 

Una muchedumbre cosmopolita se volcaba en la capital, y la esta¬ 
dística reveló que en ella, poblada entonces por tres millones de habi¬ 
tantes, entraban y salían cuarenta mil turistas diarios, vale decir, más 
de un millón por mes, población flotante que venía en busca de sensa¬ 
ciones, de placeres, de contactos culturales y de compras de todo género. 
A pesar de esa concurrencia adinerada no era difícil obtener mesa en 
los restaurantes y asientos én los teatros y conciertos, pues una organi¬ 
zación inteligente había previsto el espacio en relación con la clientela. 
Lo mismo acaecía con los medios de transporte, cuya amplitud estaba 
condicionada al número de pasajeros. Se desconocían el apretujón, el 
pisotón, el codazo y el asalto a los ómnibus y tranvías ; los hombres 
cedían los asientos a las señoras ; y aunque corro el riesgo de no ser 
creído por las generaciones actuales, la comodidad, el desahogo y la 
buena educación caracterizaban la convivencia en todos los lugares 
públicos. 

No voy a convertir esta página de recuerdos en una guía turística ; 
solo quiero decir que logré el deleite de identificarme con el alma de 
la ciudad-luz a través de sus iglesias y monumentos, sus parques y 
palacios, contemplados en la claridad brumosa y fina de los días otoñales, 
o adivinados en las noches con la presencia de los fantasmas que hicieron 
la gloria y la historia de las viejas urbes. Reyes ilustres, obispos pia¬ 
dosos, aristócratas, guerreros, poetas y artistas, crearon la metrópoü 
de resonancias gigantescas y armoniosas donde dejaron la huella impere¬ 
cedera del genio latino. Capital de arte, de elegancia y de leyenda, su 
savoir-vivre ha elevado como ninguna otra el nivel del espíritu humano, 
y su grandeza ha iluminado la civilización occidental con la expansión 
brillante de sus ideas. 

Si se me preguntase cuales son las diferencias fundamentales entre 
aquella sociedad fenecida y la actual, contestaría que la primera se 
caracterizaba por un sentimiento de seguridad y de confianza, mientras 
que hoy reinan la vacilación, la desconfianza y el miedo ; a pesar del 
aumento colosal de la riqueza, se sienten ahora necesidades que enton¬ 
ces eran desconocidas ; las gentes parecían dichosas y probablemente 
lo eran, en tanto que hoy seguramente no lo son ; las mujeres estaban 
satisfechas del papel doméstico y social que representaban, mientras 



LA VIDA FRANCESA 


71 


que hoy, a pesar de haber invadido todas las esferas, su influencia 
sobre el hombre ha disminuido, porque han desnaturalizado en buena 
parte su misión ; los valores intelectuales y morales no han desaparecido, 
pero han mermado de manera alarmante, no porque haya menos sabios, 
ni menos técnicos, ni menos personas decentes, sino porque se ha dado 
a la plebe, a la ignorancia, al arribismo y a la incapacidad una influencia 
que ha desequilibrado profundamente a la sociedad, cuya estructura 
tradicional y burguesa ha sido rota por los acontecimientos de los 
últimos siete lustros. Todo en nuestro mundo agitado da la sensación 
de la improvisación y de lo efímero. En las ciudades no hay sitio ni 
horas para la meditación y el aislamiento, que tan necesarios son al 
alma del hombre. Se vive una existencia devorante que roza, a veces, 
el riesgo del envilecimiento. 

Ciertamente asistimos a la gestación de un mundo cuyos futuros 
aspectos son imprevisibles, pero abrigo fundadas dudas de que el 
hombre pueda consolidar la paz de su alma, la paz social y la paz polí¬ 
tica sobre la base de una estructura fundamentalmente económica. 
La doctrina materialista de Carlos Marx contradice los conceptos espi¬ 
ritualistas del cristianismo, que siguen siendo los únicos capaces de 
transformar al mundo. Si no lo han conseguido es porque los niveles 
humanos distan aún mucho de aproximarse a la perfección enseñada 
por el Mesías, pero su doctrina perdura, la aspiración existe y los hijos 
de Dios llegarán a amarse fraternalmente en el curso de los siglos 
futuros. Al decirlo así apresuramos la llegada de esa hora. 


II 

En estos capítulos me he referido a muchas personas con quienes 
mantenía relaciones oficiales o afectivas, y aunque no hay interés en 
mencionar a todas las que he conocido — como tampoco lo hay en 
narrar todos los episodios de mi vida — quiero recordar a algunos 
amigos de esa época que dejaron en mi espíritu huellas imborrables. 

Conocí a Héctor Bandinelli diez años antes de la primera guerra, 
en el barrio latino, donde su fina silueta de aristócrata hacía volver la 
cabeza a las grisetas. Ninguna de ellas sospechaba que aquel mozo 
enguantado que lucía trajes de corte impecable y puños blanquísimos, 
vivía con doscientos setenta francos mensuales que le enviaba pun¬ 
tualmente su tutor desde Montevideo. Y aquí aparece la faz heroica 
de la personalidad de Bandinelli: en París, con veinte años de edad 
y aquella suma exigua, enfrentó las necesidades y las tentaciones sin 
pedir jamás prestado un luis a nadie, ni ninguno de sus amigos pudo 
atribuirle un paso falso. Bajo su apariencia amable y su rostro sonriente 
había un carácter v un talento : v si estas caüdades se hubiesen comple- 



tildo con un poco de voluntad por el trabajo, Héctor Bandinelli habría 
dejado cosas interesantes ; pero era un bohemio distinguido que pre¬ 
fería las tertulias del Vachette y el café Riche a las cuartillas que exigen 
llenarse en la soledad de una bohardilla. Derrochaba ironía y crítica 
punzante sin darse la pena de anotar ninguna de sus bellas ideas ; 
y dió la medida de su valor cuando aceptó trasladarse a China, por 
encargo del gobierno uruguayo, para traer a Montevideo a un agente 
diplomático amigo suyo que había perdido la razón y que se hallaba 
en aquel inmenso país sin que nadie supiese adonde... Pasó allí dos 
meses de búsquedas y peligros, hasta dar con el extraviado y devol¬ 
verlo a los suyos ; pero su salud quebrantada y descuidada le faltó de 
golpe, y murió antes de cumplir cuarenta años cuando su actividad se 
había orientado hacia la enseñanza universitaria. 

Le quise y le admiré, como a otro bohemio que pudo dar mucho 
de sí y que sólo dejó unas pocas páginas selectas porque prevalecía 
su naturaleza contemplativa y desinteresada sobre cualquier afán de 
exteriorización. Abel de Fuentes era un místico del arte ; pasaba las 
primaveras en París y los inviernos en el Mediterráneo ; conoció a 
Grecia como nadie, y fue capaz de asimilar la cultura latina como un 
monje estudioso y retraído. Las vicisitudes de su vida le llevaron a 
aceptar funciones consulares. ! Cuanto mejor habría estado en el desem¬ 
peño de una cátedra ! 

Con Manuel Ugarte mantuve siempre una relación de perfecta 
cordialidad a pesar de nuestra falta de coincidencia en materia política 
y social, y nunca tuve reparos en reconocer que su brillante talento 
se completaba con el equilibrio y sensatez de sus ideas. Vivía, trabajaba 
y se conducía como un señor. En el correr de los años alcanzó el relieve 
de una figura continental, y atribuyo a la pobreza su aceptación de 
las embajadas que le otorgó un gobierno que su dignidad le aconsejaba 
desconocer, como terminó por hacerlo. Quizá tuvo razón, porque si se 
hubiera dejado morir de hambre nadie habría reconocido su heroísmo 
moral, en la época de arribistas y tenderos triunfantes que correspondió 
a su vejez. 

Si algunos cafés parisienses ofrecían la atracción del talento derro¬ 
chado entre desniveles sociales, también había salones literarios donde 
la distinción se hermanaba con la cultura intelectual. Para tener acceso 
a la sala y el comedor de madame de Espejo eran indispensables ambas 
credenciales. Ninguna elegancia superaba en sobriedad y buen gusto 
a la residencia de aquella dama, en la rué de Courcelles núm. 6, y hubiera 
podido creerse que el moblaje, los tapices y las colecciones de arte 
llevaban el sello espiritual de la dueña de casa. No era ya una mujer 
joven cuando me acogió con un sentimiento casi maternal y me pre¬ 
sentó a sus familiares y amigos, hallando yo cerca suyo el doble amparo 
de la bondad y la dignidad. Era argentina, viuda de un diplomático 
español e hija del conde Juan Silvano de Solier y de doña Carolina de 



LA VIDA FRANCESA 


73 


Lezica ; hermana del almirante Daniel de Solier, estaba también empa¬ 
rentada con los marqueses de Torre-Tagle, de la sociedad colonial 
peruana. Los zarpazos de la guerra dispersaron aquel círculo mundano 
y literario, como todos los demás ; y madame de Espejo fue a refugiarse 
en su villa de Cannes, que había pertenecido a su madre. Al lado de 
ésta y bajo la sombra de los cipreses duerme en paz para siempre la 
noble dama. 

Las veladas semanales de la legación de Chile, situada entonces 
en la rué de Prony, no eran precisamente diplomáticas aunque se 
celebraban en el departamento ocupado por el primer secretario, señor 
Dublé Urrutia. Era éste un poeta que tuvo el mérito de vincular en 
París a muchos hombres de letras hispanoamericanos que no se cono¬ 
cían personalmente y que el salón del autor chileno se encargó de 
aproximar. El prestigio de Rubén Darío, Gómez Carrillo, Vargas Vila, 
Contreras, Bobadilla, Ingenieros y otros, atrajo a escritores dispersos, 
y los martes por la noche en charlas amenas o en discusiones apasio¬ 
nadas la elocuencia mejicana alternó con las voces rioplatenses y los 
versificadores de los pueblos andinos se mezclaron con los prosistas 
cubanos. Aquellas tertulias no eran numerosas, aunque sí selectas ; 
en ellas nacieron amistades sólidas y también celos inevitables ; pero 
estimularon una producción literaria que irradió su brillo hacia los 
centros de habla hispánica, llevando al mismo tiempo los signos de la 
formación espiritual francesa. 

Una vez, José Ingenieros sostuvo la paradoja de que su memoria 
excesiva era su enemiga mental. Le repliqué que mi memoria era el 
mejor instrumento de trabajo de que yo disponía; y ante esa contro¬ 
versia y los argumentos poco convincentes que exponíamos, el audi¬ 
torio exigió una prueba: Ingenieros y yo debíamos leer en alta voz 
una parrafada de un periódico y repetirla de memoria. El crítico cubano 
Fray Candil escogió dos largas frases, que leimos, y al intentar repetirlas 
fallé dos veces y mi adversario una, por lo que se le adjudicó por una¬ 
nimidad el título de primer memorista. Otros títulos mas altos debía 
alcanzar aquel hombre de ciencia en el curso de su fecunda vida. 

No debo dejar pasar estos recuerdos juveniles sin mencionar el fin 
del hombre excepcional que fue Juan Pedro Castro, a quien me he 
referido en páginas anteriores. Poseía infelizmente un físico endeble, 
y un grave padecimiento le obligó a alejarse de las funciones públicas 
para buscar en una estación climatérica de Suiza el remedio de su 
mal. Sólo logró aplazar el término de sus días, que fue precedido por 
el de su hija María Elena y seguido algún tiempo después por el de su 
esposa y sus otros hijos. Así desapareció de manera tan injusta toda 
esta familia que dejó en mi corazón un cariño imperecedero. 

Evaristo Ciganda, Luis de Azcárate, Leopoldo Thévenin, Carlos 
Rucker, Daniel Muñoz Caravia, Julio Raúl Mendilaharsu, Norberto 
Villagrán, Alfonso Broqua, Pastor Alzóla, Ricardo y Raúl Sienra Lessa, 



74 


AYER 


Héctor Pérez, Hugo del Priore, soy vuestro sobreviviente... Escribo 
con melancolía estas evocaciones de amigos de París que se fueron 
para no volver ; y al estampar aquí sus nombres o imprimir una nota 
breve sobre algunos de ellos, me hago la ilusión de resucitar por un 
instante y para mí solo las horas dichosas que nos tocó vivir. 


III 

Sonríe mi vejez al recuerdo de los banquetes sin discursos que se 
celebraban en París hace treinta y cuarenta años. La cocina francesa 
era una expresión de cultura con profunda influencia en la vida social. 
Era un arte, como la pintura y la música. Su culto se practicaba en la 
amenidad de las tertulias y la discreción de las personas bien educadas. 
En los almuerzos y las cenas, entre familiares y amigos, diplomáticos, 
parlamentarios y hombres de letras o de negocios, los tonos de la con¬ 
versación no se alzaban mas que el tintineo de los cubiertos, ni las 
risas tenían mayor sonoridad que el choque leve de las copas, ni los 
brindis mas extensión que una frase. Confieso que nunca asistí a banque¬ 
tes de hombres solos. La mujer francesa ponía en el comedor de su casa 
o del restaurante la nota distinguida de su feminidad. Poseía la facultad 
de convertir una fonda en un salón. Su elegancia valía tanto como su 
cultura social, así fuese una aristócrata, una burguesa o una modesta 
empleada. Para ella la mesa era un estrado, y a nadie se le hubiese 
ocurrido alterar la armonía de ese acto social con una peroración inter¬ 
ruptora de la tertulia de sobremesa y de la beatitud de la digestión. 
Los discursos se dejaban para los banquetes políticos a los que no 
asistía la gente de buen gusto. 

La primera guerra mundial anuló aquel procedimiento refinado que 
consistía en comer bien en sociedad sin oir ni dar latas indigestas. Las 
amenísimas charlas de sobremesa fueron reemplazadas después en todo 
el mundo por los soliloquios estentóreos, hasta el punto de que ya no 
hay almuerzo ni comida — cualquiera que sea el motivo — sin final 
verborrágico. Esta peroración inevitable es un testimonio más de la 
perturbación espiritual del hombre moderno empeñado en hablar para 
no decir nada. 

Una cosa es nutrirse y otra cosa saber comer. El comilón traga, 
el gastrónomo saborea. La sutileza de la lengua francesa ha establecido 
un distingo entre gourmand y gourmet. El idioma español es menos 
preciso en la definición, probablemente porque la cocina española es 
menos refinada que la francesa, aunque posea también platos exce¬ 
lentes ; pero, en general, el español prefiere la suculencia y el condimento 
a la inteügente sobriedad del francés, que combina en los cuatro platos 
de sus dos comidas diarias el sabor delicado de cinco siglos de arte 
culinario. 



LA VIDA FRANCESA 


75 


Porque dos platos bastan para un buen almuerzo, otros dos para 
la cena y tres cuando hay invitados a la mesa. Cuatro platos, incluyendo 
el postre, constituyen un banquete. No es la extensión del menú lo 
que revela el buen gusto de un anfitrión o de una dueña de casa : es la 
elección de los manjares, el punto del cocimiento, la dosificación de los 
ingredientes, el sabor de las salsas, el perfume de las cremas y la calidad 
de los vinos. Ningún país ha superado a Francia en la técnica de la mesa 
ni en la perfección de su arte culinario. Noble y ligera, fina y armoniosa, 
la cocina francesa ha sido siempre una de las expresiones mas seduc¬ 
toras de cultura de aquel país maravilloso. Si la pintura es el arte de 
la vista y la música el arte del oído, la gastronomía ha alcanzado en 
Francia la jerarquía del arte del gusto. Y en la época que me tocó vivir 
allí — todo la década anterior a la primera guerra — el culto de la 
mesa estaba tan difundido y las excelencias de la cocina tan generali¬ 
zadas, que las clases populares comían mejor que las ricas de otras 
naciones. No hablemos de los hogares de la alta burguesía o de la nobleza, 
donde el maítre d’hótel era un artista que revelaba sus aptitudes en la 
elección de las frutas y las flores, la colocación de los cubiertos y la 
combinación de las viandas ; pero hasta los vulgares cocheros de fiacre 
se regalaban diariamente en los marchands de vins con platos que aún 
hoy son incapaces de preparar las cocineras de muchas ciudades que 
no están a mil leguas de aquí... Ostras pulposas, acompañadas de lentos 
tragos de Pouilly; peces cuya carne blanda realzaban las untuosas 
salsas francesas, sin pizca de pimienta; avec trufadas, que asociadas 
a un Pommard o un Beaune se convertían en manjar de dioses ; blancas 
carnes de ternera y costillitas delicadas, seguidas de botellas de Cháteau- 
Lafitte, envejecidas en bodegas venerables como templos; huevos 
cremosos, croquetas tiernas y jugosas porciones de gigot que parecían 
verter en el paladar los sabrosos secretos de la tierra galolatina... Toda 
esta riqueza ambrosíaca con sus servicios impecables, sus lozas artísticas 
y su savoir-faire insuperable, se obtenía por diez o quince francos durante 
los primeros años de este siglo en los buenos restaurantes de París y de 
provincia. De ahí que los almuerzos y las cenas tuviesen carácter de 
ritos en los que sólo se conversaba en voz baja y en tono amable, mien¬ 
tras los ojos se deleitaban en la contemplación de las bellas comensales 
que llevaban a aquellos ambientes la realidad de su elegancia, su sonrisa 
y su gracia. 

Claro está que en tales medios espirituales los discursos hubieran 
resultado impertinencias y los jazz-bands considerados como expre¬ 
siones de salvajismo. 

Todo tiempo pasado fue mejor... Pero esta ilusión de los viejos 
es una realidad cuando se cambia una mesa de 1910 por otra de los 
años que corren. 



CAPÍTULO SÉPTIMO 


LA VIDA DIPLOMÁTICA 


El doctor Luis Piera, ministro plenipotenciario en Francia. — El doctor 
Rafael De Miero ; sus antecedentes, su palacio y su ópera. — Presen¬ 
tación de credenciales al presidente Falliéres ; almuerzo en el castillo 
de Rambouillet. — Siluetas a la moda en el gran boulevard ; el acceso 
fácil y breve. — Llegada a París del doctor Pedro Manini Ríos, ministro 
del Interior ; sus entrevistas con Glémenceau ; la mesa de Jaurés ; 
invitados ilustres. — Mis viajes a Aix-les-Bains, la Riviera y Bretaña. 
— Don Augusto J. Coelho. 


I 

El sucesor del doctor Juan Pedro Castro en la legación fué el doctor 
Luis Piera, que se había jubilado a los cincuenta años de edad como 
ministro de la Alta Corte de Justicia. Era un caballero culto y sociable, 
pero su designación anuló la candidatura de don Alejandro Herosa, 
que aspiraba a la plenipotencia en Francia fundándose en sus interinatos 
como encargado de negocios, que había desempeñado con indudable 
dignidad y discreción durante mas de veinte años. Al anunciarse la 
llegada del doctor Piera, a comienzos de 1911, Herosa resolvió tras¬ 
ladarse a Montevideo en procura de una solución a su favor ; y acon¬ 
teció que sus preparativos de viaje coincidieron con una preocupación 
que yo experimentaba por haber sido mordido por el perrillo de una 
amiga mía, que bien podía estar hidrófobo. «Renunciaré a mi partida 
— me dijo el agudo diplomático — si usted me promete morder a 
Piera...» Este excelente señor sólo permaneció un año al frente de la 
legación, que fué acordada por el presidente Batlle y Ordóñez a su 
amigo personal el doctor Rafael De Miero. 

Pasaba éste por ser hombre de gran fortuna y había prometido 
ejercer el cargo de manera honoraria, aplicando su viático y sueldos 
a la fundación de un instituto de música en Uruguay. Infelizmente la 
promesa no se cumplió nunca, pero en cambio el flamante ministro 
adquirió un palacio que amuebló lujosamente, destinándolo a sede de 



LA VIDA DIPLOMÁTICA 


77 


su misión diplomática. Estaba situado en el ángulo de la avenida Kléber 
y la rué de Villejust 1 ; en el piso bajo se estableció la cancillería y en 
los altos los salones de recepción y los departamentos para la familia. 
En aquellas oficinas trabajé dos años, y creo haber sido un colaborador 
útil del doctor De Miero sin que éste pareciera notarlo, pues corres¬ 
pondió a mis actividades con un desdén que no se cuidaba siquiera de 
disimular. 

De origen muy humilde había ascendido en la vida por su solo 
esfuerzo. Cursó en Montevideo el doctorado en medicina, radicándose 
luego en Buenos Aires donde casó con doña Enriqueta Monsegur, y se 
dedicó a negocios que debieron resultarle proficuos porque siendo joven 
aún marchó a Francia con su familia a gozar de sus pingües rentas. 
Parecía poseer vocación musical y compuso una ópera con la colabo¬ 
ración de su secretario, llamado Mario, premio del Conservatorio de 
Milán ; intituló la pieza Fata Morgana y la representó en 1907 en el 
teatro Réjane, con bastante éxito ; y aunque algunos incrédulos sostu¬ 
vieron que tal éxito se debía a la propaganda y al dinero, puedo afirmar 
que De Miero poseía facultades artísticas que procedían quizá de su 
atavismo napolitano, pero contó en este caso con la influencia a su 
favor de Darío Nicodemo, administrador del teatro Réjane y amigo 
íntimo de la gran artista. Los dos hombres tenían el mismo origen y 
análoga vocación teatral, aunque Nicodemo poseía mas talento. De 
Miero era ambicioso, laborioso y emprendedor, pero tenía en su contra 
una vulgaridad incurable y procedimientos equivocados en su trato 
con las gentes. Sin duda, y a pesar de reconocérsele ciertos valores, 
su comercio resultaba desagradable. 

Presentó sus credenciales al presidente M. Armand Falliéres el 4 
de mayo de 1912 en el castillo de Rambouillet, adonde le acompañé, 
conducidos por el entonces jefe del protocolo, M. Mollard, de quien 
conservo el mejor recuerdo por la bondad y sencillez que revelaba en 
el desempeño de sus funciones y la manera amable de solucionar todos 
los asuntos. Además fueron con nosotros el ministro de Persia, que 
llevaba una condecoración de su monarca para el presidente, y el de 
El Salvador, que también presentaba credenciales. Todos estas forma¬ 
lidades fueron cumplidas con simplicidad, pues el ceremonial francés 
establecía que cuando el jefe del Estado se hallaba en vacaciones quitᬠ
base solemnidad a esos actos y se ofrecía, en cambio, un almuerzo a 
los visitantes. Este tuvo lugar en el gran comedor donde Francisco I, 
que había construido el castillo, agasajaba a los personajes de su corte. 
Madame Falliéres sentó a su lado al diplomático persa y al represen¬ 
tante uruguayo, y el presidente hizo lo mismo con el ministro salvado¬ 
reño y conmigo, que tuve el honor de ocupar el sitio inmediato a su 


1 Esa calle lleva ahora el nombre de Paul Valéry, quien en la época a que me 
vengo refiriendo tenía en ella su casa, bajo el núm. 40. 



78 


AYER 


izquierda, sentándose también a la mesa M. Mollard y un edecán del 
primer magistrado. Recuerdo con íntima complacencia el ambiente de 
sencillez burguesa que caracterizó aquel almuerzo, en el que gustamos 
los platos mas sabrosos de la cocina francesa y los añejos vinos que 
conservaban aún las bodegas de Rambouillet. 

Terminada la sobremesa fuimos invitados a recorrer las salas del 
castillo que nos ofrecieron testimonios admirables del arte renacentista, 
y efectuamos luego un paseo por la vasta floresta en la cual se renueva 
todavía durante los otoños la vieja tradición de las cacerías. 


II 

Las recepciones diplomáticas eran menos frecuentes en París que 
en otras capitales, y el motivo estaba en el acuerdo tácito de dejar el 
mayor tiempo y libertad posibles a los miembros de las embajadas y 
legaciones para que gozasen de las múltiples atracciones de la ciudad- 
luz. He dicho ya que la vida teatral era intensa, y si se agregan las 
visitas obligadas a los museos y exposiciones artísticas, las conferencias 
literarias, los hipódromos, los alhagos femeninos y los paseos a los 
lugares inmediatos, llenos de historia y de belleza, como Saint-Germain, 
Versailles, Fontainebleau y Saint-Cloud, resultaba limitada la convi¬ 
vencia entre diplomáticos. Por mi parte, confieso que prefería acer¬ 
carme a las personalidades de la prensa, las letras y el parlamento, 
aunque las mas de las veces mi aproximación era superficial y breve. 
¿ Qué interés podían tener las figuras destacadas de la época en intimar 
con un joven como yo, diplomático subalterno d’un tout petit ftays 
sud-américain ? La vida cosmopolita y tumultuosa del gran boulevard, 
donde casi todas las glorias del día — y de la noche — mostraban su 
silueta desde la Madeleine hasta el faubourg Montmartre, ofrecía facili¬ 
dades de acercamiento ; los cafés de la Paix y de Madrid, las terrazas 
del Riche y las mesas del Napolitain, centros de tertulias amables, 
permitían a algún amigo benévolo presentarme a las notabilidades que 
atraían la atención fugaz del público. Así llegué a estrechar la mano 
de Jean Lorrain y de Catulle Mendés ; saludar a Sem y a Forain, que 
bajo la ironía de sus dibujos eran los moralistas de su tiempo ; y conocer 
a Hébrard, director de Le Temps, a Henry Letellier, de Le Journal 
y a Arthur Meyer, de Le Gaulois. Correspondían éstos y otros a mi 
deferencia y después de una frase cortés continuaban conversando con 
las personas de su círculo ; pero yo quedaba satisfecho de aquel contacto 
pasajero, pues declaro que mi interés por ellos no llegaba hasta desear 
mi incorporación a sus «peñas ». La verdad es que sólo poseo una 
pequeña dosis de admiración, o mejor dicho, facultades admirativas 
muy reducidas en cuanto se refiere a los hombres de moda. En la valo- 



LA VIDA DIPLOMÁTICA 


79 


ración de su importancia intrínsica juzgo superiores las condiciones de 
carácter a las facultades exclusivamente intelectuales ; si el talento 
me causa simpatía, la energía, la entereza y el vigor moral me cautivan ; 
y mi respeto se manifiesta cuando advierto que la inteligencia aparece 
vinculada a la firmeza y la independencia a la honradez. Estas cuali¬ 
dades rara vez están reunidas en una misma persona, pero cuando 
efectivamente lo están definen a un ser humano como una personalidad 
auténtica. 

Como es sabido, Clémenceau y Jaurés pertenecían al núcleo de los 
varones de excepción, y así lo reveló la influencia decisiva que tuvieron 
en su época. Había escuchado yo sus intervenciones oratorias en los 
debates parlamentarios, pero admiraba menos su elocuencia que la 
firme orientación de su vida puesta al servicio de ideales impersonales. 
Esperaba una oportunidad para acercarme a ellos, conocerles y oirles ; 
y esa oportunidad se presentó con motivo del paso por Francia de mi 
amigo el doctor Pedro Manini Ríos, a la sazón ministro del Interior, 
que presidía la delegación de Uruguay al centenario de la Constitución 
y Cortes de Cádiz, en 1912. Manini Ríos había estado en contacto con 
Jaurés y Clémenceau durante las estadías de estos personajes en Mon¬ 
tevideo, y me expresó su deseo de visitarles en París. Fui a verles, y 
ambos acogieron con evidente simpatía el mensaje de que era yo por¬ 
tador. Con el líder socialista conversé algunos minutos en la modesta 
sala de su domicilio, situado en la villa de la Tour, inmediata a Passy ; 
y sentado a su lado noté en aquel hombre que se agigantaba en la 
tribuna, una sencillez que valía tanto como su elocuencia... Clémenceau 
no me detuvo, pero acompañé al día siguiente al ministro Manini en 
su visita a la rué Franklin núm. 9, donde asistí a la entrevista entre 
los dos hombres de Estado. 

Dos problemas preocupaban en aquel año a la opinión francesa : 
la guerra de los Balkanes y la sucesión presidencial. Refiriéndose a la 
primera, Clémenceau emitió la opinión de que el conflicto podría gene¬ 
ralizarse y que el momento crítico surgiría cuando hubiese un vencido. 
Como los hechos lo demostraron dos años mas tarde, la primera guerra 
europea se inició precisamente en Servia. En cuanto al segundo problema, 
Manini preguntó a su interlocutor si tenía el propósito, como se decía, 
de presentar su candidatura «No — contestó el ilustre estadista — 
no lo haré. En razón de nuestro sistema constitucional el poder no es 
ejercido por el presidente de la República sino por los ministros. Opino 
que son éstos, por consiguiente, los que deben poseer calidades de 
iniciativa y acción. El presidente es entre nosotros una figura mera¬ 
mente representativa y conviene que sea un hombre mediocre. Por 
este motivo yo sostengo la candidatura del señor Fulano de Tal, hombre 
mediocre...» 

Aquella expresiva charla entre el viejo estadista francés y el joven 
estadista americano duró mas de una hora ; pero debió el primero acen- 



8o 


AYER 


tuar en esa hora el concepto que había formado sobre el segundo, 
porque al día siguiente, y a su pedido, la entrevista se renovó. Clé- 
menceau condujo personalmente a Manini al palacio de Luxemburgo, 
sede del Senado ; le guió a través de sus salas, corredores y jardines ; 
y convirtiéndose en el mas elocuente de los cicerones, emprendió el 
relato y comentario de los episodios históricos de que habían sido 
testigos los viejos muros del palacio, sin dejar de formular explica¬ 
ciones críticas de las obras de arte que pueblan el recinto, expresiones 
suntuosas del claro genio francés que aparece tanto mas inmortal 
cuanto mas injustas son las pruebas que le depara su destino. 

Esa tarde nuestro amigo fue presentado por Clémenceau a las 
personalidades mas calificadas del Senado de la III República, que 
le saludaron como a un representante auténtico y autorizado de la 
democracia uruguaya. 

Durante esa permanencia en París, Manini recibió otras demostra¬ 
ciones que procedieron también de hombres de la mas alta jerarquía 
intelectual y política de Francia. Jaurés, el jefe de la izquierda parla¬ 
mentaria, le recibió en su casa y le invitó a su mesa; pero quiso dar 
a su huésped en esa ocasión un testimonio del concepto que le merecía 
sentándole entre otros dos invitados cuyos nombres evocan glorias 
de la elocuencia y las letras francesas : a la izquierda de Manini, estaba 
Paul Deschanel, el académico, presidente de la Cámara de Diputados 
y mas tarde presidente de la República ; y a la derecha se sentó Anatole 
France, el patriarca genial del pensamiento galo, cuya sola presencia 
en aquel acto privado bastaba para consagrar la personalidad del 
invitado. 


III 

Las vacaciones de aquel año me dieron oportunidad de conocer la 
estación termal y climatérica de Aix-les-Bains, donde pasé algunos 
días trasladándome luego a Ginebra de donde volví a París. En el 
curso del invierno fui a la Riviera, la bien llamada Cote d’Azur, dete¬ 
niéndome en todos aquellos lugares llenos de sol que van desde Marsella 
hasta Rapallo, y que tuve ocasión de describir, en consonancia con 
mis impresiones sentimentales, en un relato novelado que publiqué 
hace muchos años L Tan profunda impresión me produjo la bellísima 
costa mediterránea, que volví a ella tantas veces como pude durante 
mis estancias en Europa. 

Otro viaje agradable fue el que realicé a Bretaña en la primavera 
de 1913 en la compañía de mis amigos don Augusto J. Coelho y su 


1 La amante amarga, Buenos Aires, 1939. 



LA VIDA DIPLOMÁTICA 


8l 


digna esposa, personas de edad que me habían acogido en su hogar 
como a un hijo. El señor Coelho era uruguayo, pero había pasado casi 
toda su vida en la Argentina donde fundó el Banco Español del Río 
de la Plata, que existe aún en plena prosperidad ; retirado de los nego¬ 
cios, habitaba un suntuoso departamento en la rué de Grenelle al que 
yo iba durante un par de horas casi todas las mañanas para contestar 
la correspondencia del exbanquero, trabajo que él retribuía con una 
mensualidad de quinientos francos oro ; y para alejar de mis escrúpulos 
la presunción de una subordinación molesta, aquel caballero y su señora 
me retenían a almorzar en su mesa y me invitaban a acompañarles 
en sus excursiones domingueras. El viaje a Bretaña duró una semana 
y lo efectuamos en el Panhard del anciano millonario, deteniéndonos 
en todos los lugares que aquella magnífica región ofrece al interés de 
los turistas, desde la catedral de Chartres, del siglo XII, hasta el monte 
Saint-Michel, a cuya célebre abadía trepé sin que mis piernas flaquearan 
en los quinientos escalones que separan el monumento de su base 
granítica. 

A mediados del año siguiente el ministro De Miero se puso en viaje 
con su familia a Montevideo y Buenos Aires, quedando el primer secre¬ 
tario don Francisco Miláns al frente de la legación. Antes de marcharse 
ofreció en su palacio una representación de la ópera Fata Morgana, 
y con este acto terminó De Miero su actuación diplomática, pues no 
volvió al desempeño del cargo, y oí decir mucho después que había 
perdido su fortuna. Por otra parte los tiempos ya cambiaban, y a los 
alhagos de la vida culta y dulce iba a suceder en Europa la era de la 
destrucción y la violencia. 



CAPÍTULO OCTAVO 


MIL NOVECIENTOS CATORCE 


El crepúsculo inolvidable del 28 de junio ; la tragedia de Sarajevo y sus 
consecuencias. — Europa en armas ; la movilización y la guerra. — 
Mis crónicas de los sucesos políticos y militares. — Los prohombres 
de la defensa nacional ; Viviani, Ribot, Briand, Sembat y Delcassé. — 
El primer bombardeo de París. — Traslado a Burdeos del gobierno y 
el cuerpo diplomático. — Une madrugada memorable. — Reminiscen¬ 
cias históricas ; renacimiento del espíritu de la antigua Roma. — 
Viaje en el « Pérou». — M. Joseph Caillaux ; su personalidad ; su 
misión en América. —Madame Caillaux en la intimidad. — Un corsario 
en la noche ; la huida en el Atlántico. 


I 

En la primera página de mi relato sobre La princesa Leczyka, revelé 
que no había visto yo una primavera mas espléndida que la que pre¬ 
cedió al terrible estío de 1914. Espléndida fué por las galas magníficas 
de aquella estación que superó a todas las primaveras de París, y la 
mas brillante en los anales mundanos por las fiestas y espectáculos 
que se sucedieron durante las tardes y las noches entre el lujo y la 
alegría de las clases privilegiadas. Como lo ha afirmado el conde de 
Segur «no había nostalgia del pasado ni inquietud por el porvenir ; 
se marchaba sobre una alfombra de flores que nos ocultaba el abismo ». 
El alma de la gran urbe utilizaba los días postreros de su feliz des¬ 
preocupación para darse por entero a las embriagueces de la existencia. 

El atardecer del 28 de junio vive en mis recuerdos como el final de 
una época maravillosa. Era domingo, y a través de la alta arboleda 
de la plaza Malesherbes se filtraba aún la luminosidad del poniente. 
Casi no había gente, y en la serenidad de aquella hora me senté a cenar, 
solo, en la terraza de un pequeño restaurant, l’Étrier, que mostraba 
los manteles blancos de cuatro o cinco mesas sobre la acera que enfrenta 
las estatuas de los tres Dumas. Fui el único cliente de un viejo «gargon » 
que me ofreció dos platos de la auténtica cocina francesa ; y acababa 
él de encender mi cigarrillo con la amabilidad que distinguía a esa 



MIL NOVECIENTOS CATORCE 


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generación de servidores, cuando resonó en la plaza el grito familiar 
de todos los crepúsculos parisienses en aquellos años desaparecidos : 
La Liberté... L’Lntransigeant... La Presse... Al verme, el vendedor de 
diarios se aproximó y me dijo, tendiéndome la hoja batalladora de 
Henri de Rochefort : ¿ L’Intran, mon prince ? 

Entonces leí la noticia, la inesperada noticia que iba a constituir 
el jalón terminal de la paz del mundo y el comienzo de un profundo 
descenso de los valores humanos. Confieso que al informarme de ella 
estuve lejos de acordarle semejante interpretación. El archiduque 
Francisco Femando, asesinado horas antes en Sarajevo, representaba 
la opresión austríaca sobre las razas incorporadas por la fuerza a la 
monarquía dual, y las tendencias militaristas de la clase reaccionaria 
adueñada del poder bajo el cetro senil de Francisco José. La muerte 
del archiduque pudo y debió ser un golpe para aquella política. Y bien, 
acaeció precisamente lo contrario. La deducción según la cual la causa 
de la paz iba a consolidarse con la desaparición del heredero del trono, 
resultó equivocada, y Austria vió en la guerra no solamente el castigo 
de la conspiración de Sarajevo sino principalmente la solución de su 
problema histórico. 

Inicióse, pues, esa tarde la marcha a saltos de un proceso que, tras 
engañosas propagandas destinadas a velar la verdad ante el mundo, 
conducía sin remedio a un vasto choque armado. Bajo la sugestión del 
ambiente febril me di a escribir casi a diario una crónica de los aconte¬ 
cimientos y sus obligados comentarios ; envié esas correspondencias 
firmadas con el seudónimo Athos, a Diario del Plata de Montevideo, 
que dirigía a la sazón mi ilustre amigo don Antonio Bachini, exministro 
de Relaciones Exteriores, y fueron incluidas por extenso en mi libro 
La huella de mis sandalias. No tengo porque insistir sobre sucesos 
políticos y militares ya juzgados, pero transcribiré algunos fragmentos 
de las impresiones vividas en aquellos días. 


II 

París, 31 de julio. 

Jaurés acaba de ser asesinado. En esta hora trágica de la vida 
europea ese acto se convierte en un simbolismo formidable. 

El apóstol de la fraternidad universal desaparece en el instante 
preciso en que la gran quimera de la paz se esfuma ante la realidad 
de los acontecimientos, independientes, como siempre, de la voluntad 
y los decretos de los hombres. Las doctrinas pacifistas, los proyectos 
de desarme, los tratados de arbitraje, las propagandas intemacionalistas, 
son aspiraciones generosas cuya irrealidad se manifiesta cada vez que 
los determinismos de la historia arman el brazo de las sociedades. La 



8 4 


AYER 


caída del «leader » socialista, efectuada a mansalva, en la serenidad 
de una mesa de amigos, se asemeja al derrumbe brutal y rápido de 
una gran ilusión. Así lo hubiera juzgado el propio Jaurés si hubiera 
sabido que al mismo tiempo que sonaba a su espalda el disparo, el 
embajador de Alemania presentaba el ultimátum al gobierno de 
Petersburgo. 

i de agosto. 

Fui esta mañana al Crédit Lyonnais. En el metropolitano, los bule¬ 
vares y los cafés, hombres y mujeres estaban absortos en la lectura 
de los diarios, y aunque preocupada su apariencia era tranquila. Al 
llegar al Banco me llamó la atención la muchedumbre de extranjeros 
que llenaba los grandes halls, esperando el tumo con el propósito 
evidente de retirar fondos y marcharse de París. La decepción era 
grande cuando se informaba a la mayoría de la inutilidad de la gestión. 
El que conseguía que se le entregara la cuarta parte de su depósito 
o la sexta de su carta de crédito, podía darse por muy bien servido. 
En general no se pagaba. A mí me declararon que les era imposible 
satisfacerme. Yo tenía en esa institución, desde años atrás, un crédito 
mensual abierto por el Banco de la República de Uruguay, y hasta 
ese día mis operaciones se habían ejecutado regularmente. El jefe de 
la sección basó su nueva actitud en el hecho de que aquel Banco no 
tenía, en esos momentos, fondos acreditados en París. 

Esta aserción me sirvió de motivo para visitar a los gerentes del 
Banco Español del Río de la Plata y de la Banque Frangaise pour le 
commerce et l’industrie, e informarme de los efectos de la situación 
internacional sobre las transacciones del dinero. En realidad no había 
pánico, pero el oro se ocultaba y el cambio se había vuelto tan difícil 
que el Banco de Francia, cuyo encaje se eleva a cuatro mil millones 
de francos, acababa de lanzar una emisión de billetes de cinco y veinte 
francos. Los gerentes fundaron las medidas de restricción en la con¬ 
vicción de que la guerra era cuestión de horas, y las reservas en metᬠ
lico serían insuficientes por la imposibilidad de recibir numerario del 
extranjero. La víspera, la Bolsa había clausurado sus puertas y la renta 
francesa descendido a 78. 

En lo que me concierne me encontraba sin dinero y con la proba¬ 
bilidad de no poder recibirlo durante el curso de la guerra. Mi primera 
medida fué ofrecerme un excelente almuerzo. 

* 

* * 

A las 4 y 30 de la tarde, al pasar por la oficina de correos de la calle 
La Pérouse, vi que el director fijaba un despacho en la puerta. La 
gente se precipitaba a leerlo. Solo contenía estas palabras: « Urgente. 
Transmisión recomendada. Orden de movilización general. Primer día 
de la movilización : domingo 2 de agosto.» 



MIL NOVECIENTOS CATORCE 


85 


El laconismo del aviso aumentaba su terrible significado. A contar 
de las doce de la noche todos los hombres en estado de llevar armas 
debían enrolarse bajo las banderas de combate. Desde el profesor al 
empleado, desde el artista al obrero, el uniforme militar iba a reem¬ 
plazar el traje civil. El territorio se convertía en un inmenso campa¬ 
mento. Las universidades, usinas, fábricas, palacios, talleres, oficinas 
y cabañas, quedarían desiertos o guardados por mujeres. Los medios 
de locomoción pública suspendidos, el correo restringido, los ferro¬ 
carriles reservados exclusivamente al transporte de las tropas y ele¬ 
mentos de guerra. En breves horas toda la vida nacional quedaba 
paralizada; solo se oiría el rumor profundo de dos millones de hombres 
marchando hacia la frontera. 

La noticia circuló como un rayo pero no alteró la calma de París. 
Oí comentarios generales, pero ni una protesta, ni siquiera una expresión 
de sorpresa llegaron a mis oídos. En cambio, de los grupos salían voces 
resueltas. La opinión había previsto la emergencia. Dos horas después 
el diario Le Matin lanzaba una edición extraordinaria conteniendo el 
decreto de movilización precedido de este título : «De pie y en silencio.» 

Esta noche a las diez la explicación de aquella grave orden se espar¬ 
ció por la capital: Rusia había dado una rotunda negativa a la exigencia 
alemana de desarme y el emperador Guillermo declaraba la guerra 
a Nicolás II. 


2 de agosto. 

Las primeras avanzadas alemanas han entrado en acción. 

En la mañana de hoy una división de caballería invadió el Luxem- 
burgo, cuya neutralidad estaba garantizada por el tratado de Londres 
firmado en 1869. Esta violación de territorio debe obedecer a la nece¬ 
sidad de una operación estratégica ordenada por el estado mayor 
prusiano, que evidencia así su propósito de invadir la Francia por toda 
la zona del este. La ocupación del gran ducado ha sido simultánea a la 
incursión de destacamentos alemanes en Longwy, Montreux-Vieux 
y Joncherey, donde han tenido lugar las primeras escaramuzas con los 
puestos avanzados franceses. He podido constatar un sentimiento 
general de cólera en los comentarios callejeros. El ataque alemán no 
sorprende a nadie, pero se argumenta que no ha sido precedido de 
declaración de guerra. Se hace notar que el barón de Schoen, embajador 
alemán, permanece en su puesto, y que el representante francés en 
Berlín, M. Cambon, no ha dejado el suyo. 

París está cruzado de automóviles y carruajes que conducen mili¬ 
tares a las estaciones ferrocarrileras. Los reservistas parten en gran 
número, llenos de buen humor, acompañados por el saludo de los 
grupos y la entusiasta simpatía de las mujeres que les arrojan besos 
y flores. 



86 


AYER 


25 de agosto. 

Hoy, una noticia sintética del ministerio de la Guerra anuncia 
que el estado mayor ha renunciado a la ofensiva y que los ejércitos 
franceses han retrocedido hasta la frontera belga-francesa. 

No hay detalles ni crónicas. La angustia de París es evidente. Se 
crée que algo muy grave se oculta en el silencio de las autoridades 
militares. 

26 de agosto. 

Se sabe ahora que la batalla ha sido terrible. El ala derecha prusiana 
desbordó los ejércitos abados. El territorio .francés está invadido. 

La prensa y las autoridades predican la calma y afirman que la 
organización militar de Francia permanece intacta. 


27 de agosto. 

La consecuencia política fundamental del éxito alemán en Sambre 
y Mosa se ha revelado en la dimisión del gabinete y la constitución de 
un ministerio de defensa nacional integrado con personalidades de 
primera solvencia. 

M. Viviani ha llamado a Ribot y Marcel Sembat, dos extremos 
políticos. Conozco a ambos. Hace dos meses, Ribot, presidente del 
Consejo, fue derribado por Sembat, y el eminente hombre de Estado, 
al retirarse vencido, sonrió saludando con la mano a la izquierda doctri¬ 
naria y agresiva que condenaba en él la ley de servicio militar de tres 
años, tronaba contra los armamentos de Francia y descalificaba a los 
socialistas como M. Briand que votaban el presupuesto de la defensa 
nacional... Hoy el viejo Ribot es llamado a compartir las tremendas 
responsabilidades de la hora, conjuntamente con su adversario de 
ayer. Felizmente, el primero posée demasiado «esprit» para decir al 
segundo : « La Francia está invadida y el enemigo marcha sobre París. 
No os sentís un poco cómplices ? Habéis predicado el desarme, el arbi¬ 
traje y el misticismo pacífico como si la guerra no fuese una ley fatal a 
que está sujeto el género humano, como la vejez y la muerte. Mientras 
la potencia enemiga armaba sus legiones y educaba a sus hijos en el 
culto de la victoria, vosotros enervábais la opinión con vuestras dis¬ 
cusiones demagógicas y mecíais el espíritu público en la quimera de 
una paz perpetua. ¡ Ilusos ! ¡ Creíais en la rebelión del proletariado 
alemán contra el imperialismo militarista ; y he aquí que el día en que 
el clarín del kaiser convocó a los pueblos a la guerra, el proletariado 
quemó su bandera roja al pie de la estatua de Bismarck !» 

Jules Guesde y Delcassé son otras dos grandes figuras del nuevo 
gobierno. El primero es, quizá, el más eminente teórico del anarquismo. 
Se le llama «la encamación francesa del marxismo». Usa lentes y 
melena y creía hasta ayer, como Vaillant y Jaurés, en la fraternidad 



MIL NOVECIENTOS CATORCE 87 

universal y la abolición de las fronteras. Su decepción debe haber sido 
tan profunda como es sincera la cólera patriótica que agita su espíritu 
en estos momentos. 

Es que esta guerra — como dice Le Temps — no mata únicamente 
hombres : mata ideas ; y la primera que ha perecido es la del inter¬ 
nacionalismo. 

La vuelta de M. Delcassé al ministerio de Negocios Extranjeros es 
la revancha de la diplomacia fuerte, de los métodos claros y precisos, 
que firmaron la alianza con Rusia, fundaron la entente con Inglaterra 
y desligaron a Italia de la tríplice. Delcassé cayó hace nueve años, 
envuelto en la ráfaga de pánico que sopló sobre Francia la víspera de 
Algeciras. Se le sacrificó miserablemente, a él, a su política y a sus 
ideas, y durante casi una década se siguió un sistema de complacencias 
y debilidades que provocó una crisis por año y una tensión tan violenta 
que hicieron maldecir de una paz mantenida a ese precio. 

El tiempo ha dado razón al eminente canciller. En diplomacia como 
en estrategia, la mejor táctica es la que convierte a una nación en una 
plaza fuerte en movimiento. 


30 de agosto. 

El día no ha podido ser más sombrío. Las noticias de origen oficial 
reconocen la presencia del enemigo en el departamento del Aisne, a 
140 kilómetros de la capital. Ayer se combatió rudamente por impedir 
su avance y aunque la derecha francesa obtuvo el retroceso prusiano 
sobre Guise, el ala izquierda fué doblada y permitió la progresión del 
ejército alemán sobre La Fére. 

El gobernador militar de París, general Gallieni, exige por vía de 
anuncios la demolición de todos los inmuebles y construcciones situados 
en la zona de las fortificaciones exteriores. Es la prueba de que la capital 
se prepara el asedio. 

A la una de la tarde un avión planeó sobre París y lanzó tres bombas 
y un cartel conteniendo una frase sin «esprit». 

Las estaciones de ferrocarril están invadidas por la gente que huye. 
Entre los extranjeros esto tiene aspecto de «sálvese quien pueda». Las 
mujeres y niños forman multitud. Juzgado en conjunto, este movi¬ 
miento tendría carácter de pánico sino formara contraste con la actitud 
tranquila de los soldados y la confianza de las administraciones. La 
prensa, sin dejar de reconocer lo crítico de la hora, afirma las excelen¬ 
cias de la fuerza de que dispone la República y repite su fe inquebran¬ 
table en el triunfo definitivo. Insisto en que la causa principal de la 
huida no es tanto la aproximación del enemigo hacia la capital como 
la ignorancia de la táctica del estado mayor, que juzga la situación de 
los alemanes tanto más desfavorable cuanto más lejos estén de sus 
centros de aprovisionamiento. 



88 


AYER 


i de septiembre. 

A las 6 de la tarde descendía yo la avenida de Wagram, hacia el 
barrio de Temes, cuando fui detenido por una explosión súbita. 

Involuntariamente, como los otros cien o quinientos transeúntes, 
alcé la vista. Un avión cruzaba soberbiamente el cielo de París. Era 
un «taube » prusiano. Su forma no dejaba lugar a dudas. Venía del 
norte y se deslizaba con una rapidez sorprendente hacia los barrios 
de la ribera izquierda del Sena. 

Una serie de detonaciones que se sucedieron con un ruido seco, 
rápido, ininterrumpido, hizo comprender que las ametralladoras insta¬ 
ladas en la torre Eiffel y el Trocadero funcionaban contra el pájaro 
audaz que cortaba las nubes con su vuelo impávido... Cada dos o tres 
minutos una nueva explosión desgarraba la atmósfera, dominando el 
inmenso rumor de la ciudad, como un anuncio infernal de que el aero¬ 
plano proseguía su bombardeo. 

En la avenida llena de plátanos y en las ventanas profusamente 
adornadas de banderas tricolores, las cabezas contemplaban curiosa¬ 
mente las evoluciones del avión enemigo. No percibí un gesto ni una 
palabra denunciadores de temor. Los parisienses, «badauds» por exce¬ 
lencia, encontraban un encanto nuevo en ese episodio de la guerra. 
Comentarios burlones surgían de las bocas. Una muchacha, tipo acabado 
de foburgo, exclamó entre dos risas : «Voy hasta mi casa a buscar el 
paraguas ! » 

El aeroplano, a 2000 metros de altura, describió un ancho círculo 
y tomó la dirección del norte. Evidentemente regresaba al campa¬ 
mento de los suyos. Su vuelo no fué largo. Apenas había franqueado 
las barreras, otro avión, un biplano francés, se elevó de improviso 
hacia los cielos que los fulgores del poniente teñían de reflejos aureo¬ 
lados, y ante los ojos de la muchedumbre abrió el fuego de su ametralla¬ 
dora sobre el invasor aéreo. La rapidez de éste se acentuó ; se le vió 
huir como un pájaro hacia Chantilly ; empequeñecerse en la latitud del 
firmamento hasta el punto de créersele salvado ; pero antes de que 
su silueta se desvaneciera en la distancia, varias oscilaciones bruscas 
parecieron revelar que una ataxia súbita había agarrotado sus alas, 
y el «taube » audaz se abatió en las lejanías del horizonte... 

Esa noche París supo que los dos oficiales prusianos que lo monta¬ 
ban habían pagado su proeza con su vida. 

2 de septiembre. 

El presidente de la República, acompañado de todos los miembros 
del gobierno, parte esta noche para Burdeos, que será la capital de 
Francia durante el resto de la guerra. Esa medida responde a la nece¬ 
sidad de dar un impulso nuevo a la defensa nacional y evitar la posibi¬ 
lidad de que la cabeza de la nación quede aislada, en caso de sitio. 



MIL NOVECIENTOS CATORCE 89 

sin otro medio de comunicación que la radiotelegrafía de la torre Eifíel, 
fácil de destruir, por otra parte. 

El éxodo de los parisienses se ha acentuado aún. Los bulevares 
y las calles solitarias denotan el abandono de la que era hasta ayer 
una brillante y populosa metrópoli. París es ya solo una inmensa forta¬ 
leza que abriga en su recinto medio millón de soldados. 

Los grandes almacenes y los hoteles-palacios han clausurado sus 
puertas. El personal superior administrativo parte igualmente para 
Burdeos. El cuerpo diplomático acompañará al gobierno en un tren 
especial. Esta noticia nos fue comunicada a las dos de la tarde, bajo 
reserva. Así, pues, íbamos a huir todos sin remedio ante las legiones 
alemanas que desembocaban en las carreteras próximas. Esa mañana 
habían ocupado Compiégne y sus «taubes » lanzaban sobre París, mez¬ 
cladas con sus bombas mortíferas, millares de hojas impresas destinadas 
a quebrantar la resistencia moral: « L’armée allemande est aux portes 
de París ; il ne vous reste qu'á vous rendre. » 

El asedio era inminente, el bombardeo había comenzado y todo 
hacía creer que la batalla en los foburgos y los bulevares exteriores era 
cuestión de horas. Y los que no morían bajo las balas no perecerían 
de hambre ? Lo que nadie pensó ni previo era que en la capital había 
un soldado genial que iba a transformar la situación tres días después : 
Gallieni... 

Inmediatamente después de conocer la resolución del gobierno, 
dos nombres amigos surgieron en mi memoria: Hugo del Priore y 
Héctor Bandinelli. Resolví sacarlos del peligro y corrí a sus domicilios, 
pero el primero no se hallaba allí y el segundo me declaró categórica¬ 
mente que no me acompañaría «en la fuga impuesta», añadiendo 
irónicamente : «He resuelto legar a las generaciones futuras mis impre¬ 
siones personales sobre el sitio de París. » 

A las once de la noche estábamos listos y la partida se efectuó en 
silencio desde la estación del Quai d’Orsay. En el andén, acompañado 
de su esposa, se destacaba la recia silueta del embajador de Estados 
Unidos, Myron T. Herrick, que levantó su sombrero de copa despi¬ 
diendo a sus colegas. Queda en la capital por orden de su gobierno. 
Si yo pudiese también permanecería aquí, velando los diez años de 
mi vida que quedan en París. 


III 


En el tren, 3 de septiembre. 

Seiscientos kilómetros separan París de Burdeos. El viaje fue largo, 
terriblemente largo, habiéndose detenido el tren repetidas veces durante 
la noche, en pleno campo, para facilitar el paso de otros trenes que 
cargados de tropas se dirigían hacia el norte, al encuentro del invasor... 



90 


AYER 


Al amanecer, un alto prolongado permitió a algunos viajeros un des¬ 
censo al lado de la vía. Sentado en la hierba, en la alborada estival, 
oí poco a poco romperse el silencio profundo de aquella campiña que 
dormía y avanzar un convoy interminable que acabó por llenar el 
espacio de cantos y rumores. En los vagones repletos percibí oficiales 
y soldados, envueltos en capotes obscuros, que reían y lanzaban a 
plena voz estrofas belicosas, revelatrices del ánimo viril que los llevaba 
a la batalla. Eran cabezas jóvenes, conscientes de su deber y su fuerza, 
dispuestos al sacrificio por el ideal mas grande y generoso que han 
perseguido los hijos de los hombres desde que la suerte los vinculó al 
fragmento de tierra en que debían crecer y multiplicarse. Era la espe¬ 
ranza suprema de la Francia que pasaba, armada y entera, resuelta 
a detener el nuevo avance germánico, realizado por cuarta vez en una 
centuria. Era la raza gala que renacía frente a la raza teutónica, que 
ha hollado veintiocho veces al suelo del Mosa desde los tiempos de 
Cío vis... Esta guerra no es mas que un nuevo acto, un nuevo episodio 
de la lucha que las tribus germanas mantienen desde hace dos mil años 
contra las tribus galo-romanas y francas. ¿ Qué eran los soldados que 
pasaban cantando sus tradiciones, sino descendientes legítimos, de 
sangre y pensamiento, de los guerreros que en una larga sucesión de 
siglos han detenido con su esfuerzo la serie de las invasiones nórdicas ? 
Al verlos y oírlos se veía y oía el alma misma de Francia que afrontaba 
la guerra una vez mas, resuelta a vivir y a eternizarse, en una tenaz 
aspiración de inmortalidad, como penetrada del rol glorioso que la 
historia le ha marcado en la evolución de la humanidad. 

¡ Podían acercarse ahora los doctrinarios de la disolución, que en 
los veinte últimos años habían pretendido minar la fe patriótica de 
Francia clamando contra los armamentos que constituyen hoy su 
salvaguardia ! 

Los hombres de la clase territorial, todos mayores de 50 años, con 
la cabeza blanca, uniformados de brin, fusil al brazo, velaban por la 
conservación de las comunicaciones a lo largo de la vía férrea y de los 
puentes. 

En las estaciones de tránsito había miles de heridos. El cansancio 
de los rostros y las desgarraduras de los uniformes evidenciaban la 
violencia de los choques sostenidos contra el enemigo formidable. 
Mujeres vestidas de blanco, luciendo en su pecho una cruz roja, rodeaban 
las camillas y prodigaban sus cuidados a los héroes caídos. Ni sombra 
de pánico. En todas partes se manifestaba solo el deber, el cumplimiento 
del deber de unos y otros, de los que iban al combate y de los que venían 
de él, de los que empuñaban las armas, de los que conducían los trenes 
y de los que restañaban las heridas. 

He llegado a la vieja ciudad girondina con la confirmación plena 
de la creencia que he tenido siempre : Francia no será vencida. Sé que 
la ruda Germania conduce la guerra con la resolución inquebrantable 
de triunfar, y sé también que su preparación y elementos son formi- 



MIL NOVECIENTOS CATORCE 91 

dables. Pero basta cruzar estos campos y ciudades para juzgar del 
hálito de heroísmo que anima a los millones de seres que se disputan 
el honor de marchar al frente y de sucumbir en el puesto. Sea cual 
fuere la potencia enemiga, el estoicismo de esta raza perdurará sobre 
sus duelos y desastres como si emanara del alma de la Roma antigua. 

Burdeos, io de septiembre. 

Al llegar a Burdeos hace una semana advertí que no tenía donde 
alojarme, pues la ciudad había recibido en los últimos días a 150 000 
refugiados procedentes de París y las regiones del norte. No hallé ni 
una habitación, ni un cuartucho, ni una cama disponible, y después 
de algunas horas de fatigosa búsqueda me trasladé a Arcachon, pequeña 
residencia veraniega situada a una hora de viaje de la capital giron¬ 
dina. Me acompañó un colega del cuerpo diplomático, y tuvimos la 
suerte de encontrar y alquilar un chalet amueblado y conseguir los 
servicios de una excelente cocinera. Desde el día siguiente fuimos a 
Burdeos por las mañanas a fin de atender a nuestras obligaciones, 
regresando a Arcachon al terminar la jomada. La primera de aquellas 
obligaciones fue instalar la legación, lo que realizamos gracias a la 
cordial cooperación de nuestro cónsul, el doctor Carlos Calamet, que 
nos cedió dos piezas en sus propias oficinas. 

Debo confesar que todo el trabajo administrativo y diplomático, 
de contacto con el gobierno francés y de información al uruguayo, así 
como las gestiones para asistir a los compatriotas que requerían a diario 
la ayuda de la legación, recayó exclusivamente sobre mí. El ministro 
plenipotenciario doctor Rafael De Miero se encontraba con licencia 
en Montevideo y no volvió mas a su puesto ; y el encargado de negocios, 
don F. M., era un buen hombre que procedía de un pueblo del interior 
uruguayo donde había sido secretario de un general con influencia 
política que lo hizo nombrar diputado y mas tarde diplomático. No 
sabía francés ni tenía noción alguna de la función que le correspondía 
desempeñar. Y el otro miembro de la representación en Francia, A. S., 
había preferido quedarse en París por motivos sentimentales, propios 
de su edad ; pero esta actitud fue interpretada en la cancillería nacional 
como un acto de valor, lo que le valió un ascenso algún tiempo después. 


IV 

En el Atlántico, a bordo del Pérou, 

30 de noviembre. 

Llamado a Montevideo con otros miembros del servicio exterior 
con motivo de una reorganización impuesta por la guerra europea, 
me he embarcado en un buque francés, a pesar de los riesgos que estos 



92 


AYER 


corren en la travesía, porque me ofrece la ilusión de prolongar mi per¬ 
manencia en el seno de esa raza admirable con la cual he convivido 
casi once años. Este transatlántico es como un fragmento de la Francia, 
que se ha desprendido de sus riberas y que cruza gallardamente el 
océano, llevando a su bordo los elementos que nos hacen creer que 
continuamos existiendo en su país de origen : la mentalidad, los hábitos 
y hasta la cocina... Cuando fui a la agencia de la Compañía Trans¬ 
atlántica para retener mi camarote, interrogué al director sobre los 
peligros que podía ofrecer el viaje en un buque beligerante, dadas 
las noticias circulantes sobre las actividades de los corsarios ale¬ 
manes. «Si es usted casado y tiene hijos — me respondió — no se 
embarque. » 

Como ese no es mi caso, me he embarcado. El Pérou lleva su capa¬ 
cidad completa : mil pasajeros de las tres clases. Partimos el 14 de 
Burdeos e hicimos escalas el 18 en Lisboa y el 26 en Dakar ; ahora 
bogamos hacia Río de Janeiro, aunque afirmo que la dirección no es 
esta... El barco lleva a veces rumbo al sud y otras al oeste ; evidente¬ 
mente obedece a las instrucciones radiotelegráficas que le transmiten 
los buques ingleses y franceses encargados de dar caza a los corsarios. 
Entretanto la vida a bordo es despreocupada y alegre. 

M. Joseph Caillaux y su esposa se hallan entre los viajeros. No 
tardamos en hacer relación, pues sus « chaises longues» están colocadas 
en el puente al lado de la mía y esta circunstancia favorece nuestras 
largas pláticas. 

Desde el primer momento pude notar un sentimiento general de 
reserva hacia el ex-presidente del Consejo y su mujer. La oficialidad 
y personal del Pérou se conduce cortesmente con ellos, pero los pasa¬ 
jeros franceses los evitan, aunque los sucesos que han intervenido en 
la vida de ambos y que remataron en el célebre proceso, explican esa 
actitud. Como todavía se recuerda, madame Caillaux había muerto 
a balazos a M. Calmette, director de Le Figuro. He oído comentar 
algunos incidentes que se produjeron en París al divisárseles en sitios 
públicos, pero sea cual fuere la opinión de sus compatriotas, ella no 
disminuye el interés que me inspira la pareja. 

Naturalmente, en mis conversaciones me he abstenido de tocar 
ciertos temas y aludir a recuerdos penosos. La guerra y sus proyecciones 
bastan y sobran para dar trama a largas pláticas. M. Caillaux posée 
incontestablemente un brillante talento ; se explaya con una facilidad 
y abundancia de ideas y conceptos que evidencian el hábito de la 
tribuna, y formula consideraciones y previsiones que traducen la fuerza 
de su lógica, hecha a la precisión de los debates. He podido darme 
cuenta de que en sus opiniones no interviene el elemento pasional, 
o sea el odio contra los alemanes, tan generalizado en la masa francesa ; 
sus juicios son puramente intelectuales, en el sentido de que trata los 
problemas de la guerra como un hombre de estado o diplomátiqo, cue 



MIL NOVECIENTOS CATORCE 


93 


sabe que en política, y sobre todo en política internacional, los factores 
sentimentales deben contar infinitamente menos que las razones de 
orden superior, el interés colectivo, por ejemplo. Bajo este aspecto y 
quizá sin saberlo, su temperamento en apariencia tan nervioso, tan 
vehemente y tan francés, denotaba un fondo calculista y frío como el 
de los estadistas ingleses. Presumía que Italia no tardaría en intervenir 
en favor de la Entente, y concedía al bloqueo económico de Alemania 
una importancia decisiva en los resultados de la guerra, que admitía 
sería larga, pero que terminaría con la victoria de los aliados occiden¬ 
tales si éstos no tardaban en convertir en superioridad real la superio¬ 
ridad virtual que tenían sobre los imperios centrales. 

Respecto de su misión en América, M. Caillaux no había sido expan¬ 
sivo, pero pude advertir desde los primeros días que se trataba de algo 
concerniente a estudios de carácter económico, aunque en las frases 
cortadas que logré sacarle noté que concedía mayor importancia a la 
faz política de su viaje, es decir, al hecho de que una personalidad 
como la suya visitara en esos momentos algunas capitales sudameri¬ 
canas. Como el punto me resultara importante por el interés que podía 
reportar su misión a mi país, me manejé de modo de obtener datos 
al respecto, insinuándole discretamente la conveniencia de utilizar la 
prensa en beneficio de los propósitos que llevaba y poniéndome con tal 
motivo a su disposición, siempre que me autorizara para ello en forma 
que no comprometiera mi posición diplomática ni la situación de neu¬ 
tralidad de mi país. El medio dió resultado, y de su puño y letra 
M. Caillaux escribió esta breve declaración que puso en mis manos 
y cuya traducción es la siguiente : 

«Vengo a América encargado por el gobierno francés de una misión 
cuyo carácter no puedo revelar, naturalmente, ni en su fin ni en sus 
detalles. Lo que yo puedo decir, eso sí, es que esta misión tiende a 
estrechar los lazos que unen a Francia con las repúblicas latinas de 
América del Sur. Me imagino que, designando para este objeto a un 
antiguo presidente del Consejo, el gobierno de la nación francesa ha 
querido señalar una especial demostración de amistad hacia estas repú¬ 
blicas hermanas, así como el vivo interés que tiene en asegurar con 
ellas nuevos lazos fraternales. 1 » 


1 La guerra de 1914 a 1918, que hizo surgir del caos mundial tantas nuevas 
y vigorosas personalidades, se encargó de hundir a otras que habían conducido 
pueblos hasta entonces. El formidable vendaval sepultó millones de hombres, borró 
viejas fronteras, aniquiló urbes, arrancó coronas reales, reveló héroes y abolió 
reputaciones militares y políticas. Joseph Caillaux, jefe del partido radical francés 
y ex-presidente del consejo de ministros, conoció la mazmorra y la degradación 
cívica ; el senado que lo condenó, sabrá porque lo condenó ; pero el autor de estas 
crónicas, al reunirías muchos años después de escritas, no tiene nada que agregar 
ni suprimir en la nota precedente, redactada cuando aquel hombre público des¬ 
empeñaba una misión confiada por su gobierno. 



94 


AYER 


Madame Caillaux posée un tipo delicado de mujer, y al verla tan 
fina y discreta no se supondría que es capaz de actos de suprema energía. 

¡ Así son las francesas ! Al charlar horas enteras con ella, ante los pano¬ 
ramas ilimitados del océano, recordaba yo las observaciones admirables 
que Hipólito Taine, tan eminente psicólogo como historiador, formula 
en sus Notes sur París ; opinions de Frédéric-Thomas Graindorge, sobre 
la profundidad y valores tantas veces insospechados del alma femenina 
francesa. Es evidente que M. Caillaux ama a su compañera muy de 
veras ; al hablarle le dirige expresiones afectuosas con la más dulce 
de las inflexiones ; y sin duda también ella le corresponde con un sen¬ 
timiento próximo a la admiración ; pero que esa mujer tiene un espíritu 
elevado y un perfecto dominio sobre sí misma lo demuestra en los 
giros rápidos de su conversación y en los juicios que formula sobre 
hechos o episodios variados. 

Acoge cortésmente a todos los que se le acercan, pero no insinúa 
voluntariamente su presencia a los demás. Tengo para mí como cosa 
cierta que en las capitales adonde se dirige no conocerá agasajos. En 
estas sociedades todavía en formación no se admite a las personaüdades 
capaces de romper abiertamente con las vallas o los prejuicios estable¬ 
cidos, aun cuando su actitud derive de un vigoroso concepto de su 
independencia o de su honor. 


5 de diciembre. 

Hemos pasado horas agitadas. El 2, a las once de la noche, circuló 
a bordo el rumor de que un buque con las luces apagadas avanzaba 
sobre nuestro flanco. En esos instantes se bailaba en el salón de primera 
clase, y al darse la noticia los músicos quedaron solos, mientras el puente 
de estribor y la cubierta se llenaban de pasajeros interrogantes. A 
favor de la dudosa penumbra que una luna en cuarto menguante, 
velada por nubes, proyectaba sobre las aguas, pudo distinguirse una 
masa obscura hacia la derecha y a popa, que avanzaba en nuestra 
misma dirección ; pero una observación sostenida durante diez minutos 
nos dió la certeza de que su marcha se modificaba, procurando acer¬ 
carse cautelosamente. Ni una luz brillaba en su bordo, formando 
contraste con la iluminación profusa del Pérou. ¿ Qué buque era ? 
¿ Por qué trataba de aproximarse ? ¿ Tendríamos encima alguno de 
los corsarios alemanes que desde el comienzo de la guerra recorrían 
los mares hundiendo buques aliados ? Todas las preguntas y todas 
las hipótesis cabían en el caso. Una inquietud manifiesta se apoderó 
de una buena parte de los viajeros, y si en aquellos momentos hubiera 
resonado en el mar un estampido de cañón, creo que el pánico habría 
hecho presa de nuestro buque. 

Con algunos amigos me dirigí a proximidad del puente de mando, 
cuyo acceso está siempre vedado al pasaje. Todo el estado mayor del 



MIL NOVECIENTOS CATORCE 


95 


transatlántico se encontraba allí, y pudimos distinguir al comandante, 
vestido de blanco, que asestaba su catalejo hacia el buque fantasma. 
La observación no debió ser satisfactoria, pues le oímos pronunciar 
distintamente estas palabras : «¡ Eteignez les lumiéres ! » 

En breves instantes el barco quedó en tinieblas, pero la medida 
no se detuvo en la extinción de la luz eléctrica y los faros reglamentarios, 
pues dos oficiales recorrieron la cubierta y los puentes impartiendo la 
orden de arrojar los cigarrillos. 

Producida la obscuridad contemplamos mejor la maniobra del 
buque sospechoso, que al advertirse denunciado y notando nuestras 
precauciones, abandonó sus movimientos cautelosos y puso franca¬ 
mente su proa hacia el flanco del Pérou ; su marcha se acentuó, y la 
densa humareda enrojecida que empezó a perfilarse sobre sus chime¬ 
neas, reveló que violentaba la máquina empeñando una caza decisiva. 

Entonces, en las soledades del mar y en el seno de aquella noche 
que pudo ser trágica, se entabló una lucha de velocidad entre los dos 
adversarios : el Pérou cambió de ruta, presentando su popa al perse¬ 
guidor ; un temblor que se fué acentuando cada vez más, y que venía 
de sus entrañas de acero para estremecerlo hasta los palos, indicó que 
redoblaba la rapidez, buscando la salvación en una huida ciega ; y los 
bordes de sus chimeneas se colorearon como anillos de fuego, despi¬ 
diendo una nube encendida que se extendió entre el cielo y las aguas 
como una cabellera infernal salpicada de chispas. 

Nadie habló, como si la angustia de aquellos minutos inolvidables 
hubiera sellado las bocas y tendido los espíritus en una expectativa 
rígida. 

A medida que los instantes transcurrían, la faja de agua que nos 
separaba del corsario se fué extendiendo paulatinamente y la mancha 
luminosa que se insinuaba sobre su masa negra empezó a alejarse y 
palidecer como un cometa que se hunde en la profundidad de los espa¬ 
cios. La partida estaba ganada. Entonces nuestro buque corrigió el 
rumbo y normalizó la marcha, mientras la ansiedad se disipaba como 
una pesadilla ; y cuando la aurora de los trópicos dilató la visión hasta 
los horizontes de ópalo y rosa, pudimos contemplar un océano solitario 
y apacible que continuaba ignorando los odios de los hombres... 



CAPÍTULO NOVENO 


EN LA CANCILLERÍA 
SEMBLANZAS POLÍTICAS 

Presentación en el Ministerio de Relaciones Exteriores ; mis nuevas funcio¬ 
nes. — El canciller Brum ; relieves de su personalidad. — Francisco 
Ghigiiani ; analogías. — Derivaciones de la guerra europea ; el proyecto 
de enseñanza militar ; mi polémica con el doctor Emilio Frugoni. — 
El canciller doctor Manuel B. Otero. — El «Anuario Diplomático y 
Consular» ; su aprobación. — Las perspectivas de mi carrera son 
frustradas por las intrigas. — El presidente Feliciano Viera, exponente 
de la democracia mestiza ; su semblanza. — El adiós de Rodó. 


I 

Con la emoción de siempre volví al hogar después de una ausencia 
de tres años y ocupé mi sitio en la vieja mesa familiar. Traía impresiones 
demasiado frescas del teatro de la guerra para que mi regreso pasara 
inadvertido en Montevideo, y de inmediato me fueron solicitados 
comentarios y noticias en todos los círculos ; pero tuve presente desde 
el primer día que mi retomo al país obedecía a una orden gubernativa 
y que estaba obligado a no demorar mi presentación en la cancillería. 
Así lo hice, siendo acompañado en mi visita por el capitán Oscar Viera, 
con quien había yo intimado durante su misión de estudios militares 
en Francia, y que andando el tiempo llegó por sus méritos al generalato. 
Este oficial era amigo del ministro interino de Relaciones Exteriores, 
doctor Baltasar Brum, circunstancia que nos evitó hacer antesalas 
por las cuales he sentido siempre desagrado ; y recibidos por el joven 
secretario de Estado nuestra conversación tomó giros amables y ter¬ 
minó con la enunciación de su propósito de incorporarme a los servicios 
de la cancillería donde esperaba que mi experiencia fuese útil. Acepté 
complacido la manifestación del ministro, pues ella me acordaba una 
permanencia en Montevideo al lado de mi familia, la posibilidad de 
reanudar antiguas amistades, crear nuevas relaciones y tomar parte 
en actividades culturales y sociales que me vincularan nuevamente al 
ambiente nativo. 



EN LA CANCILLERÍA 


97 


Esa mañana había visto la luz pública un reportaje que me fue 
solicitado desde mi desembarco por un importante diario, y en el cual 
daba yo informaciones sobre la guerra y sus complicaciones próximas, 
así como sobre algunos dirigentes de la política europea. Entre éstos 
debí referirme a M. Caillaux y a su viaje en la compañía de su esposa. 
Habían ellos desembarcado en Río de Janeiro, reiterándome al despe¬ 
dimos su resolución de visitar Montevideo y Buenos Aires. El doctor 
Brum, enterado de mis declaraciones periodísticas, me dijo que el 
gobierno había decidido recibir y agasajar al viajero, a quien yo acom¬ 
pañaría durante los días que permaneciera en nuestra capital, como 
aconteció semanas después. Aquel mismo día se firmó un decreto por 
el cual se me adscribía a la división de Asuntos Diplomáticos y Proto¬ 
colo, en la cual iba a permanecer dos años y medio, desempeñando a 
veces las funciones de segundo introductor de embajadores. Ya en 
aquella lejana época era jefe de esa sección mi excelente amigo don 
Fermín Carlos de Yeregui, por quien siempre he sentido un sincero 
afecto. 

En el ejercicio de mis cometidos tenía acceso frecuente al despacho 
del canciller, y sin llegar a la amistad se estableció entre él y yo una 
comente de recíproca consideración. El doctor Baltasar Brum poseía 
una personalidad de acentuados relieves ; su franqueza hacía visibles 
sus calidades y sus defectos ; era ambicioso y vanidoso ; también intui¬ 
tivo, enérgico y valiente. Su actuación en el gobierno, que no se inter¬ 
rumpió casi durante veinte años, demostró su anhelo por conciliar el 
interés de su causa partidaria con la aspiración personal de ocupar 
altas posiciones oficiales, superando con esta actitud a los políticos 
profesionales que ven en el poder un fin y no un medio ; pero no logró 
dominar a la otra fuerza que llevaba adentro, su impulsividad, a la 
que debió algunas faltas y le condujo en 1933 al error psicológico del 
suicidio, cuando la reflexión debió inducirle a conservar la vida para 
guiar a su partido en la lucha y llevarle a la revancha. Catorce años 
después hubiera presidido nuevamente la República y evitado que su 
lugar fuese ocupado, como sucedió, por una medianía política sin capa¬ 
cidad para el gobierno del Estado. 

La personalidad del doctor Brum presenta analogías curiosas con 
la de otro hombre público de su tiempo, el doctor Francisco Ghigliani. 
Ambos eran de la misma edad y de abolengo isleño : la familia del 
primero procedía de las Azores y la del segundo de Córcega ; los dos 
nacieron en zonas ribereñas del alto Uruguay, Brum en Artigas y 
Ghigüani en Corrientes ; ambos tuvieron familia acaudalada y poseyeron 
título universitario ; también iniciaron su vida pública en la actividad 
municipal; el uno y el otro compartieron una idéntica vocación política, 
fueron dirigentes del mismo partido, redactaron el mismo diario y 
desempeñaron secretarías de Estado. Estas semejanzas se acentuaron 
en la vida privada : ambos se casaron, se divorciaron, volvieron a 


7 



AYER 


98 

casarse y no dejaron hijos. Casi a la misma edad pusieron término a 
su existencia disparándose un balazo en el pecho. 

Fui amigo de Ghigliani en nuestra infancia, pues su casa estaba 
muy próxima a la mía y nos sentamos en el mismo banco en la escuela 
de doña Aurelia Viera. De Brum fui colaborador asiduo las dos veces 
que estuvo al frente de la cancillería. Esos dos hombres vivieron y 
actuaron identificados por influencias semejantes, y sólo en su última 
hora el destino los colocó en los extremos opuestos de una barricada 
política. 


II 

Las preocupaciones que derivaban de la guerra y que aumentaban 
a medida que el tiempo transcurría, decidieron al gobierno uruguayo 
a tomar la iniciativa de implantar la enseñanza militar entre los alumnos 
de la Universidad y las escuelas. Aunque se trataba de un acto defen¬ 
sivo aconsejado por las circunstancias, y a pesar de que aquella ense¬ 
ñanza sólo iba a revestir un carácter muy superficial, el decreto levantó 
resistencias en la opinión pública, especialmente entre los estudiantes 
que exteriorizaron su oposición a todo lo que significase una prepara¬ 
ción de carácter militar. Fue vocero suyo uno de los hombres represen¬ 
tativos del país, el doctor Emilio Frugoni, que años después debía 
honrar a la Universidad en el desempeño de su rectorado y destacarse 
en el parlamento, la cátedra y el libro como un espíritu de alta ilustra¬ 
ción a la vez que de vigorosa independencia personal. El doctor Frugoni 
entabló una campaña periodística desde el diario La Razón, que intituló 
«El cuartel en la escuela», y juzgué entonces como una obligación 
patriótica de mi parte el refutar sus argumentos, pués había sido testigo 
del proceso internacional que culminó en un vasto choque armado. 
El doctor Frugoni era un pacifista sincero, y no había advertido, como 
tantos otros, que se iniciaba en el mundo una era bélica en la que sólo 
se impondría la fuerza. Tanto mejor si la destinada a triunfar era la 
fuerza puesta al servicio de la democracia y el derecho ; pero los países 
pequeños estaban obligados a precaverse, organizando sus elementos 
defensivos antes que la conflagración llegase a sus fronteras. De ahí 
que yo sostuviese en el curso de aquella polémica « que el doctor Frugoni 
vivía atrasado de seis meses ». El interés con que la opinión siguó aquel 
debate reveló que mis convicciones eran compartidas por muchos, 
y ello quedó en evidencia al constituirse pocas semanas después una 
entidad popular cuyo objetivo era difundir en Uruguay la necesidad 
de su defensa y establecer el servicio militar obligatorio. El nuevo 
presidente de la República, doctor Feliciano Viera, anunció en su 
programa de gobierno que enviaría al Parlamento un proyecto de ley 



EN LA CANCILLERÍA 


99 


sobre enseñanza militar ; pero la oposición a estas ideas estaba dema¬ 
siado arraigada en el ánimo público, y a pesar de que en nuestro comité 
pro-defensa nacional se confundían ciudadanos de todos los matices 
políticos, la propaganda adversa se impuso a la tendencia que represen¬ 
tábamos y toda tentativa de preparar al país contra futuros peligros 
debió aplazarse indefinidamente. 

Uruguay sigue siendo un país desarmado, con sus fronteras y sus 
costas abiertas ; y si en el futuro de América surgiesen problemas que 
condujeran a choques armados entre los pueblos, los destinados a ser 
aplastados serían aquéllos que no han sabido precaverse a tiempo, 
y que han malgastado sus energías, como las pequeñas repúblicas 
italianas de la Edad Media, en discordias intestinas, rivalidades parti¬ 
distas y miserables ambiciones personales. 


III 

El doctor Manuel B. Otero tomó posesión de la cartera de Relaciones 
Exteriores el i de marzo de 1915. Había sido amigo y condiscípulo de 
mi padre, y atribuyo a este antecedente la benevolencia que me dis¬ 
pensó desde su alto cargo, confiándome el estudio o la substanciación 
de asuntos importantes. Entre aquéllos, el voluminoso expediente de 
la María Madre, barca italiana cuyo pleito duró mas de diez años ; 
la reclamación de Essercizio Bachino, casa genovesa constructora de 
buques que también obtuvo el apoyo de su gobierno ; y el proyecto de 
reorganización de la cancillería nacional, que redacté de acuerdo con 
el plan que me expuso verbalmente en entrevistas sucesivas. La apro¬ 
bación de aquel proyecto hubiese dotado al ministerio de Relaciones 
de un organismo deliberante destinado a examinar y documentar las 
cuestiones relacionadas con nuestros intereses en el exterior, y someter 
a la apreciación del canciller las gestiones conducentes al desarrollo de 
los mismos. La iniciativa ministerial fue demorada por el presidente 
Viera, hasta que las derivaciones del plebiscito del 30 de julio de 1916 
alejaron al doctor Otero de su cargo y su plan fue archivado. Muchos 
años después, siendo yo ministro plenipotenciario, expuse en mi folleto 
Moral diplomática un plan análogo de creación de un estado mayor en la 
cancillería, sin obtener tampoco resultado alguno. 

El doctor Manuel B. Otero era hombre de biblioteca y no político, 
o si se quiere, tenía de la política criolla un concepto ilusorio. Su amplia 
erudición histórica y jurídica dió siempre autoridad a sus discursos 
parlamentarios, pero poseía menos sentido práctico y su actuación se 
resintió por exceso de teoría. Siendo canciller solía dictarme informes 
para el presidente de la Repúbüca, que éste no leía. Sobrevivió a su 
bella generación de románticos, erró en sus juicios humanos y murió 
olvidado por una época que ya no era la suya. 



100 


AYER 


IV 


Volvió el doctor Brum a nuestro ministerio y aceptó la idea que le 
sometí de reunir en un volumen todos los datos y noticias que se rela¬ 
cionaran con el departamento de Relaciones Exteriores, desde su 
legislación, presupuesto y aranceles hasta el estado de servicios de los 
funcionarios en actividad. Se trataba de crear un Anuario Diplomático 
y Consular que centralizara aquellas informaciones, permitiendo a los 
miembros del gobierno, legisladores, agentes en el extranjero y demás 
interesados, tener bajo la vista todo cuanto atañía a nuestras represen¬ 
taciones, a cuyo efecto se incluía la nómina de los antiguos ministros 
y misiones acreditadas en el exterior desde la fundación de la Repú¬ 
blica. Trabajé varios meses en la ejecución de esa obra que se juzgó de 
utilidad pública, decretándose su impresión por cuenta del Estado, 
pero sólo muchos años después se editó un nuevo tomo que ordenó mi 
colega don Oscar Arteaga. 

Mi larga permanencia en la legación en Francia, seguida de las 
actividades que desarrollé en Montevideo, parecían señalarme como un 
candidato posible para el ejercicio de funciones diplomáticas de respon¬ 
sabilidad ; pero como había ocurrido otras veces en el curso de mi 
vida, las intrigas se encargaron nuevamente de minar mi progresión. 
Estaba yo propuesto para el cargo de primer secretario de la legación 
en España, y al llevarse el decreto a la firma del presidente Viera, 
apenas lo vió hizo pedazos el nombramiento expresando «que yo había 
hablado mal de él en un café »... Esta especie era burda, como puede 
presumirse, pero prevaleció contra mí durante todo el gobierno de 
aquel hombre. Supe luego que el chisme procedía de un agente policial 
de baja estofa, pero el funcionario favorecido con mi desplazamiento 
resultó ser un hermano del jefe de esa policía... Era éste un advenedizo 
inteligente, de escrúpulos discutibles, que supo hacer pesar su influencia 
durante tres gobiernos, sin dejarla advertir. Ubicó en la diplomacia a 
varios de sus familiares, usufructuando también él, en los últimos años 
de su vida, cargos representativos que le permitieron gozar en el extran¬ 
jero del premio de sus habilidades ; pero desdeñó escribir sus memorias, 
que hubieran sido una revelación pintoresca de los bastidores en que 
actuó con tanto éxito personal, a la vez que habrían puesto de reüeve 
la faz íntima de los hombres que desempeñaron en esa época altas 
funciones en la vida pública del país. 

Feliciano Viera era uno de ellos. Producto de la democracia mestiza, 
hijo de un caudillo bravio como su tiempo, se doctoró con dificultad 
y fué diputado con faciüdad gracias al influjo paterno. Ahijado de 
Máximo Santos, se arrimó al poder desde sus años mozos y demostró 



EN LA CANCILLERÍA 


IOI 


una acentuada vocación política que supo adaptar a las circunstancias 
de cada momento. Poseía las facultades propias del político profesional, 
con sus deficiencias y pecados ; era paciente, cauteloso, simulador y 
buen amigo ; ciertamente hombre de corazón, apto en la adivinación 
psicológica, sin ideas ni conceptos de estadista, pero poseedor de un 
instinto o inspiración interior que le guió sin fracasos al logro de sus 
ambiciones criollas. Atraído por vulgares satisfacciones materiales, era 
comilón con exceso, jugador a los naipes, bromista sin espiritualidad 
y dicharachero en tertulia de amigotes que preferían, como él, la tras¬ 
tienda al salón. Provocaba comentarios jocosos su grotesca persona de 
ciento treinta kilos cuyo abultado abdomen, triple papada y piel de 
color chocolate le asemejaban a un mandarín chino del antiguo régimen. 

No fué nunca orador, ni escritor, ni redactor de un dictamen parla¬ 
mentario, ni autor de un programa de gobierno, ni tuvo bufete de 
abogado. Ejercitó sus dotes en las juntas de comité, los cabildeos de 
dirigentes y el sometimiento a las soluciones impuestas desde arriba. 
Gracias a ellas fue seis años consecutivos presidente del Senado y vice¬ 
presidente de la República ; dos años ministro del Interior ; cuatro 
años jefe del Estado, y otros tantos presidente del Consejo Nacional 
de Administración. Su adaptación sumisa terminó cuando tuvo él la 
sartén por el mango. 


V 

Las jóvenes generaciones actuales parecen estar persuadidas de que 
nuestro país tuvo siempre el culto de Rodó. Lamento tener que decir 
que el autor de Ariel se ausentó de su patria a causa de la pobreza 
y de la indiferencia de quienes pudieron solucionar sus dificultades 
materiales. Aceptó la proposición de un semanario argentino para 
viajar a Europa y enviar correspondencias. Al difundirse esta noticia 
hubo un movimiento de perplejidad en la opinión y no faltó un diputado 
que presentó o amagó presentar un proyecto de ley creando para Rodó 
el cargo universitario de maestro de conferencias. Era ya tarde ; el 
ilustre escritor había aceptado la propuesta de Caras y Caretas y reser¬ 
vado su camarote en un transatlántico inglés, a pesar de la guerra 
submarina sin restricciones. Estábamos en 1916. Cuatro años antes, 
Rodó había hecho conocer discretamente su deseo de integrar la dele¬ 
gación que iba a representar a la República en el centenario de la cons¬ 
titución y cortes de Cádiz. No hay duda de que nuestro pensador 
hubiera sido la personalidad mas destacada de las delegaciones de 
América y que España le habría reservado una acogida excepcional. 
Pero el gobierno de la época prefirió ignorar al candidato. 

Una tarde, encontrándome en mi oficina de Relaciones Exteriores, 
me anunció el conserje «que el señor José Enrique Rodó estaba en 



102 


AYER 


antesalas ». Me apresuré a recibirlo. Le acompañaba un amigo e iba 
a solicitar pasaporte con motivo de su viaje periodístico. Mientras le 
preparaban el documento conversó conmigo, y pudimos hacerlo con 
libertad porque con excepción de don Fermín Carlos de Yeregui ningún 
funcionario ministerial apareció en la antesala. Le proporcioné algunas 
informaciones prácticas sobre París y otras ciudades, y luego se refirió 
él al plebiscito que iba a realizarse dos semanas después para decidir 
la adopción o el rechazo del gobierno colegiado. Aludiendo a la juventud 
que rodeaba al poder de esa época y que aceptaba de éste prebendas 
y empleos con fines de éxito político, pronunció Rodó estas palabras 
amargas : « Es una generación moldeada para la servidumbre. » 

Tres días después lo despedimos en el Círculo de la Prensa. El grupo 
no era numeroso, pero desde los balcones de esa casa resonaron las 
voces de Santín Carlos Rossi y de Julio Raúl Mendilaharsu, interrum¬ 
pidas por nuestras aclamaciones : y no se ha borrado de mi memoria 
la frase profética de Mendilaharsu : «Os vais precedido por la gloria ; 
volveréis hijo de la inmortalidad...» Al día siguiente, 17 de julio de 1916, 
treinta amigos acompañamos al viajero en el instante conmovedor de 
la partida, que iba a ser definitiva, y en un vaporcito seguimos al trans¬ 
atlántico en su marcha hasta la isla de Flores. Allí le vimos levantar 
su sombrero para saludarnos por última vez. Murió en Sicilia, solo, 
pocos meses después. 



CAPITULO DÉCIMO 


LA GENIAL BOHEMIA 


Las tertulias de 1915 en el Hotel Oriental. — María Eugenia Vaz Ferreira ; 
nuestro antagonismo amoroso ; mis descortesías. — Una charla de 
medianoche ; juicios de la poetisa sobre mis deficiencias literarias. — 
Sus cartas ; ironía, talento y galantería. 


Durante los meses fríos de 1915 celebráronse tertulias domingueras, 
entre las cinco y las ocho de la tarde, en el viejo Hotel Oriental, y en 
ellas conocí a muchos buenos mozos, niñas y jóvenes señoras de la 
sociedad montevideana. Allí fui presentado a una mujer a quien yo 
admiraba por su talento, sin conocerla personalmente, María Eugenia 
Vaz Ferreira. Aún hallándome en París me había deleitado la lectura 
de sus versos y su prosa, pues los unos y la otra tenían profunda inspi¬ 
ración y rica médula. 

En la presentación, al oir mi apellido dijo solamente : «Nombre 
de literato», pero su apretón de manos y su mirada dijeron algo más, 
y desde ese instante nació entre la poetisa y yo un singular antagonismo 
que duró años, hasta la fecha de mi matrimonio. No volvimos a vemos 
después de realizado éste, pero supe que ella había dicho al saber que 
ponía yo término a mi celibato : «Ya es un burgués.» 

Apenas cambiadas las cortesías iniciales de la presentación, recordé 
en voz baja a María Eugenia algunas estrofas suyas asegurándole que 
ya las había recitado en París ante amigos de lengua española que, 
al oirlas, se habían convertido en admiradores suyos. Me detuve en 
aquella de sentido profundo : 

Ya quisiste venir, audaz y altivo. 

Envuelto en la epopeya de tus glorias, 

Y llevarme cual pájaro cautivo 
Al palacio nupcial de tus victorias. 



104 


AYER 


Entonces ella añadió dos estrofas de esos versos, con una sonrisa 
que denotaba gratitud por mi buena memoria : 

Pero sé que el corcel de tus deseos 
Marcha inminente a su primer derrota ; 

Que al preciado joyel de tus deseos 
No podrás engarzar mi vida rota. 

Yo soy como la firme roca erguida 
Que el oleaje amenaza en su bravura 
Y eternamente ante la mar vencida 
Su cresta eleva en la gigante altura. 

— Tampoco he olvidado pensamientos suyos que usted ha pre¬ 
ferido dar a la estampa en prosa — le dije — Uno de ellos me ha forta¬ 
lecido en mis noches amargas : 

Para las almas vulgares las horas de insomnio transcurren en inquietud 
febril; para los espíritus fecundos ellas pasan brillantemente y de prisa, 
mientras se escucha la divina música del pensamiento. 

Me invitó a sentarme a su lado y eligió el tema de la amistad y el 
amor, esbozando sobre este último una definición mal fundada. Como 
me preguntase si la compartía tuve que contestarle negativamente. 

«Las opiniones que usted me expresa son teóricas — le dije — y demues¬ 
tran su desconocimiento de las realidades del asunto.» Pareció asom¬ 
brarse de mi respuesta e insistió en el tema, enunciando algunas inge¬ 
nuidades reveladoras de que la gran poetisa era una virgen otoñal que 
se aferraba a sus conceptos sentimentales formados en insomnios llenos 
de visiones y delirios, pero vacíos de cópulas fecundas. Se lo dije, y 
añadí que sólo éstas se encargan de probar al hombre y la mujer que 
créen amarse, si su inclinación amorosa es verdadera y real o si es 
apenas una ilusión romántica que cesa cuando el matrimonio autoriza 
el conocimiento físico. « Es éste — declaré — el que confirma o anula 
definitivamente las ternuras del noviazgo, y mientras las evidencias 
del ayuntamiento no dan a los esposos o los amantes la versión con¬ 
cluyente, ellos deben considerarse en el prefacio de su vida amorosa... 
Y es ahí — agregué — donde reside la explicación de muchos divorcios 
y muchos adulterios, epílogos sorpresivos de tiernos noviazgos ; o a la 
inversa, la razón de tantas fidelidades que se mantienen toda la vida, 
cuando el varón y su mujer coinciden en satisfacciones que ningún 
otro u otra puede sobrepasar.» 

¿ Halló María Eugenia que mi materialismo tenía su arraigo en 
la naturaleza íntima de los seres humanos ? ¿ Levantaron mis afirma¬ 
ciones algún velo que había tardado demasiado en descorrerse ? Lo 
que advertí en aquella charla que se prolongó hasta el final de la ter¬ 
tulia fué su sorpresa, una sorpresa que se manifestó casi con humildad ; 
y olvidando un poco la noción de la etiqueta, preguntóme al despedirse : 



LA GENIAL BOHEMIA 


105 


«¿ Ya tiene usted treinta años?» — «Treinta y tres», rectifiqué... 
Esta primera entrevista fué la única de la que nos separamos casi 
amigos. 

Almorzaba yo semanalmente en la residencia de doña María Amalia 
Blixén, viuda de mi antiguo ministro el doctor Juan Pedro Castro. 
Vivía esa dama en un chalet frente al Prado, y atacada del mal que 
concluyó con su vida meses después, no bajaba al comedor y recibía 
en su habitación a las visitas, recostada en un diván. Allí y en la mesa 
hallaba yo amigos y familiares suyos ; y fué de éstos que recibí la infor¬ 
mación de que María Eugenia difundía entre todos los que querían 
oirla y con énfasis extravagante, el interés intelectual y sentimental 
que yo le inspiraba. Los comentarios y detalles de los conversadores 
me fastidiaron en exceso ; y declaré con una falta completa de galan¬ 
tería «que estaba ella lejos de constituir el ideal de mujer que yo sus¬ 
tentaba «... Como era de preverse mis palabras le fueron repetidas, y 
enfrentando ella con valentía mi vulgar ataque me hizo decir que 
deseaba hablarme. 

La entrevista tuvo lugar semanas después en la casa de una amiga 
suya, doña María Carolina B. R., que nos invitó a tomar el té. María 
Eugenia estuvo calmosa e irónica ; su actitud fué la de una mujer que, 
afirmada en su personalidad, ignora las superficialidades, desdeña las 
apariencias y define su vida tal como la entiende. Oíala yo, la miraba 
y la admiraba ; y quedé confundido cuando tomó un paquete que 
tenía cerca suyo, lo abrió y me enseñó una docena de retratos míos. 
Eran la reproducción de una fotografía que me representaba de uni¬ 
forme, sacada en París dos años antes. «Tome estos retratos — me 
dijo — son suyos«... Entonces cometí la segunda falta hacia aquella 
mujer de excepción : conservé los retratos, sin que la irreflexión me 
permitiese firmarle y dedicarle uno. «Volvió usted a macanear», me 
lanzó sarcásticamente un año después. 

«— Posée usted una mentalidad contradictoria — le dije. Esta 
fotografía le ha agradado porque reproduce la figura de un hombre 
bien peinado y con un brillante uniforme. ¿ Si la elegancia la complace, 
porqué se' viste usted tan mal ? ¿ Porqué no se peina ? ¿ Porqué no 
usa corsé y hace algo por corregir el abandono de su silueta ? » 

Su reacción fué cínica. «Tampoco me baño» exclamó, mirándome 
agresivamente. 

«— Pues no se enfade usted — le contesté — si le declaro que mi 
simpatía e inclinación van hacia las mujeres que usan jabón y se per¬ 
fuman, se atavían con elegancia y luchan contra la grasa. Amiga mía, 
usted es una gloria literaria; yo la admiro cuando la leo y deploro su 
bohemia cuando la miro. Usted, que no quiere parecerse a nadie, se 
parece demasiado a muchos poetas, críticos y autores teatrales de 
estos países, que se afeitan cada tres días, exhiben cuellos desaseados 




IOÓ AYER 

y pretenden que su melena sea una derivación capilar de la literatura. 
He dicho que no es usted el ideal de la mujer que yo prefiero, porque 
su temperamento aja su excelsa personalidad.» 

No se defendió, pero sus grandes ojos morunos parecían decir : 

«¿ Porqué me dice usted cosas tan ingratas ? » Cambié de tema, y 
entonces habló ella con la profundidad risueña que ponía en sus frases. 
Cerca suyo el tiempo transcurría sin término. 

Una hora después, al salir, díjome en voz baja la dueña de casa: 

«— ¡ Qué duro ha estado usted! ¡ Y qué falta le hacía a ella oir 
esas cosas ! Nadie se había atrevido a decírselas, pero todos la per¬ 
donan. » 

Mi propósito era despedirme de María Eugenia al bajar a la calle, 
pero me detuvo ella diciéndome familiarmente : 

«— Luis Enrique, hemos hablado de nuestras personas y olvidado 
hablar de nuestros escritos. Entremos un rato en la confitería del Jockey. 
Quiero decirle lo que pienso de un libro suyo.» 

Instalados ante una mesa, prosiguió : 

«— He leído su interesante libro 1 y estoy enojada con usted porque 
trata mal un montón de cosas que yo quiero mucho : los « caudillos 
épicos»... «la golilla simbólica»... «las banderías» solidarias... «los 
payadores líricos «... « el valor físico », virtud viril, primera entre todas 
las cosas !... « Los chasques » misteriosos y emocionantes entre su polva¬ 
reda, portadores de nuevas... Siquiera sacara usted todo eso para poner 
algo como lo griego, artístico y sereno.» 

«— Tal vez no comprenda yo a los griegos...» 

Sin hacerme caso continuó hablando : 

«— Una cosa me gusta mucho : cuando dice usted somos, me 
■parece ... este escrupulito es muy gracioso. Pero vea, hay algo todavía 
mas reñido con el arte que sus « problemas nacionales »: son sus adoce¬ 
nadas aventuras sentimentales de Francia, Clotilde y Luciano, ¡qué 
horror! ¡ Sin embargo, que estilo el suyo, a veces tan seductor, tan 
artístico y tocante cuando deja el motivo y se queda a divagar solito, 
de un modo puramente subjetivo ! Entonces le sale mejor cierto dejo 
doloroso (¡ que raro es en la forma !). No es el dolor de veras, sino otro 
mas chico, mas quimérico, ingénito y anónimo, done... sin remedio. » 

Su sonrisa quitaba gravedad al significado de sus palabras. 

«— No se haga usted ilusiones — siguió diciendo. El diálogo es lo 
más difícil que hay en literatura. Su construcción exige caüdades de 


1 La sociedad uruguaya y sus problemas, París, 1911. 



LA GENIAL BOHEMIA 


107 


estilo, naturalidad y hasta de asonancia que usted no ha revelado 
poseer. Mi amigo, renuncie a hacer hablar a sus personajes. Hay géneros 
que resultan inaccesibles a los mejores escritores. Para el teatro, por 
ejemplo, se hace indispensable una visión especial de que carecen muchos 
novelistas y poetas.» 

Aquel juicio de la ilustre mujer de letras me impresionó tanto que 
suspendí la publicación de mi relato novelado La amante amarga, que 
iba a dar a la estampa ; y sólo un cuarto de siglo mas tarde me resolví 
a entregarlo en Buenos Aires a mis editores, inducido a ello por la 
insistencia de mi amiga Zulma Núñez, que había leído los originales. 

Hablamos mas y de muchas cosas, y era ya la medianoche cuando 
cruzamos en diagonal la plaza Constitución hacia la esquina de Itu- 
zaingó y Sarandí. Las vías estaban casi desiertas y el influjo de la 
profunda paz montevideana nos volvió silenciosos. María Eugenia 
vivía en una casa situada en la calle Treinta y Tres entre las de Buenos 
Aires y Reconquista, y al llegar a su puerta puso una mano sobre mi 
brazo e insinuó : 

«— Me gustaría que me enviase alguna página literaria que no 
fuera para componer nada, sino a lo que salga ; algo extrahumano, 
libre, impersonal; porque tiene usted una gallardía estilicia que quisiera 
ver libre de prejuicios y prismas filosóficos...» 

«— Convenido — le contesté — y a mi vez le reclamo un autógrafo 
de su Holocausto. Es un desafío.» 

Quebrantaré en tu honra mi vieja rebeldía 
si sabe combatirme la ciencia de tu mano, 
si tienes la grandeza de un templo soberano 
ofrendaré mi sangre para tu idolatría. 

Naufragará en tus brazos la prepotencia mía 
si tienes la profunda fruición del océano, 
y si sabes el ritmo de un canto sobrehumano 
silenciarán mis arpas su eterna melodía. 

Me volveré paloma si tu soberbia siente 
la garra vencedora del águila potente ; 
si sabes ser fecundo seré tu floración, 
y brotaré una selva de cósmicas entrañas 
cuyas salvajes frondas rómánticas y hurañas 
conquistará tu imperio si sabes ser león. 

Cuando todo parecía que íbamos a seguir siendo buenos amigos, 
volvió a interponerse entre aquella mujer y yo el paradojal «anta¬ 
gonismo amoroso», hecho de atracciones y rechazos sucesivos. Nuestra 
última entrevista fué motivada por mi viaje a Europa en el otoño de 
1917, pero no le di noticia de mi reciente noviazgo. Solo debía volver 
a verla inanimada y gloriosa en el bronce de Belloni, entre las flores 
del Prado. 



io8 


AYER 


DOS CARTAS SUYAS 

Luis Enrique : Su última misiva, en armoniosa mezcla enojada y 
amistosa, irónica, espiritual, picaresca y cortesana, y que tiene como 
todo lo suyo un sabor exquisito de elegancia viril, me dejó ver lo grande 
de su enojo. Fue mi primer deseo enviarle a usted una satisfacción bien 
merecida ; yo no sé porqué, pues, lo dejo así, enojado. Ayer lo miré 
a usted varias veces para ver como le queda el enojo, y al salir le dije 
a una amiga : « Azaróla no me dió corte » y resolví olvidar su literatura 
y también... su uniforme. Este olvido no debía estar muy cristalizado 
porque hoy, al reconocer su letra, me dió alegría. 

Su laudatoria a la bandera es realmente magnífica. Constante con 
mi primera idea admiro en usted esa gallardía de que le hablé al prin¬ 
cipio. ¡ Qué razón tenía yo en desear de usted una página sobre tema 
fantástico, escrita sin ajustes obligados, que le permitiese a usted des¬ 
plegar esa brillante modalidad suya en su libre esplendor! Si es que 
pudiera existir una «onomatopeya visual», crea que en la elocuencia 
heroica de sus párrafos flamea el pendón con sus diversos símbolos 
entre los cuales no es por cierto menos seductor aquel que enseña de 
modo deslumbrante la excelsitud de su arte verbal. 

Le confieso que es esta la segunda carta que le escribo ; había en 
la otra mucha charla literaria y no quiero exponerme siquiera a diferir 
con usted ; quiero que nuestra fisura quede mejor soldada que la mía, 
que por cuidarla mal se ha reagravado. Usted fué bueno y me perdonó, 
yo también quiero serlo — noblesse oblige — la página que me envía 
es realmente magnífica y puedo por fortuna con usted ser sincera y 
galante. 

¿ Está conforme, mi respetuosa Horma ? 

Respetuosamente María Eugenia V. F. 

Luis Enrique : Deseando disipar por completo su antiguo rencor, 
yo quería ser pronta y complaciente al responder su carta, pero me 
dice usted en ella « que conmigo prefiere el combate al buen acuerdo »... 
y me estaba movilizando. La misión que me impongo ante usted es, 
pues, ambigua y ardua: complacerlo, combatiéndolo. 

Me invita usted a colaborar en su cruzada; lo haré, en parte, esto 
es : enrolándome en la legión contraria. De otro modo sería «buen 
acuerdo» y usted no lo quiere así. 

Creo que en estos días va a celebrarse un festival pro-Germania y, 
si la pereza nihilista que se me ha opuesto siempre a toda realidad me 
lo permite, diré algunas palabras de elogio sobre la militarización pru¬ 
siana, que considero la mejor organizada y que supongo en profunda 
discordancia de simpatía con el autor de Madame Clichy. Pongo así 



LA GENIAL BOHEMIA 


IO9 


« mi fuerza al servicio de una idea », como usted me lo indica, conser¬ 
vándome fiel a mi doble rol de complacerlo y combatirlo. Le envío los 
«pequeños dedos» para que usted los... quiero decir,para que usted 
les haga lo que dice en su carta que les hace. Van despojados de ata¬ 
víos : sin sortijas, sin guantes. Usted, partidario de la coquetería, tal 
vez los preferiría ornados con algunas de estas prendáis, pero esto sería 
ya « buen acuerdo » y usted no lo quiere así. Además, cualquiera de 
esas prendas podría servir de escudo, y en su afan de « combate » ellos 
no quieren que nada, nada se interponga. 

Saluda con su mas alto respeto María Eugenia V. F. 



CAPÍTULO UNDÉCIMO 


ELLA 


Las vacaciones de 1916 ; Punta del Este y Piriápolis. — La cordialidad 
en la vida de playa. — Riquette Saint ; su belleza moral ; su primer 
vals. — El manojito de « pervenches » ; inclinación sentimental ; el 
noviazgo. — Mi designación para la legación en Suiza. — La despedida 
del 1 de jimio. 


I Para mis nietas. 

En enero de 1916 obtuve del canciller Otero tres semanas de vaca¬ 
ciones que resolví pasar en las playas de Este. Al ascender al tren en 
la estación central tuve la satisfacción de encontrar a tres caballeros 
con quienes mantenía yo buenas relaciones, y que informados de que 
me dirigía a Punta del Este me invitaron a realizar el viaje en su com¬ 
pañía, pues llevaban el mismo destino. Acepté complacido, dado que se 
trataba de personas caracterizadas y de trato sumamente agradable. 
Los doctores Duvimioso Terra, Blas Vidal y Federico Escalada desem¬ 
peñaban funciones elevadas en la vida universitaria y el parlamento, 
y el primero de ellos, que unía vigorosas calidades de hombre de acción 
a una risueña espiritualidad, debía presidir años después el Senado 
de la República. El doctor Vidal era un exponente de cultura social 
y «dandysmo» de buen gusto ; había sido ministro de Estado y era 
hijo de un personaje de larga actuación legislativa y diplomática. A su 
vez, el doctor Escalada había ejercido durante treinta años la cátedra 
de filosofía en la Universidad. 

Al llegar a la que debía ser, andando el tiempo, una prestigiosa 
estación veraniega, y que sólo era entonces un pequeño oasis primitivo 
y fresco, nos alojamos todos en el hotel Biarritz y compartimos en su 
comedor la misma mesa. Aparte de esta interesante tertulia el hotel 
y la playa ofrecían pocos atractivos, y después de transcurridos ocho 
días decidí trasladarme a Piriápolis, punto que ya conocía por haberlo 
visitado antes, cuando ese popular balneario poseía solamente un 



ELLA 


III 


magnífico bosque, una playa con un hotel de madera y varios pequeños 
chalets dotados de un moblaje rudimentario. Era en 1903. 

En 1916 hallé, en cambio, un gran hotel confortable y rumoroso, 
lleno de gente joven a la que me incorporé de inmediato. La vida de 
playa ha faciütado siempre las vinculacionea amistosas, y entre el 
baño mañanero, los paseos a caballo y los juegos de salón, los grupos 
de muchachos y señoritas ocupaban todas sus horas en divertirse y en 
gozar de su libertad, sin malicia y sin alardes. 

En el comedor tuve por vecino de mesa a un señor francés cuyo 
nombre no he retenido y que me presentó a las dos familias de su misma 
nacionaüdad que veraneaban en el hotel. Los Morel y los Saint vivían 
el resto del año en Buenos Aires, donde el doctor Morel desempeñaba 
cátedras universitarias y el señor Saint ejercía actividades industriales. 
Ambas famiüas atrajeron mi atención preferente, pues hacía recién un 
año que yo me había ausentado de París y la nostalgia que sufría me 
acercaba a todo aquello que constituyese una evocación del idioma 
y las costumbres con las cuales había convivido durante tanto tiempo. 
El doctor Morel me acogió con simpatía y me admitió entre los suyos. 
En cambio, don Enrique Saint me dió la impresión de ser un hombre 
reservado o caviloso, impresión superficial que debí modificar después, 
al informarme que influía a la sazón en su carácter el estado de salud 
de su esposa, atacada por una enfermedad que ella afrontaba con 
cristiana entereza, esforzándose por dar a los suyos un ejemplo de 
serenidad admirable. Ese matrimonio tenía dos hijos, varón el segundo 
y niña la mayor, que contaba entonces dieciocho años. Enriqueta 
Saint, a quien familiarmente se la llamaba Riquette, aunque nacida 
en Buenos Aires era una francesita tímida que atraía enseguida por 
su sonrisa dulce y la ingenuidad de su fisonomía, reflejos de su índole 
bondadosa. Sin duda, se la educaba con la severidad razonada que era 
característica de la burguesía tradicional francesa, y había que atribuir 
su cortedad al temor de incurrir en una falta, pero en sus ojos parecía 
brillar la vida interna. Nuestras primeras conversaciones me revelaron 
una de las almas mas puras que me había sido dado conocer. Aceptó 
bailar conmigo el primer vals de su vida, y su emoción fue visible. 
Años mas tarde me confesó que aquella impresión y nuestra charla 
habían decidido de su destino sentimental. 

En el ambiente familiar de aquel feliz veraneo, las cabalgatas y los 
baños en común, las tertulias y las inevitables confidencias amistosas 
inspiraban afectos duraderos. Mi vinculación fraternal con Héctor 
Gerona tuvo lugar en la convivencia de Piriápolis, y a través de los 
años han perdurado en mi espíritu recuerdos tan gratos que no puedo 
yo retornar a aquel sitio, hoy transformado, sin experimentar una 
impresión profunda. Regresé a Montevideo al finalizar enero, llevando la 
nostalgia de mis nuevos afectos y un dejo de tristeza al suponer que ya no 
volvería a presentarse otra oportunidad de encontrar a Riquette Saint. 



112 


AYER 


Felizmente me equivocaba. Al mediar el invierno tuve la sorpresa 
de recibir un sobre con mi dirección del ministerio de Relaciones Exte¬ 
riores, y hallé dentro, en vez de una carta, un manojito de flores 
« pervenches », de un bello azul claro. No atinaba yo a dar con el origen 
del envío, cuando después de examinar todas las hipótesis un rayo de 
luz me aclaró la incógnita. «Les Pervenches » era el nombre de la 
quinta en la cual vivía la familia Saint en Temperley, localidad próxima 
a Buenos Aires y en la cual abundaban aquellas plantas... ¿ Sería 
Enriqueta la remitente del gentil recuerdo ? La coincidencia de los 
nombres de su casa y de las flores y algunos indicios de que la simpatía 
que había yo experimentado por aquella niña había hallado eco en 
su corazón, me produjeron tal emoción que ya no dudé que nuestra 
amistad iniciada en el balneario uruguayo tendría prolongaciones 
dichosas. Téngase en cuenta que era yo entonces un hombre jóven, 
de temperamento afectivo, y que mi amiguita me había impresionado 
por las calidades que yo he estimado siempre en las jóvenes porque 
son las que las hacen parecerse a los ángeles : el recato, el pudor, la 
pureza, la ingenuidad. No me atreví a acusar recibo del inesperado 
obsequio, pues temí rozar su sensibilidad al revelar que había descu¬ 
bierto el amable anonimato que ella había querido guardar, pero me 
propuse hacerle llegar un mensaje tierno tan pronto como las cir¬ 
cunstancias me lo permitieran. 

Al entrar nuevamente el verano volví a Piriapólis a disfrutar de 
las vacaciones reglamentarias, y recibí allí la mala noticia, por conducto 
de los Morel, de que el estado de salud de madame Saint se había 
agravado hasta el punto de hacer ilusorio cualquier proyecto de viaje. 
Sus familiares no se apartaban de su lado. Pero Elenita Scherrer, 
sobrina del doctor Morel e íntima de Enriqueta, me narró entonces 
las confidencias que había recibido de su amiga. No voy a repetirlas 
aquí, pero puedo decir que mi corazón vibró de gozo al saber que la 
niña a quién no había podido yo olvidar correspondía a mis sentimientos. 

Formé el propósito de trasladarme a Temperley tan pronto como 
terminase el veraneo, ver a Riquette, hablarle, pedirle que me confir¬ 
mase y confirmarle yo mismo nuestra mútua afección, y obtenido su 
asentimiento, solicitar de su padre la autorización para formalizar 
nuestras relaciones. 

Mis intenciones se vieron momentáneamente defraudadas, pues al 
regresar a Montevideo recibí la noticia del fallecimiento de madame 
Saint. Al informarme de ello ya no había tiempo para concurrir a sus 
exequias y ofrecer personalmente mis condolencias a sus familiares. 
Lo hice por carta, y transcurridos diez o doce días recibí la respuesta 
de Riquette. Conservo esa carta, juntamente con todas las otras que 
me fueron llegando al establecerse entre ambos una correspondencia 
que ya no debía interrumpirse. Están contenidas en tres volúmenes 
forrados de cuero, bajo esta mención : «Cartas de Riquette.» Deseo 



ELLA 


113 

que sean leídas por sus nietas como lo han sido por nuestra hija Mar¬ 
garita, y a fé que no hay epistolario en el mundo que supere al de aquella 
novia en ternura y santidad, testimonio escrito de las virtudes de su 
alma. 


II 

En el mes de marzo siguiente me trasladé a Buenos Aires para 
solicitar el consentimiento de don Enrique en vista de nuestros pro¬ 
pósitos, pero fué la misma Riquette que me indujo a aplazar la petición 
proyectada. Hallábase su padre dominado por una profunda congoja 
causada por la pérdida que había sufrido, pues amaba tiernamente 
a su esposa ; y con su mano entre las mías, conmovida por el mismo 
doloroso motivo y por la demora que exigían las circunstancias, me hizo 
ella prometer que esperaría yo en Montevideo el llamado que me haría 
para volver a verla y entrevistarme con su padre. 

Pero estaba escrito que nuestras dificultades no cesarían aún, y 
otro hecho, normal en las funciones diplomáticas, determinó mi aleja¬ 
miento del país. Fue mi designación como secretario de la legación de 
la República en Suiza, hecha a pedido de nuestro ministro plenipoten¬ 
ciario don Eduardo Acevedo Díaz, que acababa de ser presentido para 
desempeñar su cargo en Berna. En efecto, la ruptura de las relaciones 
diplomáticas y comerciales con Alemania había sido resuelta en prin¬ 
cipio por el gobierno uruguayo a comienzos de 1917, y sólo se esperaba 
una fecha propicia para anunciarla. Suiza iba a hacerse cargo de 
nuestros intereses en el Reich, y de ahí la urgencia en acreditar una 
representación permanente en Berna, que antes sólo existía como 
formando parte de la jurisdicción del ministro en Italia. Mi viaje estaba, 
pues, dispuesto por razones de Estado a las que debía someterme con 
espíritu de soldado. Así lo hice saber a Enriqueta, cuyas cartas me 
revelaron su hondo pesar ante la separación prolongada que iba a 
iniciarse y el nuevo aplazamiento de nuestros propósitos. 

Decidido a verla antes de tomar el barco y realizar el dilatado viaje 
que en aquellos días no estaba exento de peligros, convine por carta 
con ella la fecha de nuestra despedida; y el 1 de junio, víspera de mi 
partida para Europa, llegué a Buenos Aires. El relato de lo acontecido 
ese día y de las impresiones recibidas está en un diario que había yo 
empezado a escribir pocos meses antes y que no debía continuar, soli¬ 
citado por urgencias que no me dejaban tiempo para crónicas perso¬ 
nales ; pero voy a copiar una parte de las páginas que escribí en aquellos 
días decisivos de mi vida, treinta y cinco años ha, y que no puedo hoy 
releer sin experimentar una emoción profunda. 

«I de junio de 1917. — A las 10 de la mañana, recién desembarcado, 
hablé por teléfono con mi novia que me invitó a reunirme con ella una 


8 



AYER 


114 

hora después en la estación de Temperley y acompañarla hasta Consti¬ 
tución, pues iba a pasar la tarde con una familia amiga en la capital. 
Fui a buscarla e hicimos juntos el breve viaje, media hora apenas, bajo 
la mirada curiosa de la doméstica que la acompañaba. Era todavía 
la época en que las niñas no andaban solas por las calles de Buenos 
Aires. Me citó para las 5 y 30 de la tarde ante la verja de la quinta. 

Después de mi almuerzo recibí la visita de Raúl Sourbeck, que me 
trajo cartas para que las entregase a su padre al llegar a Berna. Fui 
con aquel amigo a la legación de Suiza a efectuar la visita protocolar 
al encargado de negocios, señor Traversini, con quien convine el esta¬ 
blecimiento de una valija diplomática mensual entre nuestra cancillería 
y la legación en aquel país, medida indispensable porque la censura 
de la correspondencia, impuesta por la guerra, dificultaba enormemente 
las comunicaciones oficiales confiadas al correo. Traversini me propor¬ 
cionó datos muy interesantes sobre la situación de su país, bloqueado 
casi por cuatro potencias beligerantes. 

Después de hacer algunas compras partí para Temperley, adonde 
llegué al cerrar la noche otoñal y emprendí a pie el camino de la quinta 
de Saint. Había una gran paz en el ambiente y una bellísima luna llena. 
Cuando me aproximé a la finca advertí que un coche se separaba de la 
puerta, y suponiendo que Riquette acababa de llegar esperé paciente¬ 
mente a diez pasos de la entrada. 

Al cabo de algunos minutos oí su voz que me llamaba, leve como 
un soplo, desde la verja. Ambos estábamos conmovidos, pues era 
aquélla, por mucho tiempo, nuestra última entrevista. Al día siguiente 
iba a partir yo para Europa, de donde ciertamente no regresaría mien¬ 
tras durasen las hostilidades, y no era solamente el océano que nos 
separaría : era la guerra x . 


Una hora después me indicó ella que debíamos separamos ; con 
la despedida empezaba un largo alejamiento, y su juramento de esperarme 
fué hondo y grave. Entonces sentí que algo nuevo, puro y grande 
entraba en mi alma. Moralmente nuestro hogar estaba fundado. 

Me alejé lentamente y volví el rostro a los pocos pasos. Su silueta 
inmóvil se perfilaba bajo los altos árboles. Le tendí un adiós y entonces 
sí, corrí un largo trecho por la calle desierta. » 


1 El autor juzga ocioso transcribir el relato de aquella entrevista en la cual quedó 
concertado el compromiso matrimonial. Son detalles que no interesan al público 
lector, pero los nietos de los protagonistas hallarán el texto de esa página de recuer¬ 
dos en el cuaderno mencionado, que se conserva en el archivo familiar. 




CAPÍTULO DUODÉCIMO 


LA MISIÓN EN SUIZA 
EL MINISTRO ACEVEDO DIAZ 


Nuestra política aliadófila; ruptura con Alemania y creación de una legación 
en Suiza. — Nombramiento del ministro Acevedo Díaz e integración 
de la misión ; mi partida. — La travesía del Atlántico en 1917 ; un 
viaje de guerra. — Llegada a España ; visito Cádiz, Sevilla, Córdoba, 
Madrid, Zaragoza y Barcelona. — Mi detención en la frontera francesa ; 
reclamación diplomática. — En Berna ; hombres de Estado suizos 
y diplomáticos extranjeros. — El rudo invierno de los Alpes. — La 
princesa espia. — Amigos predilectos ; la familia Sourbeck. — Perso¬ 
nalidad del ministro Acevedo Díaz. — Puntos de historia. 


I 

Como he dicho, en el otoño de 1917 el gobierno uruguayo resolvió 
pronunciarse oficialmente a favor de la causa de las democracias occi¬ 
dentales y romper sus relaciones diplomáticas y comerciales con el 
imperio alemán. Desde los preliminares de esa decisión se pensó confiar 
a Suiza la representación y la defensa de nuestros intereses en Alemania, 
y en vista de ello crear una legación permanente en Berna, que hasta 
entonces había sido atendida por los ministros acreditados en Italia. 
Con este motivo, se designó al eminente hombre público don Eduardo 
Acevedo Díaz como enviado extraordinario y ministro plenipotenciario 
ante el gobierno helvético, y se integró esa misión con dos secretarios, 
el señor Pedro Requena Bermúdez y yo. El ministro Acevedo Díaz 
partió en mayo de aquel año acompañado de Requena, y yo me embar¬ 
qué el 2 de junio siguiente en Buenos Aires en el vapor Reina Victoria 
Eugenia. 

En aquellos días había llegado a su apogeo la guerra submarina sin 
limitaciones, y los hundimientos alcanzaban con frecuencia a los barcos 
de países neutrales. De ahí que la partida de un transatlántico provo¬ 
cara despedidas emocionantes, y la largada de amarras del Reina 



AYER 


Il6 

Victoria Eugenia fué saludada desde las dársenas de Buenos Aires por 
una muchedumbre compacta. Durante todo el día cruzamos el Plata, 
calmoso y marrón, que nos recordó la fantasía de Lugones al calificarlo 
de « gran río color de león ». León de cara y melena sucias, si se le mira 
prosaicamente cuando el cieno asoma a la superficie. 

No vale la pena escribir notas sobre aquel viaje, verdadera travesía 
de guerra, monótona y tediosa, con pasajeros que procedían de ocho 
o diez países y de casi otras tantas clases sociales. Sólo mi relación 
con el poeta Oliverio Girondo se convirtió en amistad. También viajaba 
otro poeta, Julio Raúl Mendilaharsu, con su joven esposa. Fué esa 
mi última convivencia con aquel querido amigo, talentoso y bueno, 
que debía morir prematuramente en Montevideo pocos años después. 

El 15 de junio hicimos la siempre simpática escala de Tenerife, 
y tres días después el buque español amarró a los muelles de Cádiz 
donde finalizó mi travesía marítima. Partí para Sevilla esa misma 
tarde, y cuando el sol se ponía detrás de los olivares andaluces vislumbré 
desde el tren la torre gigantesca de la Giralda. Visitamos con Girondo 
la atrayente ciudad y admiramos su catedral, su alcázar, la casa de 
Pilatos, el barrio de Santa Cruz y los mesones del Guadalquivir. De 
Sevilla pasé a Córdoba, pues deseaba conocer sus callejas, sus mez¬ 
quitas y sus tipos árabes ; y pocos días más tarde llegué a Madrid 
donde me detuve una semana. 

Visado mi pasaporte por la embajada de Francia y autorizado a 
cruzar el territorio de ese país desde su frontera con España hasta la 
de Suiza — con exclusión de llegar a París — me puse en viaje para 
Zaragoza, donde visité la Pilarica, e hice un breve alto en Barcelona, 
llegando a la primera estación francesa, Cerbére, el 1 de julio. Tuve 
allí la sorpresa de ser detenido por la policía y conducido a una celda 
donde se procedió a una inspección severa de mis equipajes y papeles. 
La revisación duró tres horas, pero mis bolsillos y ropas interiores no 
fueron registrados ; no obtuve explicación de los agentes aduaneros y 
policiales que, sin duda alguna, ejecutaban órdenes superiores ; pero 
al llegar a Berna di cuenta de la inesperada incidencia al ministro 
Ace vedo Díaz, a quien entregué un memorándum que fué elevado a la 
cancillería uruguaya y por ésta a nuestra legación en París con la 
instrucción de formalizar una reclamación ante el ministerio de Nego¬ 
cios Extranjeros. Así se hizo, y sólo seis meses después el gobierno 
francés reconoció el error y presentó sus excusas. Toda la documen¬ 
tación relativa a este asunto se conserva en el archivo de nuestro 
ministerio de Relaciones Exteriores, así como sus conexiones con el 
proceso político seguido en Francia contra el exprimer ministro, 
M. Joseph Caillaux, que fué la causa involuntaria de mi incidente 
fronterizo. 

Hubo evidente exageración por parte del ministro francés acreditado 
en Montevideo, M. Lefébre, al señalarme a su gobierno como un pro- 



LA MISIÓN EN SUIZA 


117 


bable agente de enlace entre M. CaíUaux y los elementos que respondían 
a su política pacifista en Sud-Améríca; pero la presunción de que yo 
aprovecharía mi paso por París para llevar mensajes al viejo estadista, 
bastó para que se me negase autorización para llegar a la capital, y 
decidió al servicio de vigilancia política a realizar en la frontera un 
escrupuloso registro de mis equipajes y papeles. Naturalmente, nada 
fue hallado, pues bacía mas de dos años que yo no recibía cartas de 
M. Caillaux, ni en las pocas que me había escrito antes se hallaba men¬ 
ción al guna de sus planes, ni yo me habría prestado a ningún cometido 
de aquella naturaleza. 

Permanecí cuarenta y ocho horas viajando por el territorio francés 
bajo una disimulada vigilancia policial, y me detuve solamente para 
comer y dormir en Narbonne, Avignon y Lyon. Francia estaba con¬ 
vertida en un vasto campamento militar, pero todo parecía normalizado 
dentro de las circunstancias, adaptación admirable del espíritu público 
a la larga guerra. Al llegar a Berna me presenté al jefe de misión, quien 
hizo entrega de sus credenciales al presidente Schulthess el 10 de julio. 

Este hombre de Estado debía impresionarme por la abnegación 
con que desempeñaba sus funciones en aquel período tan difícil para 
su patria, que encerrada entre cuatro países beligerantes, no sólo man¬ 
tuvo una estricta neutralidad sino que conservó también su alta digni¬ 
dad y manifestó sentimientos de filantropía recibiendo en su territorio 
a millares de refugiados, heridos y {Misioneros liberados, Y todo ello 
en medio de privaciones de todo carácter. Recuerdo a otro consejero 
federal que fúé también presidente de la Confederación al terminar 
la guerra: M. Gustave Ador, ciudadano ginebrino que a los setenta 
y dos años de edad dejó su bogar para subir el rudo invierno de Berna, 
consagrado a la tarea de salvar a su país de los terribles peligros que lo 
circundaban. 

El alto magistrado a quien traté con mayor frecuencia en los comien¬ 
zos de nuestra misión fué M. Dunant, jefe del Departamento Político, 
como se denomina modestamente ai la Confederación Helvética al 
minis terio de Negocios Extranjeros. Me acogió con la sencillez pro¬ 
verbial de los suizos distinguidos; halda sido algún tiempo antes minis¬ 
tro en Montevideo y conservaba, allí amigos de quienes le proporcioné 
informaciones y recuerdos; pero M. Dunant dejó en ese mismo año 
su cargo en Berna para ocupar la legación de Suiza en París, puesto de 
responsabilidad que desempeñó durante mucho tiempo. Era hijo del 
ilustre ginebrino M. Henry Dunant, fundador de la Cruz Roja, que 
recibió en su ancianidad, en 1906, el primer Premio Nobel de la Paz. 

T r a sl ada do d ministro Dunant a Francia, debí realizar las gestiones 
de nuestra legación por intermedio de otro funcionario igualmente 
sencillo y si mp á t ico, M. Arthur de Pury, director de un organismo que 
se creó dentro del Departamento Político y que estaba destinado a 
atender la representación de los intereses confiados al gobierno federal 



n8 ayer 

por varias naciones en estado de beligerancia o cesación de relaciones. 
El señor de Pury poseía una vasta ilustración, pues había sido alumno 
de la Academia de Neuchátel y obtenido su doctorado en la Universidad 
de Leipzig ; fué nombrado ministro plenipotenciario en Buenos Aires 
y Montevideo algunos meses después, y llevó a ambas capitales sus 
reconocidas dotes de distinción, saber y discreción. 


II 

Conocía yo Berna superficialmente, pero cuando la detallé en mis 
caminatas cuotidianas no pude menos que admirar sus perspectivas 
y contornos, y especialmente la maravillosa decoración verde realzada 
en la cima de las altas montañas por las nieves eternas... Uno de mis 
viejos libros contiene el relato de mis impresiones sobre la incomparable 
capital helvética 1 . 

El 8 de octubre recibimos la comunicación oficial de nuestra ruptura 
de relaciones diplomáticas con Alemania, iniciándose con este motivo 
un período de actividad en la legación. Por aquellos días comenzó el 
invierno que debía ser largo y rudo en la región de los Alpes, donde 
conocí temperaturas de doce y quince grados bajo cero, tormentas de 
nieve y depresiones morales. En efecto, el cuerpo diplomático se había 
sometido espontáneamente a los racionamientos impuestos a la pobla¬ 
ción del país; carecíase de elementos casi indispensables ; el carbón 
escaseaba, lo que significaba poseer una calefacción insuficiente ; en 
las comidas, había que optar entre un plato de carne, o de pescado, 
o de huevos, pero nunca dos de ellos en el mismo menú ; casi no había 
azúcar ni manteca pero confieso mi admiración ante la disciplina de 
aquel pueblo que se sometía sin quejas y sin violaciones a las más duras 
disposiciones. Recuerdo cariñosamente que mi buena madre había 
obtenido del ministerio de Relaciones Exteriores la autorización de 
enviarme mensualmente un kilo de yerba mate y otro kilo de azúcar 
por la valija diplomática. Esta ayuda materna me permitió endulzar 
el café del desayuno — achicoria pura — y engañar con mate amargo 
mis deficiencias alimenticias. 

El ministro Ace vedo Díaz se alojaba en el hotel tradicional de 
Berna, confortable y lleno de una distinción a la antigua, cuyas terra¬ 
zas tenían vistas admirables sobre las montañas del Oberland. El 
Bemerhof era, a la vez, sede de otras misiones diplomáticas, y las 
exigencias de la guerra mantenían en actividad a elementos cuyos 
cometidos políticos y militares asemejábanse mucho a maniobras de 


1 La huella de mis sandalias, Buenos Aires, 1924. 



LA MISIÓN EN SUIZA 


119 

espionaje. Confieso que descubrí aspectos sumamente interesantes en 
aquellos ajetreos, y aunque siempre puse el mayor cuidado en mante¬ 
nerme ajeno a sus contagios, estuve a punto de verme complicado en 
una aventura que había tenido origen en París, tres años antes, y que 
amenazó envolverme durante mi estancia en Suiza. 

Dicha aventura es conocida por haberle dado publicidad una edi¬ 
torial de Santiago de Chile cuatro lustros después de acaecida, en un 
opúsculo que se intituló La princesa Leczyka, y que, en mi opinión, 
debió llamarse La princesa espía. No voy, pues, a repetir una narración 
ya difundida, pero desaparecidos hoy todos los que actuaron en aquellos 
episodios puedo indicar sus nombres auténticos. La protagonista era 
Jeanne-Marie Solange, esposa legítima del príncipe polaco Adán de 
Wisniewska, y ella fué quien me ofreció en 1914 la dirección de su 
magazine internacional, que decliné quizás ásperamente. Como se ha 
relatado, volví a encontrarla, ya viuda, en el Bernerhof, en el papel de 
agente político de una potencia beligerante ; y el Juan Peter a quien 
se nombraba así para no revelar su identidad, era don Enrique de 
Árraga Vidal, caballero uruguayo que se vió complicado en episodios 
de la guerra por indiscreciones del agente diplomático alemán acredi¬ 
tado en Buenos Aires, cuya clave secreta fue descubierta. No fue en 
Madrid, en la carrera de San Jerónimo, sino en Buenos Aires y en la 
avenida Corrientes donde tropecé largos años después con la princesa, 
envejecida y pobre. Reserva hecha de estos cambios de nombres y 
lugares, toda la crónica publicada en Chile es verídica, y una buena 
parte de la vida novelesca de la Wisniewska fué también relatada en 
el libro Les espionnes á París, del comandante Emile Massard, 
adjunto al cuartel general del ejército de París, y editado por Albin 
Michel. 

La única representación diplomática con rango de embajada acre¬ 
ditada ante el gobierno federal era la de Francia, en virtud de ante¬ 
cedentes seculares; pero Suiza estaba dispensada de reciprocidad y 
mantenía una legación en París. Los grandes acontecimientos ocurridos 
en Europa y el mundo después de 1914, la situación de capital inter¬ 
nacional atribuida a Ginebra al funcionar allí durante veinte años la 
Liga de las Naciones, y la tendencia generalizada de elevar la jerarquía 
de las misiones permanentes, no han logrado modificar el criterio demo¬ 
crático de Suiza, que sólo nombra ministros plenipotenciarios donde 
cualquier repubüqueta se permite designar embajadores. Recuerdo 
que cuando llegué a París en 1904, el número de éstos apenas llegaba 
a seis: eran los de Gran Bretaña, Alemania, Austria-Hungría, Italia, 
Rusia y España. Hoy hay cuarenta, algunos de los cuales toman en 
serio su investidura y créen en la importancia de las tribus que repre¬ 
sentan porque éstas han sustituido el taparrabo por el pantalón... El 
ilustre intemacionalista doctor José León Suárez ha demostrado la 
contradicción entre la democracia y las embajadas, pero en nuestro 



120 


AYER 


tiempo sólo la virtuosa Helvecia mantiene su austera dignidad y con- 
cilia sus instituciones con sus representaciones diplomáticas 1 . 

El embajador de Francia era M. Dutasta, a quien Clémenceau 
quería paternalmente, y al mantenerlo en un país vecino le reservaba 
funciones de confianza en negociaciones próximas. En efecto, Dutasta 
fué nombrado secretario general de la Conferencia de la Paz de 1919, 
siendo sensible que la muerte le haya sorprendido en plena madurez 
de su edad. 

Tuve la satisfacción de encontrar en Berna, como ministro de Chile, 
a mi amigo don Marcial Martínez de Ferrari, que lo había sido anterior¬ 
mente en Montevideo. La legación del Brasil estaba a cargo del barón 
de Río Branco, hijo y nieto de grandes diplomáticos de quienes había 
heredado, sino el talento, con certeza la discreción y el savoir-vivre. 
Río Branco tenía tres colaboradores que andando el tiempo habían de 
llegar a altas posiciones : el primer secretario, Leáo Velloso, que fué 
ministro de Negocios Extranjeros al terminar la segunda guerra mun¬ 
dial ; José Roberto de Macedo Soares, con quien me unió una buena 
amistad y que debía yo volver a hallar en España y en Argentina, 
hasta culminar él su carrera como embajador en Uruguay ; y debo a su 
hermano, el doctor José Carlos de Macedo Soares, presidente de la 
Academia de Letras, atenciones inolvidables. El tercer secretario de la 
representación brasilera era mi querido amigo Ouro-Preto, con quien 
nos volvimos a encontrar en Chile al correr los años y que ha alcanzado 
también la jerarquía de embajador en Francia. Fué su padre, el conde 
Alfonso Celso, presidente perpetuo del Instituto Histórico y Geográfico 
Brasilero, quien debía consagrar en 1932 mi libro La epopeya de Manuel 
Lobo, en un juicio crítico que escribió en el Jornal do Brasil y que 
constituyó el primer antecedente de mi incorporación a la ilustre 
compañía. 

Tuve también la suerte de hallar en Berna a una familia que me 
acogió como un hijo, gracias al afecto recíproco que nos profesábamos 
desde que nos conocimos en París. Me refiero a M. Théodore Sourbeck, 
su esposa y su hija, esta última niña aún, pero dotada de cualidades 
admirables. Sourbeck había desempeñado en Francia funciones diri¬ 
gentes en la Compañía del Lloyd Norte-Alemán, y en su casa y mesa 
hospitalarias traté a gentes de relieve y elevada cultura que luego la 
guerra dispersó. Aquella familia esperaba en su país de origen, pues 
era suiza, el término de las hostilidades ; se alojaba en una pensión 
llamada «La Favorita», muy apreciada por sus bellos jardines y 
excelente cocina, lo que pude comprobar con placer pues aquella casa 
fué para mí como un hogar a donde concurría casi diariamente ; y 
celebrábamos tertulias que se prolongaban a veces hasta la medianoche 
con asistencia de amigos suyos y míos. Sourbeck era un erudito y un 


1 José León Suárez, Las embajadas. 



LA MISIÓN EN SUIZA 


121 


políglota que conocía a fondo varios idiomas 1 , facultad que heredó su 
hija a quien llamábamos «la Pázula». Nuestra amistad continuó des¬ 
pués de finalizado mi cometido en Helvecia ; la ausencia no disminuyó 
el cariño recíproco que nos unía ; nunca dejamos de escribimos ; y 
hoy, ya desaparecidos los amados viejos, sigo siendo para ella el hermano 
lejano a quien no se olvida. Como se verá en su lugar debíamos volver 
a encontrarnos treinta años después. 


III 

Cumplidas las ceremonias oficiales del primero de año, obtuve de 
mi jefe una licencia para trasladarme a Lausanne, la ciudad encanta¬ 
dora que, como lo he repetido, yo amaba de antiguo, así como su lago 
y aldeas ribereñas. Regresé a Berna con los primeros anuncios de la 
primavera. 

Como su esposa e hijos habían quedado en Buenos Aires, el ministro 
Acevedo Díaz no tenía cerca suyo sino dos hombres que podían pro¬ 
digarle su consideración afectiva : el secretario don Pedro Requena 
Bermúdez y yo. Nuestro jefe era hombre anciano y enfermo ; había 
llevado una vida combativa que se moldeó en las turbulencias de su 
época ; y fué durante su misión en Suiza que escribió sus últimas páginas 
y me dió a conocer interesantes antecedentes de historia política, 
principalmente del último tercio del período feudal uruguayo. Desauto¬ 
rizado por su partido, cambió su actuación interna por las actividades 
diplomáticas ; pero el mayor prestigio de su pluma procedía de sus 
novelas históricas cuyo valor se acrece a medida que transcurre el 
tiempo. Su autor tiene ya y tendrá más aún la consagración de la poste¬ 
ridad, y para mí constituyó un honor el haber sido su colaborador 
inmediato durante su última misión en el extranjero, ya en las postri¬ 
merías de la primera guerra mundial. 

El invierno de los Alpes, soportado en medio de severas restricciones 
impuestas a la vida, y como he dicho, con limitados recursos de aumen¬ 
tación y casi sin calefacción, quebró su organismo debilitado sin abatir 
su firmeza moral. Aún en los días en que la gravedad de los aconteci¬ 
mientos políticos y militares que se producían a nuestro alrededor 
angustiaba los espíritus mas fuertes, él conservó una fe inquebrantable 
en el triunfo de la causa abada ; y sólo cuando se producía el derrumbe 
de los imperios centrales y se anunciaban los prolegómenes del armisti¬ 
cio, consintió en resignar sus altas funciones y retornar al seno de su 
familia. Lo llevé a Buenos Aires con toda clase de riesgos y dificultades, 


1 Apéndice, letra H. 



122 


AYER 


vencido por los achaques físicos, pero dispuesto a recibir la muerte 
con la entereza serena de su temple romano. 

Me hallaba nuevamente en Europa por los años de 1921 cuando 
recibí la noticia de su deceso ; y no me preocupé en informarme de los 
juicios que la prensa del Plata expresó sobre el personaje desaparecido, 
porque sean cuales fueren los elogios o las reservas que se formularon 
acerca de la acción política y la obra literaria del señor Ace vedo Díaz, 
mi concepto estaba hecho en el sentido de que su figura pertenecía 
a la historia, única capaz de establecer el juicio definitivo que las pers¬ 
pectivas del tiempo y la eliminación de los factores pasionales permiten 
abrir sobre las personalidades que actuaron en la borrasca y vivieron 
en el cuadro de sus violencias. 

Pero si el dictamen imparcial sobre el hombre y su labor pública 
queda librado al pensamiento del porvenir, el testimonio de los que le 
vieron en la obra puede contribuir a preparar el monumento que le 
decretará la justicia histórica; y el ilustre publicista tendrá la consa¬ 
gración propia de los varones de excepción cuya silueta se va alzando 
ante el criterio de la posteridad a medida que se diluyen en el vacío 
la de aquellos que intentaron proyectar sombras sobre sus virtudes 
y su gloria. 

TRES NOTAS DEL MINISTRO ACEVEDO DIAZ 

Ciertamente a mi pedido el gobierno norteamericano envió en 1904 
una pequeña escuadra a Montevideo, al solo objeto de saludar al presidente 
de la República. 

Pero ésto, bajo ninguna forma, fué una solicitud de intervención, según 
consta de modo apodíctico de la única documentación, privada y confi¬ 
dencial, que existe en las dos cancillerías, suscripta por Mr. John Hay 
y por mí. 

El único objeto que tuvo este acuerdo fué el de ejercer la presión moral 
necesaria en el gobierno argentino para que se respetasen las leyes de neutra¬ 
lidad, tratándose de contiendas domésticas del país vecino. 

Al efecto, y por acto espontáneo del gobierno norte-americano, este 
impartió instrucciones bien discretas a su ministro en Buenos Aires. 

En consecuencia, no fué el propósito del gobierno uruguayo ni el mío 
personal, requerir intervenciones de ninguna especie. 


Efectivamente, fui yo el autor exclusivo y único responsable del folleto 
titulado Correndo o veo (1908), a raíz del conflicto de jurisdicción de aguas, 
escrito al solo fin de poner al gobierno argentino en el caso de desentenderse 
de la conducta y procederes de su ministro de relaciones, doctor Zeballos ; 
lo que se logró, según lo expresaron asi los principales órganos de la prensa 
argentina. 

Cierto que allí se habla de la propiedad de la isla de Martín García, 
puesto que el mismo doctor Zeballos reconocía por los tratados del 56 y 57 
que era res nullius ; pero esto no implicaba de manera alguna que, a mi 
juicio personal, debiera hacerse cuestión radical de ella, tratándose ya de 
un hecho el cual talvez no conviniera insistir por múltiples razones. 



LA MISIÓN EN SUIZA 


123 


La forma y medios empleados para la edición de ese folleto, se explican 
fácilmente, a fin de no comprometer a mi gobierno y a mi carácter de minis¬ 
tro, en un debate o conflicto a que era ajeno y cuya responsabilidad me 
era a mí solo imputable. 


En cuanto a la referencia que en un reportaje hice a las opiniones del 
general Mitre acerca de la propiedad de Martín García, cúmpleme decir 
que yo no manifesté que dicho publicista hubiese declarado que la isla 
pertenecía al pais ribereño ; sino que los elocuentes argumentos aducidos 
en la convención de 1860 por el general Mitre, a favor del derecho del Estado 
de Buenos Aires a esa propiedad, contra las pretensiones de la Confederación, 
eran en un todo aplicables a la República Oriental, incluidos entre esos 
argumentos los de orden internacional sostenidos por las altas cortes de 
justicia en Norte-América, en cuyo concepto ningún abogado mas hábil 
pudo tener el país ribereño en su defensa. 

Ignoro hasta el presente quien pudo poner mano en ese reportaje, para 
subvertir los términos en que me expresé ; pero puedo asegurar que no fue 
ningún miembro del personal de la legación ni tampoco del personal de la 
redacción del diario que lo publicó. 

SILUETA 

Como entidad física, parece un compuesto de serúmen y de secreción 
nasal. Como entidad moral, acredita ser derretible en la lisonja, un conglo¬ 
merado de ácidos corrosivos en la difamación y la intriga, una expresión 
máxima de lo simulado y lo pérfido contra quien le haya hecho un beneficio. 

En una selva, sería príncipe real de simios no clasificados por Darwin ; 
en una isla desierta, un vibrión de hombre prehistórico. 

En los salones, una momia de la elegancia de los tiempos de Baudelaire. 



CAPÍTULO DÉCIMOTERCERO 


EL ANHELO CUMPLIDO 


El regreso al Rio de la Plata con el ministro Acevedo Díaz. — La escala en 
Montevideo ; el epistolario de Riquette ; sus revelaciones. — La espera 
fiel de la prometida; nuestro noviazgo ; una primavera venturosa. — 
Doña Margarita Eschemann de Saint. — La personalidad de la abuela. — 
La boda en Montevideo. 


Las circunstancias coadyuvaron para que el anhelado regreso al 
Río de la Plata no se dilatase demasiado, pues al mediar el año 1918 
se hizo patente el retroceso de Alemania en su doble aspecto militar 
y político, al mismo tiempo que la salud del ministro Acevedo Díaz 
empezó a declinar en razón de viejos males agudizados por la separa¬ 
ción de la familia y las dificultades de la vida en aquel último período 
de la guerra. En julio se decidió a pedir una Ucencia al gobierno para 
regresar a su hogar en Buenos Aires, donde vivían su esposa e hijos ; 
y al acordársele aquélla fui autorizado por la cancillería para acom¬ 
pañar al ministro en su viaje de retorno. Tuvimos dificultades para 
obtener camarotes en un buque español dada la afluencia de pedidos 
análogos ; pero salvados los obstáculos iniciamos el viaje desde la 
localidad de Chexbres, estación climatérica situada en la falda de las 
estribaciones valdenses que caen hacia el Lemán sobre el cual presentan 
vistas soberbias. En aquel punto habíamos pasado con el señor Acevedo 
Díaz algunas semanas del verano, atendiendo al trámite de los asuntos 
corrientes por deferencia del gobierno federal. Cruzamos el lago el 28 
de agosto ; asistimos a una despedida que nos otorgaron en Ginebra 
el cónsul general don Arturo Brown y su esposa, y viajamos luego a 
Barcelona con todas las dificultades propias de aquel momento histó¬ 
rico, dificultades que iban desde los continuos retardos y cambios de 
trenes hasta la revisión reiterada e impertinente de los pasaportes, sin 
contar con los frecuentes cierres de fronteras. Cuando pasamos la de 
España nos pareció entrar en un mundo nuevo donde abundaban todos 
los recursos necesarios para la vida, y el 4 de septiembre nos embar- 



EL ANHELO CUMPLIDO 


125 


camos en mi conocido vapor Reina Victoria Eugenia que nos devolvió 
al Río de la Plata después de una travesía que duró exactamente tres 
semanas, agravada con una epidemia de grippe que contagió a todos 
los pasajeros y que fué probablemente el vehículo de la que estalló 
inmediatamente después en Montevideo y Buenos Aires, 

Al bajar en mi ciudad natal durante la escala, tuve la satisfacción 
bien ganada de reunirme con mi madre y mis once hermanos alrededor 
de la mesa familiar. La nota triste fué la noticia del deceso de nuestra 
anciana abuela, mamá Carolina, acaecido quince días antes en aquel 
hogar donde había pasado sus últimos años. Allí me fueron entregadas 
varias cartas de Riquette. Me decido a reproducir fragmentos de una 
de ellas porque constituyen la revelación de su admirable espíritu ; 
y si alguien se preguntase porqué doy publicidad a una carta íntima, 
diría que lo hago porque su lectura es un testimonio fiel de las virtudes 
de aquella niña que tanto debía parecerse a la María de Jorge Isaacs. 
Si ella viviese no la reproduciría, pero su pensamiento, apagado hace 
años, se ilumina nuevamente en la página que sigue. 

Temperley, agosto 12 de 1918. 

...Estas cartas ya no llegarán a tus manos en tierra extranjera sino en 
la tuya, y me parece un sueño cuando pienso en ello. Te hallarán en Monte¬ 
video, en tu casa, rodeado de los tuyos felices de verte nuevamente, y mas 
cerca de tu novia que cuenta con impaciencia los días y las horas que la 
separan de su amado. 

Desde el sábado por la noche tengo en mi poder todos los retratos que 
de tí conserva tu mamá. Te confieso que en algunos estás muy feo. Son los 
sacados en Gruyere y otro en que estás trepado en un árbol. Este último 
sobre todo es espantoso ; sino dijera detrás que eres tú, yo lo negaría. Otra 
cosa, mi señor : el bigote que llevas en varios retratos te envejece horri¬ 
blemente. Por suerte ya no lo llevas y además es mucho mas higiénico — 
como dice una muchacha. ¡ De militar estás muy bien, solo que parece que 
fueras a tragarte medio mundo ! Con tu hermanito pareces un joven papito. 
Y ahora vienen los que me gustan : tus retratos a los 4, 9 y 14 años me 
tienen chocha. Estás entonces muy parecido a los que me enviaste. A los 
cuatro años tienes la misma expresión en los ojos que la que me enviaste 
en septiembre pasado, y a los nueve años te encuentro mas parecido a la 
de enero último. A los catorce años tienes una expresión que he visto muchas 
veces en tus ojos. 

Ahora que los he visto estoy contenta y mañana los enviaré de nuevo 
a tu mamá. 

Anoche fui al Colón. Era la última función de abono y se estrenaba una 
obra que se representa por primera vez en el mundo entero. Es « Jacquérie», 
de Marinuzzi, el joven director de la batuta del Colón. Ese muchacho es 
un verdadero genio musical. Ha sido un magnífico triunfo para él, y eso 
que el público de Buenos Aires es muy exigente. Para el autor es una consa¬ 
gración. La obra es hermosa y el argumento interesante ; pasa en Francia 
en 1350, y «la mise en scéne » muy linda. El Colón se venía abajo de 
aplausos : nunca he visto un entusiasmo tal. Marinuzzi estaba muy emo¬ 
cionado y no sabía como agradecer, y tomando en brazos a un pequeño 
que hacía de paje le hizo enviar besos al público. 

Fui con mis tíos Marcela y Emilio y vinieron también Grenier y su 



126 


AYER 


señora. Dormí en casa de Marcela, y esta mañana vinieron los dos diablillos 
de mis primitos con sus picardías. Me levanté a las diez, y al llegar a casa 
me encontré con tu carta del i de julio, las postales de la exposición de 
Berna y una revista de Montevideo. Muchas gracias por todo, pero todavía 
me faltan tres cartas anteriores que espero no tardarán en llegar. 

...Quería yo dejar para nuestras entrevistas el hablar de nuestro casa¬ 
miento, pero no puedo resistir al deseo de decirte aquí lo que pienso. 

Primeramente déjame que te diga con toda franqueza, con toda el 
alma, que me encamino a la realización de mi dulce sueño de ser tu esposa 
y compañera para siempre, con el corazón absolutamente tranquilo y la 
convicción de que unida a tí seré feliz. Todo mi ser me dice que no debo 
temer el porvenir, que puedo tener confianza en el futuro. Voy, pues, sin 
miedo, dichosa de confiarme toda a tí y a tu cariño ; dichosa de darte mi 
vida entera y todos los latidos de mi corazón que te pertenece desde hace 
tanto tiempo. 

Cuento las semanas y los días, y quisiera realizar muy pronto el plan 
que me expones. Será mi felicidad realizada. Nadie podrá separamos y 
ninguno de los dos ignorará nada relativo al otro : no seremos mas que uno. 
Enrique, aspiro como tú a nuestra unión a la que tenemos tanto derecho. 
Continuamente pido al cielo que nos podemos casar en diciembre. 

En está página como en las otras que me escribía constantemente 
están nítidamente reflejados los sentimientos de Riquette : su amor 
ingenuo, su confianza en la vida y la nobleza de sus anhelos. Parecía 
que aguardaba a su prometido ciñendo cada mañana a su frente la 
corona de azahares y colocando en su cabeza el velo nupcial. Así me 
esperó, sonriente y serena, persuadida que ni mi prolongado aleja¬ 
miento, ni la distancia inmensa, ni las amenazas del mar impedirían 
la cristalización de su sueño juvenil. Y fué así, como ella y yo lo quisi¬ 
mos y como Dios nos lo acordó. 

El 26 de septiembre desembarqué en Buenos Aires después de 
despedirme del señor Acevedo Díaz, que fué recibido a bordo por sus 
familiares ; y esa misma tarde, a la misma hora en que dieciséis meses 
antes me había alejado de Riquette, la hallé de nuevo en la verja de 
su quinta de Temperley, fiel a su promesa de esperar mi regreso con 
el mismo amor que en la hora de la partida. 

Fuimos hasta el banco que con el viejo sauce que lo protegía iba a 
escuchar nuestras confidencias. Allí convinimos en que ella informaría 
a su padre de mi presencia en Buenos Aires, solicitándole que me acor¬ 
dase una entrevista. Así lo hizo, y el señor Saint me recibió días después 
en su oficina de Barracas acompañado de sus hermanos Pablo y Emilio. 
Nuestra conversación fué cordialísima, y al retirarme llevé la persua- 
ción de haber dado término a las demoras que anteriormente habían 
dificultado la formalización de nuestras aspiraciones. 

Entonces comenzó para mi prometida y para mí un período cuyo 
recuerdo guarda mi alma. El 11 de noviembre, en horas de la mañana 
y en momentos en que Buenos Aires y todo el mundo Ubre abandonaban 
sus ocupaciones para aclamar en las calles y plazas la celebración de 
un armisticio que consagraba la derrota de los imperios centrales, 



EL ANHELO CUMPLIDO 


127 


don Enrique Saint me llamó por teléfono para invitarme a concurrir 
a su quinta. Esperóme allí con su vieja madre y sus dos hijos,y con 
ellos me sentó a la mesa tendida bajo los árboles. Se unieron, pues, 
en un mismo acto la alegría de una victoria esperada durante cuatro 
años y la alegría de una nupcialidad basada en un hondo afecto recíproco. 

Desde ese día fui autorizado a concurrir a la quinta de Temperley 
para almorzar con Riquette y los suyos, y pasábamos luego las tardes 
bajo la sombra de los grandes árboles que hacen de aquel parque nna 
de las propiedades privadas más hermosas de las cercanías de Buenos 
Aires. Se conserva aún hoy como estaba entonces, destacándose una 
avenida de eucaliptos de gigantesco desarrollo, y un gomero probable¬ 
mente contemporáneo de las invasiones inglesas, cuya base mide siete 
metros de circunferencia. Otra atracción bellísima la constituía el 
rosedal formado por la madre de mi novia, doña Margarita Eschemann 
de Saint, en la úl tima etapa de la enfermedad que la llevó a la tumba 
cuando había cumplido apenas cuarenta y dos años de edad. Eran 
ciento veinte rosales, distintos casi todos; la mayor parte procedían 
de Francia; había grandes rosas té, cuyo color delicado contrastaba 
con los tonos fuertes de otros ejemplares ; y pétalos blancos que mos¬ 
traban bordes rojos. En el centro del jardín se destacaba un aljibe con 
sus hierros coronados por otras especies trepadoras. Ese rosedal privi¬ 
legiado existe todavía, aunque las plantas iniciales han debido ser 
reemplazadas al morir por otras de menos valor artístico. La dama 
que creó ese ambiente de paz y hermosura pasó allí las ultimas prima¬ 
veras de su vida, y probablemente en su alma buena se confundieron 
el p erfum e de las rosas y la dulzura mística de su precoz ocaso. 

Fué junto a ella que la niñez de Riquette conoció las virtudes que 
debían prolongar en la hija el ejemplo de su progenitora. 

En ese lugar de flores y recuerdos gustaba mi prometida sentarse 
conmigo en aquellos días inolvidables durante los cuales me fué dado 
conocer a fondo los sentimientos de la mujer amada Al alejarme de 
su lado a la hora del crepúsculo ponía ella en mi ojal una flor de « per- 
venche», evocación sentimental de aquel manojito que me había 
enviado en forma anónima dos años antes. 

Hablaba ella el francés con acento puro y se expresaba corriente¬ 
mente en inglés. Había hecho sus primeros estudios en el colegio de la 
Providencia, y llevada luego a Inglaterra ingresó como pupila en una 
institución educacional situada en Brighton y di rigi da por religiosas. 
Acompañó a sus padres en sus viajes por Europa, deteniéndose especial¬ 
mente en Francia y Suiza. A su regreso a Buenos Aires continuó sus 
estudios musicales bajo la dirección del maestro Felice Lébano, alcan¬ 
zando el diploma de profesora elemental de arpa ; su vocación artística 
se mantuvo siempre ágil, revelándose en los conciertos en que tomaba 
parte ; y cuando en el curso de los años las tareas de su hogar la aparta¬ 
ron de aquel noble instrumento que exigía largas horas de consagración. 



128 


AYER 


no dejó por ello de asistir a los recitales de piano, juzgando con acierto 
a los ejecutantes. Su amor por la música era tan hondo como el que 
sentía por las flores, y la expresión de su rostro se tornaba casi mística 
al escuchar un trozo clásico como al sostener en sus manos y aspirar 
el perfume de un ramo de rosas. 

En el curso de noviembre vino mi madre a Buenos Aires acompa¬ 
ñada de mi hermana Lucía a pedir la mano de Riquette, y expresó a 
mi futuro suegro su deseo de que la boda se realizase en nuestro hogar 
montevideano, ofrecimiento que fué aceptado por el señor Saint que 
se evitaba con ello toda clase de compromisos. Mi novia se declaró muy 
contenta, pues siempre había tenido verdadero cariño por Montevideo. 
Días después tuvo lugar en Temperley lo que los franceses llaman 
«le diner de ñamadles », al cual asistieron todos los familiares presentes 
en Buenos Aires. Lo presidió la abuela paterna de Riquette, madame 
Desirée Peter de Saint, anciana a quien debía yo querer sinceramente 
pues era la personificación de las viejas virtudes francesas, por su amor al 
hogar, su amplio espíritu, su admirable discreción, su generosidad y su 
«esprit gaulois», que se manifestaba en su conversación y sus anéc¬ 
dotas. Vivió ochenta y seis años, y se complacía en evocar la coopera¬ 
ción que había dado a su marido, don Abel Saint, en la iniciación de 
sus actividades industriales que culminaron en el curso de los años en 
una prosperidad siempre creciente. 

Fué en compañía de esta dama y del señor Saint que mi prometida 
y yo fuimos a Montevideo y celebramos nuestro matrimonio en la 
casa de mamá, calle Maldonado y Vázquez, el 20 de diciembre de 1918. 
Podría decir mucho sobre aquel acto memorable de mi vida, pero 
prefiero guardar en mi corazón los recuerdos de una felicidad que se 
afirmó aquel día y que debía subsistir hasta que el destino me reservó 
la más terrible y dolorosa de las sorpresas. No debo anticipar los aconte¬ 
cimientos. 

Riquette quiso que pasáramos los días siguientes en Piriápolis, en 
el mismo hotel donde nos habíamos conocido casi tres años antes, y 
allí fuimos a evocar la memoria de nuestro primer encuentro. Poco 
después se me ofreció un traslado diplomático mediante el cual pasaba 
yo de la legación en Suiza a la de Brasil, cambio que acepté en razón 
de que, aunque no representaba un ascenso de grado, se me confiaba 
las funciones de primer secretario mientras permaneciese en Río de 
Janeiro. A esta capital llegamos en los primeros días del otoño, trans¬ 
curriendo nuestra luna de miel en el marco incomparable de bellezas 
naturales que hacen de Río una de las regiones privilegiadas del mundo. 



CAPÍTULO DÉCIMOCUARTO 


EL NUEVO HORIZONTE 


Nuestro alejamiento de Río ; los motivos. — Recepción desfavorable en 
Montevideo ; « el barómetro » de Relaciones Exteriores; deficiencias 
de la organización ministerial. — La acogida del presidente Brum.— 
El canciller Domínguez ; su personalidad. — Traslado a una estación 
climatérica en Suiza. — La gratísima noticia. — Instalación en Ginebra. 
Mamá Riquette. 


I 


Nuestra permanencia en Brasil duró sólo seis meses. El ministro 
uruguayo, don Manuel Bernárdez, escritor de talento vigoroso, tenía 
de la función diplomática conceptos distintos de los míos, y aunque 
nunca ocurrió entre él y yo entredicho alguno me sentí inadaptado en 
la legación a su cargo. Otra circunstancia influyó también en mi deseo 
de alejarme de la capital carioca, y fué el cambio que advertí en la 
salud de mi esposa, que empezó a declinar a pesar del clima maravilloso 
de la región. Una consulta médica aconsejó la conveniencia de un cambio 
radical de aires, lo que motivó un pedido mío de licencia a la cancillería 
a fin de convenir un traslado a otra representación diplomática. Aquel 
pedido quedó sin respuesta, y una reiteración formulada por telégrafo 
fue igualmente desoída. Ante esta doble descortesía mi reacción con¬ 
sistió en tomar un barco con mi señora y regresar a Montevideo sin 
preocuparme por las derivaciones que este gesto de independencia iba 
a tener en mi carrera. 

A los pocos días de mi llegada fui convocado por el subsecretario 
don Alvaro Saralegui, cuya expresión fisonómica al recibirme sirvió 
para revelarme que mi situación no era cómoda... El ministerio de 
Relaciones Exteriores ha sido siempre una especie de barómetro encar¬ 
gado de dar a conocer la influencia, el prestigio, la merma personal o la 



130 AYER 

desconsideración que se tiene en las esteréis gubernativas por los funcio¬ 
narios que llegan. Mejor dicho, la manera como se es recibido por los 
empleados superiores y subalternos de la cancillería, define, ante la 
comprensión del agente diplomático, el concepto que se tiene de él en 
esos momentos y el tratamiento que le espera. ¿ Cuál es el motivo ? 

A veces ha sido una frase a su respecto pronunciada por el presidente 
de la República y recogida por oídos atentos y aguzados ; o un gesto 
del canciller, que se interpreta por sus subordinados con un acierto 
infalible ; o deducciones sutiles de la perspicacia oficinesca que inspiran 
la actitud a observar frente al recién llegado. Se ha oído acerca de 
éste una expresión elogiosa del jefe de Estado, del ministro o de algún 
influyente personaje ? El visitante recibe abrazos al pasar por las salas 
o pasillos. ¿ Las manifestaciones procedentes de altas esferas inducen 
a pensar que las acciones del diplomático han disminuido de valor ? 
La acogida se reduce entonces a un saludo convencional seguido de un 
alej cimiento inmediato. ¿ Se tienen dudas o se carece de informaciones 
sobre la posición real del sujeto ? Entonces se adopta una postura 
cautelosa, presta a definirse ante el primer indicio claro. Pero lo que 
sorprende es la percepción maravillosa del personal del departamento 
de Estado, que se manifiesta en una adaptación automática a los 
juicios y procedimientos del titular de la cartera. 

Hay que reconocer que, siendo las secretaríéis de Estado otros 
tantos centros políticos, el pasaje fugaz por ellas de ministros de dis¬ 
tinta catadura obliga al personal superior a fluctuaciones de opinión 
y de actitud. Existe el sentimiento de que la condición fundamental 
del burócrata ambicioso debe ser la facultad de adaptación, y en virtud 
de ella hay muchos cagatintas que son políticos en potencia. En otros, 
el secreto de su cortesanía radica en un mero deseo de mejora presu- 
puestal. Téngase en cuenta que, en Relaciones Exteriores, no sólo los 
funcionarios aspiran a legítimos ascensos sino también a ingresar en 
el servicio exterior, pues el ministerio suele ser la antesala de las céirre- 
ras diplomática y consular con viáticos y sueldos pagados a oro. De 
ahí que cada ambición se convierta en una pugna callada y tenaz, y 
los caracteres se amolden a la disputa disimulada para la obtención 
de vacantes. Como sucede generalmente, no es la selección la que triunfa 
ni la capacidad intelectual y moral la única que se tiene en cuenta para 
la provisión de los cargos : son los candidatos mejor apadrinados, o los 
mas astutos en la brega, o los menos escrupulosos en el empleo de los 
medios quienes logran el éxito. La selección suele hacerse a la inversa, 
pero confieso que he experimentado sorpresas al comprobar condiciones 
de sagacidad, reserva y tacto insospechados en amanuenses que no 
eran capaces de redactar un acuse de recibo, y que al servirse hábil¬ 
mente de aquellas aptitudes han alcanzado grados importantes en la 
diplomacia. Lo que no debe pedírseles es una dosis de idealismo o de 
desinterés. Creo que en toda América sucede lo mismo, con excepción 



EL NUEVO HORIZONTE 131 

de Brasil. Cuarenta años de experiencia me autorizan a emitir este 
juicio, tan desinteresado como inútil. 

Pero he menester de completarlo en lo que se refiere a uno de los 
cometidos mas importantes de toda cancillería: la información sobre 
política internacional, legislación, economía, cultura y preparación 
militar de los demás países, especialmente de los vecinos o próximos. 
En este sentido la deficiencia ha sido constante en nuestro departa¬ 
mento de Relaciones Exteriores. Ciertamente, los agentes diplomáticos 
y consulares elevan notas e informes sobre aquellos asuntos, pero casi 
siempre el único resultado consiste en un acuse de recibo, sin que nadie 
se tome el trabajo de estudiar las comunicaciones y su aplicabilidad 
eventual a nuestro medio. Como lo he dicho en su lugar, estuve adscripto 
a la cancillería desde diciembre de 1914 hasta mayo de 1917, y advertí 
que el alto personal sólo se preocupaba de reunir datos sobre asuntos 
que atañían a la vida de otras naciones — de preferencia sobre asuntos 
políticos — cuando la orden de hacerlo emanaba del ministro, o por 
intermedio de éste del propio jefe de Estado. De una manera general 
la actividad de los gobiernos vecinos, aun aquella que se refería a sus 
relaciones y propósitos internacionales, pasaba inadvertida para los 
responsables de la política exterior de la República. Mejor dicho, esa 
política exterior no existía desde el final de la Defensa de Montevideo, 
y solamente el doctor Baltasar Brum, en el ejercicio de sus funciones 
ministeriales y presidenciales, se esforzó por crearla y dirigirla, con 
poco éxito, desde luego, porque aquélla no tuvo nunca arraigo en el 
espíritu público 1 ; pero limitándome a la actuación de la burocracia, 
entonces y después, hay que convenir que consistía apenas en la tra¬ 
mitación rutinaria de los expedientes. La cancillería ha carecido siempre 
de un estado mayor que tuviese la misión de recoger las informaciones 
de los agentes diplomáticos; que pusiera a la disposición del gobierno 
los elementos de juicio necesarios para conducir con éxito las gestiones 
en el extranjero ; y que estableciera un plan u orientación permanente 
para la defensa pacífica de nuestros intereses, teniendo en cuenta la 
situación de país pequeño y desarmado. 

La improvisación ha inspirado las soluciones cada vez que la nación 
ha debido encarar un problema de carácter internacional, y las modestas 
sugerencias que expuse para modificar aquella omisión orgánica, 
permanecieron ignoradas. 


1 Motivos de estricta justicia me obligan a manifestar que, posteriormente a la 
época en que redacté estos juicios, otros ministros de Relaciones Exteriores han 
estado a la altura de la misión que ejercían. El primero de éstos fué un expresidente 
de la República, que dió dignidad y verdadera eficacia a sus funciones ; otro, con 
notoria capacidad y experiencia para desempeñarlas, las malogró debido a su 
índole personal agresiva ; y un tercero que honró su paso por la cancillería, fué el 
creador de una valiente doctrina que está destinada a prevalecer en América y a 
ser incorporada a las normas continentales del Derecho Internacional. 



132 


AYER 


II 

Como he dicho, en noviembre de 1919, al llegar al despacho del 
subsecretario Saralegui estaba yo persuadido de la acogida que me 
esperaba. Así acaeció, en efecto, y después de un recibimiento sin 
amenidad fui informado que el primer mandatario deseaba comuni¬ 
carme personalmente sus órdenes. Atravesé el patio que separaba las 
oficinas del ministerio de las antesalas de la presidencia, y después de 
saludar al secretario, doctor Edmundo Castillo, fui introducido por 
este caballero al pequeño salón donde el presidente Brum acordaba 
las audiencias. 

Conocía yo bien al personaje con motivo de nuestros contactos 
anteriores, y en el capítulo IX de estos recuerdos he expresado una 
opinión sintética acerca de sus modalidades. La revelación de actitudes 
contrarias a la suya solía provocar en sus nervios reacciones apasio¬ 
nadas, y como mi regreso a Montevideo, sin licencia en razón de la 
falta de respuesta a mis solicitaciones, podía interpretarse como un 
alzamiento contra su autoridad, presumía yo que iba a oir palabras 
desagradables de censura, y lo enfrenté decidido a conservar una actitud 
de absoluta frialdad. No me equivoqué, y después de una reprimenda 
un poco pueril me ordenó que regresara a Río de Janeiro sin pérdida 
de tiempo. Con toda calma le manifesté que la permanencia de mi 
esposa en Brasil agravaría su deficiente estado de salud incurriendo yo 
en una responsabilidad, y le insinué que el traslado de un diplomático 
a otro país era un asunto nimio que sucedía con frecuencia y en todas 
partes. Mientras hablaba pude notar el temblor de sus mejillas, y como 
yo no me sometía a su resolución incurrió en algunas inconveniencias 
verbales a las que puse término separándome de su lado resuelto a 
solucionar el problema por mi propia cuenta. 

Esa tarde me presenté en el despacho del ministro de Relaciones 
Exteriores, don Rufino T. Domínguez, y después de exponerle los 
antecedentes del caso le hice entrega de mi renuncia. 

El señor Domínguez era hombre de otra madera. A su criterio se 
añadía una firmeza de carácter tal, que en el curso de su dilatada vida 
pública le singularizó como una personalidad de excepción. A los veinte 
años de edad, siendo teniente de infantería, se retiró del ejército para 
no ser cómplice del motín de enero de 1875 ; distinguióse por su valor 
en las protestas armadas de la Tricolor y del Quebracho ; en el Senado 
de la República estuvo siempre con las buenas causas ; y unido en 
matrimonio con una virtuosa dama, doña María Luisa Gómez Cibils, 
desempeñó con dignidad y acierto las plenipotencias en el Brasil y en 
Italia, así como el ministerio de Relaciones en dos períodos gubemati- 



EL NUEVO HORIZONTE 


133 


vos. Siempre conté con su benévola amistad, lo mismo que con la de su 
esposa, y fue sin sorpresa de mi parte que le oí decir, al rechazar mi 
renuncia y refiriéndose al presidente Brum : « Mientras yo esté al frente 
de la cancillería ese mozo no cometerá arbitrariedades.» 

Dos días después el ministro Domínguez solucionó mis dificultades 
acordándome una licencia de seis meses para conducir a mi mujer a 
Suiza y someterla a un tratamiento adecuado en una estación climatérica. 

Cruzamos el océano a bordo de un buque italiano que nos llevó 
hasta Génova, de donde seguimos a Milán y Lausanne. En esta última 
ciudad Riquette fue cuidadosamente examinada por un reputado 
clínico que aconsejó una cura de altura en Villars-sur-Ollon. El método 
y mis cuidados dieron un feliz resultado y su salud mejoró ; pero otras 
circunstancias que se presentaron cuando iba a terminar mi período de 
licencia impidieron nuestro regreso. En efecto, mi esposa me anunció 
que iba a ser madre, y los médicos negaron su autorización a un viaje 
prolongado que para ella no podía estar exento de peligros. 

A fin de esperar el dichoso acontecimiento nos instalamos en Gine¬ 
bra. En esos días mi eminente amigo el ministro Domínguez fué reempla¬ 
zado en la cancillería uruguaya por otro titular de quien yo nada podía 
esperar, lo que me decidió a enviar a Montevideo la renuncia de mi 
cargo diplomático; y poco tiempo después recibí una maravillosa 
compensación al nacer mi primogénito en la ribera del Lemán, el lago 
azul que siempre he amado y bajo el auspicio de la cultura helvética 
que siempre he admirado. 

El último día del año 1920 fue el mas feliz de mi vida porque en la 
noche anterior Enrique había venido al mundo. 

En mi regocijo sentí que se ampliaban los horizontes de la existencia 
y que ésta tendría desde entonces para mí una misión profunda. El 
pensamiento se tomó hacia la memoria de mi padre y advertí el gozo 
idéntico que habría experimentado él cuando me vió nacer. Creí que 
Dios llenaba con mi hijo la ausencia del autor de mis días ; el nieto 
reemplazaba al abuelo ; y esta idea me condujo a pensar que en la cadena 
del fina je el eslabón paterno no se había roto ya que se renovaba ahora 
con el eslabón que acababa de forjarse. 

He desarrollado en el Exordio este concepto de la perennidad de la 
vida que constituyó hace mas de treinta años el punto de partida de 
mi orientación hacia las investigaciones históricas y reforzó las bases 
de mis convicciones religiosas. 



CAPÍTULO DÉCIMOQUINTO 


LA MISIÓN EN ESPAÑA 


El monumento a Mitre en Buenos Aires ; la embajada extraordinaria de 
1927 ; mi reincorporación a la carrera diplomática. — Investigaciones 
en Brasil sobre la historia de Colonia del Sacramento. — El archivo 
de Trápani y su venta por Pedro de Angelis. — Llegada a España ; 
el rey don Alfonso XIII ; el dictador Primo de Rivera ; el cardenal 
Tedeschini. — Hombres de letras y artistas ; el escultor Coullaut 
Valera. — Gestión ante el duque de Alba. — El canciller argentino 
Ruiz Guiñazú. — Mi interinato al frente de la legación en Madrid ; 
convenio de reciprocidad universitaria. — Los errores de la dicta¬ 
dura ; proclamación de la República. — El ministro doctor Daniel 
Castellanos. 


I 

En la primavera de 1923 llegamos a Buenos Aires viniendo de 
Francia con el propósito de fijar nuestra radicación y poner término 
a los viajes durante un largo plazo. Era deseo de mi esposa vivir cerca 
de sus familiares y especialmente de su anciana abuela por quien sentía 
un tierno afecto ; y en cuanto a mí, la permanencia en Buenos Aires 
me ofrecía las ventajas de habitar y trabajar en una gran urbe cuya 
inmediación a Montevideo iba a permitirme también visitar con fre¬ 
cuencia a mi madre y hermanos. 

Estos proyectos sólo pudieron cumpürse parcialmente, y aunque 
edificamos nuestra casa de Belgrano y nos instalamos en ella, las cir¬ 
cunstancias decidieron que no debíamos disfrutar aún de la quietud 
a que aspirábamos. 

Al fijarse para el 9 de julio de 1927 el descubrimiento oficial del 
monumento a Mitre — el procer cuya antecedencia en ambos pueblos 
había yo establecido — el gobierno oriental acreditó una embajada 
extraordinaria ante el presidente don Marcelo T. de Alvear. Fue titular 
de aquella misión el doctor Pedro Manini Ríos, quien me ofreció inte¬ 
grarla como primer secretario, en unión del doctor Juan José Cam- 
pisteguy, hijo del presidente de la República ; del ministro doctor Luís 
Piera y de los generales Francisco Borques y Manuel Dubra. Acepté 
el ofrecimiento y tomé parte en las lucidas ceremonias que se celebraron 



LA MISIÓN EN ESPAÑA 


135 


en aquellos días. Como dato jocoso y revelador de la verborragia impe¬ 
rante, diré que debían pronunciarse veintitrés discursos al inaugurarse 
la estatua; y como su lectura iba a durar por lo menos diez o doce 
horas, el comité organizador redujo a cinco minutos el plazo que se 
concedía a cada orador para satisfacer su vanidad. 

El desempeño del cometido que se me asignó en esta ocasión dió 
motivo a mi reincorporación al servicio diplomático permanente, y en 
junio del año inmediato fui nombrado secretario de la legación en 
España. 

Había comenzado en esa época a reunir materiales para mi historia 
de Colonia del Sacramento ; y sabiendo que una rica fuente se hallaba 
en Río de Janeiro me trasladé aílí con mi mujer y pequeños hijos. 
Gozamos de la atmósfera tibia y pura del invierno carioca, y yo reuní 
una importante información documental, orientado en mis investiga¬ 
ciones por dos eruditos, los doctores Max Fleuiss, secretario perpetuo 
del Instituto Histórico y Geográfico Brasilero, y Alcides Bezerra, 
director del Archivo Nacional. El primero, a quien expuse mis puntos 
de vista sobre la política de expansión y colonización lusitana en los 
siglos XVII y XVIII, me manifestó que su ordenamiento y publicación 
significarían ciertamente la mejor credencial para mi ingreso al instituto ; 
y el segundo puso a mi disposición, en la sección de manuscritos de la 
Biblioteca Nacional, los volúmenes que habían constituido el antiguo 
archivo de don Pedro Trápani, agente de Lavalleja en Buenos Aires 
durante la guerra con el Imperio. Ese acervo documental había sido 
traído a Montevideo por don Pedro de Angeüs, jefe del Archivo de la 
Nación durante el gobierno de Rosas, y ofrecido en venta a Brasil por 
intermedio de su ministro, vizconde de Río Branco, en la suma de 
diez mil pesos fuertes. Entiendo que Angeüs transó por una suma 
menor, pero los documentos pasaron a poder de nuestro vecino del 
norte donde muchos años después el ilustre hijo del negociador, barón 
de Río Branco, los examinó y les puso notas marginales. A mi vez, 
hice un inventario de esos papeles cuyo conocimiento difundí por medio 
de un impreso. 

Hallábame consagrado a esa labor en la capital brasilera, cuando 
recibí de la cancillería uruguaya la orden de marchar a España, la que 
llevé a efecto con los míos llegando sin incidentes a Madrid el 1 de 
septiembre de 1928. 


II 

Era ministro plenipotenciario don Benjamín Fernández y Medina 
y actuaba como cónsul adscripto el ilustre üterato don Alvaro Armando 
Vasseur. Mis relaciones con ambos fueron de una etiqueta matizada 
de cordialidad y nada mas, pues mi índole se adaptaba poco a las 



AYER 


136 

reservas mentales del primero y al talento agresivo del segundo. En 
cambio, la señora de Fernández y Medina, doña Rosa Carril, era una 
dama expansiva y afectuosa, de fondo un tanto enérgico pero llena de 
adhesión y admiración por su marido. Éste hacía mucha bulla en 
España con su publicidad personal a base de conferencias, folletos 
y reportajes, aunque nunca dijo ni publicó nada fundamental. Se 
había vinculado a personas y entidades representativas y consiguió 
que lo doctorasen honoris causa en Salamanca. 

De acuerdo con el ceremonial fui presentado al rey don Alfonso XIII. 
Era una majestad sonriente y sencilla ; le gustaba hablar y fumar; 
no decía cosas profundas y seguramente las ignoraba ; pero sabía lo 
bastante para ser un rey constitucional; y cuando dejó de ser constitucio¬ 
nal y fue sólo rey dentro de una dictadura, su personalidad fue reducién¬ 
dose. También entonces le faltó su madre, doña María Cristina, que 
era un Felipe II con faldas. Cargó don Alfonso con culpas ajenas, como 
Luis XVI; y cuando se desligó del dictador y lo botó de España, no 
acertó con la solución política inteligente, que consistía en llevar al 
gobierno a sus adversarios. Entregando los ministerios a los republi¬ 
canos habría salvado la monarquía. Pero para maniobrar como un 
Talleyrand hubiese debido ser un hombre de Estado y don Alfonso 
no lo era. Apenas era un buen español, y como tal vivió y murió. Las 
pocas veces que conversé con él me dejó la impresión de que iba a nau¬ 
fragar en la época borrascosa que le tocó reinar. 

Con don Miguel Primo de Rivera hablé de sus tíos montevideanos 
del coloniaje y le mostré cartas de su abuelo, que yo poseía. Era nieto 
del marqués de Sobremonte, y tanto le interesaron mis noticias que 
algunas semanas después me reconoció entre el gentío oficial que asistía 
a los funerales de la reina madre, y adelantándose hacia mí me estrechó 
amistosamente la mano. 

La personalidad mas destacada del cuerpo diplomático era el car¬ 
denal Tedeschini, nuncio del pontífice, que en el curso de su dilatada 
misión debió enfrentar graves situaciones que pusieron a prueba su 
talento de estadista y su serenidad de varón prudente. Me trató con 
benevolencia. También me hice amigo del embajador de Chile, Rodrí¬ 
guez Mendoza, cuya esposa era uruguaya, y del argentino, don Daniel 
García Mansilla. Estaba casado con doña Adela Rodríguez Larreta, 
dama de temperamento altivo pero cuya jerarquía espiritual acentuaba 
el interés de sus conversaciones. Había sido bautizada en Montevideo 
con su hermano don Enrique, el novelista. 

El mundo de las letras ha sido siempre acogedor y llano en España, 
lo que me concedió fácil acceso a la relación con escritores de prestigio 
desde Valle Inclán hasta Ricardo León ; pero no frecuenté cenáculos 
ni peñas literarias de las que me he alejado sistemáticamente en todas 
partes sabiendo que son otros tantos centros de murmuración y celos. 
Entre los artistas debo mencionar a un escultor genial que dejó en mis 



LA MISIÓN EN ESPAÑA 


137 

recuerdos huellas imborrables : me refiero a Coullaut Valora, a cuyo 
taller me condujo el deseo de verle trabajar en la estatua de don Bruno 
de Zabala, que ejecutaba en aquellos días para la ciudad do Montevideo. 
Parecía ignorar que el ilustre fundador era manco, y aunque le di el 
dato no lo reveló en el monumento. Al explicarme Valera la significación 
y modalidades de cada una de sus obras, se detuvo ante una cabeza de 
Ignacio de Loyola que presentaba al visionario en el instante de la 
revelación de su destino religioso e histórico. Loyola aparecía allí con 
una maravillosa expresión de luz y de fe, como si su alma transformada 
por un torrente místico estuviese contemplando algo milagroso e ines¬ 
perado. «Y vi a Dios cara a cara — me dijo el escultor — es lo que he 
tratado de interpretar en esta obra. » Recordé entonces otra admirable 
cabeza de madera que había visto yo muchos años antes en el Museo 
Antiguo de Berlín : una mater dolor osa esculpida en el siglo XII, que 
impresionaba por la fuerza y la verdad de la amargura que reflejaban 
sus rasgos, hasta el punto de creerse que de aquellos ojos iban a brotar 
lágrimas. Era también de autor español, aunque anónimo, y en los 
últimos días de su vida el emperador Guillermo I pidió que la colocaran 
cerca de su lecho de agonizante. 


III 

Un publicista argentino, el doctor Enrique Ruiz Guiñazú, me había 
escrito en 1925, sin haberme tratado, solicitándome que le facilitara el 
conocimiento de ciertos documentos históricos que yo poseía. Cuatro 
años después, hallándome en Madrid, mi amigo de Lafuente Machain 
obtuvo de aquel autor, en Buenos Aires, que presentase mi candidatura 
al título de correspondiente en España de la Junta de Historia y Numis¬ 
mática Americana, que mas tarde se convirtió en Academia Nacional 
de la Historia. La designación fue aprobada a comienzos de 1929, y en 
noviembre de ese año, habiendo ido yo a Buenos Aires por algunas 
semanas, tomé posesión de mi escaño en sesión pública. Ruiz Guiñazú 
pronunció el discurso de recepción, estableciéndose entre ambos una 
cordial relación ; y al visitarle yo para despedirme me pidió que al 
regresar a Madrid intercediese con el duque de Alba para que pusiese 
prólogo a su obra La tradición de América, que iba a publicar en aquellos 
meses. 

Acepté el cometido, aunque mi vinculación con el de Alba era 
puramente protocolar. Este personaje seguía en importancia al rey de 
España y la suerte favoreció mi intervención, pues al volver a Madrid 
le hallé desempeñando un ministerio, del cual pasó al de Estado, lo 
que le puso en contacto diario con el cuerpo diplomático. Concedióme 
la audiencia que le pedí, y en el curso de la conversación le expresé el 



138 


AYER 


deseo de Ruiz Guiñazú, destacando el antecedente de que la Real 
Academia de la Historia había otorgado en 1922 el premio de la Raza 
a su libro La magistratura indiana. Nuestra charla se volvió amistosa 
al expresarle yo que sus lectores del Río de la Plata deseaban cono¬ 
cerle y agasajarle, y me daría una satisfacción si me permitiese anun¬ 
ciarles que, cumplidas sus obligaciones oficiales, haría una visita a 
Montevideo y Buenos Aires en su carácter de primer académico de la 
historia. Alhagóle mi sugerencia, y no sólo me prometió escribir el 
prólogo solicitado sino que desde esa entrevista el duque me siguió 
tratando con una simpatía exenta de ceremonia. 

Mi amigo don Vicente Castañeda, secretario perpetuo de la Real de 
la Historia, estimuló al presidente de la Academia a no demorar la 
entrega del deseado prólogo, pues el interesado en recibirlo me urgía 
desde Buenos Aires con frecuentes cartas en razón del retardo en que se 
hallaba la impresión. Entregóseme al fin el documento y lo expedí a 
Ruiz Guiñazú, que al recibirlo me escribió una nueva y calurosa epís¬ 
tola 1 aunque por motivos que la discreción me obliga a reservar me 
quedó la duda de si el duque de Alba había sido realmente el autor 
del prefacio, o si éste fue redactado por Castañeda o por el secretario 
privado don Julián Paz. 

Algunos años después el personaje argentino fue nombrado ministro 
plenipotenciario en Suiza y luego embajador en Roma. Volvió a Buenos 
Aires en 1941 ascendido a ministro de Relaciones Exteriores, pero su 
gestión diplomática no alcanzó los relieves de su labor de publicista. 
Se ha afirmado que fue nazi o fascista ; yo creo que fue simplemente 
germanófilo ; que nada aprendió en la democrática Helvecia ; que en 
cambio trajo el espíritu ultraconservador del Vaticano, y que procedió 
en la cancillería argentina como un convencido del triunfo militar de 
Alemania. Depuesto por el golpe de fuerza del 4 de junio, obtuvo de los 
motineros que lo habían derrocado la embajada ante el dictador Franco, 
que finalmente no se resolvió a desempeñar. 


IV 

El ministro Fernández y Medina fue trasladado a otra sede diplo¬ 
mática al mediar el año 1930, por cuyo motivo la legación quedó tem¬ 
porariamente a mi cargo. Establecí las oficinas en mi domicilio, situado 
en la calle de Fortuny, próxima al Paseo de la Castellana. Allí con¬ 
currían diariamente el cónsul adscripto Vasseur, el agregado militar 
coronel Vázquez, mas tarde general, y mi secretaria, Elena de la Vega, 


1 Apéndice, letra I. 



LA MISIÓN EN ESPAÑA 


139 


culta señorita española cuya colaboración fue muy útil a nuestra misión 
diplomática. En octubre de aquel año el ayuntamiento de Málaga me 
invitó como huésped de honor de la ciudad a los actos de inauguración 
de la avenida Héroe Sostoa, atribuyéndome la revelación histórica de 
aquel gran marino, hijo de Montevideo ; pero decliné la honra y per¬ 
manecí en Madrid en razón de mis obligaciones oficiales. Recuerdo que, 
en cumplimiento de éstas, elevé a la cancillería uruguaya el texto de un 
nuevo estatuto diplomático español, que acompañé de un informe en 
el que estudiaba los puntos susceptibles de incorporarse o adaptarse a 
nuestra organización exterior. Por vuelta de correo llegóme el acuse 
de recibo correspondiente ; y el mismo día, por telégrafo, el ministerio 
de Relaciones Exteriores me ordenó que remitiese el texto del nuevo 
estatuto diplomático español... Puede juzgarse mi sorpresa. Una nota 
me decía : «Llegó el estatuto», y un telegrama reclamaba : «Remita 
el estatuto »... Si revelo este episodio es porque constituye un testimonio 
del desorden que caracterizaba a aquella rama de la administración. 
Espero que las cosas hayan mejorado desde entonces. 

Asunto al que acordé mayor importancia fue el proyecto de cele¬ 
bración de un convenio de reciprocidad de títulos académicos y recono¬ 
cimiento mútuo de su validez entre Uruguay y España. 

En efecto, a pesar de la comunidad espiritual que ha encontrado 
origen en la base del idioma y la vinculación racial, las comunicaciones 
que se refieren a la vida universitaria, convalidación e incorporación 
a los centros docentes de los estudios hechos por uruguayos o españoles, 
no han sido solucionados en la medida que las necesidades reclaman. 
No existe entre los dos países un convenio de reciprocidad en materia 
universitaria, y me pareció que una excelente oportunidad para iniciar 
y llevar a feliz término un tratado de ese carácter, estaba en la reali¬ 
zación por España del monumental proyecto de su Ciudad Universitaria, 
y de la edificación en ella de la Casa de Uruguay, a cuyo efecto se nos 
había cedido el terreno correspondiente. Era la hora de consolidar 
nuestra intervención en aquella obra, ganando por anticipado para 
nuestros futuros becados y estudiantes residentes en España, una total 
igualdad en el trato universitario. Este propósito constituía, al mismo 
tiempo, la culminación de una labor desarrollada por la Universidad 
de Montevideo al fomentar la visita periódica de profesores y conferen¬ 
ciantes capaces de llevar a nuestra juventud estudiosa el aporte de 
una ampliación cultural y el panorama educador de problemas vistos 
desde otro ángulo. 

Sometí a la cancillería nacional una exposición de motivos que 
llevaba la fecha del 12 de diciembre de 1930, conjuntamente con el 
texto de los convenios celebrados a aquel respecto por España con 
varios países americanos. El asunto fue pasado a dictamen del Consejo 
Central Universitario, cuyas conclusiones no tuve nunca oportunidad 
de conocer. 



140 


AYER 


V 

Mediante un golpe de fuerza militar, don Miguel Primo de Rivera, 
marqués de Estella, había derrocado en 1923 al gobierno de etiqueta 
legal y establecido su dictadura bajo la monarquía constitucional. 
Esta paradoja subsistía cuando llegué a Madrid. Como general, Primo 
de Rivera sabía mandar, pero carecía de esas facultades de estadista 
que permiten prever ciertos acontecimientos fundamentales. Si las 
hubiese poseído, después de tres o cuatro años de gobierno de facto 
habría estado en condiciones muy favorables para convocar al país 
a elecciones legislativas y municipales, triunfar en ellas y estructurar 
un régimen que acordase representación en las Cortes a los partidos 
opositores, permitiendo la libre discusión de los problemas. Su situación 
se habría consolidado con el prestigio que adquiere un gobernante que 
asume la responsabilidad de consultar y someter su permanencia en 
el poder al fallo de las urnas. Es lo que hizo hábilmente el general 
Franco veinte años mas tarde y, naturalmente, el plebiscito le confirmó 
en el mando. Primo de Rivera procedió de manera opuesta : intervino 
las universidades, envió a sus adversarios a la cárcel y prolongó su 
dictadura hasta que el desgaste fatal de tal régimen le condujo a la 
caída y al destierro. Así acabó sus días, en la melancolía del abandono, 
el hombre que durante siete años impuso su voluntad y sus métodos a 
un pueblo digno y heroico pero desprovisto de educación política. La 
historia presenta innumerables testimonios de destinos análogos y 
demuestra que la grandeza pertenece a los varones que educan y no 
a los políticos que intentan monopolizar la función pública. 

En el atardecer del 14 de abril de 1931, llevando de la mano a mi 
hijo Enrique, presencié en la Puerta del Sol la proclamación de la 
República y creí durante algunas semanas en el advenimiento de glo¬ 
riosos tiempos nuevos para la madre patria. Infelizmente los sucesos 
posteriores probaron que faltaba allí la capacidad necesaria para el 
ejercicio del gobierno libre. Durante mil años el absolutismo religioso 
y político había negado a ese pueblo la enseñanza de la libertad y no se 
practicaron conceptos de self-government : con tal herencia debía produ¬ 
cirse en España el fracaso del régimen democrático como había ocurrido 
en sus hijas de América. La intolerancia del genio hispano, que no ha 
admitido jamás la libertad integral de conciencia ni el libre examen en 
materia religiosa, tampoco podía soportar la oposición política ; y las 
prisiones que durante la dictadura de Primo de Rivera albergaron a los 
adeptos de la República, se llenaron con sus adversarios apenas la 
República ocupó el gobierno. El rey marchó al destierro ; varios con¬ 
ventos fueron incendiados; y la reacción empezó a socavar el nuevo 
sistema que se caracterizaba por sus concesiones a los elementos extre¬ 
mistas. Los hechos que siguieron son conocidos: la insurrección de las 



LA MISIÓN EN ESPAÑA 


141 

fuerzas armadas ; la guerra civil con su cortejo de desgracias ; la inter¬ 
vención efectiva y solapada de dos poderes totalitarios ; y otra dicta¬ 
dura ejercida por un caudillo victorioso que se proclama jefe vitalicio 
del Estado. El fanatismo ambiente y la violación reiterada de derechos 
trajeron una orgía de sangre que alcanzó a mi propio nombre : el contral¬ 
mirante Antonio Azaróla fue juzgado y fusilado en El Ferrol por el 
delito de haber sido ministro de la Marina en un gabinete republicano ; 
mi prima Amelia Azaróla, doctor en medicina, permaneció encarcelada 
durante quince meses ; y su marido, Julio Ruiz de Alda, asesinado en la 
Cárcel Modelo por ser miembro de la Falange. 

VI 

He tenido que adelantarme algo al orden cronológico de los sucesos. 
En diciembre de 1930 concluyó mi interinidad al frente de la legación 
con la llegada del titular, doctor Daniel Castellanos, cuya toma de 
posesión del cargo coincidió con la agravación de la crisis española. 
El nuevo ministro pertenecía a una familia de arraigo en el Río de la 
Plata y poseía la condición esencial de un diplomático : la cultura 
social. Pero con ella terminaban sus facultades. Inteligencia sin exa¬ 
geración, la naturaleza habíale compensado ciertas limitaciones con la 
posesión de un acentuado instinto defensivo : la desconfianza. Vivía 
en guardia, viendo riesgos en toda acción y peligros en cualquier acti¬ 
tud ; su extremada cautela rehuía hasta las responsabilidades funcio¬ 
nales ; no había en él médula de hombre público, y su preocupación 
consistía en vigilar la presión arterial. Sin embargo, su medianía habríase 
adaptado fácilmente a un período sin sobresaltos ni problemas en que 
la vida diplomática es solamente una sucesión de cortesías y conven¬ 
cionalismos recíprocos ; tocóle, en cambio, un lapso de violentas tran¬ 
siciones en el cual su persona y su misión no superaron el fracaso. 

Durante nuestra estancia en España visitamos con mi esposa algu¬ 
nos sitios maravillosos y pasamos los veranos en San Sebastián donde 
el ministerio de Estado establecía una oficina para facilitar su contacto 
con las misiones extranjeras. En esa ciudad nacieron nuestros hijos 
José Luis y Juan Ignacio. Mi cometido diplomático tuvo término en 
julio de 1932, en que nos alejamos de Madrid para embarcarnos en 
Vigo ; y habiéndonos detenido en la estación termal de Mondariz para 
esperar la salida del barco, enfermó mi hijo mayor de fiebre tifoidea, 
lo que demoró nuestra partida por espacio de seis semanas. Nos prestó 
su eficaz apoyo en la emergencia el cónsul uruguayo en Vigo, don José 
María Perelló, con quien mantuve desde entonces una sincera amistad. 
Era un criollo chapado a la antigua, con rasgos originales que le hacían 
simpático, y tenía para mí el antecedente grato de ser hijo del doctor 
José María Perelló, que había compartido, cuarenta años antes, la vida 
universitaria con mi padre. 



CAPÍTULO DÉCIMOSEXTO 


LA LABOR HISTÓRICA 


La investigación linajística ; reconstitución de generaciones fenecidas. — 
Ampliación de los estudios retrospectivos. — Colonia del Sacramento 
y Montevideo ; deficiencias de sus crónicas y errores de sus antece¬ 
dentes escritos. — Las fuentes documentales auténticas. — Viajes 
y labor investigadora ; premios y rivalidades. — «Las herejías histó¬ 
ricas del Dr. Eduardo Acevedo» ; reacciones previstas. — La iglesia 
y convento de San Francisco en Santa Fe ; una tarde inolvidable. — 
Mis conceptos sobre trabajos histérico-genealógicos. — Los retardados 
sociales del Instituto de Ciencias Genealógicas. 


I 

El deseo de penetrar en el pasado de mi linaje y reconstituir las 
etapas de su crónica — ciertamente modesta pero que no debía ignorarse 
por sus herederos — fué una sugestión íntima y confusa al principio, 
pues mis noticias familiares sólo alcanzaban a los abuelos y porque 
nunca había tenido ante los ojos una historia genealógica. No pudo 
existir un fin de imitación, pero a medida que las investigaciones avan¬ 
zaron el plan se definió en mi mente, supe asesorarme y documentarme 
y concluí por dominar el tema y ser dominado por él. Compuse el Azaróla 
en nueve años de trabajo, interrumpido varias veces ; al estudiar la 
antecedencia materna de mi padre tuve que ahondar en el período 
colonial de Uruguay ; de ahí salió mi libro Veinte linajes del siglo XVIII, 
que obtuvo en Madrid el premio de la Raza y me acordó un escaño de 
correspondiente en la Real Academia de la Historia. Sentí la atracción 
de los legajos antiguos y la satisfacción de aclarar conceptos obscuros 
o de rectificar aspectos equivocados ; y llegado a los cuarenta años de 
edad, ya con alguna experiencia, emprendí los trabajos cuya difusión 
ha contribuido al desarrollo de la cultura histórica en los países del 
Plata, principalmente los relativos a los orígenes de Colonia del Sacra¬ 
mento y de Montevideo. 



LA LABOR HISTÓRICA 


143 


Sobre ellos y su proceso fundacional no existían obras orgánicas, 
y las crónicas que contenían menciones repetían los mismos errores y 
presentaban deficiencias análogas. La razón era obvia : ningún histo¬ 
riador había concurrido a las fuentes de información capaces de pro¬ 
porcionar los elementos necesarios, Bauzá, en los tres tomos de su impor¬ 
tante Historia de la dominación española, sólo dedica cinco páginas a 
la fundación de Montevideo, De María escribió sus interesantes recuer¬ 
dos históricos basándose en tradiciones orales y en los papeles del 
archivo local, auxiliares útiles pero insuficientes. Otros escritores repi¬ 
tieron las equivocaciones y omisiones de sus predecesores. Es así como, 
entre otros puntos, no había acuerdó sobre la fecha de fundación de 
nuestra capital, sosteniéndose polémicas inútiles y la tesis peregrina 
de que no existía acta fundacional. Claro está que no solamente el 
documento existía sino que era conocido, pero se le interpretaba de 
manera errónea. Algo semejante pasaba con las nóminas de los pobla¬ 
dores y otros documentos que la Revista del Archivo General Adminis¬ 
trativo había publicado plagados de fechas y datos inverídicos. Pueden 
leerse las rectificaciones al respecto en el prefacio de mi Padrón Histórico, 
que edité en España en 1932 y que contiene las fichas de trescientos 
pobladores y primeros vecinos de la ciudad. 

En los preliminares de mi labor sobre Colonia y Montevideo indagué 
en nuestros archivos, uno de los cuales, el del Juzgado de lo civil de 
primer turno, estaba entonces lleno de material inédito ; en Buenos 
Aires, el de la Nación y el de los Tribunales; y en Río de Janeiro los 
que he mencionado en el capítulo precedente. Sobre la documentación 
de Trápani, obrante entre los manuscritos de la Biblioteca Nacional, 
informé al gobierno uruguayo por intermedio del departamento corres¬ 
pondiente, sabiendo luego que el director del Archivo General de la 
Nación, señor Simón Lucuix, había acogido mis inventarios con satis¬ 
facción. Marché luego a Lisboa y después a Madrid con motivo de mi 
cometido diplomático, logrando allí la amistad del jefe del archivo, 
don Miguel Gómez del Campillo ; pero, como es sabido, los fondos 
documentales mas valiosos estaban en el Archivo de Indias, y si bien 
mis estadas en Sevilla no fueron prolongadas, conté con la desinteresada 
cooperación de dos amigos ilustrados, don José Torre Revello y el doctor 
Mario Falcao Espalter, que desempeñaban a la sazón misiones de 
estudio y me proporcionaron copistas de documentos que trabajaron 
de acuerdo con mis instrucciones. Así pues, acumulé y ordené los 
materiales para mi libro Los orígenes de Montevideo, que di a la estampa 
en Buenos Aires en 1933 y que obtuvo la medalla de oro de nuestro 
ministerio de Instrucción Pública. Esto fue para mí un motivo de 
estímulo, como lo había sido el anterior de la Real Academia de la 
Historia, y como lo fué después mi designación como correspondiente 
del Instituto Histórico y Geográfico Brasilero al honrar mi trabajo 
La epopeya de Manuel Lobo, del que se hizo años después una edición 



144 


AYER 


en Montevideo para uso de los estudiantes de Enseñanza Secundaria 
con el título de Historia de Colonia del Sacramento. Estimo como legí¬ 
timas estas satisfacciones que debo a mi labor de escritor, así como 
los amigos eruditos a quienes me vinculé y entre los cuales debo nombrar 
a los doctores Raúl de Labougle y Ricardo de Lafuente Machain, 
caballeros argentinos. 

Conocí también algunas rivalidades de quienes cultivan las mismas 
disciplinas, por aquello de « ¿ quien es tu enemigo ? el de tu oficio », 
según el dicho español. Se me dirigieron críticas y ataques que yo 
habría admitido como justificados sino hubiesen sido clandestinos... 
Nunca me indignaron, porque el conocimiento de los hombres me acon¬ 
seja despreocuparme de sus pequeñeces ; pero un día ya lejano tomé 
con toda serenidad una resolución de la cual me he felicitado después : 
la de no mantener relaciones con gentes — por elevada que fuese su 
jerarquía — que alteraban la paz de mi espíritu. Generalmente no he 
concurrido tampoco a las reuniones de las entidades de que formaba 
parte, pues notaba que, bajo apariencias corteses, los académicos se 
tienen ojeriza y murmuran los unos de los otros. No perdí nada al 
sustraerme porque todo lo que he hecho, producido y ganado en mi 
vida ha sido el resultado de mi trabajo, sin desconocer algunas coopera¬ 
ciones generosas como las que he nombrado ; pero convengo en que 
carezco de aptitudes para el trabajo colectivo. Hay quienes no han 
perdonado mi relativo aislamiento e independencia personal, mas yo 
he vivido conforme a mi conciencia y eso me compensa de todo lo 
demás. 


II 

El folleto que intitulé Las herejías históricas del doctor Eduardo 
Acevedo fue un acto de represalia contra ese autor en razón de su ingra¬ 
titud hacia mi padre, que había consagrado la memoria del suyo en 1892 
con un homenaje que aún perdura en el aula de derecho civil. El rector 
Acevedo había olvidado este antecedente cuando se sepultó al doctor 
Azaróla sin que la Universidad ni el rectorado tuviesen una palabra 
para despedir al secretario general, codificador y maestro de derecho 1 . 
La crítica severa a que sometí una parte de la obra de aquel historiador, 
puso término a su autoridad como tal; pero obtuve, como era de espe¬ 
rarse, la malquerencia de sus familiares y adeptos que hasta hoy no han 
perdonado mi osadía. Entre ellos mi ex-amigo el doctor Eduardo Blanco 
Acevedo que desde entonces me ha negado el saludo. Como es notorio, 
este hombre público padece de vanidad y de ambición, y emplea para 


1 Azaróla, crónica del linaje, págs. 135 /6. 



LA LABOR HISTÓRICA 


145 


satisfacerlas su habilidad, laboriosidad y vigor mental; posée la doble 
personalidad de los políticos oportunistas y flexibles ; gracias a su 
disciplina controla las reacciones pasionales de su espíritu ; pero si 
lograse realizar su aspiración máxima, el país sabría lo que es ser gober¬ 
nado por un puño de hierro. 


III 

En la preparación de mi libro sobre Los Maciel en la historia del 
Plata fui dos veces a la ciudad de Santa Fe para examinar los legajos 
de su archivo, que conservan un rico material sobre los linajes colo¬ 
niales. En ambos viajes conté con la mejor voluntad de su erudito 
director, doctor José María Funes, y traté a varios historiadores de 
aquella provincia que me admitieron como uno de los suyos. Entre 
ellos el doctor Manuel Cervera, próximo a los ochenta años de edad, 
que conservaba su admirable lucidez y buen humor, y el doctor Salvador 
Dana Montaño, a la sazón juez federal. En mi segunda visita leí una 
conferencia, y el arzobispo monseñor Nicolás Fasolino presidió la cena 
que se me ofreció en esa oportunidad. En la conversación que mantu¬ 
vimos me sugirió que no dejase la ciudad sin conocer la iglesia y con¬ 
vento de San Francisco, del siglo XVII, que contienen interesantes 
recuerdos históricos. Seguí el consejo, siendo allí recibido por el prior, 
religioso de aspecto suave y modesto pero que advertí estaba lleno de 
luz interior. No voy a revelar su nombre ; pertenecía a una antigua 
familia tucumana, y me enseñó los detalles de la iglesia como un guía 
ilustrado. Entre las benefactoras del templo mencionó a doña Jerónima 
de Contreras, hija del fundador de la ciudad, cuyo testamento fechado 
en 1630 se conserva en una vitrina, así como varias reliquias legadas 
por aquélla y otras damas de la sociedad colonial. En la observación 
y comentario de piezas y recuerdos anduve con el prior casi dos horas, 
y se había puesto el sol cuando salimos al sitio arbolado que se extiende 
en el flanco del convento. No es tanto un jardín como un amplio solar 
desde el cual se domina el caudaloso Paraná, que diseña su marcha 
entre las barrancas santafecinas y la opuesta ribera entrerriana. Algunos 
frailes solitarios caminaban por los senderos sin que se oyese siquiera 
la pisada de sus sandalias, mientras otros leían sentados en los bancos 
rústicos. El crepúsculo y el silencio parecían unirse para reflejar en el 
espíritu la paz profunda de aquel sitio de meditación. Así lo dije en 
voz baja a mi acompañante. «Felices hombres — añadí — que des¬ 
preocupados por completo de los bienes materiales y los alhagos del 
mundo, vienen a concentrar su alma en la aspiración del mas allá, y 
realizan la vida calma y austera de los sabios y los santos...» Al oirme, 
el franciscano se detuvo y me miró de cerca. «¿ Qué siente usted en 


10 



146 


AYER 


este instante ? — me interrogó. « Siento — respondí — que ha entrado 
en mí algo del misticismo que flota en el ambiente, y pienso que si 
volviera a nacer trataría de seguir la escondida senda de que nos habla 
fray Luis de León... » «Usted puede volver a nacer en esta misma 
hora — afirmó con acento suave — lo que está oyendo es la voz de 
Dios, no la desoiga. » El diálogo entre el prior y yo continuó con ventaja 
para él porque yo estaba emocionado, y advirtiéndolo me puso una 
mano sobre el hombro y repitió gravemente : « Hermano, Dios le llama, 
entremos a la iglesia, voy a oirle en confesión.» 

Pero mi conciencia velaba, y pude decir al hombre del sayal que 
ese acto me ponía en conflicto con mis convicciones. « Deme veinticuatro 
horas para reflexionar », concluí al despedirme y agradecerle su acogida. 
Nos estrechamos afectuosamente la mano y no volvimos a vernos. 


IV 

Nunca encaré la genealogía con la modalidad que aplicaban los 
investigadores de los tiempos aristocráticos, quienes medían la impor¬ 
tancia de las personas por el número de sus bisabuelos ilustres. Siempre 
consideré el conocimiento de las antecedencias familiares como una 
contribución a los estudios históricos, pero aún dentro de esa actitud 
ajena a las preocupaciones nobiliarias, mi criterio experimentó una 
evolución cuyas etapas pueden seguirse en las cinco introducciones a 
mis obras Veinte linajes del siglo XVIII, Crónicas y linajes de la gober¬ 
nación del Plata, Azaróla, Los Maciel en la historia del Plata y Apellidos 
de la patria vieja. 

Mi concepto fundamental sobre la útil aplicación de las investi¬ 
gaciones genealógicas dentro de los procesos históricos, no sufrió varian¬ 
tes, pero debí modificar los conceptos secundarios en el sentido de 
ampliar aquellos estudios, acordando mayor profundidad a la materia 
histórica y biográfica y limitando a simples notas la parte exclusiva¬ 
mente linajística. En efecto, son normas caducas de esta disciplina las 
que se limitan a enunciar las filiaciones, parentescos, alianzas matri¬ 
moniales, fechas de nacimientos y decesos, materia que interesa exclu¬ 
sivamente a los miembros de determinadas familias, pero no al desarrollo 
de la cultura histórica ni al público ilustrado y moderno que sonríe 
con desdén al advertir la vanidad de los abolengos puestos de relieve 
por descendientes sin valimiento personal. 

En los prefacios arriba mencionados está expuesta toda mi doctrina, 
así como la ampliación o evolución que siguió mi obra entre 1925 y 1943. 
Casi no tuve continuadores, pues los genealogistas que han publicado 
trabajos o constituido entidades en América sobre aquella materia, 
se han mantenido dentro de los cánones o marcos establecidos por sus 



LA LABOR HISTÓRICA 


147 


predecesores de las monarquías absolutas, con esta diferencia : que 
en esas épocas los árboles genealógicos eran indispensables para quienes 
aspiraban a títulos, cruces y empleos, mientras que en las sociedades 
actuales la probanza de abolengos aristocráticos solo tiene por finalidad 
estimular el envanecimiento de gentes que, faltas de substancia propia, 
se refugian en la sonoridad de un apellido. 

La revelación pública de estas verdades no podía dejar de acarrear¬ 
me enemistades, y una de ellas fue la que me prodigó el Instituto de 
Ciencias Genealógicas, formado por algunos retardados sociales con la 
intención aparente de realzar valores del pasado. En mi libro Apellidos 
de la patria vieja y en el estudio qué contiene sobre los Zorrilla de San 
Martín, puse una nota aclaratoria acerca de escudos de armas de pura 
invención que se exhibieron en una exposición organizada en Buenos 
Aires por la entidad mencionada, que atribuyó el blasón de los Zorrilla 
a otra familia. A pesar de que la falsedad heráldica quedó demostrada, 
se me exigió una retractación seguida de excusas ; y como yo tomase 
a solfa tal pretensión, el instituto resolvió expulsarme de su nómina, 
sin que yo jamás hubiese formado parte de él ni aceptado un diploma 
que me había sido remitido. 

Para los científicos del instituto, la genealogía no parece tener 
nada que ver con la genética ni con la historia. Exhiben meras nóminas 
de antepasados con fechas de nacimientos, casamientos y defunciones, 
con una enunciación prolija de cargos y honores públicos. Y desde 
luego con una lista de familias vivientes emparentadas con los personajes 
de antaño. 

Tratada en esa forma y desvinculada de los procesos históricos, la 
genealogía se convierte en una superstición mas. De ahí que los miem¬ 
bros del instituto vivan atrasados de dos y tres siglos, sin darse cuenta 
que lo que hay que probar hoy son las convicciones democráticas, que 
no están reñidas con los estudios retrospectivos cuando se pone en 
éstos un ideal desinteresado. 



CAPÍTULO DECIMOSÉPTIMO 


LA MISION EN CHILE 


La guerra del Chaco y las negociaciones de paz. — Ofrecimiento de la repre¬ 
sentación diplomática en Chile. — Reservas de la Comisión Permanente 
al ministro Arteaga. — Los directores de la política exterior de Uruguay; 
falta de realismo y de experiencia. — Mi viaje a Santiago ; el canciller 
Cruchaga Tocornal; presentación de credenciales al presidente Ales- 
sandri. — Exigencia comunista ; mi respuesta. — Los agasajos oficiales 
a los exilados uruguayos crean una situación tensa. — Compensación 
de la Universidad de Santiago ; la estatua de Barros Arana. — Mi 
incorporación a la Academia Chilena de la Historia. 


I 

Al empezar el año 1935 desempeñaba yo el cargo de consejero de 
la embajada en Buenos Aires, donde se hallaba reunida una confe¬ 
rencia de plenipotenciarios argentinos, brasileros, chilenos y uruguayos 
para intentar poner fin a la guerra del Chaco. Las negociaciones se 
prolongaban sin éxito en razón de la intransigencia de los beügerantes, 
mientras las naciones vecinas se preguntaban porqué los dos pueblos 
en pugna persistían en su propósito de destrozarse recíprocamente en 
la disputa sangrienta de vastos territorios que no estaban en condiciones 
de poblar ni civilizar. Y en el deseo de establecer una coordinación 
mas directa entre las cancillerías de Santiago y Montevideo, el gobierno 
oriental resolvió confiarme su legación en Chile, vacante desde hacía 
un año. 

Invitado a presentarme en el ministerio de Relaciones Exteriores, 
el subsecretario doctor Felipe Ferreiro me insinuó confidencialmente el 
ofrecimiento que ese mismo día iba a confirmarme el canciller, don 
Juan José de Arteaga, para desempeñar aquella jefatura de misión. 
En la extensa conversación que mantuvimos, el ministro, a quien yo 



LA MISIÓN EN CHILE 


I49 


apenas conocía, se refirió a la situación continental creada por la guerra 
entre los dos países mediterráneos y a las dificultades que presentaban 
las gestiones pacificadoras. Añadió que había convenido con el presi¬ 
dente de la República acreditarme en el carácter de enviado extra¬ 
ordinario y ministro plenipotenciario en Santiago ; que se iba a cursar 
la consulta de práctica a La Moneda, elevándose luego el mensaje a la 
Comisión Permanente a los efectos de la venia constitucional, pues el 
Senado estaba en receso. Terminó con un esbozo de las instrucciones 
que ampliaría en mi visita de despedida. 

Todos estos eran trámites de rutina, pero el ministro Arteaga no 
contaba con los censores que tenía en la Comisión Permanente. Además 
de mi designación, el mensaje solicitaba venia para ascender a ministro 
en Bolivia al señor Ramón Píriz Coelho, que procedía de los servicios 
consulares y que era a la sazón encargado de negocios en aquel país. 
Y bien, cuando la comisión parlamentaria consideró ambos pedidos en 
sesión secreta y en presencia del canciller, se recordó y sostuvo que los 
trece cargos de ministros plenipotenciarios autorizados por la ley de 
presupuesto estaban provistos, y que no cabían nuevos nombramientos 
hasta que se produjesen vacantes o las cámaras aumentasen aquel 
número. El señor Arteaga formuló razones de política internacional; 
expresó que las consecuencias de la guerra del Chaco y las negociaciones 
de paz en las cuales intervenía nuestro país, exigían acreditar represen¬ 
tantes diplomáticos de alta jerarquía ante dos gobiernos que estaban 
jugando cartas decisivas en la solución del conflicto bélico, Bolivia como 
país beligerante y Chile como factor continental. La discusión se tomó 
viva, y el senador doctor Horacio Abadie Santos, que apoyaba el pedido 
de venia, destacó generosamente mis antecedentes de diplomático y 
escritor ; pero predominó el acatamiento que se debía a la ley de presu¬ 
puesto y los nombramientos solicitados por el Poder Ejecutivo fueron 
autorizados a título honorario, es decir, con los sueldos y partidas que 
percibíamos antes de la nueva misión. 

Pensé declinar el cargo, pero el ministro de Relaciones y el propio 
presidente de la Nación, a quienes fui a saludar al firmarse el decreto, 
me manifestaron que el carácter efectivo de mi promoción no iba a 
tardar en producirse con motivo de ser aumentado a quince el número 
de plenipotenciarios permanentes. Por su parte, el subsecretario doctor 
Ferreiro urgió mi partida, diciéndome que la asamblea de Ginebra 
había incluido en el orden del día el conflicto del Chaco y que interesaba 
a nuestro gobierno recibir informes sobre la actitud y propósitos de la 
diplomacia chilena frente a los acontecimientos. 

Acaté la orden y me puse en viaje el 5 de marzo, pero me alejé 
de Montevideo persuadido de que los hombres que dirigían nuestra 
política exterior tenían de ésta conceptos de solidez discutible. El 
presidente, doctor Gabriel Terra, había sido siempre un político pro¬ 
fesional a quien sólo importaban las cuestiones internas y se desintere- 



saba de los problemas internacionales. De ahí la fugacidad, años atrás, 
de su misión diplomática en Roma y en el ministerio de Relaciones 
Exteriores, que cambió gustosamente, al cabo de dos meses de desem¬ 
peño, por el del Interior. Cuando representó al país en la asunción del 
mando argentino por don Hipólito Yrigoyen, allá por 1916, su discurso 
en la presentación de credenciales fue la mas inoportuna exposición de 
la tendencia oficialista y politiquera uruguaya, que nada tenía que 
ver con su cometido diplomático ; y la ruptura de relaciones con la 
nación hermana, que él decretó en 1932, resquebrajó de tal modo la 
seriedad de su magistratura, que el gobierno argentino no volvió a 
tomarlo en cuenta ni siquiera cuando solicitaba la internación de los 
exilados que conspiraban contra él desde Buenos Aires. 

Era un imaginativo de mentalidad resbaladiza, con vocación son¬ 
riente para las combinaciones de la política aldeana ; su fondo humano, 
ambicioso y versátil, sorprendía con inesperados cambios de orienta¬ 
ción ; conocedor de los hombres era escéptico a su respecto. Como 
saldo de su gobierno ha quedado la plausible utilización hidroeléctrica 
del Río Negro ; como jurista y parlamentario, nada duradero ; y como 
todas las dictaduras, la suya dejó un recuerdo ingrato en la conciencia 
pública. 

Su colaborador inmediato, señor Arteaga, ocupaba el cargo por 
motivos de política interna. Era un ingeniero civil que no había tenido 
nunca contacto con los problemas de carácter internacional, ni acredi¬ 
tado mas condiciones para la cancillería que las muy loables de su 
distinción heredada y su sociabilidad de buena cepa criolla. Su natural 
laborioso debía ilustrar, años mas tarde, el ministerio de Obras Públi¬ 
cas ; pero no era su actividad propicia la de Relaciones Exteriores. 

El subsecretario, doctor Felipe Ferreiro, poseía vocación histórica, 
universitaria y bibliográfica; era un erudito en algunos aspectos de la 
triple disciplina, pero lo era menos en política internacional. Su inteli¬ 
gencia, de raíz lusitana, creaba procedimientos y soluciones poco adap¬ 
tables al realismo de los problemas exteriores, como su probidad personal 
tampoco se adaptaba a las tendencias subalternas de la politiquería. 
Casi no había viajado, pero era un estudioso que si hubiese estado libre 
de contagios partidistas y con veinte años de vida en países de elevada 
cultura, habría realizado en la diplomacia su mejor orientación 
espiritual. 

La dosis de ideología que poseían Arteaga y Ferreiro estaba lejos 
de coincidir con el escepticismo de Terra. Éste se encogía de hombros, 
mientras los dos primeros creían en la influencia de Uruguay en los 
asuntos de América. No parecían advertir que ningún país del mundo 
pesa en la mesa de negociaciones si sus plenipotenciarios no tienen el 
respaldo de un fuerte ejército, flotillas de submarinos y una aviación 
de bombardeo. Es duro decirlo, pero esta verdad no ha sido todavía 
asimilada por la mayoría de nuestros hombres públicos. 



LA MISIÓN EN CHILE 


151 


II 

Hice el viaje a Chile acompañado de mi hijo Enrique, a la sazón 
de catorce años, mientras su madre y hermanos menores quedaban en 
Buenos Aires a la espera de que yo los llamase o viniese a buscarlos 
una vez realizadas las primeras y urgentes gestiones que se me encomen¬ 
daban en Santiago y solucionase el problema de la instalación déla 
familia. Confieso que mi viejo conocimiento de los Pirineos y de los 
Alpes me hizo creer que el paso de los Andes no me ofrecería motivos 
de admiración o de sorpresa, pero la una y la otra surgieron en mi 
espíritu y en el de mi hijo cuando penetramos en las estribaciones de 
la cordillera y la entrada a los desfiladeros y montañas nos reveló el 
espectáculo mas maravilloso que habían contemplado nuestros ojos. 
Ibamos en automóvil por el estrecho sendero que no parece haber 
cambiado desde el tiempo de los virreyes ; cruzamos ante los paramillos 
de Uspallata y el valle del mismo nombre, donde estaba la antigua 
estancia de don Benito Villanueva, hoy convertida en un hotel de tipo 
colonial; y al llegar al Zanjón Amarillo, en cuyo fondo corre un río 
que apenas se distingue, contemplamos los flancos tortuosos de aquellos 
panoramas de piedra, fantástica visión de una naturaleza violentamente 
quebrantada que parece conservar la fisonomía de la tierra en los 
tiempos de su formación geológica. Corrimos ocho horas desde Villa- 
vicencio hasta Punta de Vacas, donde nos esperaba el tren chileno, o 
sea la parte del trasandino no tocada por la conmoción sísmica que 
tres años antes había retorcido y roto cien kilómetros de vía férrea, 
con sus estaciones y puentes, como si fuesen frágiles cañas. El descenso 
de la cordillera se efectuaba con mucha lentitud desde Los Caracoles 
hasta la ciudad de los Andes, donde llegamos agotados de fatiga. Allí 
hicimos noche, y horas después descendimos felizmente en Santiago. 

Fui recibido al día siguiente por el canciller don Miguel Cruchaga 
Tocomal. Era un hombre distinguido, de firme autoridad moral y 
jurídica, que estuvo frío y reservado conmigo hasta el punto de que 
esa primera entrevista me hizo sospechar que no debería ilusionarme 
sobre la obtención de apoyos en favor de la posición adoptada por mi 
gobierno en el conflicto del Chaco. Hay que tener en cuenta que Chile 
acababa de reanudar sus relaciones con Paraguay, rotas dos años antes 
por derivaciones de la guerra. Conseguí, no obstante, la mediación del 
canciller para que el presidente de la República, doctor Arturo Alessan- 
dri, me recibiese sin demora, y le entregué mis credenciales en La Moneda 
el 16 de marzo con la asistencia de las personalidades habituales. No 
hubo discursos, pero el presidente conversó amablemente conmigo 
después de la breve ceremonia, y la guardia de infantería rindió los 
honores de práctica en el vestíbulo del viejo palacio colonial. 



152 


AYER 


Pero la reacción ante el carácter circunstancial de mi designación 
y la oposición de la Comisión Permanente a que me he referido, no 
tardó en producirse : el ministro plenipotenciario de Chile en Monte¬ 
video recibió la instrucción de ausentarse transitoriamente de esta 
capital y hacerse cargo de la legación en Asunción del Paraguay. La 
representación diplomática en nuestro país fué confiada a un encargado 
de negocios, disminuyéndose así la jerarquía de aquélla, y casi simul¬ 
táneamente un cambio de orientación en Montevideo dió motivo al 
alejamiento de los señores Arteaga y Ferreiro de la cancillería nacional, 
nombrándose titular de la misma al doctor José Espalter. 

Este hombre público había llegado a la senectud sin haber inter¬ 
venido nunca en gestiones o negociaciones con el exterior ; su natural 
escepticismo político se agravaba hacia 1935 con achaques físicos que 
no le permitían consagrarse a tareas absorbentes ; y delegó práctica¬ 
mente la gestión ministerial en funcionarios cuya responsabilidad no 
coincidía con la importancia de sus cometidos. Como se sabe, un prin¬ 
cipio fundamental obliga a toda cancillería a mantener una vinculación 
moral y política con sus agentes en el exterior, sustentando la solidaridad 
que está por encima de inclinaciones personales. Esta norma no parece 
haberse mantenido, pues mis informaciones confidenciales sobre la 
acción de la diplomacia chilena en la guerra del Chaco, no fueron cono¬ 
cidas por nuestra delegación a la conferencia de Buenos Aires, a la que 
estaban destinadas. El espíritu burocrático ha concedido siempre y en 
todas partes mayor importancia a la tramitación de los expedientes 
administrativos que a las negociaciones internacionales. Otras omisiones, 
que prefiero no puntualizar por motivos de discreción, no contribuyeron 
a facilitar mi gestión en Santiago. 

Apenas iniciada ésta, llegó a mis manos una comunicación inespe¬ 
rada que procedía del pequeño sector comunista de la Cámara de Dipu¬ 
tados de Chile, y que en términos que juzgué imperativos me con¬ 
minaba a informar lo que supiera sobre la situación de un diputado 
comunista uruguayo, cuyo nombre he olvidado, y al que se presumía 
« aherrojado en las mazmorras de la dictadura ». Desde luego, en nuestro 
país no había entonces dictadura, como lo demostraba el hecho de 
existir diputados opositores ; y adoptando yo la actitud que corres¬ 
pondía envié el documento original al presidente de la Cámara, expre¬ 
sando en una breve nota verbal «que la legación de Uruguay estaba 
acreditada ante el gobierno de Chile y que sólo podía recibir comuni¬ 
caciones por el órgano de la cancillería». El episodio terminó sin más 
consecuencia que la expresión de desagrado fisonómico revelado por el 
subsecretario de Relaciones, don Germán Vergara, al enterarse de mi 
firmeza. 

Sin embargo, fué otro episodio que en aquellos mismos días tornó 
delicadas mis relaciones con el gobierno chileno. Había llegado a San¬ 
tiago un eminente ciudadano uruguayo sindicado por la energía de su 



LA MISIÓN EN CHILE 


153 


oposición a las soluciones gubernamentales de esa actualidad, y cuya 
participación en proyectos revolucionarios le llevó al exilio, en tierra 
chilena ; y fué allí que el ministro de Relaciones Exteriores le recibió 
y agasajó, ofreciéndole un banquete al que asistieron personas de 
significación, y entre éstas un hijo del presidente Alessandri. La prensa 
pubücó la noticia, y a ese banquete siguió otro, ofrecido por el ministro 
de Hacienda, señor Ross Santa María, israelita de gruesa fortuna. 
Claro está que la legación a mi cargo nada tenía que ver con las cosas 
internas que se debatían entre las fracciones, y yo, como diplomático de 
carrera, era apolítico ; pero en América la opinión se inclina a identifi¬ 
camos con el régimen, o color, o situación imperante en el país que 
representamos sin tener en cuenta que el diplomático es soldado, que 
sirve a la nación y no a un partido, y que ejecuta las directivas que 
recibe de su cancillería sin preguntar cual es la etiqueta política de 
tumo... Es éste un concepto europeo, y queda el recurso de marcharse 
sin frases ante una incompatibilidad de ideas o de actitudes. El episodio 
a que me refiero tuvo una compensación favorable en la tradicional 
afabilidad de la sociedad chilena que vió en el ministro de Uruguay 
al representante de un país hermano, acordándome evidentes testimo¬ 
nios de simpatía. Uno de éstos emanó de la Universidad de Santiago, 
que me otorgó el honroso encargo de representarla y hablar en su 
nombre al inaugurarse la estatua del ilustre historiador Diego Barros 
Arana. Aquel acto fue un torneo oratorio, y la muchedumbre que 
asistió hizo objeto a nuestro país de una entusiasta demostración. 
La misma universidad, al editar una obra en dos tomos en homenaje 
a su exrector, don Domingo Amunategui Solar, me invitó a colaborar 
con un estudio, lo que hice eligiendo la personalidad de don José Arrieta, 
que había ejercido la representación de Uruguay en Chile durante 
varias décadas y de manera brillante. 

Mi incorporación a la Academia Chilena de la Historia tuvo lugar 
el 18 de octubre, bajo la presidencia del ministro de Relaciones, doctor 
Cruchaga Tocomal, que me recibió con palabras elogiosas y auspició 
conmigo el nombramiento de los doctores Pablo Blanco Acevedo y 
Felipe Ferreiro como miembros correspondientes de la entidad. En 
aquel acto di lectura a la introducción del libro Los Maciel en la historia 
del Plata. Debo recordar que en la república trasandina los estudios 
retrospectivos han sido cultivados siempre con subido interés, debido 
quizá al espíritu conservador de la sociedad. Desde hacía años, mi 
amigo don Ricardo Donoso, caracterizado director del Archivo Histó¬ 
rico, me había vinculado a otra institución, la Sociedad Chilena de 
Historia y Geografía, en cuyo órgano colaboré varias veces. Donoso 
me facilitó el examen de legajos importantes cuya síntesis di a la 
imprenta al volver a Buenos Aires. 



CAPÍTULO DÉCIMOCTAVO 


LA ELOCUENCIA DE ALESSANDRI 


Una recepción en la embajada de Brasil. — Confidencias del presidente 
Alessandri ; los tres géneros de su oratoria ; las afirmaciones rotundas, 
el oportunismo y la argumentación jurídica. — Abuso de los discursos 
prolongados ; un episodio jocoso en el Congreso de Chile. — Lectura 
soporífica del mensaje presidencial. — Chiste del ministro paraguayo 
don Rogelio Ibarra. 


I 

En la recepción que ofreció el embajador de Brasil, Araújo Jorge, 
en el invierno de 1935, días después de presentar sus credenciales, el 
presidente Alessandri me otorgó la atención de conversar conmigo en 
un largo aparte. Sabiendo que era un tribuno elocuente, le pregunté 
cual era el género de oratoria que merecía su preferencia. El tema le 
agradó vivamente pues evocó en su memoria los mejores éxitos de su 
vida pública. De ahí su conversación a solas conmigo, junto a la gran 
chimenea del salón de honor de la embajada, olvidado casi de que, 
hallándose en una recepción diplomática debía dividir su tiempo entre 
los diversos jefes de misión. El doctor Alessandri me dijo que había 
cultivado tres géneros de oratoria : la popular, la parlamentaria y la 
jurídica. «Le confieso, señor ministro, que es la primera adonde han 
ido siempre mis preferencias, pues además de ser la mas fácil es la 
que acuerda mayores éxitos. Esa oratoria debe consistir en discursos 
hechos a base de afirmaciones ; con pocas ideas, porque el tribuno 
habla a una masa en la que predomina una mentalidad simplista ; 
y debe revelar en frases rotundas una confianza absoluta en su victoria 
personal o política, pues como el auditorio le es enteramente adicto y 
se ha congregado para aclamar a su caudillo, interpreta el triunfo de 
éste como un triunfo propio.» 

El presidente era, como se vé, un psicólogo avezado, y no tenía 
inconvenientes en revelar su conocimiento de las ilusiones populares. 
Le recordé la tesis de Gustave Le Bon : «Las creencias se propagan 
por afirmación, repetición y contagio.» 

Prosiguiendo la confesión, Alessandri citó un ejemplo práctico de 



LA ELOCUENCIA DE ALESSANDRI 


155 


su sistema : « Recuerdo el entusiasmo de una asamblea de gentes modes¬ 
tísimas (se refería a sus «rotos»), cuando declaré mirando al cielo: 
« El odio es estéril, sólo el amor es fecundo. » Otras veces la epifonema 
democrática estallaba en frenesí cuando yo afirmaba, levantando el 
puño : «¡ Yo seré presidente de la República !» Y creo que lo soy — 
añadió sonriendo — por haberlo dicho muchas veces y en alta voz, 
pues contagié la confianza.» 

- ¿.? 

«— La oratoria parlamentana — continuó diciendo — exige una 
preparación previa y un esfuerzo sostenido en el curso de los debates. 
Esta clase de oratoria requiere vocación o disposición para las res¬ 
puestas rápidas a los interruptores, y saber sacar partido de ciertos 
recursos destinados a influir individualmente sobre los legisladores. 
Ante una turba de plaza pública el orador opera sobre el alma colectiva, 
mientras que en una cámara el diputado o senador que aspira a obtener 
una votación favorable ha menester de maniobrar ante sectores polí¬ 
ticos opuestos ; de ahí que en el Congreso las afirmaciones rotundas 
y las verdades absolutas no sean convenientes. En toda asamblea 
política el que discursea debe saber procurarse una conversión hábil 
o una retirada a tiempo.» 

El presidente admitía, como puede juzgarse, la táctica que los 
políticos profesionales denominan «oportunismo », o sea en realidad la 
mudanza de sus opiniones con fines exitistas. Pero no me dió tiempo 
para reflexiones morales, porque impelido por la vivacidad del tema 
continuó hablando, mientras los corrillos diplomáticos observaban 
nuestro largo aparte : 

«— Hay un género de oratoria más difícil aún : es el que los letra¬ 
dos desarrollan ante los jueces, tribunales y cortes supremas. Si en 
presencia del jurado designado para juzgar a un criminal, el abogado 
puede emplear una argumentación simplista muy semejante a la que 
se usa en los mitines populacheros, ante los magistrados capaces de 
analizar el argumento o la sutileza jurídica, el legista que habla se 
encuentra expuesto al riesgo de interpretaciones insospechadas. Frente 
al estrado de un tribunal no se puede hacer juegos de palabras, ni 
apelaciones al sentimentalismo, ni derivaciones habilidosas : hay que 
conocer a fondo los preceptos legales, interpretarlos a base de lógica, 
apücarlos a fuerza de criterio y comentarlos con elocuencia.» 

«— Me parece, señor presidente — insinué modestamente — que 
queda por clasificar un cuarto tipo de elocuencia.» 

«— ¿ Cuál ? — preguntó con interés. 

«— La sagrada. Es, a la vez, fácil, porque se dirige a auditorios 
que no van a discutir ni a interrumpir ; grave, por los temas que trata ; 
eficaz, porque define cosas eternas y aspira a solucionar problemas que 
preocupan profundamente a los hombres. Creo que es la oratoria que 
se adentra mas en el corazón de los oyentes.» 




AYER 


156 


Nuestra plática había terminado. Claro está que no faltó un diplo¬ 
mático curioso que se me acercó con intenciones de averiguación... 
« ¿ De qué hablamos ? — le dije — pues de nada importante. El señor 
presidente acaba de sugerirme un tema para mis Memorias.» 


II 

Pero la elocuencia del presidente Alessandri tuvo sobre mí, en 
cierta ocasión, efectos insospechados, pues dió motivo a un episodio 
jocoso del que fui protagonista. El mandatario debía leer su mensaje 
anual ante el Congreso de Chile y se invitó al cuerpo diplomático a con¬ 
currir al acto. La exageración consistió en la determinación presidencial 
de leer íntegramente el mensaje, de una extensión considerable, deseando 
dar con ello un testimonio de su fortaleza física y los largos alientos de 
su oratoria. El señor Alessandri tenía entonces sesenta y ocho años de 
edad y estaba satisfecho de su vigor y lucidez. La lectura debía durar 
dos horas y cuarenta minutos, espacio que el ilustre lector llenó sin 
misericordia. Confieso que ha sido la mas dilatada disertación que he 
debido escuchar en mi larga vida, pues la que propinó en Madrid, hace 
mas de veinte años, el eminente vasco don Resurrección María de 
Azcue, al leer en la Real Academia de la Lengua su erudito e incom¬ 
prensible trabajo sobre «las variaciones del verbo guipuzcoano », sólo 
duró una hora, aunque ella bastó para causarme un enfriamiento con 
reacción febril al día siguiente. Temo que los oradores que abusan del 
tiempo, del idioma y de sus auditores, no advierten el perjuicio que 
suelen ocasionar a las personas corteses que acuden a oirlos. 

Tal fue el caso ocurrido en Buenos Aires al descubrirse la estatua 
de Dorrego en un helado día de invierno, hace ya mucho tiempo. Un 
orador oficial se desbordó durante mas de dos horas en plena intemperie, 
y su peroración histórico-biográfica, propia para ser leída en el calor 
y el silencio de los hogares, tuvo una interrupción casi trágica : el ministro 
oriental, mi inolvidable amigo don Daniel Muñoz, se desplomó desvane¬ 
cido en la tribuna erigida en la calle. Su reacción ulterior fue sólo par¬ 
cial, pues nunca se repuso enteramente del grave accidente. Conven¬ 
gamos en que aquellas incontinencias verbales se producen especial¬ 
mente en nuestra América. Véase, sino, la oposición entre estos dos 
ejemplos : en la inauguración del monumento a Mitre, en Buenos Aires, 
hubo veintitrés discursos ; en el entierro del mariscal Foch, en París, 
hubo uno solo, el de Poincaré. A su vez, el gran Clémenceau dispuso 
que a su sepelio concurriesen únicamente sus familiares y sus criados ; 
naturalmente, nadie habló pero todos lloraron. La elocuencia de las 
lágrimas no ha sido superada por la de los discursos. 

Pero volvamos a Alessandri. La gran sala del congreso de Chile 



LA ELOCUENCIA DE ALESSANDRI 


157 


estaba llena: ministros de Estado, legisladores, altos magistrados 
civiles, jefes superiores del ejército y la armada, prelados, diplomáticos 
y periodistas, ocupaban los sitiales de preferencia ; y como en todas 
partes, al pueblo se le reservaba el privilegio de esperar en la calle la 
llegada del presidente con la consigna de vivarlo. Adentro, las aclama¬ 
ciones eran reemplazadas por discretos aplausos. El senado, trajeado 
de frac, enfrentaba al cuerpo diplomático vestido de uniforme, y apenas 
dos metros separaban los sillones de la cámara alta de los ocupados 
por los jefes de misión. Menciono este detalle de la distancia porque él 
hizo visible mi involuntaria irreverencia. El ambiente era tan solemne 
que nadie se atrevía a cruzar la pierna, y cuando el presidente de la 
República empezó a leer, la atención y el silencio eran profundos... 
Pero una hora después los rostros tenían otra expresión — la del can¬ 
sancio — y antes de que transcurriese la segunda hora la fisonomía de 
los oyentes no se ajustaba a las normas del protocolo. Las sonrisas de 
encargo habían desaparecido, algunos parlamentarios hablaban en voz 
baja con sus vecinos, y hasta creo haber advertido que alguien se esfor¬ 
zaba en evitar que su quijada se distendiera. Fué en esos momentos, al 
entrar en la hora tercia del mensaje, que se produjo mi desfallecimiento... 
Apoltronado entre el introductor de embajadores, Ovalle Castillo, y 
el ministro de Alemania, von Schóen, sentí que me invadía un sopor 
invencible al mismo tiempo que la voz de Alessandri disminuía de 
intensidad, como si se fuese alejando ; al cabo de algunos minutos 
la lectura se convirtió en un murmullo ininteligible y yo caí en el más 
profundo letargo ; acentuóse mi insensibilidad auditiva hasta el punto 
de creer que me rodeaba un silencio absoluto ; y hallándome ya des¬ 
vanecido sentí un dolor en el epigastrio que me devolvió de golpe a la 
realidad y a la sonora prosa alessandrina : el introductor de embaja¬ 
dores acababa de darme un codazo en el estómago, seguido de esta 
frase siniestra : « Ministro, ¡ está usted roncando !» 

Una de las calamidades de mi vida ha consistido en que nunca he 
logrado dormir silenciosamente. He conocido a algunos colegas que, 
obligados a escuchar disertaciones soporíficas, se salvaban gracias a 
un discretísimo sueño disfrutado con la cabeza apenas inclinada y los 
ojos entornados, hasta el punto de hacer creer a los vecinos que su 
atención era profunda. En lo que me atañe, creo que en aquella ocasión 
los dos modestos ronquidos que alcancé a dar sólo fueron oídos desde 
las sillas curules inmediatas ; pero como no podía faltar la nota jocosa 
y regocijante sobre el episodio, encargóse de inventarla la fantasía de 
mi excelente amigo el ministro de Paraguay, don Rogelio Ibarra, al 
contar esa noche en la tertulia del Club de la Unión que, al resonar un 
inesperado estrépito en la sala del congreso, Alessandri interrumpió 
azorado su lectura y se sacó las gafas... «No es un terremoto, señor 
presidente — exclamó un diputado — ¡ es el ministro de Uruguay que 
se ha dormido !» 



CAPÍTULO DÉCIMONONO 


LA MISIÓN EN ARGENTINA 


Inanidad de la política exterior uruguaya ; sus causas. — Mi ofrecimiento 
de renuncia no es aceptado por el presidente Terra ; reincorporación 
a la embajada en Buenos Aires. — La Conferencia de Consolidación 
de la Paz ; sus antecedentes diplomáticos. — El proyecto Brum sobre 
creación de la Liga Americana ; actitud negativa de la delegación 
uruguaya. — Actos sociales y culturales ; amigos y maestros ilustres. — 
El canciller Guaní ; su personalidad ; visita al gobierno argentino. — 
El doctor Juan José Amézaga ; su autoridad moral y sus virtudes. — 
El motín militar en Argentina ; analogías políticas de las sociedades 
mestizas. — Los factores del escenario argentino. — Mi interinato al 
frente de la embajada; la promoción jerárquica. — Asilados políticos. 


I 

Los estudiosos de nuestra historia diplomática hallarán mucho 
material de lectura en la correspondencia cambiada durante el año 1935 
entre la legación en Chile y el ministerio de Relaciones Exteriores ; 
y advertirán las fallas de criterio y solidaridad que singularizaron a 
las respuestas e instrucciones de la cancillería a su agente en Santiago. 
No puedo revelar su contenido, pero debo expresar que el descenso se 
debía a la falta de interés del jefe de Estado por los problemas exte¬ 
riores, y a la vacancia práctica en que se hallaba la dirección del minis¬ 
terio desde el nombramiento del nuevo titular, en marzo del año citado. 

La falta de hombres representativos dispuestos a acompañar su 
gestión gubernativa obligó al presidente Terra a confiar las secretarías 
y subsecretarías de Estado a personas con capacidad deficiente, o a 
veces con preparación intelectual pero carentes de autoridad moral. 
Era el caso del doctor José Espalter, a cuya decrepitud me he referido 
anteriormente. Descreído y cansado, delegó su alta función en dos o 
tres burócratas que limitaron su tarea a la tramitación de expedientes 
y a suscitar pequeñas intrigas. Mi posición en una jefatura de misión 
se tomó incómoda ; disminuida mi designación por las reservas de la 



LA MISIÓN EN ARGENTINA 


159 


Comisión Permanente y reducida a cero la actividad de nuestras ges¬ 
tiones en el exterior, no había razón para que yo conservase mi investi¬ 
dura. Regresé a Montevideo e informé al canciller que no estaba dis¬ 
puesto a continuar en una situación que me inhabilitaba para el ejercicio 
de mis cometidos, señalando a su atención hechos concretos. Un poco 
sorprendido por mi actitud, el doctor Espalter convino en poner término 
a la misión en Chile ; pero sometido a las influencias que me eran hostiles, 
decretó al mismo tiempo mi adscripción al ministerio. Me negué a 
aceptar esa solución burocrática sin relación con mi jerarquía, y solicité 
una audiencia del presidente de la República a quien manifesté mi 
decisión de retirarme de la carrera. Pienso que el doctor Terra estuvo 
sincero al responderme que no aceptaba tal propósito porque me creía 
útil al país, y me propuso reintegrarme a la embajada en Argentina 
con las mi smas funciones que desempeñaba antes de mi comisión en 
Chile. Horas después di una contestación afirmativa, y al terminar las 
vacaciones volví con los míos a Buenos Aires. 


II 

El asunto que requirió mi mayor atención al reincorporarme a esa 
representación diplomática, fue la celebración de la Conferencia de 
Consolidación de la Paz que debía inaugurar en la capital argentina 
el presidente Franklin D. Roosevelt en julio de 1936. Aquel acto de 
importancia histórica tiene algunos antecedentes que voy a dar a 
conocer. 

Varios meses antes había sometido yo desde Santiago de Chile al 
presidente Terra la idea de tomar una iniciativa ante el inquietante 
curso de los sucesos europeos y el cuadro sombrío de las perspectivas 
que iban a culminar, en mi concepto, en una nueva guerra general. 
Con ese motivo le dirigí la carta cuyo texto subsigue, y que constituye 
el primer antecedente de la reunión continental que tuvo lugar en 
Buenos Aires y que, según mi proposición, debió celebrarse en 
Montevideo. 

«Santiago, 22 de septiembre de 1935. Señor presidente de la República, 
doctor don Gabriel Terra. Montevideo. — Señor presidente : El grave 
proceso de los acontecimientos europeos y las perspectivas de carácter 
internacional cada vez mas sombrías, inducen a pensar en la necesidad 
y la utilidad de un cambio de opiniones entre los gobiernos americanos, 
a fin de concertar una política común de defensa de conceptos y de intereses. 
La analogía de estos países, la identidad de sus principios fundamentales 
y la similitud de sus intereses, constituyen una base propicia para un enten¬ 
dimiento que se hace indispensable ante los problemas que plantea la situa¬ 
ción europea y sus posibles derivaciones. De aquel entendimiento debe surgir 
una actitud solidaria, no sólo en la esfera política sino también en el terreno 



i6o ayer 

económico. En la primera, habría que evitar a uno o mas países débiles 
de América las emergencias del aislamiento ; asegurar la neutralidad conti¬ 
nental y pesar, llegado el caso, con la influencia que concedería la unión 
de veinte naciones en favor de la paz. En el terreno económico hay cues¬ 
tiones que exigen un acuerdo continental que iría desde el estudio reclamado 
por una situación próxima de prosperidad transitoria, causada por adqui¬ 
siciones de materias primas y productos alimenticios en gran escala, hasta 
el examen de las medidas a adoptarse con anticipación a una depresión 
general causada por las consecuencias económicas de una larga guerra. 
Estimo que la magnitud de los problemas que se diseñan, aconseja la cele¬ 
bración de una conferencia panamericana de hombres de gobierno; y creo 
que si usted, señor presidente, compartiese esta opinión y resolviera formular 
una proposición en aquel sentido, con ofrecimiento de Montevideo para 
su ejecución, su iniciativa podría tener resultados fecundos en todos los 
órdenes. — Saludo al señor presidente, etc. — L.E. Azaróla Gil. » 

Esta carta había sido precedida por conversaciones sostenidas con 
personalidades chilenas y jefes de misiones diplomáticas acreditadas 
en Santiago, tendientes a explorar la acogida que recibiría una eventual 
proposición uruguaya por sus respectivos gobiernos. Tuve la impresión 
de que encontraría unánimes apoyos. Al elevar a la cancillería nacional 
la información del caso, envié una copia del documento transcripto, 
y recibí en respuesta una nota de censura por haberme dirigido directa¬ 
mente al presidente de la República. Sobre el fondo del asunto, nada. 
Pero la idea hacía camino, el embajador norteamericano había comu¬ 
nicado esas negociaciones a su gobierno y el embajador argentino había 
hecho lo mismo con el suyo. Tres meses después el presidente Roosevelt 
lanzaba la iniciativa de reunir una conferencia panamericana, y el 
canciller Saavedra Lamas formulaba la invitación de celebrarla en 
Buenos Aires. 

Estos antecedentes revelan que Uruguay perdió al mismo tiempo 
dos oportunidades de política exterior : la de promover y auspiciar la 
reunión internacional y la de situarla en su capital. Pero debía malograr 
otra oportunidad en el curso de la conferencia, al negarse a patrocinar 
el proyecto de creación de la Liga Americana, idea originalmente 
uruguaya expresada en 1920 por el doctor Baltasar Brum, a la sazón 
presidente de la República, que debía concretarla después en un 
proyecto cabal. 

En efecto, en abril de aquel año el doctor Brum leyó una conferencia 
en el paraninfo de la Universidad de Montevideo, sosteniendo que el 
consejo de la Liga de las Naciones, con sede en Ginebra, «estaba for¬ 
mado principalmente por delegados de las grandes potencias, habién¬ 
dose excluido a casi todos los países americanos. Estos necesitan, pues, 
crear un organismo que vele por ellos... y ese organismo no puede ser 
otro que la Liga Americana, basada sobre la absoluta igualdad de todos 
los países asociados». Entre las conclusiones que formuló se encuentra 
ésta : «Todas las controversias, de cualquier naturaleza y que por 
cualquier causa surgieran entre los países americanos, deberán ser 



LA MISIÓN EN ARGENTINA 


161 


sometidas al juicio arbitral de la Liga, cuando no pudiesen resolverse 
directamente o por mediación amistosa.» 

Con posterioridad a su iniciativa y dándole ya forma orgánica, el 
doctor Brum redactó un anteproyecto de estatutos de la Asociación 
de los Países Americanos. Ese documento fué incorporado, muchos 
años después de la muerte de su autor, a los antecedentes de la Confe¬ 
rencia de México, en febrero de 1945 y bajo la signatura «repartido 
núm. 29». Desde luego, el anteproyecto era conocido de la cancillería 
uruguaya en 1936, y al tener efecto en Buenos Aires la Conferencia 
de Consolidación de la Paz el pensamiento del expresidente encontraba 
ecos continentales : los gobiernos de Chile, Santo Domingo y Colombia 
gestionaron en Washington la inclusión del asunto en las sesiones a 
celebrarse, y el delegado chileno a la Sociedad de las Naciones, don 
Agustín Edwards, anunció en Ginebra que su gobierno iba a propiciar 
la creación de ligas regionales asociadas, una de las cuales sería la Liga 
Americana. 

Estas noticias demostraban que existía un clima propicio para la 
cristalización de la idea, o por lo menos para comenzar su discusión 
en la asamblea panamericana. En esos días se mencionó mi nombre 
como el de un posible integrante de la delegación uruguaya ; y habién¬ 
dose constituido en Montevideo una comisión con el cometido de ase¬ 
sorar al ministerio de Relaciones Exteriores sobre los asuntos a tratarse 
en Buenos Aires, le expresé por escrito la conveniencia de incluir entre 
ellos el proyecto relativo a la Liga Americana. En ese documento 
reiteré lo que estaba en el criterio de todas las esferas que habían seguido 
la actuación de la Liga de las Naciones : que esta institución no había 
logrado realizar sus objetivos fundamentales, es decir, el postulado del 
desarme, la evitación de las agresiones y la organización efectiva de 
la paz. Ginebra se había caracterizado como un centro de discusiones 
académicas y el mundo político preveía lo que pocos años después había 
de convertirse en una espantable realidad. En mi comunicación a la 
comisión asesora no vacilé en afirmar textualmente : «Cada día nos 
acerca mas al conflicto que colocará frente a frente, no ya a los grupos 
nacionales y étnicos, sino a las doctrinas opuestas en materia de gobierno 
y organización social.» La solución de solidarizar políticamente a los 
pueblos de América, enunciada por Brüm en 1920, me parecía de una 
oportunidad impostergable en 1936, e insistí en la elección de Monte¬ 
video como sede de la asociación interamericana L 

Estas ideas no prevalecieron, y decliné mi eventual inclusión en 
la delegación uruguaya. La Conferencia de la Paz, integrada por perso¬ 
nalidades ilustres, puso término a sus sesiones académicas votando 
una proposición del canciller argentino, doctor Saavedra Lamas, sobre 
abolición de la violencia en las relaciones internacionales. Fué una 


1 Apéndice, letras J y K. 



IÓ2 


AYER 


expresión mas de generosidad teórica que se añadió al conjunto de 
instrumentos ya celebrados en otras capitales con propósitos de aveni¬ 
miento y cooperación pacifista, y cuyos resultados no lograron evitar 
la conflagración de 1939 a 1945. 

Transcurren los tiempos y los hombres pasan, pero el propósito 
expuesto perdura y se consolida a pesar de las tragedias exteriores 
y los obstáculos internos. Un jurista de autoridad notoria, el doctor 
Camilo Barcia Trelles, ha consagrado últimamente un estudio a la tesis 
del presidente Brum, cuya importancia destaca y define «como la mas 
firme, la mas coherente y la de mejor orientación que todas las seña¬ 
ladas »L El comentarista comparte la opinión del autor de la tesis, 
de « que la solidaridad continental tendría su expresión en la constitu¬ 
ción de una Sociedad de Naciones Americanas», y que esta unión 
redactaría su propio código. Estoy persuadido de que, a pesar de las 
influencias que han demorado la consagración de la doctrina uruguaya, 
su adopción es sólo una cuestión de lógica, de tiempo y de oportunidad 
que, al realizarse, demostrará que el Nuevo Mundo ha entrado en la 
etapa de su madurez. 


III 

Toda embajada o legación acreditada en un país vecino, concentra 
una considerable cantidad de asuntos cuya tramitación exige una 
atención permanente. Necesariamente intervine en todos aquéllos que 
no eran del resorte exclusivo del jefe de misión; la reserva obligatoria 
impuesta a los agentes del servicio exterior no me permite referir cierta 
clase de gestiones interesantes que, al silenciarlas, quitan importancia 
a estas páginas ; pero como no las escribo para suscitar elogios, mis 
lectores sabrán excusar las omisiones que me he impuesto. Sólo revelaré 
un asunto de cuya importancia fundamental da noticia el capítulo 
siguiente y cuya responsabilidad me compete. 

A la labor cuotidiana en las oficinas debía añadir mis trabajos de 
escritor, cuya mayor parte estaba precedida de tareas de investigación. 
La vida de familia y sus obligaciones absorbía igualmente mi atención, 
de modo que, sumando deberes, tenía yo muy pocas oportunidades de 
«dispersarme» en actividades puramente sociales. Nunca jugué al 
bridge ni al tennis, ni llegué a pasearme en Mar del Plata, pero concurrí 
siempre a las ceremonias de carácter oficial y recibí con mi mujer en 


1 La doctrine de Monroe dans son développement historique, particulierement en 
ce qui concerne les relations ínteraméricaines, par Camilo Barcia Trelles. — Troi- 
siéme partie, chapitre premier, « Essais de caractérisation ». Publicado en el Recueil 
des Cours de VAcadémie de La Haye, vol. 32. 



LA MISIÓN EN ARGENTINA 


163 

nuestra casa a personalidades de valimiento intelectual o político. Me 
complazco en evocar la recepción que ofrecimos en obsequio del ex¬ 
presidente de Paraguay, doctor Eusebio Ayala, del mariscal Estigarribia 
y de sus respectivas esposas, cuando aquellos personajes llegaron a 
Buenos Aires exilados de su patria. Algún tiempo después fue a la 
capital argentina, en visita oficial, el presidente de Uruguay, general 
Alfredo Baldomir ; y como se preguntase en rueda social si pensaba 
yo ofrecerle también un agasajo, alguien que debía conocerme bien, 
contestó : «Azaróla ofrecerá una recepción a Baldomir el día que éste 
llegue desten-ado...» 

Otra vez, un almuerzo ofrecido al embajador don Edgardo Pérez 
Quesada con motivo de su valiente actuación en España durante los 
fusilamientos de 1936, reunió en mi mesa a varios diplomáticos y altos 
funcionarios del gobierno argentino. También recibimos a Héctor 
Gerona y su esposa, y al inolvidable maestro de derecho, doctor Carlos 
María Prando, con sus amigos y los nuestros. 

El acto fundacional del Instituto Cultural Argentino-Uruguayo 
tuvo lugar en mi casa, y a la elección de don Enrique Larreta como 
presidente siguió la mía como vice. Sucedió al primero el doctor Carlos 
Alberto Pueyrredón, y a éste el arquitecto don Martín Noel; y me tocó 
pronunciar el discurso oficial en el banquete que ofreció la entidad en 
ocasión de la efemérides patria de 1943. En aquellos días, y por invita¬ 
ción del intendente de Montevideo, arquitecto don Horacio Acosta y 
Lara, leí en el Palacio Municipal una conferencia sobre la nomenclatura 
histórica de nuestra capital; y en fecha inmediata ocupé la tribuna 
del Club Oriental, en Buenos Aires, y diserté sobre «la poesía de Juan 
Carlos Gómez», con la colaboración de mi hija Margarita, que recitó 
estrofas del procer. 

En el doctor Lucas Ayarragaray tuve al maestro de mi edad madura. 
No fue solo la lectura de sus obras sino también la erudición de fondo 
que demostraba en sus conversaciones, tantas veces mantenidas con¬ 
migo en su gabinete de trabajo situado en el subsuelo de la casa señorial 
que poseía en la calle Juncal. Esa casa era un museo enriquecido con 
piezas magníficas procedentes de antiguas colecciones italianas que el 
doctor Ayarragaray había adquirido durante su misión en Roma como 
embajador argentino. En sus escritos aparecía el estilista que realzaba 
sus ideas con la elegancia de un léxico original y rico ; y fue él que 
consagró en Buenos Aires, en 1926, mi libro Veinte linajes del siglo 
XVIII, con el juicio crítico que público en La Nación. 

El doctor Lucio Vicente López ha mantenido siempre un sincero 
afecto por Montevideo, donde nació su ilustre padre en 1848, durante 
el exilio, y su señorío personal ha prolongado la tradición patricia que 
heredara. El celibato no ha representado para él la soledad, y es en 
los núcleos mas selectos que se han apreciado siempre sus calidades 
caballerescas y sociales. Ha ejercido con alta probidad la medicina, 



164 


AYER 


pero su biblioteca revela también al erudito del arte, la literatura y la 
psicología. Mi gusto no es sólo oirle en tertulia de amigos, sino mantener 
con él diálogos de preguntas y respuestas, de comentarios y crítica, 
mano a mano, admirando sus medios de expresión y su equilibrio espi¬ 
ritual. El doctor López, a los setenta y cinco años de edad, es uno de 
los auténticos valores que quedan aún de una sociedad fenecida. 

Al citar amigos ilustres o simplemente amigos queridos, no puedo 
dejar de mencionar al doctor Martiniano Leguizamón, el gran entrerriano 
con mente de sabio y corazón de niño ; al doctor Carlos Ibarguren, 
el escritor de mayor versación en hombres y episodios del período mas 
agitado y caótico en la cuenca del Plata ; a Justo Oláran Chans, cervan¬ 
tista y poeta, con quien reanudamos en Buenos Aires un afecto que 
venía desde los bancos escolares; a Juan Pablo Echagüe, compañero 
de cenas y teatros en la época de nuestras mocedades en París; a 
Rómulo Zabala, mi primer informante de las fuentes de historia argen¬ 
tina... Pero antes de cerrar esta lista sin terminarla, debo nombrar a 
algunas damas que han obligado mi gratitud con su afectuosa consi¬ 
deración hacia mi persona y la de mi esposa. 

Doña Lía Querencio de Santos Tavares y su hermana, la señorita 
María Helena Querencio, son hijas del doctor Carlos Querencio, muy 
vinculado en su tiempo a la sociedad amboplatina, como médico y 
caballero; dió la primera su mano al ministro Santos Tavares, 
plenipotenciario de Portugal, a quien fui presentado en una recepción 
ofrecida por el presidente Alvear y su esposa, doña Regina Pacini. 
Otra noble amiga es doña Lucrecia Campos Urquiza de Travers, que 
une a sus apellidos históricos una brillante inteügencia. Es también el 
caso de la señora Isabel Latorre de Rosa, hija del presidente coronel 
Lorenzo Latorre, que enfrentó las derivaciones de su viudez temprana 
con un valor y dignidad admirables. La señora Zaida Jurado de Torres, 
amiga consecuente de mi esposa, que ha dejado, como ella, un surco 
fértil en la obra cultural y filantrópica de la Universidad de Belgrano. 
Madame Thérése de della Paolera, cuyas activas virtudes presidieron en 
Buenos Aires el movimiento femenino francés durante la última guerra. 
La nobilísima dama doña Cora Thays, viuda del arquitecto paisajista 
don Carlos Thays, que ornamentó plazas y paseos de Montevideo y 
Buenos Aires, y la hija de ambos, señora Ernestina Thays de Guyer. 
Entre las amigas que cultivan la literatura y el periodismo está doña 
Luz Cortej arena de del Llano, hermana del fundador de La Razón ; 
Zulma Núñez, que ha consagrado su talento y sensibilidad como autora 
de El espíritu en crisis y Coplas de la soledad ; Erna Faura Varela, otra 
poetisa inspirada y deücada... Sería impertinencia de mi parte pro¬ 
longar esta nómina. 



LA MISIÓN EN ARGENTINA 


165 


IV 

La designación del doctor Alberto Guaní como ministro de Rela¬ 
ciones Exteriores dió carácter a la presidencia mediocre del general 
Baldomir. El nuevo canciller había actuado durante veintisiete años 
como jefe de misión en Viena, Bruselas, París y Londres; su activa 
participación en la Sociedad de las Naciones, cuya presidencia ejerció 
en 1927, le había creado amistades eminentes, y entre otras la de 
Aristide Briand, el conductor de la política francesa durante veinte 
años ; pero el valimiento del doctor Guaní no provenía sólo de su 
experiencia diplomática ni era el reflejo de aproximaciones felices: su 
valer era intrínsico, porque poseía la sagacidad y penetración del 
hombre de Estado. Era un canciller de tipo europeo que debía sentirse 
un poco asfixiado en nuestros moldes estrechos. Su capacidad ambiciosa 
le habría llevado a la cima del poder público si sus toxinas internas, 
que han desbordado siempre en sus procedimientos y sus juicios, no 
hubiesen provocado alejamientos y reacciones adversas. Jocoso en la 
forma y agresivo en el fondo, anecdótico y burlón, no ha vacilado en 
demoler reputaciones con sus retruécanos. Es una personalidad con 
brillo, pero sin generosidad y sin amigos. 

Fue a Buenos Aires en septiembre de 1938, en visita oficial, con 
una lista de asuntos para resolver ; y a pesar de las vinculaciones uru¬ 
guayas del canciller argentino, don José María Cantilo, regresó Guaní 
a Montevideo con la cartera vacía. El único convenio que logró firmar 
fue el de intercambio de profesores, simple copia del que Argentina 
había celebrado con Chile. A todos los demás, el ministro Cantilo opuso 
una doble habilidad : había que someter los asuntos al examen y dicta¬ 
men previo de los expertos, y había que agasajar al visitante... sin 
dejarle tiempo para plantear negociaciones. Fue así como —agotados 
los actos de protocolo, recepciones y ceremonias — se condujo al ministro 
Guaní a Campo de Mayo, fuera de la capital, y se le obsequió con un 
almuerzo que no acababa nunca; siguió a éste una prolongada visita 
a la Escuela Militar y sus instalaciones, con el obligado complemento 
de explicaciones técnicas que nada tenían que ver con los motivos de 
la visita ministerial. Así la diplomacia argentina ganó un día entero, 
y el canciller uruguayo perdió las tres jomadas de su viaje. 

En realidad, ganó algo que le interesaba mas que todos los asuntos 
que llevaba en la cartera, y era el que llevaba en la cabeza. Había 
convencido al presidente Baldomir que debía devolver la visita que el 
anterior mandatario argentino, general Justo, había hecho a nuestro 
país. A Baldomir le sedujo la idea de ser llenado de agasajos y volverse 
durante tres o cuatro días «el hombre a la moda # en Buenos Aires. 
Fue una ingenuidad, porque si bien el general era ciertamente un buen 



i66 


AYER 


hombre, no era precisamente un hombre brillante. Pero, además, al 
calificarse de « devolución de la visita» se incurrió en una inexactitud, 
porque a quien hizo Justo su visita en 1933 fué al presidente Vargas. 
Pasó en Río varios días, firmó convenios, mantuvo conferencias y tomó 
contacto con personalidades brasileras. Al regresar a la capital argen¬ 
tina se detuvo seis o siete horas en Montevideo, es decir, su barco 
hizo una escala ; y llegado durante la tarde reanudó su viaje a media¬ 
noche, después de ofrecer a bordo a las autoridades uruguayas un 
recibo con limonada. El champagne se había bebido en Río de Janeiro. 


V 

En el curso de su breve historia como país independiente, Uruguay 
ha visto desfilar por los sitiales del gobierno a hombres de todas las 
calañas, desde los jefes militares y las personalidades civiles que for¬ 
jaron la nacionalidad, hasta los caudillejos representativos de la época 
feudal. Hubo mandatarios surgidos de la revolución y del motín ; 
dictadores que se trasladaron de los cuarteles a la casa de gobierno ; 
presidentes honestos y presidentes ladrones ; expresiones todas de los 
distintos niveles de la democracia inorgánica. Nunca intervine en las 
pugnas de la política y la politiquería locales, ni tomé parte en trabajos 
en favor de candidatos, renunciando con mi voluntaria abstención a 
las ventajas y prebendas con que los gobernantes electos recompensan 
a sus partidarios. Pero hice una excepción hace diez años, cuando apa¬ 
reció la candidatura presidencial del doctor Juan José Amézaga, y me 
decidí a actuar modestamente en favor de su triunfo porque ese ciu¬ 
dadano no era un político profesional. Sus pasajes temporarios por 
diversos cargos públicos habían revelado a un varón de principios, 
laborioso y probo. A sus virtudes privadas unía el prestigio de la cáte¬ 
dra ; era un jurisconsulto eminente, un maestro de derecho civil y un 
educador universitario y social. Frente a los politicastros y mandones 
encaramados en los gobiernos de South America, el doctor Amézaga 
representaba un éxito moral, una expresión de civilismo y una reacción 
sin frases contra la audacia de los mediocres. Con algunos amigos 
constituimos una entidad en Buenos Aires, redacté el manifiesto y con 
un grupo de compatriotas fui a Montevideo para formular nuestra 
adhesión. Recibidos por el candidato y el núcleo de caballeros que le 
rodeaba, se nos agasajó cordialmente y el doctor Amézaga me hizo el 
honor de sentarme a su derecha en el banquete que nos ofreció al 
despedimos. 

Tres meses después tomó posesión del gobierno, que ejerció con 
dignidad y acierto. No me ofreció nada ni le pedí nada, y aunque nuestra 
amistad se mantuvo invariable, sólo le hice dos breves visitas durante 
los cuatro años de su mandato constitucional. 



LA MISIÓN EN ARGENTINA 


167 


VI 

En la madrugada del 4 de junio de 1943 un pronunciamiento mili tar 
depuso al gobierno constitucional argentino. El breve proceso de su 
éxito material ofreció dos aspectos deplorables : el primero, que la 
gestión visible del vuelco político estuvo a cargo del militar a quien 
el presidente de la Nación había confiado el ministerio de la Guerra, 
y que no vaciló en traicionar esa confianza ; y el segundo, la actitud del 
primer magistrado y sus ministros que abandonaron la capital en un 
pequeño buque y huyeron hacia la costa oriental para regresar horas 
después y entregarse a los vencedores. Formaba parte del gobierno 
destituido un personaje que algunas semanas mas tarde aceptó una 
embajada de la dictadura no atreviéndose luego a desempeñarla. Los 
hechos que menciono son sintomáticos de un triste descenso cívico 
y moral. 

La revolución fué, en la realidad de las cosas, un motín por el cual 
la fuerza armada substituyó a los órganos establecidos por la Consti¬ 
tución. Fue una edición mas de la afrentosa sedición ocurrida en Monte¬ 
video el 15 de enero de 1875, por la cual los batallones de línea reunidos 
en una plaza pública destituyeron al poder constitucional y asentaron 
la dictadura. Como es sabido, este procedimiento está incorporado a 
los hábitos políticos de Sud-América, y desde Venezuela hasta Paraguay 
los coroneles colocan con frecuencia su sable sobre la Constitución ; 
pero la República Argentina parecía haber alcanzado un nivel mas 
elevado, y fué con sorpresa y pena que el mundo civilizado se informó 
de que en aquel país dilatado y rico se había realizado una operación 
análoga a las que ocurren en las sociedades mestizas del altiplano o del 
mar Caribe. 

Pero aquella ilegítima intervención del ejército tiene su explicación 
en el proceso de corrupción que revelaban importantes factores políticos. 
Una candidatura presidencial con probabilidades de éxito se gestaba 
en el despacho del jefe del gobierno, que no vacilaba en colocar su 
influencia y sus medios de coerción en favor de un amigo suyo, pare¬ 
ciendo ignorar la absoluta imparcialidad que incumbe al primer magis¬ 
trado en la elección de su sucesor. Y los representantes de tres partidos 
políticos que intentaban aunar sus fuerzas para oponer un bloque 
independiente a la presión oficial, fracasaron ante el lamentable desate 
de ambiciones personales que entraron en juego al disputarse los altos 
cargos electivos. 

La declinación argentina era una consecuencia del descenso del 
hombre argentino. Faltaban las virtudes democráticas, y la escena 
ofreció en aquella primera mitad del año 1943 el espectáculo de un 
vicepresidente en ejercicio empeñado en designar al futuro mandatario; 



i68 


AYER 


de una disputa estéril entre partidos que no lograban cristalizar una 
candidatura de principios ; y de un grupo de generales y coroneles, 
sin ciencia de gobierno, que se adueñó de la dirección del país mediante 
un alzamiento de bayonetas. La descomposición se completaba por 
influencia de un espíritu cartaginés que había penetrado el organismo 
económico y social del país. 

En 1944, en plena dictadura, por razones de política exterior vincu¬ 
ladas a la situación argentina, varios gobiernos americanos llamaron 
a sus respectivos embajadores «para consultas», modalidad que per¬ 
mitía el retiro transitorio de aquéllos, sin que se produjera ruptura de 
relaciones. Entre los jefes de misión convocados por sus cancillerías 
se contó el uruguayo, don Eugenio Martínez Thédy, con cuyo motivo 
recibí del ministro de Relaciones, don José Serrato, la orden de hacerme 
cargo interinamente de nuestra representación, con instrucciones de 
limitar la tramitación de asuntos hasta que las circunstancias permi¬ 
tieran el retorno a la normalidad diplomática. Mi cometido duró desde 
agosto del año precitado hasta abril de 1945 ; una extensa información 
confidencial sobre aquella delicada situación se conserva en los archivos 
de Relaciones Exteriores, y varias veces sentí el peso de las responsabili¬ 
dades ; pero di término a la gestión con la aprobación de mi gobierno, 
que reconoció por ley de presupuesto mi grado efectivo de ministro 
plenipotenciario. Un decreto posterior me mantuvo con esa jerarquía 
en la embajada en Argentina. 

El período subsiguiente se caracterizó por la apücación y uso fre¬ 
cuente del convenio sobre derecho de asilo a los refugiados políticos. 
Muchos de éstos acudieron a nuestra sede de la avenida Las Heras, y 
en una ocasión el grupo de parlamentarios, periodistas y magistrados 
llegó a veinticinco. Cumplidas las formalidades del convenio, se me 
confiaba generalmente el cometido de embarcar a aquellas personas 
para Montevideo, lo que dió lugar en algún caso a incidencias poco 
gratas con agentes de la policía, siempre inclinados a molestias y vejᬠ
menes. También visité en la cárcel de Villa Devoto a compatriotas 
presos por haber olvidado que en tierra extranjera y en días anormales 
no es prudente emitir censuras, ni aún en voz baja. Estas intervenciones 
me hicieron sospechoso como adversario del régimen de fuerza, y 
convengo en que lo era en mi fuero interno ; pero yo me limitaba al 
cumplimiento estricto de deberes indeclinables sin temer las conse¬ 
cuencias de mis actitudes, sabiendo que en los períodos en que pre¬ 
domina el sectarismo o la violencia no debe esperarse que un criterio 
de serenidad interprete los actos de los hombres. 



CAPÍTULO VIGÉSIMO 


LO IRREPARABLE 


Progresión de nuestra familia ; la evolución espiritual de mi esposa; 
su madurez y capacidad. — Sus iniciativas ; la Universidad Popular 
de Belgrano ; fundación del Comité Interaliado de Damas ; el Rincón 
de los Aliados. — Don Pablo Saint ; sus virtudes. — Enfermedad 
inesperada de mi mujer ; su rápido proceso. — Una evocación antigua ; 
el nido destruido. — El dolor de Jesús y el sufrimiento humano. — 
Mi propia caída. 


I 

Los sucesos mencionados en las páginas anteriores deben comple¬ 
tarse con el relato de las circunstancias que ocurrían en el hogar. 
Enrique terminó su bachillerato en febrero de 1940 ; ingresó en la 
Facultad de Derecho y algún tiempo después en la sociedad anónima 
Saint Hnos, como empleado, bajo el auspicio de su tío-abuelo don 
Pablo Saint. Contrajo enlace con la señorita Nidya Paz en agosto de 
1944, dando lugar en nuestra casa a manifestaciones de verdadera dicha. 

A su vez, mi hija Margarita, al terminar sus cursos en el Liceo 
Francés, continuó algunos estudios en la Alhance Fran?aise, de la cual 
su abuelo materno, don Enrique Saint, fue hasta su desaparición bene¬ 
factor y presidente. Y los dos menores, José Luis y Juan Ignacio, ter¬ 
minada la enseñanza primaria, realizaron su bachillerato en el colegio 
«Manuel Belgrano», institución dirigida por los hermanos maristas. 

A la educación de nuestros hijos y al cuidado de su salud moral 
y física tendía toda la atención de la madre y la mía. La maternidad 
y sus deberes habían transformado a Riquette, y la niña tímida e 
ingenua de nuestro noviazgo habíase convertido en una mujer laboriosa, 
previsora, consagrada a los deberes del hogar, con iniciativas útiles 
respecto de sus intereses y con una bella aptitud para las actividades 
sociales provechosas. Mi esposa mantuvo siempre una cierta indiferencia 
por la vida mundana, y quizás un pequeño y silencioso desdén por los 



I70 AYER 

apellidos altisonantes. La modestia de su carácter fue ciertamente una 
calidad que no varió en el curso de su vida ; no hacía casi diferencias 
entre los niveles sociales y trataba por igual a ricos y pobres ; era pro¬ 
verbial su consecuencia con las amigas de infancia, aún aquéllas «venidas 
a menos » que solían recurrir a su ayuda ; pero la obra social y cultural 
que absorbió su actividad en sus últimos años fue la Universidad Popular 
de Belgrano, entidad generosa a la cual deben su preparación para la 
lucha por la vida centenares de mujeres que aprendieron en sus aulas 
y talleres muchas profesiones y oficios. Mi esposa integró comisiones 
de aquella universidad, presidió su Junta Cooperadora de Damas, 
aportó recursos materiales, organizó proficuas kermeses y trabajó 
personalmente en el desarrollo de la institución, como así lo ha 
reconocido ésta en forma elocuente 1 . 

Desde los primeros días de la guerra mundial definió su actitud 
a favor de la causa de la democracia y se convirtió en una colaboradora 
eficaz del comité de acción francesa que presidía en Buenos Aires el 
señor Albert Guérin. Mas tarde, juzgando que los males causados por 
la guerra exigían un esfuerzo mas intenso, tomó la iniciativa de fundar 
una entidad que llevase a efecto una obra social de mayores alcances 
en el Río de la Plata. Así surgió el «Comité Interaliado de Damas», 
organizado en nuestra propia casa y del cual formaron parte conocidas 
personalidades femeninas. La sesión inicial tuvo lugar en noviembre 
de 1943, y teniendo en vista la inmediata estación veraniega se resolvió 
realizar en Punta del Este una serie de actos destinados a prestigiar 
la causa aliada y reunir, al mismo tiempo, fondos pecuniarios que 
mitigasen los sufrimientos de las víctimas de la terrible contienda. 

La señora de Azaróla Gil fué la presidenta incansable de aquel 
Comité Interaliado y la organizadora de los actos que se celebraron 
en la conocida playa uruguaya durante el estío de 1944. Afluyeron las 
cooperaciones de todo orden y numerosas entidades de Argentina y 
Uruguay facilitaron la tarea de las damas. Entre éstas, debo mencionar 
a las señoras de Brosens, Déchamps, Cibert, Klein, Dreyfus, Danly, 
Greuzard, Lasala de Rey, Lebceuf, Weber y otras, pertenecientes a las 
colectividades francesa, belga e inglesa, que se unieron a las damas 
argentinas y uruguayas en la realización de su propósito humanitario 
y democrático. Una de las iniciativas de mi buena esposa fué la cele¬ 
bración de una gran kermese al aire libre, con venta de objetos, mani¬ 
festaciones deportivas, presentación de niñas en trajes regionales de 
los países aliados, etc. Los ministros de Francia, Gran Bretaña y Bélgica 
en Uruguay se trasladaron a Punta del Este, prestigiando con su pre- 


1 En octubre de 1947 se celebró un acto recordatorio, profundamente emotivo, 
y algún tiempo después se inauguró la biblioteca de la Universidad, a la que se 
dió el nombre de su benefactora. Existe un folleto que contiene los discursos pro¬ 
nunciados en esos homenajes. 



LO IRREPARABLE 


171 

sencia aquel movimiento, que adquirió relieves inusitados y fué juzgado 
como una de las manifestaciones mas elocuentes en favor de la causa 
aliada. El producto financiero alcanzó sumas elevadas, y mi esposa 
propuso, siendo su idea aceptada con calor, que participaran en los 
beneficios del «Rincón de los Aliados», como se designó aquella mani¬ 
festación, los niños pobres de la escuela de Punta del Este. En la nota 
que la Inspección de Enseñanza Primaria dirigió con ese motivo a la 
presidenta del Comité Interaliado, le expresaba : « Si todas las escuelas 
contaran con personas dispuestas a mitigar los males de los que sufren 
sin culpa, la obra del maestro sería mas proficua y de mayor trascen¬ 
dencia. En nombre de esta inspección agradezco el generoso rasgo del 
comité de su digna presidencia, que se ha desprendido de una valiosa 
suma en favor de los escolares desheredados de Punta del Este.» 

En Buenos Aires, al recibir del Comité un aporte de dinero, el señor 
Jacques Blanic, en nombre del general de Gaulle, escribió a la señora 
de Azaróla : «He admirado profundamente su espíritu de iniciativa. 
Sus realizaciones representan una suma de trabajo considerable y un 
enorme esfuerzo de organización tendiente a realizar una alta signifi¬ 
cación moral... Ha habido un rasgo de audacia al exhibir ostensible¬ 
mente vuestras convicciones en un medio en que no faltaban elementos 
hostiles a nuestra causa. Usted representa el espíritu de la Francia 
libre, de la Francia combatiente. Usted ha ganado una batalla...» 

Otras actividades de carácter privado constituyen una revelación 
visible de su poder de iniciativa y laboriosidad. Quiso contribuir al 
embellecimiento y el progreso de Punta del Este, y con la cooperación 
técnica del arquitecto don Luis Crespi construyó dos chalets de lujo 
en la zona de Cantegril. La amplitud y el confort de aquellos edificios 
son conocidos por todos los veraneantes de la estación balnearia uru¬ 
guaya ; pero lo que no se sabe es la suma de trabajo personal y la apor¬ 
tación de buen gusto que ella puso en el moblaje y la ornamentación 
de aquellas villas, hijas de su iniciativa y su ingenio. Les dió término 
en el último trimestre de su vida, exactamente en la fecha que consti¬ 
tuyó la culminación maravillosa de su eficiencia personal. 

Su culto por la música era tan hondo cono su amor por las flores. 
Al cuidado de las plantas y sus arreates consagraba una buena parte 
de los días que pasaba en la quinta de Temperley ; y en la tarde de los 
domingos, antes de regresar a nuestro hogar de Belgrano, hacía per¬ 
sonalmente una cosecha de rosas, hortensias, gladiolos y jazmines, que 
ordenaba al llegar, bajo el pórtico del patio, combinando en los floreros 
sus diversos colores. A veces la medianoche la sorprendía en esa tarea, 
y a la mañana siguiente las salas, el comedor y las habitaciones todas 
aparecían adornadas con cientos de flores de distintos matices que 
vivificaban y perfumaban los ambientes de la casa. 

Su alma armoniosa se conmovía tanto al oir los ritmos de la música 
como ante el espectáculo casi celestial de las flores. 



172 


AYER 


II 

En marzo de 1944 sufrí una inesperada crisis cardíaca que hubo de 
acabar con mi vida. Los médicos diagnosticaron una trombosis coro¬ 
naria, y creo haber sobrevivido gracias a la diligencia, la consagración 
y las calidades de enfermera de mi esposa. Durante las semanas que 
pasé en el lecho, inmóvil y acostado de espaldas, Riquette permaneció 
en mi cabecera, atenta a la ejecución de las instrucciones clínicas y dando 
pruebas de una abnegación ilimitada. En aquellas circunstancias reveló 
nuevas y fuertes virtudes, y al acaecer tres años después la desgracia 
que tan profundamente afligió mi hogar, me pregunto por que no me 
marché yo y por que no quedó ella, más joven, más útil y mejor dotada. 
La prolongación de mi existencia ya nada significaba, mientras que 
la suya hubiese ejercido una influencia más fecunda en nuestro hogar 
y en la formación moral de nuestros hijos. 

En el otoño de 1946 sintió el dolor de perder a su tío don Pablo 
Saint, por quién tuvo siempre cariño filial, como había tenido afecto 
fraternal por Emilio Saint, cuyo tránsito acaeció hallándonos en Chile, 
varios años antes. Don Pablo la quiso profundamente, siendo también 
un leal amigo mío ; incorporó a su establecimiento industrial a mi hijo 
Enrique tan pronto como éste llegó a la mayoría de edad, y le guió 
hasta proporcionarle los conocimientos que le condujeron a la posición 
que hoy tiene en la importante firma; y le dejó, como a todos sus 
colaboradores, el ejemplo de su vida laboriosa, su rectitud, su capacidad 
y su carácter sencillo y afectivo. Al irse para siempre, Riquette le lloró 
como una hija; y un año después, hallándome en Montevideo, recibí 
de ella una carta que contenía estas palabras : «Ayer asistí en el templo 
de San Martín de Tours a una misa en memoria de Pablo ; había poca 
gente ; que pronto se olvida a los muertos !...» Y que lejos estaba ella 
de sospechar que apenas un mes después de aquel acto religioso, iba 
a recostarse en su lecho para no levantarse mas. Siguió de cerca a aquel 
hombre bueno, su segundo padre. ¿ La llamó éste, acaso ? Hay destinos 
que abisman el alma ante las analogías, las coincidencias y las miste¬ 
riosas telepatías que surgen sin que los sentidos humanos logren 
explicarlas. 


III 

Al terminar la primera semana de abril de 1947 regresó Riquette 
a Buenos Aires llena de salud y optimismo, y dirigió la iniciación de 
sus tres hijos menores en el nuevo año de estudios. El domingo 11 de 



LO IRREPARABLE 


173 


mayo me invitó a almorzar en la quinta de Temperley, donde ella y 
los chicos pasaban regularmente los fin de semana ; acepté su invitación, 
y en horas de la tarde fuimos juntos a visitar un hotel de Adrogué 
que acababa de inaugurarse. El 19 de ese mes me despedí de ella con 
motivo de un breve viaje que hice a Córdoba, y llamó mi atención la 
palidez de su rostro, mas acentuada que de costumbre ; pero al regresar 
de las sierras el domingo 25 a primera hora, llamé por teléfono desde 
nuestra casa de la avenida Lacroze a la quinta, y supe por información 
de Margarita «que mamá había tenido un fuerte ataque dos noches 
antes». Ordené que la trajeran inmediatamente a casa donde contᬠ
bamos con mayores recursos que en Temperley, y esa misma tarde 
Riquette ocupó su habitación debidamente preparada y recibió la 
visita del doctor T. 

En la mañana del lunes 26, Enrique me informó por teléfono que 
acababa de rendir con éxito un examen de derecho penal, con cuyo 
motivo lo invité con su esposa a almorzar con nosotros. Al saberlo, 
Riquette se levantó de su lecho y nos acompañó en la mesa. A pesar 
de su depresión concurrió en las últimas horas de esa tarde al recital 
de Malcuzynski, en el teatro Colón, llevando a los chicos, en quienes 
trató siempre de inculcar el amor a la música. Al regresar a casa volvió 
al lecho y su estado empeoró desde el día siguiente. Una primera con¬ 
sulta entre los médicos T. y B. fracasó por insuficiencia del exámen ; 
las radiografías y los anáfisis también fueron inútiles, pues no revelaron 
nada concreto, y el diagnóstico clínico resultó absolutamente equi¬ 
vocado. 

El viernes 6 de junio tuvo lugar una nueva consulta con asistencia 
de otros médicos, resolviéndose una intervención quirúrgica que realizó 
a la medianoche el doctor Alejandro Ceballos. En medio de la terrible 
inquietud de aquellas horas estuvo rodeada de afectos, y entre éstos 
debo mencionar, por su eficacia, la atención de enfermera tan práctica 
como cariñosa que mantuvo en su cabecera la señora Carmen Nogueira 
de Paz, madre de Nidya. A su experiencia unió su amor fraternal, 
y recuerdo que Riquette, conmovida, expresó su gratitud con estas 
palabras: «¿ Como podré yo nunca retribuir a Carmen sus cuida¬ 
dos ?...» y al decirlo juntó sus manos y elevó sus ojos, sospechando 
quizás que no le sería concedida en este mundo la oportunidad de 
demostrar su reconocimiento a aquella amiga. 

Durante esa noche las cosas se precipitaron, y si la mañana del 
sábado 7 fue lúcida, desde el mediodía su pensamiento empezó a apa¬ 
garse, pero alcanzó a besar a sus hijos. En las primeras horas de la 
tarde concurrió un sacerdote francés, y entonces pronunció ella sus 
últimas palabras : «Mon Dieu, je t’aime...» Se durmió en paz a la hora 
del crepúsculo, cuyas sombras entraron en su hogar, en mi alma y en 
el alma de nuestros hijos. 



174 


AYER 


IV 

Fue en la casa-quinta que ocupaba mi madre en el camino Larrañaga, 
allá por 1911, que me tocó ser testigo de una muda amargura, la amar¬ 
gura de un pájaro... Le había visto yo construir su nido, llevar en su 
pico hojas secas y plumas, y permanecer luego semioculto en su interior 
durante dos o tres semanas. Pensé después que allí había cría al ver 
alejarse con frecuencia a la avecilla y regresar al nido trayendo sus¬ 
tento ; y cuando pasado algún tiempo me pareció oir gorjeos dentro 
de la diminuta morada, se me ocurrió que era llegado el plazo en que 
los pichones crecían y que no tardaría en verles ensayar sus débiles 
alas entre las ramas del gran árbol que sostenía su humilde casita, 
cuna y defensa donde alentaban al calorcito materno. 

Pero no salieron a ensayar sus alas, porque acaeció lo irreparable, 
lo cruel, lo previsto, sin embargo, por la implacable ley que decreta 
las tragedias entre los grandes y los infinitamente pequeños... Una 
tarde se cubrió el cielo, sopló un viento huracanado, viéronse relámpagos 
y se escucharon truenos ; las ramas se doblaron bajo la tormenta de 
aquel final de primavera, y una lluvia torrencial no tardó en inundar 
el parque, mientras desde el cielo negro parecían desprenderse exhala¬ 
ciones como flechas de fuego lanzadas sobre la tierra castigada. El día 
siguiente se presentó ya sereno y luminoso, como ocurre con frecuencia 
en esa época del año, en que la brevedad de la cólera celeste no guarda 
relación con la violencia de sus expresiones. El huracán es tan corto 
como recio, pero no perdona, ni vé, ni siente, ni advierte, ni le importa 
el mal que hace, el destrozo que causa y el aniquilamiento que origina. 
Es la fuerza brutal y ciega lanzada a través de la vida para sembrar 
la muerte. 

Y en esa nueva mañana ya no estaba el nido, porque la rama apa¬ 
reció tronchada y las hojas del árbol esparcidas en el suelo. En cambio, 
sobre otra rama próxima, el ave madre estaba inmóvil, con sus pequeñas 
alas plegadas, su cabecita hundida entre las plumas y el pico apretado. 
Estaba velando a hijitos alados, ya inexistentes, aventados muy lejos 
por las ráfagas del ciclón asesino. Su congoja era patente. ¿ Era aquel 
pájaro capaz de sentir la catástrofe que había destrozado su nido, 
aniquilado sus pichones y convertido en pena su misión materna ? 
Seguramente, sí. Su rigidez absoluta, su silencio absoluto y sus ojillos 
inmóviles lo revelaban claramente. Así permaneció hasta mediodía. 
No se acercó siquiera a recoger las migajas que yo tenía la costumbre 
de arrojarle todas las mañanas para que las llevase a sus pichones. 
Horas después el ave vencida abandonó el árbol y el parque de mi 
madre para no volver jamás ; pero dejó en mi espíritu el recuerdo de 
una tragedia que no por ser de un pájaro dejaba de ser menos alecciona¬ 
dora y amarga. 



LO IRREPARABLE 


175 


V 

Con la existencia de Riquette ha terminado virtualmente mi propia 
existencia, porque en nuestro hogar no volvieron a oirse sus pasos ni 
su voz ; porque su habitación quedó desierta y vacío su asiento en 
nuestra mesa ; porque mis hijos quedaron sin madre, mi casa sin alma 
y mi vida sin objeto. 

Puede esperarse una reacción cuando la desgracia acaece en la 
juventud del hombre, y aun en su edad madura ; pero cuando acontece 
en los dinteles de la vejez el corazón sólo se refugia en las evocaciones 
del pasado. Los antiguos episodios de amor y de dicha surgen en la 
memoria como un tremendo contraste con el presente, y los recuerdos 
felices, en vez de servir de lenitivo, torturan el alma ante la realidad 
dolorosa de una vida que se ha apagado para siempre y de un connubio 
bruscamente disuelto. 

En las semanas y los meses que siguieron a la muerte de Riquette, 
cuando nuestros hijos se ausentaban para asistir a sus clases o se 
recluían en su pieza de estudio, yo erraba solo por la casa, iba a su 
habitación y llamándola quedamente me ponía a escuchar con la 
esperanza de oir una leve respuesta, un murmullo, un rumor, un indicio 
cualquiera que me revelase que algo de su alma había quedado flotando 
en el ambiente hogareño. Ahí estaban sus muebles, sus ropas, sus 
objetos ; en el cuarto de baño las cosas de su tocador ; por breves 
instantes me parecía que una puerta iba a abrirse y su figura sonriente 
aparecer en el umbral... ¡ Qué engañosa ilusión ! Donde ella estaba era 
donde yo la vi por última vez, inmóvil en el ataúd, con su rostro blanco 
y sus ojos cerrados, callada para siempre. 

Aquella casa que ella llenó siempre está desde entonces vacía, vacía 
de ella, porque con ella se fueron la sonrisa y la dulzura de la casa. 
Quedaron los muebles y los objetos materiales, inútiles e inertes, porque 
ya no los anima su presencia; y alrededor de esos recuerdos mudos 
permanece un ser humano, inerte e inútil como ellos, porque tampoco 
le queda el reflejo de vida que recibía de ella. 

Pero su silencio y su ausencia no me arrancarán nunca la suprema 
esperanza de reunirme con ella en un mundo mejor. Porque ella vive, 
cerca o lejos, pero vive y me ama, como yo a ella. En la tierra la ley 
es morir, pero nada ni nadie puede quitamos la profunda fe de volver 
a encontrarnos para no separamos mas. 

Mi congoja se ahondó cuando volví con mis hijos a nuestra residencia 
veraniega en Punta del Este. «El Pinar» era obra suya ; habíamos 
coincidido con ella en la elección del sitio y del estilo para construir 
el chalet ; los muebles fueron de su gusto personal y el jardín la obra 
de sus manos. Todo el marco de geranios rojos había sido plantado 
por ella ; de lejos hizo venir tierra fértil; una casa de plantas de Monte- 



AYER 


176 

video le proporcionó los ejemplares que prefería ; los veraneantes de 
Pinebeach la veían todas las tardes ocupada en el riego hasta que caía 
la noche ; y el arenal primitivo se convirtió en un bello verjel gracias 
a su amor por los árboles y las flores. Pueden verse aún los muros del 
chalet cubiertos por la hiedra y las Santa Rita ; las grandes matas de 
hortensias bordeando los arreates, y adosadas a los pinos varias orquí¬ 
deas traídas de Punta Ballena que le daban sus ofrendas florales en 
cada estío. 

¿ Porqué existe el dolor ? ¿ Porqué causa los seres humanos y todos 
los seres vivos están condenados a sufrir ? ¿ Porqué motivo las amar¬ 
guras morales se añaden a las torturas físicas ? ¿ Porqué hombres y 
mujeres han de vivir perseguidos por la enfermedad, la miseria, la 
desgracia y la guerra ? ¿ Porqué la muerte se cierne sobre la infancia, 
la juventud y la madurez tanto como sobre la ancianidad ? ¿ Porqué 
las vidas mas útiles y nobles se ven tronchadas antes que las ociosas 
y perversas ? 

Rien ne nous rend si grands qu’une grande douleur. Este pensamiento 
de Alfredo de Musset no es verídico : sólo tiene un sentido literario. 
El dolor no nos hace mas grandes ni mas pequeños : nos hace desgra¬ 
ciados. Además, creo que el dolor es inútil. Después de una noche de 
amargura apenas queda una almohada empapada en lágrimas y el 
mismo desconsuelo en el alma. 

El acostumbrarse a la felicidad es una cosa peligrosa, porque el 
hábito de sentirnos felices hace que no apreciemos la dicha. Para apre¬ 
ciarla tenemos que haber sufrido ; entonces el contraste nos lleva a 
gozar a fondo. Pero también la felicidad es peligrosa porque insensible¬ 
mente creemos que tenemos derecho a ella, como al pan nuestro de 
cada día. Este concepto es falso en los dos casos porque no tenemos 
derecho ni a la dicha ni al pan de cada día. El obtener una cosa y la 
otra son privilegios que pocos alcanzan, aunque no lo parezca, y que 
también muy pocos lo comprenden. Debemos sentirnos agradecidos y 
satisfechos cuando nos sentamos a una mesa bien servida, o cuando 
bebemos una copa de vino fresco y puro, o cuando tenemos un buen 
abrigo que nos preserva del frío, o cuando llevamos un nombre hono¬ 
rable, o cuando nos toca una bella mañana de sol o una noche serena 
y estrellada. Y mucho mas aún cuando una mujer nos ama y nos dá 
hijos sanos, que poséen un techo, y juguetes, y luego libros y amigos. 
Todas estas cosas son otros tantos privilegios, porque la vida ni nadie 
nos debe nada. A nuestro alrededor hay millones de seres que sufren 
y mueren sin lograr ni un ápice de lo que a nosotros nos ha tocado en 
suerte. Que esta reflexión obligue nuestra modestia y generosidad hacia 
ellos. 

En una de las salas del palazzo di Brera, en Milán, contemplé una 
vez el cuadro de Ribera, « La crucifixión ». Creo que ninguna de las 
versiones pictóricas del martirologio de Jesús supera la expresión que 



LO IRREPARABLE 


177 


el genio del Spagnoletto dió a su obra inmortal. Si el rostro del crucifi¬ 
cado revela su agonía, el cuerpo desnudo, amarfilado, traduce una 
dramática sensación de sufrimiento en todas sus fibras. Es un cuerpo 
que vive la hora del mas intenso dolor humano. Porque si el Maestro, 
al predicar su evangelio de amor elevó a los seres que le siguen, sacán¬ 
dolos del barro original, también al dar su vida en el Calvario se con¬ 
virtió en el símbolo del destino que espera a los hombres al venir al 
mundo : el sufrimiento. Que perciban éstos, a veces y a ratos, un senti¬ 
miento de bienestar o dicha, ello no les quita las congojas de que está 
saturada su existencia. Dolor por la muerte de los seres amados que se 
van dejando en nuestra alma el horrible vacío de su partida; angustia 
ante la miseria y las enfermedades ; desesperación por la iniquidad de 
las guerras ; irritación por las injusticias y las humillaciones... La feli¬ 
cidad, cuando llega, es un episodio pasajero : la amargura es la realidad 
permanente. La videncia genial de Ribera penetró en la identidad del 
dolor que persigue al género humano y el dolor del que se inmoló por 
redimir nuestros pecados. Jesús cargó con ellos ; y eran ellos tan graves 
y pesados que sólo el enviado de Dios, clavado en una cruz, pudo 
cambiar nuestra alma. Qué nos queda por hacer, sino seguirle y amarle, 
ofreciéndole el holocausto de nuestras lágrimas ? 

Fui feliz durante muchos años y tuve la inconsciencia de no adver¬ 
tirlo. No me di cuenta de lo que aquella suma de dicha significaba 
como inmerecido privilegio. Y un día ocurrió lo inesperado para mí, 
pero no fue la vida sino la muerte la que se encargó de darme la ruda 
lección y ponerme frente a la tremenda realidad. No mi propia muerte 
sino la suya, la de ella, que me la llevó cuando estaba apenas en el 
mediodía de su existencia, sana, animosa y mejor dotada que nunca. 
La que injustamente quedó fue mi propia vida, mi estúpida y en adelante 
inútil vida. 

¡ Triste sino el de la criatura humana y dura ley la que gobierna 
su existencia ! Venimos al mundo sin saber porqué y nos vamos sin 
saber adonde. Ante el fin doloroso e irremediable de los seres amados 
sólo nos queda una esperanza : la de volver a encontrarlos en un mundo 
mejor. Esperanza bien frágil porque no se afirma sobre fundamentos 
visibles, pero a la que debemos aferrarnos porque es nuestra única 
fuente de consuelo, que nos permite creer que aquellos seres queridos 
no se han perdido para siempre. 

Desde que ella se fue me sentí deprimido, fatalista y viejo, dándome 
cuenta de que mi vida es una carga inútil. Resolví alejarme de todo 
y recluirme en el aislamiento y el silencio. Sólo mis hijos me atraen, 
pues todavía la veo en ellos ; y mi pensamiento último se confundirá 
con la dulce memoria de la esposa que brilla en mi noche como una 
estrella. 


12 



CAPÍTULO VIGÉSIMO PRIMERO 


POLÍTICA EXTERIOR DEL PERONISMO 


Los golpes de fuerza en Perú y Venezuela ; gestión uruguaya ante el gobierno 
argentino. — Conferencia con el subsecretario político de Relaciones 
Exteriores. — Oposición de tendencias y puntos de vista. — Texto 
integro del memorándum revelador. — Mi retiro del servicio diplo¬ 
mático ; ausencia del Rio de la Plata en 1950. — El tránsito de los 
hermanos gemelos. 


I 

En los días que siguieron al deceso de mi esposa resolví poner 
término a mis diversas actividades y retirarme a la vida privada. Con 
este motivo decliné mi designación como enviado extraordinario y 
ministro plenipotenciario ante los gobiernos de América Central y 
expresé mi propósito de no continuar en la diplomacia, obteniendo mi 
retiro jubilatorio por decreto de 28 de diciembre de 1948 ; pero a pedido 
del titular de la embajada en Buenos Aires, doctor Roberto Mac Eachen, 
continué mi colaboración a su lado algunos meses mas, mientras él 
permaneció en el cargo. Mi última gestión política tuvo efecto al pro¬ 
ducirse los golpes de fuerza en Perú y Venezuela, donde los militares 
derrocaron a los presidentes constitucionales y se apoderaron del mando, 
en octubre y noviembre de 1948, exactamente como había ocurrido en 
Argentina en 1943. La analogía de estos hechos tomaba ociosa cualquier 
negociación destinada a obtener la cooperación del poder argentino 
en favor de la tesis uruguaya ; pero la orden emanada de la cancillería 
era categórica y debimos cumplirla. El embajador Mac Eachen dió a 
conocer el 3 de noviembres nuestro punto de vista sobre el derrocamiento 
del gobierno peruano, y yo fui encargado de reiterar la gestión y con¬ 
firmar la posición del gobierno uruguayo al producirse el mismo acto 
de violencia en Venezuela. Siempre he silenciado las gestiones diplomᬠ
ticas, pero en este caso conceptúo necesaria la revelación de intenciones 
y documentos. Lo hago asumiendo toda la responsabiüdad de su 
publicación. 



POLÍTICA EXTERIOR DEL PERONISMO 179 

Aquella posición está expresada en el despacho cifrado B. 3416 : 

Reitere a ese gobierno las graves consecuencias que implica para la 
América democrática el respetar y legalizar los movimientos militares 
contra los gobiernos legalmente constituidos. Los acontecimientos ocurridos 
en Venezuela son la peligrosa reiteración del triunfo de la violencia frente 
al derecho, y esto exige de los gobiernos actitud mas firme en defensa de 
las instituciones jurídicas y de los gobiernos legalmente constituidos (punto). 
No es conveniente que (X ¿ reconozca ?) a la junta militar de Venezuela, 
y sería de vital interés una acción conjunta de las repúblicas americanas 
para considerar y estudiar la intensificación del problema planteado. — 
Diplomacia. 

El 1 de diciembre mantuve una extensa conferencia con el subsecre¬ 
tario de Relaciones Exteriores, doctor Pascual La Rosa, y como era 
de preverse desde nuestras primeras palabras apareció la discrepancia 
de principios entre él y yo. Mi gestión ofrecía la dificultad inicial de 
tener que formular juicios contrarios a los motines de Lima y Caracas, 
precisamente a hombres que ocupaban el poder como consecuencia 
del motín de Buenos Aires. Una solidaridad inconstitucional y ten¬ 
denciosa vinculaba a los tres gobiernos surgidos de tres sublevaciones 
militares, y el doctor La Rosa, al defender la actitud de las juntas 
dictatoriales peruana y venezolana, defendía simultáneamente el régi¬ 
men político a que pertenecía. En otro momento de la entrevista me 
expresó el convencimiento del gobierno argentino que el de Uruguay 
supeditaba su acción internacional a las influencias de Río de Janeiro 
y Santiago de Chile, e insinuó su creencia de que habían sido las poten¬ 
cias anglosajonas las que habían estimulado los cambios violentos de 
los gobiernos sudamericanos, inspiradas en el propósito de alejar del 
poder a los elementos de izquierda, asegurándose acuerdos económicos 
y militares con vistas a la guerra futura. «Los embajadores de Gran 
Bretaña y Estados Unidos en Montevideo *— añadió — podrían pro¬ 
porcionar datos concretos al gobierno uruguayo sobre el motivo de 
los cambios de régimen a que usted se refiere.» A mi vez, sostuve que 
esta sospecha no correspondía con la realidad del espíritu democrático 
y civilista de Inglaterra y Norte-América; y por otra parte, si bien la 
cancillería de Montevideo mantenía relaciones de perfecta cordialidad 
con Itamaraty y La Moneda, y en muchos casos coincidía con sus 
orientaciones, la política exterior de mi país no se inspiraba en directi¬ 
vas de otros gobiernos, que no podrían ejercerse sin lesionar nuestra 
soberanía. 

El doctor La Rosa era un partidario apasionado del régimen pero¬ 
nista y hubiese estado mejor actuando en las asambleas políticas que 
como viceministro de Relaciones Exteriores, pues en el debate o choque 
de opiniones su exaltación revelaba al luchador en detrimento del 
diplomático. Lo contrario del canciller Bramuglia, cortés, equilibrado 
y calmoso ; israelita como su colega del Interior, don Angel Borlenghi, 



i8o 


AYER 


aunque superior a éste por su talento y capacidad humana. La capa¬ 
cidad de Borlenghi ha servido sólo para ejercitar su servilismo. La Rosa 
acompañó a Bramuglia en su ascensión y en su caída ; la amistosa 
solidaridad entre ambos venía del claustro universitario, « donde algunas 
veces — me confió — tuvimos que renunciar al almuerzo para comprar 
un libro ». 

El memorándum que elevé a mi gobierno por la vía jerárquica 
revela las opiniones que, sin duda alguna, sustentaba el presidente 
Perón en materia de política exterior. Su contenido no debe permanecer 
en el secreto de nuestra cancillería. 

MEMORANDUM. — En cumplimiento de la instrucción recibida, 
entrevisté en la mañana de hoy al señor subsecretario político de Relaciones 
Exteriores, embajador doctor Pascual La Rosa. Después de las cortesías 
usuales, manifesté al doctor La Rosa que el embajador Mac Eachen, momen¬ 
táneamente inhabilitado, me encargaba continuar la conversación iniciada 
el 3 de noviembre con motivo de los hechos acaecidos en Perú. El embajador 
había recibido instrucciones de la cancillería en el sentido de reiterar al 
gobierno argentino las graves consecuencias que implicaban para la América 
democrática el respetar y legalizar los movimientos militares que deponían 
a los gobiernos normalmente constituidos. Esta reiteración se justificaba 
ante los nuevos hechos ocurridos en Venezuela, que sugerían la conveniencia 
de un cambio de opiniones entre los gobiernos americanos a fin de defender 
las instituciones jurídicas contra la violencia que las amenazaba. 

Respondiendo a estas manifestaciones, el subsecretario doctor La Rosa 
me expresó que los movimientos referidos no constituían ningún desmedro 
para las instituciones republicanas, ni para el orden interno de aquellos 
países, pues habían sido ejecutados por militares tan patriotas como los 
civiles depuestos ; que esos militares eran una garantía en la defensa de 
las instituciones tradicionalmente democráticas ; y que el peligro para 
América y el mundo civilizado radicaba en los elementos comunistas que 
se infiltraban en el poder público y socavaban con su propaganda y su 
acción las bases de las sociedades modernas. Creía que Uruguay no había 
advertido quizá ese peligro en razón de que nuestro comunismo no ha 
tomado aún la posición de agresividad que le caracteriza en Chile, Brasil 
y Cuba, pero su carácter de fuerza internacional constituía una grave 
amenaza para todos los países del continente. El doctor La Rosa me mani¬ 
festó que consideraba difícilmente evitable un vasto conflicto armado, 
que enfrentaría a Oriente y Occidente, mejor dicho, a dos ideologías opuestas, 
la comunista y la anticomunista, y que opinaba que Estados Unidos de 
América y Gran Bretaña erigían y consolidaban desde ahora sus posiciones 
en el mundo, destinadas a una común defensa. Que convenía al gobierno 
uruguayo obtener de los embajadores de aquellos dos países en Montevideo, 
una información confidencial acerca de los factores que han inspirado los 
movimientos militares en Perú y Venezuela. Se refirió a la importancia 
fundamental de los yacimientos petrolíferos, que no deben ser controlados 
ni destruidos por elementos comunistas, ni siquiera colocados bajo la auto¬ 
ridad de gobiernos aparentemente democráticos pero sujetos a las influencias 
extremistas. « Recuerde — me dijo — que el presidente Poincaré sostenía 
que en las guerras futuras el petróleo será tan importante como la sangre 
de los soldados. » De ahí las medidas silenciosas, ocultas o disimuladas 
tadavía, que los responsables de la defensa de Occidente están ya anticipando 
en América. Agregó el subsecretario que los teorizadores de la democracia 
no debían olvidar que a ésta no se la defiende únicamente con palabras. 



POLÍTICA EXTERIOR DEL PERONISMO l8l 

sino también con las armas, y cuando pende sobre ella la grave amenaza 
de un totalitarismo cuyo triunfo significaría la ruina de nuestra civilización 
occidental, no deben condenarse las decisiones de carácter militar destinadas 
a colocar el poder público bajo la égida de una fuerza consciente, inteligente 
y patriótica, que aleje o impida actuar a los elementos extremistas. 

El doctor La Rosa pasó luego a considerar la posición adoptada por 
Uruguay, « cuyo gobierno — dijo — se viene inclinando a una política 
de vinculación con Chile y Brasil, que no favorece su solidaridad con Argen¬ 
tina >>. Pedí a mi interlocutor que aclarase ese concepto, expresándome 
entonces él «que el gobierno argentino estaba informado que La Moneda 
e Itamaraty ejercían en nuestra política exterior una influencia considerable ; 
que esa influencia tenía finalidades o alcances lejanos, en el sentido de 
apartar a Uruguay de la fraternal y desinteresada amistad argentina; 
que un evidente desconocimiento de la obra social y económica del presidente 
Perón, inspiraba la política internacional de los dos grandes países vecinos 
de Argentina »; y entrando en este tema el embajador La Rosa hizo un 
cálido elogio del jefe de Estado. Pregunté entonces si él creía posible que 
factores circunstanciales — en la eventualidad de que existieran — podrían 
ejercerse en desmedro de los profundos sentimientos que unen indisolu¬ 
blemente a nuestros dos países, contestándome mi interlocutor que Argen¬ 
tina defendería siempre con todas sus fuerzas la integridad y la democracia 
uruguayas. 

Continuando la conversación sobre el tema de las relaciones entre los 
dos países, el subsecretario La Rosa insistió en la necesidad de una com¬ 
prensión mútua « que sería la base de un acercamiento sincero y de una 
eliminación de suspicacias y recelos que están dificultando acuerdos y solu¬ 
ciones favorables para los intereses de ambos pueblos ». Pude observar en 
el curso de nuestro cambio de opiniones, que el ministerio de Relaciones 
Exteriores argentino posée una amplia información sobre la política inter¬ 
nacional americana, aunque algunas de sus conclusiones me parecieron 
equivocadas. 

Antes de separarnos, insistí sobre el deseo de nuestra cancillería (expre¬ 
sado en su telegrama B. 3416) de estudiar y considerar la intensificación 
del problema planteado por las repúblicas americanas, respondiéndome 
el embajador La Rosa « que el gobierno argentino accedería a continuar 
las conversaciones sobre esos problemas ». 

La entrevista duró mas de una hora, y a pesar de nuestra falta de 
coincidencia acerca de puntos importantes, se mantuvo cortés y en algunos 
momentos verdaderamente cordial. El subsecretario La Rosa se interesó 
por la salud del embajador Mac Eachen, diciéndome que iría a visitarlo 
al sanatorio donde se asiste. 

Buenos Aires, 1 de diciembre de 1948. — Luis Enrique Azaróla Gil. 


II 

En los meses fríos del año inmediato me trasladé a las sierras de 
Córdoba por prescripción médica, acompañado de mis hijos José Luis 
y Juan Ignacio ; y habiendo obtenido mejoría en mi estado de salud, 
resolví ausentarme del Río de la Plata durante todo el invierno siguiente. 
Partí con aquéllos en junio de 1950 en el vapor Florentia, desembar¬ 
cando en Barcelona para pasar luego a San Sebastián cuyos atractivos 



i 82 


AYER 


y bellezas panorámicas mostré a los dos muchachos, que habían dejado 
de muy corta edad aquélla su ciudad natal. Entramos a Francia por 
Hendaya, y al arribar a Tours visitamos durante algunos días las 
márgenes del Loire y sus castillos, tan imponentes por sus huellas 
históricas como por su magnificencia arquitectónica. Llegados a París 
me esforcé en convertirme en cicerone de mis compañeros, lo que me 
llevó a revivir emocionantes memorias de mi lejana juventud al con¬ 
templar lugares y calles que me habían sido familiares ; y mis recuerdos 
parecieron corporizarse ante la evocación de episodios acaecidos 
en la mañana de mi vida. Otro tanto sucedió al recorrer la bellísima 
Helvecia; visitamos las ciudades y riberas del Lemán ; luego Berna, 
Lucerna y Zurich; y un breve alto en la estación climatérica de See- 
lisberg nos hizo sentir la atracción de la montaña y el lago de los Cuatro 
Cantones. Viejos amigos vinieron a nuestro encuentro. La hija de 
Sourbeck, a quien me he referido en el capítulo XII, nos recibió en 
su hogar con su marido, Alfred Heer, caballero chapado a la antigua, 
y nos sentaron familiarmente a su mesa. Salimos de Suiza en el otoño 
por el valle del Ródano para detenemos en Milán que, a pesar de su 
vibrante actividad moderna e industrial, conserva su fervor por las 
antigüedades artísticas. Es elemental admirar il Duomo por su mara¬ 
villosa arquitectura, pero nosotros descendimos a las profundidades 
y conocimos sus tumbas centenarias; recorrimos las treinta y siete 
salas del palazzo delta Brera, el viejo castillo de los Sforza y la iglesia 
de Santa María delta Grazie, en cuyo refectorio contemplamos la Cena 
de Leonardo de Vinci, providencialmente salvada de los bombardeos 
aéreos que destruyeron los otros muros de aquel templo del siglo IX. 
Como es sabido, la estatua del genial artista se alza frente al teatro 
de la Scala con esta sola inscripción : Leonardo... Mis dos muchachos 
fueron con amigos hasta Turín, después de recorrer la Riviera desde 
Génova hasta Savona. Confieso que volví a mi casa reconfortado por 
las impresiones de aquel largo viaje, los cambios de ambiente, el contacto 
con la cultura europea y la reanudación de antiguos afectos. Ignoraba 
yo que muy en breve iba a tener que concentrar el vigor moral que 
me quedaba para enfrentar penosas vicisitudes. 

Mi hermano Rodolfo había muerto en marzo de aquel año, y Samuel, 
su gemelo, quedó sumido en un desfallecimiento que afectó su carácter, 
le apartó del mundo y puso término inesperado a su vida, como si al 
cortarse la de Rodolfo la suya también debía quedar tronchada sin 
remedio. Había acaso una sola alma en sus dos cuerpos. Yo perdí a 
mis dos hermanos en un año, y con ellos a mis mejores y mas fieles 
amigos. Prefiero guardar silencio sobre la congoja que me produjo su 
doble desaparición 1 . 


1 Apéndice, letras E y F. 



CAPÍTULO VIGÉSIMOSEGUNDO 


NUESTRA EXPULSIÓN 


fia mpaña de protesta universitaria ; José Luis Azaróla. — Mi arresto 
e incomunicación ; la madrugada del 5 de agosto. — Prisión de mis 
hijos ; el calabozo y las tortoras. — Nueva detención ; la policía federal 
requiere nuestra expulsión; decreto del presidente Perón.— En Monte¬ 
video ; pusilanimidad gubernativa e indiferencia pública. — Mi reac¬ 
ción ; los viejos amigos. 


I 

En junio de 1951 mi hijo José Luis, estudiante de abogacía, cooperó 
con sus compañeros del Centro de Estudiantes de Derecho en la orga¬ 
nización de una huelga de protesta universitaria con motivo de la 
desaparición, en manos de la policía de Buenos Aires, del estudiante 
Mario Ernesto Bravo. Aquellos jóvenes obtuvieron como primer resul¬ 
tado la reaparición de Bravo, que había sobrevivido a las bárbaras 
torturas que le fueron infligidas, documentadas por el médico que le 
asistió, doctor Alberto J. Caride, y comprobadas por el juez en lo 
criminal, doctor Saddi Massué. 

Días después, mi hijo fué solicitado por sus amigos universitarios 
para colaborar en la distribución de volantes destinados a apoyar una 
huelga de ferroviarios que se organizaba contra las tendencias oficia¬ 
listas de la Confederación General del Trabajo. Varios estudiantes y 
obreros se reunieron con aquel objeto en la noche del 31 de julio, y 
decidieron a José Luis a guiar el automóvil de mi propiedad, desde 
el cual lanzaron los impresos en las estaciones ferrocarrileras situadas 
en San Martín, el Tigre y Boulogne. Yo ignoraba en absoluto esas 
actividades, así como el uso que se hizo de mi coche, y si lo hubiera 
sospechado me habría opuesto a la participación de mi hijo, juzgándola 
incompatible con mis antecedentes diplomáticos. 

En la noche del 4 de agosto fui detenido por una comisión policial 
y conducido preso, juntamente con mis dos hijos menores, llevándosenos 



184 


AYER 


en mi propio automóvil a los suburbios de la capital. Se me separó 
de aquéllos al llegar a la comisaría de Boulogne, partido de San Isidro, 
y se me alojó en una pequeña oficina para trasladarme luego a una 
casa aislada, situada a dos kilómetros de la seccional. Hacia la media¬ 
noche se me recondujo a la oficina de Boulogne, donde un oficial ins¬ 
pector apellidado González procedió a interrogarme por espacio de 
varias horas, indagación que abarcó todas mis actividades diplomáticas 
y culturales desde la época de mi arribo a Buenos Aires. Terminado el 
interrogatorio fui llevado nuevamente a la pequeña casa aislada, donde 
permanecí incomunicado bajo la vigilancia de dos agentes. 

Aquella madrugada era terriblemente helada, y no había a mi 
alrededor una cama, un colchón, ni siquiera una frazada. Llegué a 
sentir frío en los huesos, mis piernas estaban insensibles, y mi precaria 
situación personal se agravaba con la preocupación por la suerte de 
los dos muchachos. Esa inquietud era justificada, como lo supe días 
después cuando logré hablar con Juan Ignacio. Al separamos, mis dos 
hijos fueron empujados a un calabozo que medía mts. 3x4, empapado 
por la humedad y donde yacían nueve delincuentes de derecho común. 
Esa madrugada José Luis fué desnudado y sometido a brutales tor¬ 
turas ; sujetos sus miembros por correas a una camilla, se le amordazó 
para impedir que sus estertores fuesen oídos ; casi en estado de incons¬ 
ciencia le fueron arrancados los nombres de algunos compañeros del 
Centro de Estudiantes ; devuelto a la mazmorra y privado de su abrigo, 
se le mantuvo veinticuatro horas sin agua y sin pan. Tres días después 
fue nuevamente martirizado, y recién el 11 de agosto se le autorizó 
a comunicarse con su abogado. Trasladado a la cárcel de 01 mos.su 
procesamiento y prisión se prolongaron casi dos meses. Omito otros 
detalles porque el relato integral de los episodios verá la luz pública en 
el folleto mencionado al pie de la página 186. 

En cuanto a mí, la incomunicación se prolongó hasta el domingo 5 
por la noche, en que fui liberado después de efectuado mi prontuario 
y firmada una declaración por la cual la policía reconocía « que no 
había mérito para mi detención ». Durante los dos días siguientes todo 
mi afán y el de mi hijo mayor, Enrique, consistió en conseguir la libertad 
de los dos menores. En una entrevista que mantuvimos en La Plata 
con el juez nacional, doctor Francisco Menegazzi, este magistrado nos 
informó que Juan Ignacio ya debía hallarse en nuestra casa, pues se 
había establecido su completa prescindencia en los sucesos. Contraria¬ 
mente a la afirmación del juez y a su orden de libertad, la policía de 
San Isidro sólo permitió al muchacho salir de la mazmorra en la noche 
del martes 7. Al llegar con él a nuestro domicilio hallamos a otra 
comisión policial que nos estaba esperando para conducimos al Departa¬ 
mento Central de Policía, donde un funcionario dictó en nuestra 
presencia un escrito por el cual el general Arturo Bertollo, jefe de la 
policía federal, solicitaba del ministerio del Interior nuestra expulsión 



NUESTRA EXPULSIÓN 185 

del territorio argentino, «por ser el padre y el hermano de un menor 
acusado de delinquir contra la seguridad del Estado». Manifesté que 
el propio juez de la causa, doctor Menegazzi, no había formalizado 
aún semejante acusación, sin contar con que una sanción penal por 
mero parentesco era una aberración jurídica. Obtuve 24 horas de plazo 
para formular mi descargo, pero en la noche del miércoles 8, al terminar 
mi respuesta, fuerzas policiales rodearon mi casa, siendo sacado de 
ella con Juan Ignacio y reconducidos al Departamento Central por 
esbirros armados. Allí se nos exhibió un decreto firmado por el presi¬ 
dente Perón y refrendado por el ministro de Interior, Angel Borlenghi, 
ordenando nuestra captura y expulsión. La ejecución del decreto se 
efectuó una hora después, siendo embarcados en el vapor Ciudad de 
Montevideo con destino a nuestro país, en presencia de nuevas fuerzas 
policiales. 

Mis dos detenciones, el arresto de Juan Ignacio y la prisión de José 
Luis, completaron experimentalmente el conocimiento que yo tenía 
de la policía. Esos penosos contactos confirmaron mi opinión de que las 
dos entidades policiales, la federal y la provincial — que no constituían 
sino una sola fuerza arbitraria bajo la dirección de Bertollo 1 — habían 
descendido a su nivel mas bajo ; el personal lo formaban delincuentes ; 
la vileza de sus procedimientos era análoga en los jerarcas y en los 
ejecutores; todos eran inaccesibles al razonamiento o la piedad. Cuando 
José Luis, con veinte años apenas, era llevado por segunda vez a la 
sala de torturas, desnudo y maniatado, dijo a los esbirros antes de 
que le pusieran la mordaza : «¡ Piensen en sus hijos !» una carcajada 
cínica fué la respuesta, a la que siguieron las aplicaciones del martirio 
hasta desvanecer a la víctima. Dos días antes el inspector González, 
dirigiéndose a mí, me había dicho : « Nosotros no usamos la violencia... » 
Son crueles y cobardes. 

Ningún agente policial de ese régimen dice la verdad ; al ingresar 
a la entidad se les ordena mentir y se les enseña que el decoro, la ver¬ 
güenza y la lástima son meros prejuicios; los agentes de ejecución 
obedecen como esclavos y en realidad lo son ; basta observar sus 
expresiones frente a un preso esposado para advertir los estigmas de 
su miseria patológica. Herederos de la Gestapo, sería un error ahorcarlos 
como a sus congéneres nazis cuando llegue la hora de la justicia ; 
mas útil será mantenerlos en asilos de degenerados para servir de 
estudio a los psiquiatras. 

No hubo protesta uruguaya por los hechos acaecidos, ni reclamación 
alguna por las torturas infligidas a un joven ciudadano de corazón 

1 El general Bertollo, designado para proceder a la delación, captura, vejámen 
y castigo de los opositores, fué el autor responsable de los atentados cometidos 
en Buenos Aires durante el lustro sombrío del 47 al 52. Abusó de la función y de 
la fuerza, enlodó su uniforme y desapareció en la fosa, aniquilado por la histeria 
que provocó la muerte de Teodora. 



i86 


AYER 


limpio y valiente. Al desembarcar en Montevideo pedí audiencia al 
presidente don Andrés Martínez Trueba para solicitar su intervención 
en el sentido de que mi hijo fuese puesto bajo el régimen político que 
le correspondía, en vez de mantenerlo mezclado con delincuentes de 
derecho común. Martínez Trueba no se atrevió a recibirme. La actitud 
de ese hombre, taimado y pusilánime, será calificada de modo definitivo 
por la pluma de José Luis x . Por su pasividad, fué cómplice de los atenta¬ 
dos cometidos en Buenos Aires, y los mismos reflejos del miedo que le 
impidieron recibirme y oirme, fueron los que le llevaron a ordenar a 
su policía, dos meses después, que protegiese la audaz excursión de 
Espejo y sus secuaces a la ciudad de Colonia. 

En cuanto a la indiferencia de la opinión pública, es explicable en 
una sociedad que, formada por corrientes inmigratorias de razas y 
procedencias heterogéneas, sin arraigos tradicionales y sin propósitos 
patrióticos definidos, carece del sentimiento de solidaridad nacional. 
No se concibe que un atentado cometido por autoridades extranjeras 
contra un ciudadano, sea un atentado cometido contra el país. Nadie 
siente la ofensa. Se exhiben, en cambio, formas agresivas de solidaridad 
partidaria y gremial. En Uruguay, el título de ciudadano no acuerda 
derechos al amparo, ni a la función pública, ni al reconocimiento ; 
pero los acuerda el cintillo, el casillero y la afiliación partidista. Toda 
la fracción política a que pertenece un sujeto se pone de pie ante una 
lesión administrativa inferida a uno de los suyos. Si se trata de un 
obrero despedido, con o sin motivo, el gremio entero decreta la huelga 
y los demás gremios la acompañan también por adhesión de clase. 
Muchas veces, una parte importante de la actividad del país ha sido 
paralizada por el interés personal de un operario. En una sociedad 
agitada así por factores subalternos, no hay que esperar actos de soli¬ 
daridad nacional como los que se manifiestan en los pueblos cuyas 
fuerzas morales e ideológicas superan las inevitables luchas de intereses. 
Persuadido de ello resolví echar al olvido el episodio y volver la espalda, 
como medida saludable, a los hombres de quienes nada pueden esperar 
la justicia, el derecho ni la lealtad. 


II 

Reanudé, en cambio, con amigos antiguos, vínculos aflojados por 
una ausencia prolongada. Uno de aquéllos fue don Raúl Montero 
Bustamante, espíritu rector de una fracción social representativa que 
ha honrado a la nación por su intelectualidad, su probidad y su patrio- 


1 J.-L. Azaróla Saint, Ocho semanas en los calabozos peronistas, en prepa¬ 
ración. 



NUESTRA EXPULSIÓN 


187 

tismo. Volví a visitarle en su bella casona de Punta Carreta, llena de 
evocaciones que van desde el nombre de la calle en que está situada 
hasta los retratos y reliquias familiares, testimonios de una tradición 
patricia ; y fui acogido con la sencillez y el afecto de un gran señor 
de salón y de biblioteca. Durante horas pasamos en revista hechos, 
ideas, hombres y obras ; su claro juicio y su información prodigiosa 
confirmaban en el curso de la conversación la trayectoria serena que 
ha seguido toda la vida su espíritu idealista. Daba mas que nunca la 
seguridad de su prestancia, y me sentí feliz al advertir mi coincidencia 
con algunos principios fundamentales que él enunciaba sin jactancia 
ni rigidez. Recordó que algún tiempo antes de la desaparición física 
del doctor Juan Zorrilla de San Martín, había yo enviado desde España 
a nuestro gran poeta — por el intermedio de un amigo inolvidable, 
Julio Lerena Joanicó — un conjunto de papeles del siglo XVII que 
documentaba los antecedentes de la casa solar de los Zorrilla en el 
valle de Soba. En la portada, el escudo de armas se iluminaba con la 
leyenda del linaje : «Vivir se debe la vida de tal suerte que viva quede 
en la muerte...» Los comentarios que formulamos me persuadieron que 
nuestra analogía de principios se prolongaba en una identidad de 
sentimientos. 

Informado de que yo trabajaba en la redacción de estas memorias. 
Montero Bustamente me insinuó su deseo de anticipar la publicación 
de algunos capítulos en la Revista Nacional. Así quedó convenido y 
se hizo. A esta deferencia añadió otra mas emotiva para mí: la redacción 
de una semblanza del doctor Enrique Azaróla, que dió él a la estampa 
en vísperas del centenario de mi padre. 

Por aquellos días, mi ilustrado colega y amigo el doctor Alfredo de 
Castro, que desempeñara con notoria dignidad la plenipotencia de la 
Repúbüca ante varios gobiernos de Europa y América, me invitó a 
ocupar la tribuna de la Academia Diplomática Internacional cuya 
sede de Montevideo se hallaba bajo su dirección. Acepté el honroso 
ofrecimiento y leí una comunicación acerca del nuevo concepto de la 
soberanía, ante un auditorio tan selecto como simpático. En el Exordio 
de este volumen se halla una exposición de mis ideas sobre la doctrina 
sustentada por la cancillería uruguaya en 1945, que comenté en aquella 
conferencia. 

El hogar de José Emilio Gillardo, mi amigo de la adolescencia y de 
toda la vida, recibió mis visitas con frecuencia, y a la hora del té hallé 
de nuevo el solaz de esa bella familia, padres, hijos, nietos y relaciones 
íntimas, con quienes evocamos episodios antiguos. Esas charlas me 
indujeron a reanudar la meditación y el comentario sobre temas filosó¬ 
ficos y religiosos. Gillardo ha sido siempre un erudito de los libros 
sagrados y un creyente en las cosas eternas ; y al oirlo disertar sobre 
ellas he tenido a veces la impresión de que su sillón se convertía en un 
púlpito familiar, mientras su sonrisa afectuosa y las espirales de humo 



i88 


AYER 


de su pipa quitaban solemnidad a las exposiciones o las críticas. Mi 
viejo amigo no ha sido nunca un místico contemplativo ; su espiritualidad 
se ha manifestado en obras, conferencias y publicaciones ; modesto 
y generoso, ha dado todo de sí sin exteriorizaciones publicitarias, 
ajenas a su desinterés, y ha tenido en su esposa a una colaboradora 
comprensiva y bondadosa. 

El regreso al país de otro escritor amigo me permitió evocar activi¬ 
dades intelectuales de antaño, al mismo tiempo que recuerdos juveniles 
de otra índole que ofrece siempre la vida parisiense. Hacía ya varios 
lustros que había recibido yo a Hugo Barbagelata a su descenso del 
tren que le condujo a la ciudad-sol; le acompañé en los primeros con¬ 
tactos, que le bastaron para orientarse en sus estudios y realizar luego 
su labor de hombre de letras. Doctorado en la Escuela de Ciencias 
Políticas, hubiese sido un diplomático eficaz si su independencia de 
carácter no se hubiera interpuesto entre su personalidad y los métodos 
censurables que se emplean para llenar los cargos oficiales ; pero ahondó 
en la historia y la literatura de América dando a la estampa en París 
una larga serie de obras que consagraron su nombre y su prestigio. 
Como digo, volvió a Montevideo casi al mismo tiempo que yo, cuando 
sus cabellos comenzaban a blanquear, y coincidimos en el juicio que 
nos ha merecido la transformación del ambiente nativo, la politiquería 
dominante y el éxito de las medianías. ¿ Influyeron las serenas opiniones 
de ese amigo en mi deseo de aproximarme nuevamente de los centros 
donde el espíritu humano ha alcanzado niveles superiores ? Así lo creo, 
pero convengo en que también reaccioné espontáneamente y me di a 
superar las congojas y las estúpidas hostilidades de que había sido 
objeto. 



CAPÍTULO VIGÉSIMOTERCERO 


VIDA NUEVA 


El anhelo de los viajes y la atracción de Europa. — Vuelos sobre el Atlán¬ 
tico y el Mediterráneo ; colores de los trópicos y del mar latino. — 
Evolución de Madrid ; su modernismo parcial. — Expresiones de la 
intolerancia española. — París, cima de la cultura occidental. — Un 
gran libro de Herriot. — Adolfo Sienra, diplomático y literato. — Vuelo 
sobre Suiza ; riqueza de contrastes. — En la montaña ; panorama del 
Mont-Pélerin. — El llamado de Ginebra ; una cena espiritual. — 
Visita al castillo de Coppet ; la sombra de madame de Staél. — Evo¬ 
cación sobre el Lemán. 


I 

Las viejas generaciones europeas han asistido a dos guerras generales 
y a varias guerras locales, como las de Cuba y Filipinas, Sud-África, 
Rusia y Japón, y la actual de Corea ; han soportado terribles ataques 
aéreos y represalias sanguinarias ; han sufrido graves crisis económicas 
con la consiguiente pérdida de fortunas y restricciones a la vida; el 
detrimento de la justicia, la libertad y la dignidad humana ha hecho 
posible en algunos pueblos el encumbramiento de demagogos y medio¬ 
cridades audaces ; pero a pesar de estas y otras calamidades hay dos 
hechos reveladores de que los niveles alcanzados en el presente y el 
pasado siglo se mantienen altos : la civilización occidental ha salvado 
sus tesoros científicos, literarios y artísticos, y las sociedades de cultura 
heredada han mantenido la jerarquía de sus valores morales y políticos. 

Felizmente hay en el mundo países donde se practica el respeto por 
la personalidad humana ; ciudades que ostentan la magnificencia de 
sus monumentos y maravillas arquitectónicas ; museos y galerías de 
arte que apartan el espíritu de las miserias de los hombres y lo enaltecen 
en la contemplación de obras geniales ; panoramas de historia milenaria 
cargados de grandeza ; factores morales y materiales que hacen olvidar 
las vicisitudes sufridas... Declaro que su recuerdo estimuló mi vocación 
viajera, y sentí el anhelo de tomar nuevamente contacto con la vieja 



AYER 


I90 

cultura europea, sabiendo cuanto los horizontes se ensanchan e iluminan 
en la vida cuotidiana de Francia, Inglaterra, Suiza e Italia. La libertad 
y la civilización se sienten y se gozan en esos pueblos, como en las 
naciones nórdicas, como en Estados Unidos, Canadá y Australia. Un 
buen día levanté vuelo en el aeropuerto de Carrasco y pocas horas 
después el avión de la Air France emprendió desde Recife el crucero 
del Atlántico, a cinco mil metros de altura, rumbo a la costa africana. 
El amanecer nos sorprendió sobre los trópicos, y envuelto en los efluvios 
de un firmamento de ópalo y nácar que se extendía como una túnica 
de uno a otro horizonte, la soledad oceánica parecía recoger en sus 
abismos las últimas brumas de la noche. De pronto el oriente se tiñó 
de rosa. Fué primero un rosa pálido que invadió lentamente las alturas 
y concluyó por reflejarse en todo el cielo ; sus matices se fueron acen¬ 
tuando y cayeron sobre el mar como un incendio ; las nubes coloreadas 
adquirieron formas y dimensiones gigantescas ; y como una visión 
inesperada todo el universo visible se convirtió en una inmensa rosa 
de pétalos abiertos. Eran las seis de la mañana y un sol de fuego surgía 
de la fuente tropical en la línea de conjunción del cielo y las aguas, 
inundando el espacio con la plenitud de su fuerza fecunda. Una emoción 
desbordante de poesía llegó a humedecer las pupilás del viajero; a 
bordo del avión nadie hablaba y nadie oía siquiera el recio forcejeo 
de los motores. 

Quien dijo que partir c’est mourir un peu, sostuvo un error, porque 
la verdad es precisamente lo contrario. Como lo afirma Genta en su 
magnífico estudio sobre el Homocosmos, «lo que muere en nosotros a 
la hora de partir es lo que nos estaba matando ; partir es renacer, 
reencontrarse, vitalizarse». Yo agrego : es subir, alejarse del ras del 
suelo y de las mezquindades del suelo ; y apelo al testimonio de todos 
los que han ascendido a la región de las águilas : simultáneamente a la 
ascensión física se advierte una elevación moral. El alma acompaña 
al cuerpo en el vuelo hacia lo alto y se desprende de las cosas vulgares 
que quedan abajo. Hay una sensación de éxtasis desde los tres mil 
metros para arriba; se diría que el espacio inmenso pone algo suyo 
en la entraña espiritual de los viajeros. 

Cuando en las últimas horas de ese día que había empezado en la 
línea ecuatorial, el gran pájaro mecánico aceleró su vuelo sobre el mar 
que separa dos mundos opuestos, África y Europa, el Mediterráneo 
ofreció el contraste de su azul intenso al rosa de los trópicos. Arriba, 
el cielo semejaba una bóveda de añil; abajo, el mar latino reflejaba 
en sus aguas el tono fuerte de las alturas. El avión volaba entre dos 
inmensidades de idéntico color; hasta la roca armada de Gibraltar perdía 
sus arrugas hurañas bajo la influencia de esa luz, y Ceuta española 
su gesto hostil ante el peñón perdido. Los zocos y cashbas dispersos 
en las laderas marroquíes velaban su blancura con tintes azulados. 

Entonces, frente a esa gloria que desplegaba en el cosmos su magni- 



VIDA NUEVA 


191 

licencia eterna, «vi un cielo nuevo y una tierra nueva», y advertí 
toda la pequeñez de los gusanos-hombres que se creen, en la fugacidad 
de sus minutos, los conductores providenciales de los pueblos. Montón 
de escoria que se olvida en cuanto se asciende mas allá de las nubes. 

Descendí en el aeropuerto de Barajas y me di a caminar por las 
calles de Madrid que no veía desde hacía veinte años. 

Los cambios de denominación de algunas vías revelaban la incor¬ 
poración de nuevos e ilustres nombres a la historia española. La antigua 
avenida del Conde de Peñalver se ha trocado en la avenida de José 
Antonio, nombre dulce y sonoro, evocador de un héroe y una tragedia. 
En cada uno de los barrios y sitios que me habían sido familiares 
renacían recuerdos que no voy a mencionar porque ya no me quedan 
lágrimas ; las que brotaron en otros días se secaron con el árido viento 
del desierto ; y estoy viajando para que surjan en mi mente nuevas 
emociones de vida y esperanza : 

«A su espalda las aguas del olvido 
sus luctuosos recuerdos se llevaran, 
y de otras aguas con raudal profundo 
correr el limpio manantial dejaran. » 

Mi primer paseo madrileño me orientó hacia el barrio tradicional de 
las antiguas casonas con portalones amplios y faroles de gas, cuyo 
centro es la plaza de la Villa. Para vivir durante una hora en la serenidad 
del Madrid de los siglos XVI y XVII debe el transeúnte marchar por 
las calles y callejas del Rollo, Puñonrostro y Sacramento, por las plazas 
del Cordón y Conde de Miranda, y detenerse ante el Ayuntamiento 
y la casa de Cisneros, testigos y protagonistas de leyendas... Pero la 
población flotante y adinerada prefiere la atracción de las barriadas 
elegantes, el Madrid que ha modernizado su centro comercial, sus 
tiendas y vidrieras, donde los viejos sistemas de exhibición y anuncio 
han cedido el lugar a la propaganda novedosa importada de París y 
Nueva York. En las calles céntricas el paseante se detiene ante cada 
escaparate, fijada su atención por el arte de las exposiciones, que nada 
tiene que envidiar a la de otras grandes urbes europeas. La multitud 
se apiña ante los comercios iluminados y brillantes, los merenderos, los 
teatros y los cines ; multitud que no denota apremios monetarios, 
siendo enorme el número de hombres y mujeres elegantes, como es 
considerable la demanda de artículos de lujo. La circulación de peatones 
y vehículos se ha intensificado en las vías centrales, pero es una cir¬ 
culación disciplinada, ajena al desorden de antaño; los bohemios 
ambulantes se han desplazado y los mendigos han desaparecido. Madrid 
es hoy una ciudad rica, moderna y ágil, menos española en algunos de 
sus aspectos pero reveladora de una rápida evolución económica y social. 

En cambio, no hay libertad en la capital ni en el país. Claro está 
que el español y el extranjero se levantan de la cama a la hora que 



192 


AYER 


les place, almuerzan donde les gusta y los platos que prefieren, con¬ 
curren a los paseos y espectáculos que les agrada, adquieren los libros 
y artículos que les interesa y viajan por el territorio sin necesidad de 
dar explicaciones. Hay, pues, mas libertad que en la Unión Soviética ; 
pero hay mucha menos libertad que en los otros países de la civilización 
occidental. A todo ciudadano inglés o francés le asiste el derecho de 
combatir al gobierno establecido y dispone de la facultad de criticarlo 
todo, desde las creencias religiosas hasta el régimen constitucional. 
Esta libertad es fundamental e inatacable, como lo es el derecho de ser 
amparado en el honor y la propiedad. En cambio, en un país totalitario 
o simplemente de reacciones fanáticas, el uso de aquella libertad se 
castiga con la cárcel. Digamos de una vez que toda la grandeza de 
España procede del fanatismo, en sus diversas expresiones : conquis¬ 
tador, religioso, inquisitorial, político, artístico. Toda la grandeza de 
Francia e Italia deriva de la inteligencia : el derecho, la literatura, la 
diplomacia, el arte. Hasta las guerras en Italia fueron guerras inteli¬ 
gentes. Las de España fueron simplemente sanguinarias. Y esto es 
comprensible porque cada raza o pueblo impone a su historia el sello 
fundamental de su carácter. 

Expuse estas opiniones, en voz baja, a mis familiares y amigos, 
que me aconsejaron que saliera de España. 


II 

El avión que me llevaba a Francia partió de Barajas en la noche, 
con una demora de tres horas ; y cuando a poco de despegar levantó 
su proa hacia las estrellas, los pilotos previnieron a los cuarenta pasa¬ 
jeros que iban a forzar la marcha para ganar una parte del tiempo 
perdido. Así lo hicieron ; los cuatro motores del Constellation rugieron 
en las altas zonas, enseñaron las lenguas encendidas y se lanzaron en 
recta hacia los Pirineos, cuyas cimas se adivinaron sin percibirse en 
la negrura de la medianoche. Fue un vuelo a ciegas, entre sombras; 
pero exactamente dos horas y veinte minutos después de haber salido 
de Madrid, descendimos firmemente guiados por una iluminación 
potente en el aeropuerto de Orly, a quince kilómetros de París. Eran 
las tres de la madrugada cuando Gustave, el viejo conserje del hotel 
Cayré, me recibió con la sonrisa que reserva a los clientes fieles de la 
casa. 

Una dulce emoción me esperaba al penetrar en mi habitación : 
sobre la mesa, bajo un gran ramo de flores, se destacaba el retrato de 
mi esposa. Era un gesto afectuoso y delicado de madame Lily Heral, 
la copropietaria del hotel cuya dirección ejerce desde su sala con discre¬ 
ción y gracia. Riquette y Lily fueron amigas desde la adolescencia y 



VIDA NUEVA 


193 


condiscípulas en el colegio de Brighton ; el sentimiento que las unió 
se mantuvo inalterable después de sus respectivos enlaces y a pesar 
de la distancia que separaba sus hogares. Lily casó con M. Pierre Heral, 
secretario del órgano católico La Croix, y tienen tres hijos, mis jóvenes 
amigos Jean-Pierre, Michel y Madeleine. El hotel Cayré es una resi¬ 
dencia esencialmente francesa y burguesa; sin lujos inútiles, pero 
cordial y confortable ; está situada en pleno barrio de Saint-Germain ; 
y encuentro en ella mi centro amable cada vez que las exigencias del 
espíritu me traen a París. 

En los días y semanas que siguieron volví a mirar la fisonomía 
sonriente y bella de la ciudad-sol, escuché de nuevo su rumor profundo, 
fui a sentarme en los jardines de las Tullerías y el Luxemburgo, ascendí 
la colina de Montmartre, entré diez veces a las salas del Louvre y de la 
Biblioteca Nacional y vagué por sus calles sin mas objeto que tomar 
contacto con las armonías visibles y sensibles de la urbe. París es una 
cima, y desde ella se domina todo el panorama de la cultura occidental; 
se advierten sus niveles y se definen sus características humanas. Casi 
medio siglo de viajes y observaciones me han enseñado que en esa 
Europa occidental predomina el hombre evolucionado dentro de su 
medio tradicional y propio ; influye sobre sus actos el arraigo social, 
la solidaridad con principios o hábitos heredados, el contralor de factores 
familiares, la vigilancia de leyes que se cumplen y una opinión esclare¬ 
cida que aplica sanciones o decreta recompensas morales. Son fuerzas 
que determinan la conducta del hombre evolucionado. En América 
latina actúa el hombre transplantado, que conserva el fondo psicológico 
del aventurero de la conquista y del aventurero inmigrante. De ahí su 
ansia exasperada por la posesión de la fortuna y del poder; sus escrú¬ 
pulos, cuando existen, carecen de la resistencia forjada por las fuerzas 
acumuladas en un alvéolo tradicional; ha ido al Nuevo Mundo, solo 
o casi solo, a buscar oro. Entre el aventurero histórico y el judío recién 
desembarcado, sin patria y sin abuelos, hay apenas una diferencia de 
procedimientos : el primero empleaba la violencia, el mercader israelita 
usa la astucia. 

De todos los muelles del Sena el que ofrece atractivos mas seductores 
es, en mi opinión, el quai Voltaire. La visión que se extiende desde sus 
aceras es maravillosa, y según la frase de Pierre Mac Orlan es «el que 
domina el paisaje romántico», quizá porque en la casa que lleva el 
núm. 25 vivió y compuso sus obras Alfredo de Musset, y en inmuebles 
vecinos se inmortalizaron Baudelaire y Ricardo Wagner. En ese quai, 
al pie de la rué de Beaune y casi al borde del Sena, se halla la casa en 
que murió Voltaire en 1778, y en los bajos hay un restaurante típico 
de mediados del siglo XIX que ofrece una bella vista sobre el Louvre, 
a la vez que platos y vinos apreciados por el paladar de los gastrónomos. 
Suelo refugiarme a la hora del crepúsculo en su terraza poco concurrida 
y decorada de plantas, después de recorrer la acera que dá al río y 



194 


AYER 


detenerme ante las largas filas de cajones encadenados, llenos de libros 
usados, manuscritos y estampas antiguas que exhiben los mercaderes 
de una literatura rica en sorpresas y descubrimientos inesperados. 
Este espectáculo es uno de los mas curiosos de París. Hay reliquias 
bibliográficas que se adquieren por un peso... Buscando y revisando 
obras agotadas, di con un volumen cuyo título atrajo mi interés : 
Madame Récamier et ses amis. Me bastó hojearlo para advertir que se 
trataba de la obra de Édouard Herriot, el estadista, artista e investi¬ 
gador francés, obra editada por Payot e inexistente en librería desde 
hace largos años. Ese volumen estaba en mal estado y me quedé 
con él por ochenta francos ; lo hice encuadernar y durante varias 
semanas fué mi libro de cabecera, que comenté con breves notas 
marginales. 

Ese libro es el reflejo de la vida espiritual francesa durante el medio 
siglo que va desde el Directorio hasta la revolución de 1848, a través 
de los cambios profundos que se produjeron bajo el Consulado, el 
Imperio, la Restauración, las monarquías hasta la abdicación de Luis 
Felipe y la proclamación de la segunda República. Pero la historia de 
esa cultura del espíritu no la destaca Herriot por la mera enunciación 
o la crítica de la producción literaria, sino arrojando luz sobre los 
hombres y mujeres que tuvieron el cetro del talento, la distinción y la 
gracia. No son los libros que publicaron aquéllos los que retienen la 
atención del autor: son los aspectos humanos de los personajes que 
formaron el grupo mas selecto de la sociedad francesa. Herriot define 
sus caracteres, penetra en su psicología y observa sus ambiciones y 
egoísmos ; hace la crónica de los salones y, colocándose en la época 
de su actuación viviente, se vale de las cartas o fragmentos de cartas, 
de las memorias publicadas o todavía inéditas pero accesibles a algunos 
privilegiados; de los relatos de viajes, informes de policía y procesos... 
La erudición del autor abarca fases múltiples y revela situaciones insos¬ 
pechadas que, sino estuviesen documentadas, parecerían novelescas. 
Madame Récamier es el centro de aquel notable grupo mundano y 
cultural; su salón de l'Abbaye-aux-Bois es el mas concurrido de París ; 
pero es la historia de su amor por Chateaubriand lo que hace admirar 
mas la personalidad de la gran dama. El autor del Genio del Cristianismo 
aparece en la obra con todos sus relieves y defectos; el literato, el 
embajador y el político ceden el paso al hombre de pasiones profundas. 
Cerca de madame Récamier aparece otra gran mujer cuya huella es 
imborrable en las letras francesas y que ejerció también una influencia 
sentimental definitiva sobre el corazón de varios grandes hombres : 
Madame de Staél. Exilada por el despotismo de Napoleón, se refugió 
en su castillo de Coppet, sobre el lago Lemán, con virtiéndolo en el polo 
de atracción de la intelectualidad francesa, germánica y suiza. Herriot 
describe la intensa vida que se desarrolló en Coppet, en su biblioteca, 
sus salones y su bosque; los fracasos de Benjamín Constant para 



VIDA NUEVA 


195 


obtener la mano de madame de Staél y del príncipe Augusto de Prusia 
para dar su nombre y su cetro a madame Récamier. Cerca de esos 
personajes y de aquellas mujeres, brillaban Adrián y Mathieu de Mont- 
morency, Ballange, Ampére padre e hijo, Camille Jordán, Sainte-Beuve, 
Pictet, madame Lenormant, Schlegel, Middleton ; allí Constant escribió 
su tragedia Wallenstein, y «avec des excés de travail et des excés de 
plaisir», se representaron piezas teatrales y la genial dueña de casa 
comenzó su estudio sobre Alemania, a fin «de descubrir en ese país 
pesado en apariencia temperamentos entusiastas como el suyo ». 

La lectura del libro de Herriot, al reavivar recuerdos grabados por 
otras lecturas, despertó mi deseo de hacer un viaje a Coppet, visitar 
el castillo y evocar en sus interiores las nobles figuras que habían 
consagrado su historicidad. Sabía yo que los bisnietos de madame de 
Staél conservan la propiedad tal como lo estaba durante la época 
napoleónica ; proyecté, pues, una peregrinación literaria ; y advirtiendo 
las ventajas que habría en realizarla acompañado por algún erudito en 
letras y antigüedades, propuse el viaje a un querido amigo mío a quien 
visité en aquellos días. Me refiero a don Adolfo Sienra, el colaborador 
de todas las misiones diplomáticas uruguayas que han actuado en 
París desde hace casi sesenta años. Sienra había estado primeramente 
en España acompañando en 1891 al doctor Juan Zorrilla de San Martín, 
ministro plenipotenciario ante aquella corte, y tres años mas tarde 
siguió a Francia a su jefe, que vino a presentar credenciales análogas 
al presidente Casimir Périer, que acababa de hacerse cargo de sus 
altas funciones al caer en las calles de Lyon su antecesor, Sadi Camot, 
asesinado por el anarquista Caserío. Desde entonces Adolfo Sienra ha 
continuado en la carrera prestando servicios, generalmente honorarios, 
como secretario, consejero y encargado de negocios, hasta su nombra¬ 
miento como secretario general permanente de las delegaciones de la 
República a la asamblea y consejo de la Sociedad de las Naciones; 
pero no obstante su labor en Ginebra, integró embajadas extraordi¬ 
narias a Roma y Londres. Sus dotes de diplomático se unen a una bella 
versación literaria, que no ha exteriorizado como ha debido y podido 
hacerlo, aunque se recuerdan las páginas que escribió sobre los últimos 
reflejos del talento de su amigo Paul Verlaine, cuyo retrato dedicado 
conserva como una reliquia. Posée Sienra entre sus virtudes una fidelidad 
invariable hacia los principios, los hombres y las cosas a cuyo lado ha 
convivido en las diversas etapas de su vida ; y es así como desde hace 
mas de cincuenta años que reside en la misma casa, rué Franklin 33, 
a pocos pasos de la señalada con el núm. 9, donde vivió Clémenceau, 
frente a la que fué domicilio de Marcel Prévost y que lo es actualmente 
de Jacques de Lacretelle. 

En la residencia de Adolfo y su esposa, madame Marcelle Sienra, 
pasé una tarde inolvidable, evocadora de recuerdos comunes. Posée 
el viejo amigo un epistolario de subido valor; son decenas de cartas 



AYER 


196 

í 

de los ministros Zorrilla de San Martín, Juan Pedro Castro, Juan Carlos 
Blanco, Alberto Guani y otros, con referencias a gestiones diplomáticas 
y confidencias que no pueden estamparse en las notas oficiales, y cuya 
lectura representa una aportación valiosa a nuestra historia diplomática. 


III 

Desde 1906, año de mi primera visita a Suiza, había viajado siempre 
en ferrocarril, funicular, automóvil y diligencia, es decir, sobre rieles y 
carreteras que reducen las perspectivas visuales, a menos que se escale 
las montañas. Faltábame obtener una visión total del territorio, con sus 
estribaciones, valles, cimas, lagos y ríos vistos desde muy arriba, a fin 
de que el panorama geográfico se desarrollase integralmente bajo los 
ojos del cuerpo y del espíritu. Dos vías ofrece la Air France para pene¬ 
trar en Suiza, la de Ginebra y la de Zurich ; preferí esta última por 
hallarse la ciudad en el corazón del país. Una mañana luminosa crucé 
el cielo de Helvecia y quedé absorto ante la revelación de una belleza 
hecha de contrastes ; moles y montes, faldas y abismos se extendían 
abajo en sucesión vertiginosa, como si la creación hubiese realizado 
allí sus mas fantásticos caprichos. Mi asiento en el avión estaba situado 
junto al cristal de mira y encima de un ala ; la visibilidad era perfecta ; 
y observadas desde tres mil metros de altura las montañas parecían 
jorobas de monstruos echados de bruces sobre un suelo dislocado por 
violencias remotas. En esas jorobas se distinguían cintas simétricas que 
ascendían en zigzag ; eran caminos ; y minúsculos puntos rojos, aislados 
unos, aglomerados otros ; eran los techos de las viviendas campesinas. 
Los cursos de agua, empequeñecidos por la enorme distancia, semejaban 
hilos de plata que huían de las cumbres blancas de nieve, bajaban 
hacia los valles o se echaban en lagos inmóviles, rodeados por la vege¬ 
tación lujuriosa que les servía de marco. Surgía del conjunto una 
incoherencia maravillosa, desaparecida casi de golpe al aterrizar en 
Kloten, el aeropuerto de Zurich, acogedor y organizado. 

Quince días después ascendí la montaña que domina tres cantones 
de la Suiza románica y cuya base arranca de las riberas del Lemán. 
Su faz oriental mira hacia ese lago, y subiendo la cuesta desde Vevey 
decidí quedarme en un sitio privilegiado que se llama Mont-Pélerin, 
situado a novecientos metros de altura. Sólo hay allí dos hoteles, la 
oficina de correos y un bazar donde se venden postales, baratijas y 
periódicos ; no hay médico ni farmacia, pero influyó mas bien en mi 
elección la vista insuperable que ofrece el punto adonde quiera que se 
mire, y la vastedad de los bosques de pinos y abetos que cubren la 
región. El mas antiguo de los hoteles se denominaba «palace » hace 
cincuenta años, y sigue siéndolo aunque lleve ahora un título menos 



VIDA NUEVA 


197 


pomposo ; sus grandes salas conservan muebles clásicos y telas de 
valor ; tiene comodidad para trescientos huéspedes, y los valles vecinos 
devuelven en la noche, con sus ecos, las vibraciones musicales de las 
orquestas. Durante los días calurosos la floresta acoge bajo su sombra 
a los paseantes, pero prefería yo ocupar un banco en el jardín que se 
extiende delante del edificio y que posée también árboles centenarios. 
Es un lugar estratégico porque los ojos abarcan los panoramas mas 
amplios y admirables del país del Vaud y las comarcas adyacentes ; 
abajo, el lago azul y extenso con sus ciudades ribereñas y el punto 
isleño de Clarens, donde Rousseau escribió su Nouvelle Heloise ; al 
frente, las montañas de Saboya, tierra francesa con sus elevadas vetas 
de hielos eternos ; a la izquierda, el valle de Ródano ; y siguiendo la 
curva se vé en el castillo de Chillón al protagonista de seis siglos 
de historia. Arriba, les Dents-du-Midi amenazan escalar el firma¬ 
mento. 

Había llevado libros, pero la contemplación de la hermosura panorᬠ
mica me robó muchas horas de lectura. Sentí, en cambio, la honda 
serenidad de esos paisajes. Día por día, transcurrieron dos semanas 
durante las cuales me mantuve aislado para gozar mejor de aquella 
paz inefable ; y nunca fui mas avaro de mis sensaciones espirituales 
que en la soledad de Mont-Pélerin, a pesar de la inmediación con la 
sociedad brillante que llenaba el hotel. 

Fué al comenzar agosto, en la plenitud del verano luminoso, que 
mi amigo Adolfo Sienra me despertó desde Ginebra con un llamado 
telefónico recordándome el proyectado viaje literario al castillo de 
Coppet. 

Nuestro lugar de cita era otro hotel, próximo a la estación de 
Comavin ; y en su patio-jardín, al aire libre, lleno de luces y plantas 
olorosas, una cena cordial me reunió con Adolfo y su esposa ; con los 
amigos de éstos, M. Henri Daloz, ingeniero francés radicado en Lyon, 
y su encantadora mujer, que se hallaban en Suiza, como otros comen¬ 
sales, en viaje de turismo ; y con el distinguido hombre público M. Fer- 
nand Cottier, profesor de la Academia de Ginebra, consejero nacional 
y ex-alcalde de la ciudad. Las tareas absorbentes del profesorado y la 
magistratura impedían al culto ginebrino ocuparse personalmente de 
sus intereses comerciales, función que desempeñaba su señora, madame 
Mathilde Cottier, con la actividad y competencia propias de las mujeres 
suizas. 

La mesa tendida de un mantel de encaje de Saint-Gall, estaba 
ornamentada con una colección de cien piezas de porcelana antigua ; 
la atmósfera optimista se acentuó con la sonrisa placentera de los 
comensales al llegar las fuentes de ostras de Marennes, ofrecidas por 
camareros vestidos a la usanza tradicional de Helvecia, casaquilla 
negra y delantal blanco ; y los platos que luego se sirvieron nos brin¬ 
daron el sabor auténtico de la cocina francesa aderezada por el arte 



AYER 


198 

gastronómico regional. Fué una cena espiritual que animó la versación 
brillante de los invitados, artistas, académicos y mujeres de letras ; 
el buen gusto desdeñó los temas políticos ; pero el viajero del cúre debió 
satisfacer algunas curiosidades femeninas. « ¿ Cuál es la sensación que 
se experimenta al sobrevolar tres continentes a cinco mil metros de 
altura ?» « La que deben sentir las águilas », contestó el viajero. « ¿ Y 
cuál es ella ? » volvió a preguntársele. « El orgullo inaudito de poseer 
alas, el mas viejo de los sueños del hombre. » «¿ Y al descender a tierra, 
hay decepción ? » «La de despertar de un bello sueño — replicó el 
interrogado — con la compensación de volver a soñar a voluntad con 
solo ascender a la región inhabitada. Creo que en los tiempos venideros 
habrá en la estratosfera estaciones animadas de movimiento para uso 
de los seres humanos que estén resueltos a no descender nunca. El 
homocosmos va a nacer. » 

«Mientras vuela la cigüeña que lo trae — comentó una excéntrica 
dama inglesa — vivamos ierre á terre... » 

La charla de sobremesa recibió el estímulo de algunas botellas de 
vinos del Valais. Confieso mi pecado de poseer la memoria del paladar 
y del olfato, y no había olvidado el « Sion pétillant », vivo y de nervio ; 
ni el Cháteau Conthey, procedente de las uvas nobles de Chasellas, 
que no fatigan nunca ; ambos son blancos ; ni el rojo y aterciopelado 
Maienfelder, originario de las vides de Grisons. Los suizos no exportan 
sus vinos ; prefieren beberlos ; « vin du cru » es el vino de la tierra 
cosechado donde se consume. Ignoran los cocktails, rechazan las mez¬ 
clas alcohólicas y creen en la sentencia atribuida a Salomón, « el vino 
alegra el corazón del hombre ». 

Sentado al lado de madame Daloz, recogí de sus labios algunas 
noticias sobre los años finales de un filósofo y üterato a quien ambos 
admirábamos : Hippolyte Taine. Había visitado ella la casa que el 
genial autor edificó en el borde de Menthon, pequeña ciudad de la 
alta Saboya, cuyos paisajes cautivaron su corazón de artista; los 
contempló de cerca y de lejos, junto con su esposa y en la placidez 
de su conciencia. Taine está sepultado en el breve cementerio del lugar. 
« Me costó trabajo llegar hasta su tumba — añadió mi vecina de mesa — 
porque el olvido de los hombres ha dejado crecer allí cardos y malezas. » 
Prometí a madame Daloz informar de ese deplorable abandono a 
nuestros amigos de París... Estábamos ya sobre «el filo de la media¬ 
noche » cuando alguien propuso que fuésemos a gustar helados a la 
terraza del hotel de Inglaterra, desde la cual se goza el espectáculo de 
Ginebra recostada sobre las dos riberas del Ródano, que vuelve a ser 
río en ese punto ; desde allí lanzan sus aguas hacia el cielo un inmenso 
chorro luminoso que la hidráulica suiza ha convertido en sugestiva 
decoración nocturna. La naciente aurora estival, al asomarse en el 
balcón alpino, puso término a nuestra fiesta de los ojos, el gusto y el 
espíritu. 



VIDA NUEVA 


199 


IV 

Se accede al castillo de Coppet por la autovía que bordea el lago 
desde Ginebra. Son treinta kilómetros de arboledas que rodean caseríos 
y villas de recreo cuyas tejas rojas alternan con el verde de los bellísimos 
paisajes que han convertido la ribera y colinas inmediatas en otros 
tantos sitios de ensueño. El palacio histórico se eleva sobre uno de los 
flancos de la antiquísima aldea que le ha dado su nombre ; las piedras 
grises ostentan la pátina de los siglos ; y el portalón siempre abierto 
dá acceso a un patio que se destinaba a las cocheras de antaño. En la 
«cour d’honneur» hay dos fuentes de piedra con la fecha de 1768. 

Todas las habitaciones conservan los cuadros, muebles y tapices 
que ornamentaban el palacio a comienzos de la centuria décimanona. 
Declaro que en mi existencia de viajero curioso de valores antiguos 
he visitado muchas mansiones convertidas en museos ; pero Coppet no 
es un museo : es una grande y noble casa que da la sensación de estar 
aún habitada por sus dueños. En ese castillo hay vida. Madame de 
Staél y madame Récamier no son retratos colgados de los muros: 
son mujeres cuya presencia se siente cuando se penetra en sus salones 
y sus dormitorios. El alma de aquellas damas anima el ambiente en que 
actuó su talento, su elegancia y su gracia. Puede decirse lo mismo de 
los huéspedes y visitantes que ilustraron la residencia, y en la biblioteca 
sobre todo son visibles las huellas dejadas por las figuras que en la 
época napoleónica hicieron su refugio de aquella suntuosa sala adornada 
por centenares de obras clásicas cuyos lomos y tapas ostentan un arte 
bibliográfico refinado. Allí está la mesa en la cual Camille Jordán 
escribió sus panfletos contra Bonaparte ; el sitio en que Chateaubriand 
se absorbía en la lectura, y la butaca que ocupaba Benjamín Constant 
dando la espalda a los ventanales abiertos sobre el bosque. En las 
horas del día reinaban el silencio y la paz propios de un recinto de la 
sabiduría; pero al llegar la noche el ambiente se transformaba y la 
bibüoteca se convertía en teatro. Los habitantes del castillo asistían 
a la representación de las piezas creadas allí mismo, y los críticos con¬ 
vivían con los autores. En aquella sociedad selecta los grandes nombres 
de la literatura y el arte oponían su jerarquía a la gloria nueva del gran 
corso. Coppet era una brillante expresión cultural al mismo tiempo 
que un centro de resistencia a Napoleón, que desterró de París a los 
amigos y admiradores de la genial autora de Corinne. Las crónicas 
de la época revelan que la galantería y el amor no eran ajenos a la 
vida intensa del castillo. 

No es mi intención extenderme en la descripción de las reliquias 
animadas que llenan las salas y galerías, y que pueden conocerse por 
las guías del palacio ; pero diré que el milagro de su conservación y la 



200 


AYER 


vitalidad de su espíritu se deben a que la propiedad perdura en los 
bisnietos de madame de Staél, y que en cada generación de la familia 
se renueva el culto de la gran mujer. Su hija, Albertina de Staél, dió 
su mano al duque Víctor de Broglie, ministro de Luis Felipe ; y una 
hija de éstos casó con otro hombre ilustre, el conde de Haussonville, 
miembro de la Academia Francesa. Este doble abolengo tradicional 
y literario ha mantenido encendida la llama sagrada ; lo confirma la 
hermosura grave de la tumba que en el bosque vecino guarda desde 
1817 los despojos de la castellana; de su padre, el ministro Necker, 
y de otros personajes de esa familia. Una orden que se ha cumplido 
es la de mantener entre muros inaccesibles las bóvedas mortuorias, y 
sólo alrededor de éstas las manos fieles de los descendientes deshojan 
rosas en los aniversarios. 

La emoción nos volvió silenciosos ; Marcelle, Adolfo y yo nos retira¬ 
mos de la mansión y su bosque, y cruzando la única calle de la aldea 
entramos en un viejo convento que en el siglo XVI albergó a monjes 
benedictinos. Los arcos monumentales parece que acogieran a los 
viajeros fatigados invitándolos al reposo en un pequeño y frondoso 
parque apenas separado del lago por una baranda de hierro a cuyo 
flanco hay mesas y sillas de estilos anticuados. Una muchacha sonriente 
y rubia nos sirvió el té con cremas y tostadas ; la serenidad del sitio 
era profunda, y resolvimos al cabo de una hora regresar a Ginebra 
por la vía del agua. 

El buque que procedía de las nacientes del Lemán trayendo pasa¬ 
jeros de la costa franco-suiza se detuvo durante tres minutos en el 
portezuelo de Coppet; saltamos a bordo y ocupamos sillones de mimbre 
cerca de la proa, lugar que nos acordaba la visión integral de las dos 
riberas ; estrechábanse éstas con el andar del barco hacia el confín del 
lago. Al principio fué un collar desgranado de caseríos que se contem¬ 
plaba extendido sobre las estribaciones montañosas; viéronse con ellas 
las laderas y los valles verdes que brillaban bajo los rayos oblicuos del 
poniente ; y mas arriba las cúspides nevadas y teñidas de púrpura por 
los resplandores de la tarde. Todos los matices, tonos y ritmos presidían 
la llegada del crepúsculo ; los tres castillos de Crans, Prangins y Vufflens 
erguían sus moles pétreas sobre la floresta silenciosa ; y hacia la izquierda 
la majestad del Monte Blanco interrumpía las lejanías azuladas del 
cielo italiano. Los ecos de los Alpes devolvían los anuncios sonoros del 
vapor al acercarse a los pequeños puertos, y la estela impresa por la 
marcha se desvanecía al recubrir las aguas su grieta momentánea. 
Pasaban los minutos y sensiblemente el astro rojo iba ocultándose 
detrás de las montañas. Una gran paz descendía de los cielos, «la paz 
que sobrepuja todo entendimiento » ; entonces sobre los paisajes pareció 
tenderse un velo melancólico ; los rumores cesaron poco a poco, y 
Ginebra apareció en el fondo de aquel escenario de hermosura 
incomparable. 



VIDA NUEVA 


201 


La proa enfiló el flanco de la corriente y se acercó al primer apeadero 
de la ciudad, que dá acceso al barrio « des Eaux-Vives », nombre que 
me trajo un dulce y conmovedor recuerdo. Donde se extiende ahora 
una edificación moderna había en otro tiempo parques y jardines 
florecidos. Frente a uno de éstos nació mi primogénito, treinta y dos 
años antes ; y al vislumbrar desde el puente del barco la alta torre de 
la catedral de Saint-Pierre, recordé también que en ese templo mi hijo 
había recibido el agua del bautismo. No bajé en el apeadero que parecía 
darme paso, pero volví los ojos hacia una esquina donde se alza la 
casa que un día se llenó de dicha. Desde aquel jalón hasta la etapa 
actual he superado los infortunios que se han cruzado en mi camino ; 
soy un hombre libre ; y el tercio de siglo transcurrido desde entonces 
no ha conseguido envejecer mi alma, que sigue abierta a las esperanzas 
de la vida y a los llamados del bien y la belleza. 


i+ 



APÉNDICE 


A. Girones de honra y gloria. — Al doctor Teófilo D. Gil y en su nombre 
a sus compañeros muertos en la infausta jornada del Quebracho. 

Girones de honra y gloria, flameando en el picacho, 

Que envuelve la tormenta y azota el huracán, 

Las sombras de los héroes que nos robó el Quebracho, 

Al pie de los Palmares, erguidos hoy están ! 

Digno emisario ilustre de la legión sagrada. 

Heraldo de esa heroica falange juvenil, 

De tu urna entre las flores, en resplandor bañada. 

Levántase tu imagen, oh mártir doctor Gil! 

Doblemos la rodilla, la frente descubramos, 

Y en vez de estéril llanto, protesta colosal. 

Vibre en las almas todas : jamás de viles amos, 

Escarnio o patrimonio será el pueblo oriental! 

En el supremo trance... allá sobre el picacho 
Adonde sólo trepan las águilas, viril. 

Aún hay en esta tierra quien vaya hasta el Quebracho 

Y si vencer no puede sucumba como Gil! 

Montevideo, marzo 30 /1889. 

Alejandro Magariños Cervantes. 


B. Premio de la asamblea general a Máximo Santos. — I de abril 
de 1886. — Art. I o La mas alta jerarquía militar de los ejércitos de la 
República, como empleo único, será la de capitán general. 2 0 Declárase 
Gran Ciudadano y Benemérito de la Patria al teniente general don 
Máximo Santos. 3 0 Elévase al expresado teniente general a la jerarquía 
militar de capitán general de los ejércitos de mar y tierra de la Repú¬ 
blica. 4 o Asígnasele la cantidad anual de doce mil pesos. 5 0 Comuni¬ 
qúese, etc. 


C. Carta de Da. Prudencia Badell de Gil al Dr. Juan Gil, director de 
« La República ». 

Querido hijo : Nada te he dicho aún después que apareció « La 
República ». Confieso que al principio estuve algo alarmada, parecién- 



APÉNDICE 


203 


dome que desplegabas demasiado la bandera de partido, pero a medida 
que avanzabas en ideas me convencí que no me había engañado respecto 
de tu propaganda, tan decente como culta. No esperaba menos de tí; 
estoy satisfecha. Veo que en ella buscas la realización del ideal de tu 
desgraciado hermano, mi Teófilo querido; su constante y legítima 
aspiración, el bien de la patria, por la que se sacrificó. 

Conchillas, diciembre 18/1886. 

Prudencia B. de Gil. 


D. Los tres primeros pensamientos en el álbum de Reina Gil. 

Mi hermana querida : Que orillado de cándidos jazmines y de blancas 
azucenas se halle siempre el camino que debes recorrer en esta vida, 
y que sus transparentes alas te protejan contra las pasiones que, llenando 
de lágrimas los ojos, desgarran y marchitan el corazón. Que las azules 
tapéis de este álbum que te envío sean el símbolo de tu cielo, y sus blan¬ 
cas hojas, que llenarás de nobles y bellísimos pensamientos, sean el 
reflejo de los que a raudales broten siempre desde el fondo de tu alma. 

Diciembre 24 /1883. 

Elisa Gil de Azaróla. 


La Justicia es la fuente permanente del Derecho. El hombre que 
no la ama y la practica no es digno de la noble misión que señala el 
infinito al ser humano. El espíritu es como la esencia del alma, y la 
justicia y la libertad son como la esencia del espíritu. 

Enero 1 /1884. 

Enrique Azaróla. 


Es digno de observarse que los pueblos que mejor practican la liber¬ 
tad, Inglaterra y los Estados Unidos, no tienen un solo gran poeta 
que la haya cantado. 

En tanto, los pueblos de raza latina han fatigado a las musas con 
sus invocaciones y empleado inmenso caudal de sentimiento estético 
para cantarla, sin que hasta ahora hayan conseguido encarnarla en las 
instituciones y en la historia. 

Marzo 15/1884. 

Teófilo D. Gil. 


E. Los mellizos Azaróla Gil. 

Al entregarse estas páginas al editor, los mellizos ya se han ido 
para siempre : Rodolfo después de una dolencia cruel que le mantuvo 
inmovilizado tres años en su lecho, y Samuel algunos meses mas tarde, 
llevado por el anhelo de reunirse con su gemelo... Eran ambos hermanos 
dobles, de un parecido físico sorprendente y de una integral adaptación 
espiritual. Montevideo les vió juntos durante cincuenta años y me vió 
con ellos cuando los viajes me devolvían transitoriamente a la ciudad 
natal. Su probidad era notoria, así como su fidelidad a los principios 



204 


AYER 


de una vida recta. Identificado con su familia y sus funciones adminis¬ 
trativas, laborioso, modesto y servicial, Rodolfo fué uno de los hombres 
mas queridos de su época, como Samuel fue el bedel general insustituible 
de la Facultad de Derecho, el amigo de varias generaciones de estu¬ 
diantes. El Dr. Juan Carlos Gómez Haedo ha escrito a su respecto : 

Montevideo, abril 28 de 1951. — Señor Luis E. Azaróla Gil. Buenos 
Aires. 

Mi estimado amigo : Con el mas profundo pesar le escribo estas 
líneas para enviarle mi pésame por la muerte de su hermano Samuel, 
cuyo deceso inesperado me ha sorprendido dolorosamente. 

Tenía por él la mas viva simpatía y una amistad antigua me vincu¬ 
laba desde las aulas de la Facultad de Derecho. Durante años, a la 
hora de terminadas las clases y de vuelta para el centro, hacíamos el 
habitual recorrido de 18 de Julio, comentando las incidencias de la 
Facultad con la libertad de espíritu que la disciplina universitaria 
no atenuaba y con la rectitud propia de la honradez innata de su 
carácter. 

En ese largo tiempo tuve la oportunidad de medir toda la nobleza 
de su espíritu y la rectitud de su corazón. La vida no fué generosa con 
él. Ni compensaciones materiales ni alhagos de otro orden surgieron 
en su camino. Pero él supo afrontar todo ello con un estoicismo altivo, 
con una orgullosa independencia personal que prestaban a su límpida 
vida un timbre de altiva nobleza. Y cuando terminada su carrera en la 
Universidad, el doctor Amézaga quiso mejorarlo, llevándolo a una 
mejor posición administrativa en la Caja de Jubilaciones, las compli¬ 
caciones mezquinas de la política fueron causa de que aquel buen 
propósito se malograra. 

¡ Y pensar que todos los hombres de mas influencia del país le debían 
un servicio o una atención ! Que era amigo de las figuras mas importantes 
del ambiente nacional, y que en ese momento decisivo faltóle quien 
pusiera en juego las fuerzas capaces para dar cumplimiento a lo que 
fuera el legítimo premio de sus afanes ! 

Créame que lo he sentido muy profundamente, que lo acompaño 
a usted de todo corazón y que como siempre quedo aquí a sus órdenes. 

Lo saluda muy atenta y afectuosamente su amigo. 

Juan Carlos Gómez Haedo. 


F. Traducción de una carta de Mme, Eva Heer-Sourbeck. — Zurich, 
julio de 1951. — ¿ Tengo necesidad de deciros que comparto siempre 
vuestras penas y que me entristece conocer vuestro actual estado 
moral ? Es natural que el físico se resienta. No os sorprendáis por ello, 
y tratad de revelar una vez mas toda vuestra fuerza moral reaccionando 
lo posible. Vuestro viaje a Río con los muchachos os hará mucho bien 
bajo todos los aspectos. Fred y yo lamentamos no poder hacer nada 
para calmar un poco vuestra congoja. Pensamos que en estas fechas 
hubiéramos podido estar juntos, y os aseguro que habríamos hecho 
todo para haceros olvidar las amarguras que os han traído los años 
últimos. A medida que yo envejezco, recuerdo mas las horas pasadas 
con mi padre, durante las cuales me transmitía sus ideas y sus con¬ 
vicciones acerca de la finalidad y del sentido de nuestra existencia 
terrestre. Comprendereis que pienso en ello mas aun con las preocupa¬ 
ciones que me causa mi estado de salud, y advierto con creciente fuerza 
su influencia actual, que guía mi pensamiento y mis ideas. Siento mas 
y mas que nuestra vida terrestre no es otra cosa que un episodio de 



APÉNDICE 


205 


nuestra vida espiritual y que nos sirve de prueba para nuestro desarrollo 
moral. Esto nos da coraje para soportar serenamente lo que nos está 
reservado en esta existencia. Tengo confianza en la obra de Dios o de la 
Naturaleza, llamémosla como querramos. Es siempre la misma fuerza 
suprema que lo ha creado todo con inteligencia, al observar alrededor 
nuestro y verificar que todo tiene su sentido y su fin. ¿ Cómo la vida 
del hombre no iba a tener otro objeto que terminar en un montón de 
cenizas ? Evidentemente nada sabemos de positivo, pero una voz inte¬ 
rior me afirma que con nuestro fin físico todo no ha concluido. Y advierto 
que vos también pensáis como yo. Esta esperanza debe daros valor 
y fuerza para reservar los infortunios que esta vida nos reserva a todos. 
Querido y gran amigo, que feliz sería yo si alcanzara en razón de nuestro 
profundo y sincero afecto, a llevaros un poco de gozo y de consuelo 
en vuestra presente tristeza. ¡ Qué contenta me sentiría de poder retri¬ 
buiros un poco del bien que hicisteis a mis padres con vuestra fiel amistad 
en los buenos y en los malos días ! ¡ Qué Dios os bendiga por ello ! 


G. Hace cuarenta años... — « Entre los años 1900 a 1903 se gestó en 
Montevideo un movimiento espiritualista que, sin ser compartido en 
sus finalidades polémicas o en sus tendencias de reformismo religioso, 
interesó vivamente a las esferas intelectuales del Río de la Plata. Aquel 
movimiento congregó alrededor de un maestro del Evangelio, el doctor 
Juan F. Thomson, a un grupo selecto de jóvenes cuyos ideales desintere¬ 
sados armonizaban con la tesis sustentada por el citado propagandista 
wesleyano, de que la raíz de toda reforma social profunda ha de ser 
religiosa si se quiere que sea eficaz. Entre los sostenedores de la nueva 
escuela, los representantes de los dogmas tradicionales y los partidarios 
del racionalismo, tuvieron lugar debates orales y escritos que produjeron 
un magnífico florecimiento de opiniones y cristalizaron en brillantes 
manifestaciones literarias. 

El grupo juvenil que inició así sus actividades públicas contó con 
algunos nombres que debían consagrarse, lustros mas tarde, en la vida 
del pensamiento. Justo Cubiló, el mayor de ellos, jurisconsulto, publi¬ 
cista y orador distinguido ; Alberto Nin Frías, cuyas admirables dotes 
de pensador se evidenciaron en sus obras de literatura y crítica ; Santín 
Carlos Rossi, después profesor eminente de psiquiatría, ministro de 
Instrucción Pública del Uruguay, prematuramente desaparecido, como 
Nin Frías ; Antonio Rubio, uno de los más elevados valores políticos 
del vecino país, que presidía el Consejo Nacional de Administración al 
ocurrir el golpe de Estado de marzo de 1933 ; Manuel Núñez Regueiro, 
que ha irradiado desde la cátedra, el libro y el periodismo, en Rosario 
de Santa Fe, su considerable producción filosófica y literaria; José 
Emilio Gillardo, conferencista y profesor ; y otros espíritus selectos 
que se destacaron luego entre las fuerzas vivas de la República 
Oriental. 

Con ellos, Luis Enrique Azaróla Gil fundó El Atalaya, órgano semanal 
encargado de difundir las ideas de aquel núcleo ideológico. El periódico 
vió la luz el 4 de agosto de 1901, bajo la dirección de Azaróla Gü, consti¬ 
tuyéndose en un alto exponente de cultura y en tribuna de ideas. Desde 
sus primeros artículos, el joven director se reveló un polemista de raza, 
digno descendiente de Enrique Azaróla, el adepto de la escuela espiri¬ 
tualista, treinta años antes, en los debates del Ateneo y de la Sociedad 
Universitaria, y de Teófilo Gil, el fustigador ilustre de la tiranía santista 
en la dirección de La Razón. 



206 


AYER 


Dentro de algunas semanas cumplirán, pues, cuarenta años de la 
fecha en que Azaróla Gil empezó su labor de publicista l . De esa labor, 
así como de los juicios que ha merecido de la crítica europea y americana, 
dan testimonio las páginas de este folleto, que sus editores se complacen 
en hacer llegar a manos de los amigos del escritor y de esta casa.» 

Librería y Editorial « La Facultad ». 


H. Théodore Sourbeck, sociólogo y hombre público suizo, nació el 3 de 
enero de 1861 en Basilea, en cuya universidad y la de Zurich hizo estudios 
de filosofía y filología ; a los veinte años de edad se trasladó a Egipto ; 
fundó en Alejandría la revista cultural Athenaeum, y fue uno de los 
promotores del museo de aquella ciudad en unión de los arqueólogos 
Morgan y Sayce. Corresponsal del diario Times, colaboró también en 
la Nouvelle Revue Frangaise y el Frankfurter Zeitung. Al regresar en 1894 
a su país de origen con motivo de la educación de sus hijos, adquirió 
considerable prestigio entre las masas obreras por cuyo progreso social 
y económico luchó en forma eficaz. Como secretario general de la Aso¬ 
ciación del Personal de Transportes preconizó y obtuvo que los ferro¬ 
carriles suizos, que pertenecían a compañías privadas, fuesen adquiridos 
por la Confederación. Fué este triunfo que le consagró como líder del 
partido liberal-demócrata y fijó su actuación como diputado en el 
Consejo Nacional. Al organizarse los Ferrocarriles Federales fue miembro 
de su Consejo de Administración ; vinculó su actividad al estableci¬ 
miento de oficinas de turismo en Berlín y Nueva York, que atrajeron 
masas de viajeros y dieron un auge considerable a la industria hotelera ; 
y dirigió campañas de publicidad destinadas a hacer conocer en el 
mundo los panoramas y bellezas naturales de Helvecia. Candidato al 
cargo de consejero nacional, negóse a aceptar el programa socialista 
y se trasladó a París donde la poderosa compañía del Lloyd Norte- 
Alemán le ofreció la dirección general. Su extraordinaria vitalidad 
mental le permitía el asesoramiento de las mas complejas cuestiones 
financieras y sociales, con una acentuada vocación de filólogo que le 
permitía dominar los idiomas modernos al par que las lenguas clásicas, 
desde el griego hasta el sánscrito. Maestro de sociología, tuvo la visión 
de los acontecimientos que se sucedieron en el mundo entre 1914 y 1940, 
año de su muerte ; y mucho antes de que se produjese la segunda guerra 
general me dió en su casa de Berna, sentado ante su mesa de trabajo, 
la mas sorprendente profecía de política internacional que he escuchado 
en mi vida. 


1 El señor Luis Enrique Azaróla Gil forma parte, como individuo de número 
o miembro correspondiente, de las siguientes instituciones culturales : 

Francia : Sociedad de Americanistas de París. 

España : Real Academia de la Historia, Madrid ; Sociedad de Estudios Vascos, 
San Sebastián ; Academia Hispano-Americana de Ciencias y Artes, Cádiz. 
Brasil: Instituto Histórico y Geográfico Brasilero, Río de Janeiro ; Instituto 
Genealógico Brasilero, San Paulo. 

Argentina : Academia Nacional de Historia ; Sociedad de Historia Argentina. 
Chile : Sociedad Chilena de Historia y Geografía ; Academia Chilena de la Historia. 
Perú : Instituto Histórico del Perú ; Sociedad de Geografía de Lima. 

México : Academia Nacional de Historia y Geografía. 



APÉNDICE 


207 


I. La gestión con el duque de Alba. — Tres cartas del Dr. Enrique 
Ruiz Guiñazú. — N° 1. Buenos Aires, febrero 8 de 1930. Sr. Luis Enrique 
Azaróla Gil. Madrid. 

Muy estimado amigo : Va ya para un mes de su partida y recién 
hoy puedo disponer de un momento para dirigirle con estas líneas, mi 
saludo afectuoso. Espero habrán tenido usted y los suyos un viaje agra¬ 
dable y les supongo instalados en su casa de Madrid. 

No sé si usted habrá entregado al señor duque de Alba mis libros 
y hablado del prólogo para « La tradición de América ». Lo cierto es 
que nuestro presidente de la R. Academia de la Historia se ha convertido 
en ministro de Instrucción Pública del nuevo gobierno y con ello tendrá 
nuevas tareas y preocupaciones. Acaso su relativo quietismo se troque 
en afiebrada labor ministerial. 

Con todo, considero muy posible acepte el encargo, pues dada la 
magnitud de la colectividad española en el Río de la Plata, y además, 
las declaraciones del general *Berenguer acerca de la intensificación de 
las relaciones de España con las repúblicas hispano-americanas, es muy 
lógico se realicen actos múltiples de carácter oficial y aún personal que 
estrechen y hagan práctica esa aspiración. 

Al ilustre duque de Alba le interesará sin duda prologar este tra¬ 
bajo argentino, desde su alta posición política, intelectual y social, en 
razón de la fácil y casi espontánea vinculación que ello ocasionará con 
universitarios, escritores, periodistas y mundo social porteño, que le 
leerán necesariamente y apreciarán sus altas dotes de historiador, por 
estar el libro destinado a circular bajo los prestigios de la Universidad, 
de la Junta de Historia y Numismática Americana, de la Sociedad de 
Bibliófilos y demás instituciones y academias a que pertenezco. 

Por otra parte, podrá disponer de un mes largo para escribir. Le 
quedaré sumamente reconocido. 

Para fijar la orientación del libro le adjunto el prólogo y el índice 
que permite deducir su contenido. Esto es exclusivamente reservado 
para usted y el duque. 

Reciba, mi estimado amigo, con mi agradecimiento las expresiones 
de mi mayor consideración y afecto. Esperando sus noticias, se repite 
a sus órdenes su afectísimo colega y S. S. 

s/c. Arenales 1662 E. Ruiz Guiñazú. 

N° 2. Buenos Aires, mayo 2 de 1930. 

Mi distinguido amigo: Su carta del 5 de abril, recibida el 25, me ha 
llenado de satisfacción. Su contenido no puede ser mas halagüeño. 
Tenemos la voluntad de hacer, acaso usted posea ya en su poder el 
mentado prólogo. Mil gracias por su gestión. Espero ahora ansioso su 
nueva misiva. 

¡ Que bien sería viniese el duque ! Aquí le haríamos una gran recep¬ 
ción como se merece por su jerarquía y por la simpatía personal que 
despierta a todo el que conoce su obra. Sobre este viaje he de volver 
a hablar con usted. 

El libro está ya en la imprenta. Como lleva láminas y viñetas no 
estará listo antes de julio, o sea coincidirá con la época de mayor acti¬ 
vidad intelectual en nuestro ambiente porteño. 

Reitérole, mi estimado Azaróla, las expresiones de mi mayor amistad. 
Le estrecha la mano su afectísimo. 

Mi afectuoso saludo al señor Castañeda. 


E. Ruiz Guiñazú. 



208 


AYER 


N° 3. — Buenos Aires, mayo 29 de 1930. — Sr. L. E. Azaróla Gil. 
Madrid. 

Mi muy estimado amigo Azaróla : En mi poder su afectuosa carta 
con el prólogo del señor duque de Alba, me apresuro a agradecerla y 
expresarle una vez mas su feliz gestión amistosa. Dicho prólogo será 
sin duda una magnífica portada para «La Tradición de América». 
Estoy ya corrigiendo las pruebas, pero por exceso de trabajo en la 
imprenta, impresión de láminas y tiraje especial, me temo no tenga 
el libro su salida hasta agosto. Cuente usted con el ejemplar especial 
que le dedicaré. 

Hablé con el doctor Levene acerca de su trabajo. Se publicará en 
el volúmen anual de la colección, con mi discurso de presentación. 
En cuanto esté listo, yo me encargaré de hacerlo llegar a sus manos. 

Siento se tome usted tanta molestia por la copia de la infor ma rían 
de los Ruiz de Caritón y Grijalba, que le encargué. Si tiene usted difi¬ 
cultades, desista de ello, que mi agradecimiento por su amabilidad 
será igual. 

Por este correo escribo al duque de Alba. 

Un afectuoso saludo de su amigo. 

Memorias al señor Castañeda. 

E. Ruiz Guiñazú. 


J. Memorándum para la comisión asesora. 

Con fecha 22 de septiembre ppdo. tuve el honor de dirigir desde 
Santiago de Chile una carta al señor presidente de la República, 
sugiriéndole la utilidad y oportunidad que había en promover una 
Conferencia Panamericana que estudiase los problemas que se estaban 
planteando en los terrenos político y económico, y que iban a agravarse 
y complicarse a medida que transcurriesen algunos meses. Mi iniciativa 
se fundaba no sólo en observaciones personales sino también en los 
cambios de ideas que había mantenido con otros representantes diplo¬ 
máticos que, conociendo la orientación de sus respectivas cancillerías, 
aseguraban que existía ambiente favorable para la celebración de una 
conferencia continental. Deseoso de que cupiese a nuestro país el honor 
de la iniciativa, me permití insinuar al señor presidente la conveniencia 
de formular una proposición en aquel sentido, afirmándole que, en el caso 
de dirigirla a los otros gobiernos americanos con ofrecimiento de Monte¬ 
video para ejecutarla, la idea tendría resultados fecundos en todos los 
órdenes. Nuestra cancillería recibió comunicación del texto de mi carta 
al doctor Terra. 

Tres meses después, el presidente de los Estados Unidos de América 
sometió a los demás gobiernos del continente una iniciativa análoga, 
siendo unánimemente aceptada. Debe señalarse la circunstancia de que 
el presidente Roosevelt sugería la celebración de una conferencia que 
estudiase los medios tendientes a afirmar y consolidar la paz en Amé¬ 
rica ; pero es evidente que una ampliación de ese objetivo, en el sentido 
de tratar también otros problemas que afectan a nuestros países y que 
revisten gravedad en estos momentos, merecería la atención de los 
gobiernos representados en la Conferencia Panamericana. En efecto, 
terminado el conflicto entre Bolivia y Paraguay, la paz del Nuevo 
Mundo no ofrece actualmente perspectivas de alteración ; pero surgen, 
en cambio, motivos de fundada inquietud si se consideran las deriva¬ 
ciones de la situación europea, derivaciones en las cuales vamos a 
hallarnos necesariamente complicados en razón de formar parte de la 



APÉNDICE 


209 


Sociedad de las Naciones, es decir, en virtud de compromisos que nos 
obligan a adoptar actitudes que nos serán profundamente perjudiciales, 
sin que aquella adopción se justifique para nosotros por ningún motivo. 
Es así como deberemos tomar parte en emergencias arduas e incurrir 
en graves riesgos al acompañar sanciones económicas que afectarán 
nuestra balanza comercial y concurrir en eventuales sanciones militares 
contra pueblos tradicionalmente amigos del nuestro. Y todo ello con 
motivo de remotas disputas, de lejanos choques de intereses y ambi¬ 
ciones de hegemonía de las cuales debemos mantenernos absolutamente 
ajenos. El mundo pacifista, que había puesto en la ideología wilsoniana 
una inmensa esperanza, ha advertido, después de dieciséis años de 
experiencias, la ineficacia de Ginebra para instituir el desarme, evitar 
las agresiones y organizar la paz. Ginebra es hoy la sede máxima de las 
intrigas internacionales, y a medida que el tiempo pasa tanto mas 
lejanos aparecen los postulados que determinaron la creación de la 
Liga y mas olvidados los principios que condujeron a los pueblos ameri¬ 
canos a adherir a la institución. En cambio, cada día nos acerca al 
inevitable conflicto europeo que colocará frente a frente, no ya a los 
grupos nacionales y étnicos, sino a las doctrinas opuestas en materia 
de gobierno y organización social. Los hechos actuales y los peligros 
próximos son harto visibles para que los gobiernos americanos, que 
elaboran en estos momentos el programa de la Conferencia, no decidan 
incluir en las deliberaciones de esa asamblea el punto vital del aleja¬ 
miento de nuestros pueblos de la entidad de Ginebra. Por razones de 
solidaridad continental ese alejamiento debe ser colectivo; pero de 
todos modos el exámen del asunto es impostergable. La actual Liga de 
Naciones debe quedar para uso de Europa, cuyos problemas, conflictos 
e intereses son fundamentalmente distintos de los que predominan en 
América. 

Estos últimos exigen la creación de la Sociedad de las Naciones 
Americanas, la cual encararía las cuestiones que se sometieran a su 
estudio, con un perfecto conocimiento de los factores psicológicos, 
políticos y económicos que caracterizan a estos pueblos. La celebración 
de una Conferencia Panamericana cada cinco o seis años, como las 
que han venido sucediéndose en las últimas décadas, es absolutamente 
ineficaz para la dilucidación de los asuntos que se relacionan con la 
legislación, las comunicaciones, la cultura, la higiene, la economía y la 
política internacional del Nuevo Mundo, como es inadecuado el sistema 
de reunir dicha Conferencia en capitales distintas. América debe reunir 
anualmente su asamblea, dando estructuración permanente a una 
entidad en la cual todas las delegaciones nacionales estarían bajo el 
mismo pie de igualdad jurídica; y su funcionamiento realizarse en una 
sede estable, para cuyo efecto ninguna urbe americana ofrece las ven¬ 
tajas de Montevideo, no sólo en razón de su posición geográfica sino 
también por ser capital de un país eminentemente pacifista que lleva 
su ingenua fe en los postulados de la justicia internacional hasta el 
punto de mantener sus fronteras abiertas, sus costas indefensas y sus 
ciudada nos sin instrucción militar alguna. Estas circunstancias desfavo¬ 
rables, que nos mantienen expuestos a una humillación en el caso siempre 
posible de un conflicto, se tornan útiles y constituyen argumentos 
afirmativos en cuanto se refieren a la elección de Montevideo como sede 
de una asociación interamericana y de su consejo o secretaría general. 
Tales ventajas deberían destacarse por la delegación de Uruguay desde 
los primeros contactos, si como todo lo hace esperar la Conferencia de 
Buenos Aires abordase el asunto de la Sociedad de las Naciones en 
América. 



210 


AYER 


Esta creación está en el ambiente, y una proposición en el sentido 
de abocarse a su estudio hallaría, con toda certeza, una base francamente 
favorable y una mayoría segura. La única observación o reserva que 
tal vez se produciría es la que parece existir en el seno de la cancillería 
argentina y que podría, quizás, ser compartida por otras ; consiste en 
la incompatibilidad, aparente o real, de la proyectada Sociedad de las 
Naciones Americanas con la Liga que funciona en Ginebra ; pero aparte 
de que en las últimas semanas los sucesos se han encargado de demostrar 
el fracaso de esta última y su creciente desprestigio, aquella presunta 
incompatibilidad desaparecería con el alejamiento del Nueva Mundo 
de la entidad ginebrina, a fin de constituir su propia entidad continental, 
que surgiría sin dificultades, sin los violentos choques de intereses que se 
debaten en la sociedad europea, y que contaría, en cambio, con una 
serie de factores favorables capaces de asegurar la eficacia de su 
funcionamiento. 

Buenos Aires, abril de 1936. 

Luis Enrique Azaróla Gil. 

K. Carta al Dr. Pedro Manini Ríos, delegado a la Conferencia de Con¬ 
solidación de la Paz. — Buenos Aires, 12 de abril de 1936. 

Muy estimado amigo Manini: Durante mi permanencia en Chile 
tuve oportunidad de cambiar ideas con otros representantes diplomᬠ
ticos y con amigos del gobierno chileno, acerca de la eventual creación 
de una Sociedad de Naciones Americanas, capaz de encarar los pro¬ 
blemas del continente de manera mas eficaz que lo hace Ginebra. Con 
este motivo, y recogidas sugestiones útiles, bosquejé los fundamentos 
y anteproyecto de dicha Sociedad. Mi primera manifestación sobre el 
asunto fue la carta que envié al presidente Terra con fecha 22 de sep¬ 
tiembre, insinuándole la oportunidad de que tomase la iniciativa de 
celebrar una Conferencia Panamericana, ofreciendo Montevideo a tal 
efecto. Mi carta sólo mereció una censura lapidaria por parte de nuestra 
cancillería, pero el presidente Roosevelt tomó aquella iniciativa, tres 
meses después, con la aprobación conocida. 

Y bien, las informaciones que he recogido en estos últimos días me 
persuaden que la Conferencia Panamericana no tratará proposición 
alguna que se refiera a la creación de la Sociedad de Naciones Ameri¬ 
canas. Mi intención, pues, de someter a usted y demás miembros de la 
delegación uruguaya el citado conjunto de ideas preliminares, y even¬ 
tualmente de integrar dicha delegación, queda sin efecto, ya que la 
Conferencia, en mi opinión, sólo revestirá carácter académico y social, 
sin proyecciones hacia los problemas vitales del continente. En tales 
condiciones, no tengo interés en participar de ella. Le ruego, pues, 
que no formule ninguna gestión al respecto, quedándole muy reconocido 
por la buena acogida que había hecho usted a mi anterior pedido. 

Su invariable amigo 

L. E. Azaróla Gil. 

Respuesta del delegado Dr. Pedro Manini Ríos. — Montevideo, abril 15 
de 1936. — Señor Luis E. Azaróla Gil. Buenos Aires. 

Estimado amigo: Recién venido de campaña contesto su carta 
fecha 12, y lamento la decisión adoptada de no integrar la representa¬ 
ción uruguaya en la Conferencia Panamericana, lo que motivará que 
deje sin efecto las gestiones que había comenzado antes de salir para 
afuera. 



APÉNDICE 


211 


Con todo, y respetando como se merece su opinión, me he considerado 
obligado a aceptar integrar la comisión preparatoria que se ha designado 
en Montevideo para asesorar al gobierno al respecto. Como puede ser 
útil que para esos trabajos preparatorios tenga yo presente el ante¬ 
proyecto de Sociedad Panamericana a que se refiere su carta, así como 
copia de la carta que envió al respecto al presidente Terra, si es que 
está a su disposición me permito pedirle quiera tener la bondad de 
enviarme copias de esos documentos. 

Saludos afectuosos para usted y todos los suyos. 

P. Manini Ríos. 


Segunda carta al Dr. P. Manini Ríos. — Buenos Aires, 19 de abril de 1936. 

Mi estimado amigo Manini: Tuve el gusto de recibir su carta del 15 
y me complazco en remitirle, con la presente, copia de la que diriji al 
presidente, desde Santiago, el 22 de septiembre. Con esa misma fecha 
envié a la cancillería una copia de dicha carta, recibiendo en respuesta 
una nota de censura por el delito de haberme dirijido directamente al 
presidente. Consta al ministerio que otros jefes de misión hacen lo 
mismo frecuentemente, y a nadie se la ocurre acusarles por el hecho. 
En cuanto al fondo del asunto, o sea el objeto de mi carta, el ministerio 
guardó completo silencio ; y tres meses después el presidente Roosevelt 
tomó la iniciativa de la Conferencia y Saavedra Lamas formuló su 
proposición de efectuarla en Buenos Aires. Así fue como el «je m’enfou- 
tisme» espalteriano y el alacranismo de sus subalternos inmediatos, 
se encargaron de anular la iniciativa uruguaya y de impedir que fuese 
Montevideo la sede de la Conferencia. 

Tratemos ahora de que no se nos birle la propuesta de creación de 
la Sociedad de las Naciones Americanas. Desde luego, bastaría que 
fuese yo quién formulase algunas ideas preliminares sobre el asunto, 
para que éste fuese «patrióticamente » torpedeado por los alacranes de 
marras. He creído, pues, servir mis propias ideas, al rogar a usted que 
me elimine de la delegación uruguaya a la Conferencia. 

En esta semana le enviaré un memorándum sobre la proyectada 
creación de la Sociedad Panamericana. 

Afectos de su invariable amigo 


L. E. Azaróla Gil. 



INDICE 


Exordio. — La perennidad de la vida, p. 5. — Conceptos históricos, 
p. 9. — Nuevo concepto de la soberanía, p. 15. — Educación de los 
viajes, p. 22. — Niveles superiores, p. 24. — Habladores públicos, 
p. 26. — Audiencias oficiales, p. 29. — Vanidades postumas, p. 30. 

Páginas 

Capítulo I. La mañana de mi vida. — La sociedad embrionaria y el 
despotismo santista. — El Quebracho ; sus proyecciones histó¬ 
ricas. — Dos precursores de la evolución uruguaya ; el diario «La 
República » y la obra de Francisco Lieber. — Caracteres del Monte¬ 
video tradicional. — Nuestro viejo hogar ; la mesa familiar ; las 
abuelas inolvidables. — Viajes en diligencia. — La escuela de 
Aurelia Viera. — Etapas de la cultura en Uruguay ; los grupos 
ideológicos y la reforma religiosa ; el doctor Juan F. Thomson ; 
el doctor Justo Cubiló. — Mi iniciación literaria ; fundación de 
« El Atalaya ». 33 

Capítulo II. Primera visión de Europa. — Ingreso al servicio diplo¬ 
mático. — Partida de la ciudad natal; la travesía oceánica; las 
escalas. — En Hamburgo ; don Arturo Brown y su familia. — 
Berlín ; mi primer guía ; silueta de Guillermo Forteza. — Llegada 
a París ; el barrio latino. — La legación de Uruguay ; don Ale¬ 
jandro Herosa ; su personalidad y su casa. — Los visitantes ; 
Garzón y Mansilla. — Viajes a Inglaterra y Alemania ; las tertulias 
de Bad Nauheim. — Un gran libro de Teodoro Roosevelt; defini¬ 
ción de una conducta política; la paz y la guerra. — El anhelo 
profético de Juan Gil. 43 

Capítulo III. La ausencia amarga. — Enfermedad de mi padre ; 
regreso a Montevideo ; optimismo engañoso y nuevo alejamiento. 

— Una tribulación inexplicable ; el dolor de mi hogar y sus reflejos 
misteriosos. — Llegada a Liverpool y viaje a Londres ; una visión 
rápida de la sociedad inglesa. — De nuevo en París ; la penosa 
nueva. — Invitaciones afectuosas ; viajes y amigos. — Muerte del 
expresidente Cuestas. — Don Eduardo Acevedo Díaz. — El triste 
año 1905 ; mi madre, guía y sostén moral de la familia .... 50 

Capítulo IV. La misión Castro en Francia y la Conferencia de La Haya 
en 1907. — El doctor Juan Pedro Castro ; su designación diplomᬠ
tica ; sus elevadas calidades personales. — La Conferencia de la 
Paz ; delegación de Uruguay ; la negativa del doctor Julio Herrera 





INDICE 


213 


Páginas 

y Obes. — South America ; una confesión de Clémenceau. — La 
estructura política de Europa. — Estudios e influencias espiritua¬ 
les. — Viaje a Montevideo ; la escala de Río de Janeiro ; una 
embajada de guerreros del Paraguay. — Barrios y piedras de París 55 

Capítulo V. Genio y figura. — Don José Batlle y Ordoñez ; su llegada 
a Francia ; retraimiento y falta de flexibilidad. — La silueta del 
hombre ; su definida personalidad moral ; fortaleza de carácter 
y calidades combativas ; sus deficiencias. — El doctor Rafael De 
Miero, amigo predilecto. — El veraneo de 1908 y el origen del 
colegiado. —• Batlle recibe en París la proclamación de su candi¬ 
datura presidencial. — Discusión sobre su programa de gobierno ; 
preeminencia de los propósitos políticos. — Motivo de mi libro 
sobre los problemas uruguayos. 61 

Capítulo VI. La vida francesa. — El panorama espiritual antes de la 
primera guerra. — La vida teatral ; autores, intérpretes y escena¬ 
rios. — La convivencia culta en todas partes. — Paralelo sintético 
entre ayer y hoy. — Evocación de antiguos afectos ; Héctor 
Bandinelli, Abel de Fuentes, Manuel Ugarte. — El salón de madame 
de Espejo. — Veladas literarias en la legación de Chile. — La mesa 
francesa, expresión de cultura. — Jerarquía en el arte del gusto. — 
Menús epicúreos y banquetes sin discursos. — La gracia femenina 69 

Capítulo VIL La vida diplomática. — El doctor Luis Piera, ministro 
plenipotenciario en Francia. — El doctor Rafael De Miero ; sus 
antecedentes, su palacio y su ópera. — Presentación de credenciales 
al presidente Falliéres ; almuerzo en el castillo de Rambouillet. — 
Siluetas a la moda en el gran boulevard ; el acceso fácil y breve. — 
Llegada a París del ministro Manini Ríos ; sus entrevistas con 
Clémenceau ; la mesa de Jaurés ; invitados ilustres. — Mis viajes 
a Aix-les-Bains, la Riviera y Bretaña. — Don Augusto J. Coelho 76 

Capítulo VIII. Mil novecientos catorce. — El crepúsculo inolvidable 
del 28 de junio ; la tragedia de Sarajevo y sus consecuencias. — 
Europa en armas ; la movilización y la guerra. — Mis crónicas de 
los sucesos políticos y militares. — Los prohombres de la defensa 
nacional; Viviani, Ribot, Briand, Sembat y Delcassé. — El primer 
bombardeo de París. — Traslado a Burdeos del gobierno y el cuerpo 
diplomático. — Una madrugada memorable. — Reminiscencias 
históricas ; renacimiento del espíritu de la antigua Roma. — Viaje 
en el Pérou. —• M. Joseph Caillaux ; su personalidad ; su misión en 
América. — Madame Caillaux en la intimidad. — Un corsario en 
la noche ; la huida en el Atlántico. 82 

Capítulo IX. En la cancillería. Semblanzas políticas. — Presentación 
en el ministerio de Relaciones Exteriores ; mis nuevas funciones. — 

El canciller Brum; relieves de su personalidad. — Francisco 
Ghigliani; analogías. — Derivaciones de la guerra europea ; el 
proyecto de enseñanza militar ; mi polémica con el doctor Emilio 
Frugoni. — El canciller doctor Manuel B. Otero. — El « Anuario 
Diplomático y Consular » ; su aprobación. — Las perspectivas de 
mi carrera son frustradas por las intrigas. — El presidente Feliciano 
Viera, exponente de la democracia mestiza ; su semblanza. — El 
adiós de Rodó. 


96 






214 


AYER 


Capítulo X. La genial bohemia. — Las tertulias de 1915 en el Hotel 
Oriental. — María Eugenia Vaz Ferreira ; nuestro antagonismo 
amoroso ; mis descortesías. — Una charla de medianoche ; juicios 


de la poetisa sobre mis deficiencias literarias. — Sus cartas ; 
ironía, talento y galantería.103 


Capítulo XI. Ella. — Las vacaciones de 1916 ; Punta del Este y 
Piriápolis. — La cordialidad en la vida de playa. — Riquette Saint; 
su belleza moral; su primer vals. — El manojito de « pervenches »; 
inclinación sentimental; el noviazgo. — Mi designación para la 
legación en Suiza. — La despedida del 1 de junio.110 

Capítulo XII. La misión en Suiza. El ministro Acevedo Díaz. — 
Nuestra política aliadófila; ruptura con Alemania y creación 
de una legación en Suiza. — Nombramiento del ministro Acevedo 
Díaz e integración de la misión; mi partida. — La travesía 
del Atlántico en 1917 ; un viaje de guerra. — Llegada a España; 
visito Cádiz, Sevilla, Córdoba, Madrid, Zaragoza y Barcelona. — 

Mi detención en la frontera francesa ; reclamación diplomática. — 

En Berna ; hombres de Estado suizos y diplomáticos extranjeros. 

— El rudo invierno de los Alpes. — La princesa espía. — Amigos 
predilectos ; la familia Sourbeck. — Personalidad del ministro 
Aceved© Díaz. — Puntos de historia.115 

Capítulo XIII. El anhelo cumplido. — El regreso al Río de la Plata con 
el ministro Acevedo Díaz. — La escala en Montevideo ; el episto¬ 
lario de Riquette ; sus revelaciones. — La espera fiel de la pro¬ 


metida ; nuestro noviazgo ; una primavera venturosa. — Doña 
Margarita Eschemann de Saint. — La personalidad de la abuela. 

— La boda en Montevideo.124 


Capítulo XIV. El nuevo horizonte. — Nuestro alejamiento de Río ; 
los motivos. — Recepción desfavorable en Montevideo; el «baró¬ 
metro » de Relaciones Exteriores ; deficiencias de la organización 
ministerial. — La acogida del presidente Brum. — El canciller 
Domínguez ; su firmeza y dignidad. — Traslado a una estación 
climatérica en Suiza. — La gratísima noticia; instalación en 
Ginebra. — Mamá Riquette.129 

Capítulo XV. La misión en España. — El monumento a Mitre en 
Buenos Aires ; la embajada extraordinaria de 1927 ; mi reincor¬ 
poración a la carrera diplomática. — Investigaciones en Brasil 
sobre la historia de Colonia del Sacramento. — El archivo de 
Trápani y su venta por Pedro de Ángelis. — Llegada a España; 
el rey don Alfonso XIII; el dictador Primo de Rivera ; el cardinal 
Tedeschini. — Hombres de letras y artistas ; el escultor Coullaut 
Valera. — Gestión ante el duque de Alba. — El canciller argen¬ 
tino Ruiz Guiñazú. — Mi interinato al frente de la legación en 


Madrid ; convenio de reciprocidad universitaria. — Los errores 
de la dictadura ; proclamación de la República. — El ministro 
doctor Daniel Castellanos.134 


Capítulo XVI. La labor histórica. — La investigación linajística ; 
reconstitución de generaciones fenecidas. — Ampliación de los 
estudios retrospectivos. — Colonia del Sacramento y Montevideo ; 
deficiencias de sus crónicas y errores de sus antecedentes escritos. 









INDICE 


Páginas 

— Las fuentes documentales auténticas. — Viajes y labor investi¬ 
gadora ; premios y rivalidades. — «Las herejías históricas del 
Dr. Eduardo Acevedo»; reacciones previstas. — La iglesia y 
convento de San Francisco en Santa Fe ; una tarde inolvidable. — 


Mis conceptos sobre trabajos histórico-genealógicos. — Los retar¬ 
dados sociales del Instituto de Ciencias Genealógicas. 142 


Capítulo XVII. La misión en Chile, — La guerra del Chaco y las 
negociaciones de paz. — Ofrecimiento de la representación diplo¬ 
mática en Chile. — Reservas de la Comisión Permanente al ministro 
Arteaga. — Los directores de la política exterior de Uruguay ; 
falta de realismo y de experiencia. — Mi viaje a Santiago ; el 
canciller Cruchaga Tocomal; presentación de credenciales al 
presidente Alessandri. — Exigencia comunista ; mi respuesta. — 

Los agasajos oficiales a los exilados uruguayos crean una situación 
tensa. — Compensación de la Universidad de Santiago ; la estatua 
de Barros Arana. — Mi incorporación a la Academia Chilena de 
la Historia.148 

Capítulo XVIII. La elocuencia de Alessandri. — Una recepción en 
la embajada de Brasil. — Confidencias del presidente Alessandri ; 
los tres géneros de su oratoria : las afirmaciones rotundas, el opor¬ 
tunismo y la argumentación jurídica. — Abuso de los discursos 


prolongados ; un episodio jocoso en el Congreso de Chile. — Lec¬ 
tura soporífica del mensaje presidencial. — Chiste del ministro 
paraguayo don Rogelio Ibarra.154 


Capítulo XIX. La misión en Argentina. — Inanidad de la política 
exterior uruguaya ; sus causas. — Mi ofrecimiento de renuncia 
no es aceptado por el presidente Terra ; reincorporación a la emba¬ 
jada en Buenos Aires. — La Conferencia de Consolidación de la 
Paz ; sus antecedentes diplomáticos. — El proyecto de Brum 
sobre creación de la Liga Americana; actitud negativa de la dele¬ 
gación uruguaya. — Actos sociales y culturales ; amigos y maestros 
ilustres. — El canciller Guani; su personalidad ; visita al gobierno 
argentino. — El doctor Juan José Amézaga ; su autoridad moral 
y sus virtudes. — El motín militar en Argentina; analogías polí¬ 
ticas de las sociedades mestizas:-fcuS"factores del escenario ^ 

argentino. — Mi interinato al frente Se la embajada ; la promo¬ 
ción jerárquica. — Asilados políticos.158 

Capítulo XX. Lo irreparable. — Progresión de nuestra familia ; la 
evolución espiritual de mi esposa; su madurez y capacidad. — 

Sus iniciativas ; la Universidad Popular de Belgrano ; fundación 
del Comité Interaliado de Damas ; el Rincón de los Aliados. — 

Don Pablo Saint ; sus virtudes. — Enfermedad inesperada de mi 
mujer ; su rápido proceso. — Una evocación antigua ; el nido des¬ 


truido. — El dolor de Jesús y el sufrimiento humano. — Mi propia 
caída.169 


Capítulo XXI. Política exterior del peronismo. — Los golpes de fuerza 
en Perú y Venezuela ; gestión uruguaya ante el gobierno argen¬ 
tino. — Conferencia con el subsecretario político de Relaciones 
Exteriores. — Oposición de tendencias y puntos de vista. — Texto 
íntegro del memorándum revelador. — Mi retiro del servicio diplo¬ 
mático ; ausencia del Río de la Plata en 1950. — El tránsito de 
los hermanos gemelos.178 









2 IÓ 


AYER 


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Capítulo XXII. Nuestra expulsión. — Campaña de protesta univer¬ 
sitaria ; José Luis Azaróla. — Mi arresto e incomunicación ; la 
madrugada del 5 de agosto. — Prisión de mis hijos ; el calabozo 
y las torturas. — Nueva detención ; la policía federal requiere 
nuestra expulsión ; decreto del presidente Perón. — En Monte¬ 
video ; pusilanimidad gubernativa e indiferencia pública. — Mi 
reacción ; los viejos amigos.183 

Capítulo XXIII. Vida nueva. — El anhelo de los viajes y la atracción 
de Europa. — Vuelos sobre el Atlántico y el Mediterráneo ; colores 
de los trópicos y del mar latino. — Evolución de Madrid ; su moder¬ 
nismo parcial. — Expresiones de la intolerancia española. —- 
París, cima de la cultura occidental. — Un gran libro de Herriot. 

— Adolfo Sienra, diplomático y literato. — Vuelo sobre Suiza ; 
riqueza de contrastes. — En la montaña ; panorama del Mont- 
Pélerin. — El llamado de Ginebra ; una cena de espiritual. — 

Visita al castillo de Coppet; la sombra de madame de Staél. — 
Evocación sobre el Lemán.189 

Apéndice. A. Girones de honra y gloria, p. 202. — B. Premio de la Asam¬ 
blea General a Máximo Santos, p. 202. — C. Carta de doña Prudencia 
Badell de Gil, p. 202. — D. Los tres primeros pensamientos en el álbum 
de Reina Gil, p. 203. — E y F. Los mellizos Azaróla Gil, p. 203. — G. Hace 
cuarenta años..., p. 205. — H. La personalidad de Sourbeck, p. 206. — 
I. La gestión con el duque de Alba, p. 207. — J. Memorándum para 
la comisión asesora sobre la creación de la Sociedad de las Naciones 
Americanas, p. 208. — K. Cartas al delegado a la Conferencia de C. 
de la Paz, Dr. Pedro Manini Ríos, p. 210. 


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